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domingo, 8 de agosto de 2021

Imposible comienzo de agosto.

 Imposible llegar a estar más cansada de lo que llegué a estar la semana pasada.
Imposible que todo, absolutamente todo lo que pueda salir mal, salga mal. Incluso peor.
Imposible llegar a tener algo más claro de lo que yo llegué a tener que no me gusta trabajar en casa (por imposición).
Imposible un comienzo de mes de agosto más insufrible que los primeros días del de este año.

Con estos antecedentes, supongo que el mes solo podrá ir a mejor.
O eso espero.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Cuarentena eterna.

Cuarentena eterna.
Ésa es la sensación que empiezo a tener a estas alturas. Que esto no se va a terminar nunca. Que no son los más de 50 días que el calendario dice que llevo prácticamente encerrada, sino mucho más. Y que la normalidad no volverá nunca.


No hago nada en todo el día. Me levanto sin horario: algunos días a las diez, otros antes, algunos a más de las once..., y es que da igual. Como da igual si me da la una del mediodía y estoy aun desayunando. No tengo ninguna obligación. Ni ganas de hacer nada. 

Podría ponerme a ordenar armarios, cajones, la vitrina multiusos del salón. Tirar papeles, colocar los trastos que acumulan la habitación que antaño usé como despacho y la otra, la que en teoría es el otro dormitorio de mi casa. Pero no me apetece hacer nada. 
Absolutamente nada.

Sé que estoy ganando peso a marchas aceleradas. No porque coma mucho, sino simplemente porque desayuno, como a mediodía, ceno por las noches. No me privo si me apetece un puñado de snacks o dos rodajas de embutido. Y porque no hago ejercicio. Casi mi recorrido más largo es ir de la cama al sofá y de éste a la cocina. El baño me pilla de paso.
Y empieza a darme igual. Tengo la sensación de que dará igual si no me vale la ropa de verano: total, a este paso estaré todo el verano encerrada, saliendo un día por semana a comprar y la mañana del domingo a por el periódico, pasando por la panadería y comprando unos bollos. 
Estoy tomando más azúcar de la que debería. Es más: yo apenas tomo azúcar y ahora lo estoy haciendo.

Hace dos meses y medio que no me doy el baño de color en el pelo. Me lo lavo una vez por semana, o cada diez días. Lo llevo siempre recogido en una trenza. Total, da igual.
Mi indumentaria consiste en alternar dos mallas (unas negras de algodón y licra, las otras gris marengo de antelina elástica) y dos sudaderas: una negra y otra gris, las dos con flores bordadas alrededor del cuello. Ah, a veces también me pongo otra, más finita, gris claro. Que es la que llevo ahora y por eso me he percatado de que no siempre son las dos de la flores. Ya ni me pongo sostén (aunque de éste también prescindo a veces sin necesidad de excusas). Mediadocena de braguitas cómodas de algodón y licra, las que me aún me valen. Y nada más.
Da igual. Tengo la facultad, siempre la he tenido, de ser invisible a voluntad. Supongo que lo seré permanentemente si algún día vuelvo a poder salir a la calle.

Y le echo mucho, mucho de menos. 
Porque paso todo el día sola y le da igual. 
Y cada día tengo más y más claro que esta cuarentena era, simplemente, el pequeño empujón que faltaba que me diera la vida para dar por finalizada esta relación que hace demasiado tiempo que no existe.

jueves, 7 de mayo de 2020

Día malo.

Hay días complicados en los que no pasa nada.

Hoy ha sido uno de esos días. Objetivamente, ha sido un día más: rutina de confinamiento. La única novedad o lo único que ha roto un poco esa monotonía ha sido ir a llevarle compra a mi madre. También me he levantado un poco antes que los últimos días (tampoco ha sido madrugar, que me he levantado a más de las nueve y media) porque quería preparar arroz y llevarle parte. Pero vamos, que ha sido un día rutinario más. De los muchos que han pasado ya en esta cuarentena que se me está haciendo eterna.

Anoche dormí fatal. A decir verdad, creo que no he dormido realmente bien en ninguna de las noches transcurridas desde que empezó mi encierro, hace mes y medio y algún día más. Sueños densos, muy densos. Y alguna pesadilla. Así noche tras noche. 
Cada una de ellas pienso que no se me va a olvidar el sueño (el último, o en el que estoy cuando me despierto a cualquier hora de la madrugada). Pero no me he sentado a desayunar cuando ya solo me queda alguna imagen sin demasiado sentido. Y al rato ya no recuerdo nada. Solo la sensación de que no ha sido una buena noche, un buen sueño.

El día de hoy no ha sido bueno, aunque no haya pasado nada.

