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sábado, 24 de mayo de 2025

Inútil y prescindible.

 Intento escribir.

Muchos días me lo propongo. De verdad. Decido que de hoy no pasa, que siquiera unas letras, unas líneas. Pero...

Pero al final me puede el cansancio. El portátil tarda en arrancar, a veces se bloquea o se pone a actualizar. Y espero. Y me tumbo mientras se estabiliza. Y...

Y pasan los días.

Estoy muy cansada. Sigo muy cansada.

Los resultados de mi última analítica dicen que estoy sana. Pero yo no me encuentro bien. Estoy siempre cansada, tengo sueño e insomnio a la vez. Me duelen las articulaciones. A veces me cuesta respirar. 

No tengo ganas de hacer nada. Nada en absoluto. 

Por mi vagaría entre la cama y el sofá.

Me repito que tengo que ordenar el salón, la cocina, el dormitorio. Que lo haré la próxima tarde libre, que ahora los días son más largos y claro que puedo dedicar un ratito antes de la cena... Que siquiera doblar y guardar la ropa, traerme al sofá una bolsa grande de basura y empezar a tirar sin miramientos casi todo lo que tengo sobre la mesa, las mesas. 

Pero no hago nada.

Tengo sobre las sillas jerséis lavados hace semanas. Las chaquetas/abrigo de todo el invierno. Simplemente debo cogerlo y llevarlo al dormitorio.

Pero no lo hago. 

Compro cosas que no necesito y además lo sé, que no las necesito. Unos vasos, unas cajas de plástico para ordenar cosas, pintauñas que ni estreno. No son cosas caras, pero no las necesito. Son gastos inútiles en cosas prescindibles.

Me siento así: inútil y prescindible.

Aunque, al menos, he sido capaz de escribir estas líneas sin sentido ni interés.

sábado, 18 de mayo de 2024

Día tras día. Noche tras noche.

 Pasan los días. Cada uno con más minutos de luz solar que el anterior: vamos hacia el verano.

La primavera está teniendo eso: clima de primavera. Una rareza en una ciudad como Madrid, donde no existe el llamado 'entretiempo' y donde se pasa del calor al frío viceversa. O igual esto ya no es tan cierto porque llevamos años casi anclados en un larguísimo entretiempo que pasa a ser calor estepario durante entre dos y tres meses y en el que llamado invierno es casi testimonial: no más de quince días y no siempre seguidos. 

Este año apenas hemos tenido invierno. Algún día suelto. Y el calor empezó a mediados de marzo, aunque luego se han ido intercalando días de treinta grados y días de quince. Días de lluvia, días con granizo, días de viento. Días de todo a la vez. 

Seguramente muchos días lo han sido de arcoiris en el cielo. Pero me los he perdido. 

Paso cerca de doce horas fuera de casa. Ocho de trabajo, cerca de una de la llamada 'pausa de comida' en que suelo salir a pasear porque ocho horas sentada es una barbaridad para mi salud. Entre dos horas y media y tres de trayectos casa-trabajo-casa. Vivo con la sensación de no hacer nada de provecho (en realidad, no es una sensación: no hago nada de provecho). Sé que estamos a mediados de mayo porque lo dicen los calendarios, pero nada más. No sé qué he hecho con mi vida estos cuatro meses y medio que llevamos de año. 

