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jueves, 7 de mayo de 2020

Día malo.

Hay días complicados en los que no pasa nada.

Hoy ha sido uno de esos días. Objetivamente, ha sido un día más: rutina de confinamiento. La única novedad o lo único que ha roto un poco esa monotonía ha sido ir a llevarle compra a mi madre. También me he levantado un poco antes que los últimos días (tampoco ha sido madrugar, que me he levantado a más de las nueve y media) porque quería preparar arroz y llevarle parte. Pero vamos, que ha sido un día rutinario más. De los muchos que han pasado ya en esta cuarentena que se me está haciendo eterna.

Anoche dormí fatal. A decir verdad, creo que no he dormido realmente bien en ninguna de las noches transcurridas desde que empezó mi encierro, hace mes y medio y algún día más. Sueños densos, muy densos. Y alguna pesadilla. Así noche tras noche. 
Cada una de ellas pienso que no se me va a olvidar el sueño (el último, o en el que estoy cuando me despierto a cualquier hora de la madrugada). Pero no me he sentado a desayunar cuando ya solo me queda alguna imagen sin demasiado sentido. Y al rato ya no recuerdo nada. Solo la sensación de que no ha sido una buena noche, un buen sueño.

El día de hoy no ha sido bueno, aunque no haya pasado nada.

No me encuentro bien. No tengo fiebre, respiro todo lo bien que puede respirar una alérgica en un mayo tan florecido como éste, no me duelen las articulaciones o los huesos mucho más ni mucho menos de lo habitual. Pero no me he encontrado bien en todo el día.
Día malo. 

Necesito que se termine esta situación, esta cuarentena eterna. Necesito volver a trabajar, recuperar la tranquilidad de unos ingresos razonables. Ponerme al día en el pago del alquiler (que no es que no tenga con qué pagarlo, es que mi casera es muy mayor y nadie se ha puesto en contacto conmigo para cobrarme. Porque yo lo pago por mediación de una amiga, que es quien me cobra y da el recibo y ella lo liquida. Pero con este enclaustramiento..., pues nada. Y el tema me inquieta, para qué negarlo). Necesito poder decidir a qué hora quiero salir a la calle y hacerlo. Necesito ver escaparates. 

Necesito quitarme esta sensación de angustia permanente que hace que días como el de hoy, en que no ha pasado nada, haya sido un día malo.

miércoles, 22 de abril de 2020

Cuarentena. Día 38.

Deprimida. Cansada. Aburrida.
Un mes justo en casa, saliendo sólo una vez por semana para ir a la compra (bueno, miento: dos. El domingo salgo a por el periódico. Pero es como no salir apenas: bordear una urbanización de chalets hasta llegar al kiosco, comprar el periódico, bordear una urbanización de chalets, pararme en la cola de 4 personas separadas entre sí más de dos metros para comprar una barra de pan y algún bollo en la panadería del barrio, cruzar la avenida, subir a casa). Todo esto con la máscarilla-pañuelo, los guantes de látex, las gafas de sol.
No salgo más. Aprovecho la salida a la compra del sábado para tirar la basura orgánica, que guardo en bolsitas individuales bien cerradas y luego deposito en la bolsa del cubo. La del domingo, para tirar los residuos plásticos y similares. 
Me aburro. Me canso. No hago apenas nada. 
Ni siquiera me peino a diario: procuro llevar el pelo recogido en una trenza (bueno, como el resto del año cuando voy a acostarme). Me ducho cada tres o cuatro días: da igual, si no salgo, si cuando vuelvo de la compra es lo segundo que hago tras quitarme la ropa que solo me pongo para salir a comprar. 
Me aburre la televisión. Siempre la he visto poco y sigo viéndola igual de poco, pero me aburre lo poco que veo. 
Empiezo a preparar la comida a más de las dos de la tarde. Como a las cuatro, o más. Da igual. Pongo algún cd en el reproductor. Trasteo en internet. Modero el grupo de fotografía en blanco y negro, que no sé si no terminará por desaparecer ahora que ha muerto su fundador (tema que me dolió intensamente, aunque ni siquiera llegamos a conocernos en persona, más allá del teléfono, del guasap, de los chats... Da igual. Era una bella persona, un buen tipo. Y le echamos mucho de menos). 
Apenas duermo. O igual es que duermo demasiado y a deshoras. Me desvelo a media noche y tardo en dormir, tras haberme quedado dormida en el sofá y trasladarme a la cama. Doy vueltas. Me despierto e intento conservar el sueño. Me levanto tarde: da igual, no tengo nada que hacer en todo el día.
No me llama.
Le llamo y no me coge el teléfono.
Consigo hablar con él un rato, el domingo por la tarde. Y si acaso. 
Aunque haga mucho tiempo que ya asumí que no somos nada, que no le intereso...no puedo evitar echarle de menos. Y necesitarle. 
Sé que posiblemente no nos volvamos a ver, al menos este año. Y que probablemente, si un día nos vemos, sea un encuentro simplemente social. 
No espero que vuelva a dormir conmigo. No creo que vuelva a encontrármelo a mi lado al despertar. 
Pero me hubiese gustado que estuviese conmigo estos días. Aunque fuera en la distancia de esos veintitantos kilómetros y un río (y la M30) que nos separa físicamente. Pero no está.
Porque él no está solo y yo sí.
Duermo mal. Me duele a ratos la cabeza, una pierna, la otra, el estómago. Dolores inconcretos para los que no tomo nada y que se van y vuelven sin motivos ni razón. 
Lloro por todo. O a ratos no lloro, ya ni sé qué es lo más habitual. 
Tengo miedo al futuro. Tengo miedo a que mi situación laboral de Erte se prorrogue en el tiempo y tenga que seguir tirando de ahorro personal. Tengo miedo a no encontrar otro trabajo. Tengo miedo a que le pase algo a la dueña del piso donde vivo y tenga que irme y no tenga a dónde. Tengo miedo a que el puñetero virus ataque a personas a quien quiero.
No tengo miedo a que me ataque a mí.
Supongo que porque mi falta no le afectaría a nadie.
Intento hacer fotos. Intento ser optimista en rrss, igual de irónica, igual de educada. Intento y consigo que no se me note nada.
Le echo de menos y sé que nunca volverá a estar conmigo. Más allá de la cortesía. 
Estoy cansada, aburrida, deprimida.