No me encuentro bien. No tengo fiebre, respiro todo lo bien que puede respirar una alérgica en un mayo tan florecido como éste, no me duelen las articulaciones o los huesos mucho más ni mucho menos de lo habitual. Pero no me he encontrado bien en todo el día.
Día malo. 

Necesito que se termine esta situación, esta cuarentena eterna. Necesito volver a trabajar, recuperar la tranquilidad de unos ingresos razonables. Ponerme al día en el pago del alquiler (que no es que no tenga con qué pagarlo, es que mi casera es muy mayor y nadie se ha puesto en contacto conmigo para cobrarme. Porque yo lo pago por mediación de una amiga, que es quien me cobra y da el recibo y ella lo liquida. Pero con este enclaustramiento..., pues nada. Y el tema me inquieta, para qué negarlo). Necesito poder decidir a qué hora quiero salir a la calle y hacerlo. Necesito ver escaparates. 

Necesito quitarme esta sensación de angustia permanente que hace que días como el de hoy, en que no ha pasado nada, haya sido un día malo.

miércoles, 22 de abril de 2020

Cuarentena. Día 38.

Deprimida. Cansada. Aburrida.
Un mes justo en casa, saliendo sólo una vez por semana para ir a la compra (bueno, miento: dos. El domingo salgo a por el periódico. Pero es como no salir apenas: bordear una urbanización de chalets hasta llegar al kiosco, comprar el periódico, bordear una urbanización de chalets, pararme en la cola de 4 personas separadas entre sí más de dos metros para comprar una barra de pan y algún bollo en la panadería del barrio, cruzar la avenida, subir a casa). Todo esto con la máscarilla-pañuelo, los guantes de látex, las gafas de sol.
No salgo más. Aprovecho la salida a la compra del sábado para tirar la basura orgánica, que guardo en bolsitas individuales bien cerradas y luego deposito en la bolsa del cubo. La del domingo, para tirar los residuos plásticos y similares. 
Me aburro. Me canso. No hago apenas nada. 
Ni siquiera me peino a diario: procuro llevar el pelo recogido en una trenza (bueno, como el resto del año cuando voy a acostarme). Me ducho cada tres o cuatro días: da igual, si no salgo, si cuando vuelvo de la compra es lo segundo que hago tras quitarme la ropa que solo me pongo para salir a comprar. 
Me aburre la televisión. Siempre la he visto poco y sigo viéndola igual de poco, pero me aburre lo poco que veo. 
Empiezo a preparar la comida a más de las dos de la tarde. Como a las cuatro, o más. Da igual. Pongo algún cd en el reproductor. Trasteo en internet. Modero el grupo de fotografía en blanco y negro, que no sé si no terminará por desaparecer ahora que ha muerto su fundador (tema que me dolió intensamente, aunque ni siquiera llegamos a conocernos en persona, más allá del teléfono, del guasap, de los chats... Da igual. Era una bella persona, un buen tipo. Y le echamos mucho de menos). 
Apenas duermo. O igual es que duermo demasiado y a deshoras. Me desvelo a media noche y tardo en dormir, tras haberme quedado dormida en el sofá y trasladarme a la cama. Doy vueltas. Me despierto e intento conservar el sueño. Me levanto tarde: da igual, no tengo nada que hacer en todo el día.
No me llama.
Le llamo y no me coge el teléfono.
Consigo hablar con él un rato, el domingo por la tarde. Y si acaso. 
Aunque haga mucho tiempo que ya asumí que no somos nada, que no le intereso...no puedo evitar echarle de menos. Y necesitarle. 
Sé que posiblemente no nos volvamos a ver, al menos este año. Y que probablemente, si un día nos vemos, sea un encuentro simplemente social. 
No espero que vuelva a dormir conmigo. No creo que vuelva a encontrármelo a mi lado al despertar. 
Pero me hubiese gustado que estuviese conmigo estos días. Aunque fuera en la distancia de esos veintitantos kilómetros y un río (y la M30) que nos separa físicamente. Pero no está.
Porque él no está solo y yo sí.
Duermo mal. Me duele a ratos la cabeza, una pierna, la otra, el estómago. Dolores inconcretos para los que no tomo nada y que se van y vuelven sin motivos ni razón. 
Lloro por todo. O a ratos no lloro, ya ni sé qué es lo más habitual. 
Tengo miedo al futuro. Tengo miedo a que mi situación laboral de Erte se prorrogue en el tiempo y tenga que seguir tirando de ahorro personal. Tengo miedo a no encontrar otro trabajo. Tengo miedo a que le pase algo a la dueña del piso donde vivo y tenga que irme y no tenga a dónde. Tengo miedo a que el puñetero virus ataque a personas a quien quiero.
No tengo miedo a que me ataque a mí.
Supongo que porque mi falta no le afectaría a nadie.
Intento hacer fotos. Intento ser optimista en rrss, igual de irónica, igual de educada. Intento y consigo que no se me note nada.
Le echo de menos y sé que nunca volverá a estar conmigo. Más allá de la cortesía. 
Estoy cansada, aburrida, deprimida.

martes, 14 de abril de 2020

Lluvia de un 14 de abril.