Cuando llego a casa suelen ser más de las ocho y media de la tarde. Me descalzo, me siento un momento en el sofá a ver terminar un concurso que me gusta (hay días que ni le presto atención, de puro cansancio). Empieza el informativo, veo los titulares mientras me quito pendientes, anillos, collar si lo llevo y voy al baño a lavarme las manos si no lo he hecho nada más llegar y quitarme los zapatos. Planifico una cena rápida (a veces ya tengo preparado puré de verduras del día anterior, gazpacho en esta época del año). Me quito la ropa y me pongo una camiseta grande. A veces me ducho antes de cenar, a veces simplemente me desmaquillo. Siempre aprovecho para terminar de hacer la cama (por las mañanas solo la estiro). En algún momento preparo la ropa que llevaré al día siguiente (muchas veces la elijo entre prendas que ya están en la silla, el piecero de la cama, prendas que llevé días atrás). Ceno frente al televisor encendido, sobre las diez de la noche. Ducha rápida si no me duché antes de cenar. Yogur, a veces algo de chocolate. Intento acordarme de que debo darme alguna crema en la cara (no siempre lo hago). En algún paseo activo la tecla que hará sonar el despertador a las ocho menos cuarto. Preparo los pendientes, colgante, calcetines y bragas que me pondré al día siguiente. A veces olvido llevar a la cocina el plato de la cena o la tarrina vacía del yogur. En esta época empiezo a tener siempre una jarra de agua para ir rellenando el vaso. Antes de las doce ya estoy tumbada en el sofá mirando el televisor. 

En algún momento cierro los ojos en un corte publicitario para descansar la vista. Los abro y sigue la película o el concurso. Los abro y hay un programa de teletienda o un cantante desconocido. Madrugada. Me traslado a la cama.

Día tras día. Noche tras noche. 

Eso es mi presente. 

Y nada más.

domingo, 5 de mayo de 2024

Seguir durmiendo.

 Los días simplemente pasan. Sin más. 

Vivo en estado de permanente cansancio. Quedarme dormida en el sofá con la televisión puesta ya es rutina. Despertarme y bajar el volumen hasta hacerla inaudible. Seguir durmiendo. Despertarme y apagarla. Seguir durmiendo. Ser consciente todo el tiempo de que debo trasladarme a la cama y no hacerlo. Seguir durmiendo sintiendo frío en los pies porque la manta es muy fina y no llega a taparlos. Despertarme y entender que ya debe estar bien avanzada al la noche o mirar hacia el ventanal y ver que empieza a clarear el cielo. Y entonces sí, trasladarme a la cama. Y sentir más frío bajo la sábana de algodón, la manta de lana y la colcha de perlé que en el sofá casi destapada y casi desnuda. Y costarme seguir durmiendo el tiempo que me falta para tener que levantarme, ya sea para empezar el proceso de ponerme en marcha para iniciar una nueva jornada laboral, ya sea para otro día de intendencia doméstica con ropa que se llama de estar por casa aunque salga con ella a la calle. 

Nunca he sido de dormir mucho. Durante años trasnoché hasta la una, las dos de la madrugada, a veces más, aunque tuviese que levantarme antes de las ocho. Dormir poco y sentir que me harían falta más horas de cada día para poder hacerlo todo. Y raramente sentir sueño.

Ahora quisiera pasar en la cama todo el día. 
Curioso, cuando me cuesta tanto trasladarme para dormir en ella.

Nunca más volveré a despertar en mitad de la noche, sentir que todo está bien y seguir durmiendo.
Nunca podré volverme a despertar para verle a mi lado, sonreír aunque nadie me vea hacerlo y poder seguir durmiendo. 

sábado, 29 de abril de 2023

Cansancio más allá de lo físico.

 Cada vez me cuesta más mantener el control sobre mi propia vida.

Mi entorno físico (mi dormitorio, comedor, cocina, baño, recibidor..., el resto de la vivienda es desde hace años una especie de trastero donde apenas entro. Es como si no fuese parte de mi casa) tiene un aspecto caótico. Las cosas se acumulan sin ton ni son ni visos de ser recogidas de ahí. Planché ropa en algún momento de semanasanta (previo lavado: los jerseis y similares prendas de invierno) y desde entonces cuelgan en sus perchas del picaporte de la puerta del comedor, sobre los respaldos de las sillas en que terminaron cuando necesité la percha para colgar alguna otra prenda recién lavada, en cualquier lugar. Sobre el sofá lleno de cojines que no suelo usar para nada hay más ropa: seguramente lleva ahí meses. Lo que recojo del tendedero de la cocina acaba sobre el baúl-asiento de mimbre del recibidor, y de ahí recojo prendas que necesito ponerme en el transcurso de la semana: calcetines, bragas, sostenes...Veo aparecer dos bufandas bajo otras cosas, en una silla, y deduzco que llevan ahí desde el mes de febrero, mínimo. Imposible detallar qué hay sobre las mesas...