lunes, 13 de abril de 2020

No queriendo aprender.

Días tremendamente complicados. No valgo para estar encerrada. Me acostumbraré (como a todo) pero me cuesta mucho, pero mucho. 
Me digo que podía haber sido peor. Al fin y al cabo, vengo de unos meses (muchos) en que he estado sin trabajar y, por tanto, pasando más tiempo en casa del habitual. Pero tampoco me consuelo gran cosa con esos razonamientos. 

Encima no soy capaz de aprovechar el tiempo. No hago nada en todo el día. Duermo fatal, me dejo llevar por el sueño tumbada en el sofá, me desvelo en la cama, me vuelvo a dormir cuando ya ha amanecido, me levanto a más de las nueve... Y recuerdo que no tengo nada que hacer. Y no me apetece hacer nada. 
Y pasan los días.

No hablo (escribo) de él. Pero le echo mucho de menos.
Llevo tres meses y medio sin verle. No es la primera vez que paso tanto tiempo sin que nos veamos (de hecho, es casi normal), pero al menos en otras ocasiones estaba esa esperanza, esa promesa a base de cancelaciones y aplazamientos sucesivos de 'a ver si la semana que viene'. Ahora ya no hay ni eso. Ahora, simplemente, no sé cuando volveré a verle. Ni siquiera si volveré a verle en algún momento.
Voy convenciéndome de que esta situación va a terminar definitivamente con la relación que, aún, mantenemos. No sé porqué lo siento así, pero...lo siento.

A mí me gusta mucho abrazarle. Siempre me ha gustado. 
A él no le gusta que le toquen. Sé que tampoco le gusta que le toque yo. 
Cosas tan simples y tan fáciles de contar como ésa. 

Hace tiempo dejé de decirle que le quiero. 
Nunca le gustó que se lo dijese. 
No ha conseguido que deje de abrazarle cuando estamos juntos. Pero sí que le diga que le quiero. Aunque sigo queriéndole. Aún sigo queriéndole.

Mi último recuerdo de él es que le abracé. En Atocha, antes de que avanzase para cruzar la calle y que le pasasen a recoger. 
No le abrazo en público: fue una excepción. Tampoco le he besado nunca en público, y sé que no lo haré nunca. No le gusta.

He aprendido a no decirle que le quiero. He aprendido a acostumbrarme a echarle de menos. He aprendido a entender que si no le llamo no voy a hablar con él (y que llamarle tampoco garantiza que hablaré con él, por descontado). 
Siempre tuve una inconmesurable y admirada capacidad de aprendizaje. Y me gustaría no haberla tenido. 

Llevo muy mal esta situación. 
No sé estar encerrada. Pero terminaré aprendiendo. 
Y no quiero.

jueves, 9 de abril de 2020

Huyendo de los sueños.

Sueños raros cada noche.
Pesadillas. Supongo que podría definirlos así.

Me da miedo que llegue la noche porque sé que no voy a dormir. Bueno, sí que duermo. Termino quedándome dormida en el sofá (no me esfuerzo por no quedarme dormida o por trasladarme a la cama en cuanto me empieza el sueño, sino que me dejo llevar por él: imagino que instintivamente debo pensar que el tiempo que consiga dormir será lo que me lleve de esa noche). Así que en algún momento me traslado a la cama. A veces se ha apagado la televisión sola, a veces no y hay algún espacio musical o algo de teletienda. Raramente es antes de las cuatro de la mañana. 