El 14 de abril de 2010 también llovió.
No todo el día, sí a ratos breves. Dejando de llover a mediodía, volviendo a hacerlo por la tarde. Llovizna fina, de la que no merece el uso del paraguas.
Los días anteriores hizo buen tiempo. Primavera soleada. Aunque fue en marzo, mediados de marzo, cuando el tiempo fue más cálido.

El 14 de abril de 2010 terminé una etapa de mi vida. Y, a veces, he pensado que comencé otra. 
Hoy no estoy segura. De hecho, he dudado de ello en muchas ocasiones. 

La llovizna fina nos hace pensar, sentir, que no es necesario abrir el paraguas. 
Pero si te paras bajo ella durante un largo rato, terminarás empapada. 

Han pasado diez años. Y hoy, 14 de abril de 2020, no sé realmente cómo estoy.

jueves, 9 de abril de 2020

Huyendo de los sueños.

Sueños raros cada noche.
Pesadillas. Supongo que podría definirlos así.

Me da miedo que llegue la noche porque sé que no voy a dormir. Bueno, sí que duermo. Termino quedándome dormida en el sofá (no me esfuerzo por no quedarme dormida o por trasladarme a la cama en cuanto me empieza el sueño, sino que me dejo llevar por él: imagino que instintivamente debo pensar que el tiempo que consiga dormir será lo que me lleve de esa noche). Así que en algún momento me traslado a la cama. A veces se ha apagado la televisión sola, a veces no y hay algún espacio musical o algo de teletienda. Raramente es antes de las cuatro de la mañana. 

En la cama vuelvo al duermevela y a los sueños raros. Sueño que ya he tenido en el sofá, aunque no sean los mismos. Sueños como trozos de película de argumento angustioso, aunque no recuerdo que me esté pasando nada malo. Pero...tienen una luz rara, un ambiente denso. Sueño con personas de mi pasado y es como si estuviesen en mi presente. No es 'soñar con el pasado', sino que esas personas están hoy en mi vida y tienen el aspecto que supuestamente deberán tener (en muchos casos, más de sesenta años y cerca de los setenta. Incluso más). Argumentos raros que en el sueño parecen reales...y que me hacen sentir incómoda. Situaciones de las que no puedo salir. Aunque en algunos momentos sé que es un sueño y que solo necesito hacer el esfuerzo de abrir los ojos y romperé con todo. Pero, también a veces, decido no despertar...porque también sé que si lo hago entraré en el insomnio, en las vueltas en la cama, en el dolor de cabeza (últimamente no me lo consigo quitar durante horas y hasta me acompaña en el argumento de mis sueños), en el malestar, en el silencio raro de la calle y la sensación de estar rodeada de vacío...
Días raros y noches aún más raras.

Me despierto sobre las seis y media, siete. Recuerdo que no es necesario levantarme e intento volver a dormir. Tardo en conseguirlo. Si me despierto sobre las nueve ya no hago esfuerzo alguno por dormir (sobre todo, porque hasta anteayer he estado teletrabajando..., bueno, hasta el lunes, que no fue anteayer...tengo perdido el sentido del tiempo). Me levanto, voy al salón, miro el móvil, miro por la terraza, a veces pongo la radio o vuelvo sobre mis pasos y voy al baño...

Hoy he vuelto a dormir fatal. Me quedé dormida en el sofá, me trasladé a la cama (no recuerdo la hora), me desperté antes de las siete y volvió a desconcertarme la falta de ruidos. Decidí volver a dormir, hacer el esfuerzo por quedarme nuevamente dormida...
Cuando he abierto los ojos, he pensado que había visto mal, que las manecillas del reloj rosa de la mesilla no estaban juntas, sino que no había visto la otra, la corta.
Pero sí.

Creo que he vuelto a cerrar los ojos mientras pensaban eso, en qué hora sería. Y entonces he mirado hacia el proyector del techo. 
Eran más de las doce del mediodía. Y ni siquiera tenía la sensación agradable de haber dormido profundamente. Sólo la de haberme pasado la noche huyendo de argumentos raros, de vidas que no son la mía, de personas con las que no quise ni quiero volver a estar...
Huyendo de los sueños. 

Supongo que no es sino un reflejo de mis días. Días en lo que no puedo huir, salir de casa, caminar hasta cansarme, coger el tren y llegar a la última parada y cambiar de andén y dar la vuelta...
Este encierro preventivo, esta cuarentena, este confinamiento me están volviendo loca. E igual, esta vez, no es una frase hecha.