El resto de la vivienda está igual. 

El cubo de fregar el suelo está casi enmedio, junto a la puerta que da paso al pasillo que conduce al resto de la casa. La fregona, al otro lado de la puerta. No sé el tiempo que llevan ahí, seguramente he fregado el suelo dos veces este mes de abril y ni siquiera he llevado estos utensilios a su sitio, que es la terraza-tendedero de la cocina. 

En mi dormitorio se acumula ropa. Sobre el piecero de la cama, sobre el taburete artesanal, sobre el baúl pequeño de madera, algunas cosas ya directamente en el suelo. Seguro que hay cosas que dejé de ponerme el pasado otoño. Cambio las sábanas cada dos semanas (seguro que alguna vez han sido tres, antes las cambiaba cada semana), dejo las mencionadas prendas sobre cualquier sitio, hago la cama cuando las sábanas lavadas ya están secas y la ropa sigue sin guardarse. 

Todo así.

La cocina tiene limpias las superficies de uso cotidiano: cocina de guisar, fregadero, encimera junto al microondas, interior de éste. Pero se acumulan en el suelo botes, botellas, bolsas, catálogos de supermercados.

Planifico 'hacer cosas' aprovechando el sábado por la mañana: buena luz, sueño nocturno suficiente. Las aplazo para 'esos puentes festivos' en que tendré más tiempo.

No hago nada. 

Son más de la una y media del mediodía y apenas si he barrido un poco el comedor. Hace semanas que no uso la aspiradora. 

Y no solo es mi entorno doméstico. Es todo.

Me ducho y lavo el pelo por elementales cuestiones de higiene. Me cambio a diario de ropa, también por un 'algo' de coquetería. Me doy algo de rímel, de brillo en los labios. Pero sé que si no tuviese que salir a la calle para trabajar, igual ni lo hacía. 

Porque no me apetece. Porque lo único que quiero es dormir (duermo fatal. No sé si 'poco', pero fatal). Porque pasaría el día en camiseta y, si acaso, me pondría un pantalón de chándal y una sudadera (mi casi uniforme los fines de semana) para bajar a reponer comida: leche, algo de verdura, yogures... También me cuesta mucho ponerme a cocinar cualquier cosa. Yo, que no tomo ultraprocesados ni me gustan los precocinados, estas últimas semanas he comido pizza, pollo de burguer, seguro que alguna cosa similar más. Por la presunta comodidad de 'no ponerme a cocinar'.

En realidad, es que ni siquiera me apetece comer. Como por hambre y eso me lo puedo quitar con una bolsa de patatas fritas o unos frutos secos. Sobre la mesa baja frente al sofá, entre un sinsentido de papeles, tickets, tubos de pegamento, limas de uñas, algún frasco de esmalte que puede llevar ahí meses, cintas adhesivas, cables usb, complementos tipo pendientes-colgantes, bolígrafos..., también veo dos o tres bolsas (¿vacías, semivacías?) de snacks, un paquete empezado de galletas tipo barquillo rellenas, otro de tortitas de arroz inflado, un bote de plástico con alguna almendra... Seguro que hay más cosas en ese revoltillo que no sé por dónde empezar a limpiar y ordenar.

Estoy tremendamente cansada. Y no solo físicamente. 

Se termina abril. Tengo por delante cuatro..., bueno, ya tres días y medio de fin de semana unido a dos días festivos. Tengo docenas de tareas pendientes.

Y no tengo ni ganas ni fuerzas para hacer nada.

domingo, 1 de mayo de 2022

Basura mental. Mes de mayo.

 Hace mucho que no escribo.
La verdad es que no era consciente de que hubiese pasado más de un mes desde el último post. Quizá  tengo un tanto perdido el sentido del tiempo. O igual tampoco es exactamente así. No sé.