En la cama vuelvo al duermevela y a los sueños raros. Sueño que ya he tenido en el sofá, aunque no sean los mismos. Sueños como trozos de película de argumento angustioso, aunque no recuerdo que me esté pasando nada malo. Pero...tienen una luz rara, un ambiente denso. Sueño con personas de mi pasado y es como si estuviesen en mi presente. No es 'soñar con el pasado', sino que esas personas están hoy en mi vida y tienen el aspecto que supuestamente deberán tener (en muchos casos, más de sesenta años y cerca de los setenta. Incluso más). Argumentos raros que en el sueño parecen reales...y que me hacen sentir incómoda. Situaciones de las que no puedo salir. Aunque en algunos momentos sé que es un sueño y que solo necesito hacer el esfuerzo de abrir los ojos y romperé con todo. Pero, también a veces, decido no despertar...porque también sé que si lo hago entraré en el insomnio, en las vueltas en la cama, en el dolor de cabeza (últimamente no me lo consigo quitar durante horas y hasta me acompaña en el argumento de mis sueños), en el malestar, en el silencio raro de la calle y la sensación de estar rodeada de vacío...
Días raros y noches aún más raras.

Me despierto sobre las seis y media, siete. Recuerdo que no es necesario levantarme e intento volver a dormir. Tardo en conseguirlo. Si me despierto sobre las nueve ya no hago esfuerzo alguno por dormir (sobre todo, porque hasta anteayer he estado teletrabajando..., bueno, hasta el lunes, que no fue anteayer...tengo perdido el sentido del tiempo). Me levanto, voy al salón, miro el móvil, miro por la terraza, a veces pongo la radio o vuelvo sobre mis pasos y voy al baño...

Hoy he vuelto a dormir fatal. Me quedé dormida en el sofá, me trasladé a la cama (no recuerdo la hora), me desperté antes de las siete y volvió a desconcertarme la falta de ruidos. Decidí volver a dormir, hacer el esfuerzo por quedarme nuevamente dormida...
Cuando he abierto los ojos, he pensado que había visto mal, que las manecillas del reloj rosa de la mesilla no estaban juntas, sino que no había visto la otra, la corta.
Pero sí.

Creo que he vuelto a cerrar los ojos mientras pensaban eso, en qué hora sería. Y entonces he mirado hacia el proyector del techo. 
Eran más de las doce del mediodía. Y ni siquiera tenía la sensación agradable de haber dormido profundamente. Sólo la de haberme pasado la noche huyendo de argumentos raros, de vidas que no son la mía, de personas con las que no quise ni quiero volver a estar...
Huyendo de los sueños. 

Supongo que no es sino un reflejo de mis días. Días en lo que no puedo huir, salir de casa, caminar hasta cansarme, coger el tren y llegar a la última parada y cambiar de andén y dar la vuelta...
Este encierro preventivo, esta cuarentena, este confinamiento me están volviendo loca. E igual, esta vez, no es una frase hecha.

domingo, 5 de abril de 2020

Reclusión, teletrabajo, aire de pesadilla.

Empieza la tercera semana de reclusión domiciliaria y teletrabajo.

En lo referente a lo primero, tenemos por delante tres semanas, como mínimo, en la misma situación. Y recalco lo de 'como mínimo' porque supongo que se prorrogará otra semana más. Al menos, hasta mediados de la primera semana de mayo. O sea, un mes completo a contar desde hoy.
En lo relativo al teletrabajo, la empresa en que empecé a trabajar hace un mes está a punto de entrar en un ERTE (Expediente de Regulación Temporal de Empleo). O sea, a despedirnos con compromiso de recontratación cuando las cosas vuelvan a la normalidad. Que no será antes de un mes. Y que implica una  considerable pérdida de ingresos. Aunque no sería lo peor, porque lo peor sería un despido (en mi caso, les basta un simple 'no supera el periodo de prueba').
No quiero pensar en ello. Lo que tenga que ser, será.

Llevo muy mal el hecho de estar encerrada.
Llevo muy mal el teletrabajo: al final paso casi nueve horas (y sin el casi, porque suelo sobrepasarlas) sentada frente al portátil de empresa, intentando ser productiva...y sin conseguirlo. Y con la sensación añadida de angustia que esto me produce. 
Acabo agotada. Más cansada, mucho más, que si trabajase esas horas más las tres y pico diarias de transporte para ir y volver.

Todo esto tiene un aire de pesadilla que hace que me cueste dormir por las noches. Sueño cosas raras, densas.
No descanso.
No sé qué va a ser de mí estas próximas tres, probablemente cuatro semanas de encierro.