Los días pasan uno tras otro sin aportar ninguna novedad a mi vida. Nunca, jamás, había tenido un presente tan monótono. Y tan pocas perspectivas de cambio. Y tan nulos planes de futuro.

No hago nada de provecho. Trabajo, trabajo, trabajo. Sin otra compensación que un sueldo de absoluta supervivencia, de ésos que no te permiten ningún extra reseñable. Trabajo más horas de las obligadas por contrato. Cada día me digo 'mañana voy a trabajar, exclusivamente, las siete horas justas que debo', pero..., de nuevo cada día me digo 'mañana sí que sí: mañana no trabajo ni un solo minuto de más'. Y al final no es así. También me digo que será mañana cuando prepare algo sensato para comer y llevar al trabajo, pero lo único que hago es volver a planificar ese cambio...para empezar mañana.

Estoy tremendamente cansada.
Duermo fatal. Tengo pesadillas. No los recuerdo al despertar, pero sé que  mis sueños son pesadillas. Me levanto cansada. Arrastro el cansancio todo el día, llego agotada a la noche. Si me tumbo en el sofá y me empieza a entrar sueño, no hago esfuerzo para trasladarme a la cama sino que me dejo llevar. Y me duermo a veces una hora, a veces tres. Me dejo llevar sin trasladarme a la cama porque sé que igual esas horas van a ser lo único que duerma de un tirón esa noche. Porque, a veces, cuando por fin me meto en la cama ya no vuelvo a coger el sueño. Y cuando suena el despertador a las siete ya llevo un rato despierta. De hecho, ni siquiera lo dejo sonar. Pero tampoco salto de la cama. Remoloneo, me digo lo de 'cinco minutos más', aun sabiendo que luego todo serán prisas.  
Y es que no quiero ir al trabajo. Simplemente es eso. No quiero ir. 

El jueves, anteayer, debí cerrar los ojos sobre la una de la madrugada. Televisión encendida, pero volumen muy bajo. Arrebujada bajo una manta en el sofá.
Cuando volví a abrirlos ya había amanecido. 
Me trasladé a la cama. Los viernes teletrabajo y hasta las nueve no tengo que levantarme, así que imagino que me adormilé esa hora y media, dos horas. 
Algunas noches me quedo dormida y me traslado a la cama sobre las tres, alguna noche más tarde. Pero creo que nunca me había despertado en el sofá siendo ya de día.
El viernes volvió a pasarme. Y casi creo que realmente era consciente de ello cuando me arropé con la manta y me hice un ovillo, televisión encendida...

No estoy bien y lo sé. Y ni siquiera estoy segura de que se trate de algo físico.

No tengo vida social. Ni real ni virtual. Mi presencia en redes sociales es prácticamente inexistente. No sé si sigo teniendo 'amigos' en facebook porque apenas entro, apenas publico, no entro en el perfil de nadie. En realidad mantengo abierta la cuenta porque co-administro un grupo de carácter cultural: de no ser así, ya la habría cerrado. El whatsapp es una herramienta de trabajo: si alguien me escribe puede ser o no que responda. Lo mismo pasa con otras vías de mensajería. Y ni siquiera es porque no quiera tratar con alguien en concreto: simplemente los días pasan...

Hace unos días sufrí un ataque de pánico en uno de los sitios donde más segura me suelo sentir habitualmente (una enorme estación de tren). Lo controlé, pero derivó en ataque de ansiedad cuando llegué a mi casa. Al día siguiente, tras terminar la jornada laboral, ir a hacer la compra semanal y, en cierto modo, dar por finalizadas las obligaciones...me eché a llorar y estuve quizá más de dos horas sin poder parar. 

No sé. Las cosas no están bien. 
Yo no estoy bien.

Sé que escribir siempre me sirvió positivamente. Quizá debo obligarme a hacerlo, a volver a a escribir cada día un ratito. 
Terapia para sacar la basura mental.

domingo, 23 de mayo de 2021

Avanza mayo.

 Avanza mayo y sigo cansada. No consigo descansar los fines de semana, aunque no haga nada de provecho ni nada que justifique el cansancio. 
Me duelen las articulaciones. Duermo poco y mal. Ayer me hice un selfie en la calle, plena Gran Vía madrileña, y mis ojeras dan miedo. 

Mañana iré a trabajar de forma presencial. Podría enviar un mensaje (whatsapp, correo, mensajería interna instantánea) y decir que me quedo teletrabajando (cosa que sólo el lunes podría hacer, puesto que el jueves me tengo que traer el equipo informático para teletrabajar el viernes), pero iré a trabajar a la oficina.
Cuando teletrabajo, al final, termino echando horas de más. Me quedo siempre con la sensación de que igual no he cubierto mis horas, que como no me controla nadie pueden pensar que no estoy trabajando, no sé..., y finalmente en vez de las siete horas por las que me pagan termino trabajando una hora de más. Mínimo.
Así que mi alergia, mi dolor de articulaciones, mis ojeras y mi desánimo atravesarán Madrid e iré a pasar las siete horas de rigor a la oficina. A no hacer nada de provecho, en realidad. 

Espero que esta semana me llegue la citación para vacunarme. Y poder, a partir de ahí, organizarme en otros temas. Pedir cita en Hacienda para la declaración anual, por ejemplo. 

Según pasan los años me empiezan a agobiar los trámites que hace años llenaban mis días y mi agenda, sin que supusieran el menor problema de organización. Me agobia que exista la menor posibilidad de que se agolpen o se solapen, de tener que pedir permiso en el trabajo y no me lo den. Son miedos absurdos que sólo me van a producir estrés, lo sé de sobra. Pero no puedo evitarlo. 

Imagino que cumplir años también conlleva crear incertidumbres e inseguridades nuevas. 

Última semana completa del mes de mayo. Luna casi llena. Y poco más.

jueves, 6 de mayo de 2021

Calma chicha.

 Siguen los días complicados.
Días en los que realmente no pasa nada. Que pasan sin dejar el menor poso, el menor rastro que pudiera encontrarme en algún día futuro y me sirviera para recordar.
No pasa nada. Pasa el tiempo, sin más. 

Llevo demasiados días acumulando cansancio. Ya no solo me duelen las articulaciones (sobre todo por las mañanas, al despertar), sino que si me tumbo en el sofá al llegar a casa por las tardes...al incorporarme me duele la espalda hasta quedarme sin aire. 
Sé que son contracturas de la tensión en que vivo. La tensión que lo envuelve todo cuando aparentemente no está pasando nada. La tensión en que se vive cuando hay que aparentar que todo está bien. Que no pasa nada.

Calma chicha que precede a la tormenta. 

Conozco sobradamente esa sensación. Tantas, tantas veces...
Pero no sé si tengo ganas de tormenta. Quizá por primera vez, no quiero esta tormenta. No que me caiga encima. No tener que correr.
Pero me temo que no será una tormenta para ver llover desde el otro lado del cristal de la ventana. 
Y estoy demasiado cansada.


sábado, 30 de mayo de 2020

Meses vacíos. Previsible futuro.

Se acaba mayo. Otro mes vacío. Otro mes que este año extraño e inesperado me ha quitado sin darme nada a cambio.

Las medidas de confinamiento se van suavizando. Aunque hay fijadas unas horas y unos horarios para poder salir a la calle, la verdad es que éstos son bastante flexibles: prácticamente se puede salir a cualquier hora del día, sin mucha más excusa que ir a comprar. El problema es que ya me he acostumbrado a estar en casa y puedo pasar días sin salir. Y sin ganas de hacerlo. Si necesito algo voy a comprarlo a cualquier tienda cerca de casa. Sólo salgo a comprar 'en serio' una vez por semana y en ese caso si elijo cualquier hipermercado más distanciado de casa. Pero la verdad es que podría esperar hasta quedarme sin provisiones y tampoco pasaría nada. No tengo esa necesidad casi física de salir a la calle que siempre he tenido.

No hago prácticamente nada en todo el día. Intendencia doméstica: limpiar, ordenar alguna cosa, poner una lavadora a la semana y planchar si viene al caso que alguna de las prendas lavadas necesita plancha. Poco más. No me concentro para leer, por ejemplo. No pongo música: si la radio está encendida es con la programación que toque en esa emisora. Dejo pasar los días, sin más pretensión que ésa: dejar que el tiempo pasa, imagino que esperando que al final todo vuelva a su lugar. 

No sé cuando podré volver al trabajo. Sí que esa 'vuelta al trabajo' será algo paulatino (primero, volver a estar dada de alta en la empresa durante el 30% de la jornada, aunque eso en la práctica conlleve trabajar jornada completa; luego pasar al 50%...aunque siga trabajando todo el día; finalmente volver a jornada completa, ya a principios de agosto...) y que pasará tiempo antes de volver al trabajo presencial en la oficina. Porque empezaremos por el 'teletrabajo' y éste podrá demorarse durante semanas...y hasta meses...
Y esa idea no me gusta. No es lo que quiero para mi vida. 
Pero sé que no es algo opcional. Es lo que habrá los próximos meses, en el mejor de los casos.

Igual también por esta evidencia de lo que será el futuro es por lo que me paso las horas casi vegetando. Como si algo en mí me pidiese descansar para estar preparada ante lo que serán los próximos meses: actividad para intentar recuperar la economía, pero sin que ello suponga una retribución acorde al trabajo realizado. Y también estar preparada para el aislamiento que supone el teletrabajo: todo el día en casa, sin otro contacto que el telefónico...
No me gusta esa perspectiva. Pero soy consciente de que ése va a ser el futuro post-confinamiento obligado. Más confinamiento.

Y por lo demás...

Me siento cansada. También físicamente. 
Y sola. Muy sola. Y cada día tengo más claro su falta de interés en mí. Su indisimulable falta de interés...

No me gusta ese futuro que me espera. No quería ese futuro para mi vida.

martes, 19 de mayo de 2020

Detalles. Poco a poco.

El viernes, la máquina de hacer zumo de naranja del hípermercado ya estaba en funcionamiento.
Por la tarde, una tienda pequeñita de ésas que venden chucherías y algún comestible, que tengo frente a casa, había abierto.

En el primer caso, la máquina había dejado de funcionar la tercera semana de marzo. No se podía usar algo que se tenía que tocar libremente, aunque solo sea para poner la botella y que caiga el zumo que la máquina va extrayendo de las naranjas que se acumulan en su cajón superior.
En el segundo, cerraron a principios de marzo. Por teóricas vacaciones, imagino. Aunque hará más de diez años que entré en ella, deduzco que sigue regentada por ciudadanos de origen chino: fueron los primeros en cerrar las tiendas. 
Son dos detalles mínimos. 

A veces compro zumo recién exprimido, aunque no me es imprescindible.
Si la tienda de chuches no hubiese vuelto a abrir, o si en cualquier otra circunstancia hubiera cerrado definitivamente, no me habría supuesto ni siquiera una anécdota. No soy clienta.
Pero en situaciones como la actual..., los dos pequeños cambios me parecieron un acontecimiento. Mucho más que ver como la calle se llena de bicicletas a partir de las ocho de la tarde y de niños en cualquier hora del día. 
Detalles de vuelta a la normalidad, poco a poco.

Los días siguen siendo muy raros.
Estoy cansada y deprimida. 
Me siento muy sola.
Pero sé que si se me antoja, puedo volver a comprar zumo de naranja recién exprimido y gominolas metidas en una bolsita de plástico transparente. Y que detalles como ésos también significan que algún día volveremos a la normalidad.
A algún tipo de normalidad. 
Aunque también sé que yo no volveré a ser la que era hace un par de meses. Algo en mí se ha perdido en el camino estas semanas. 
Y sé que no volverá, volveré, a ser. 

miércoles, 13 de mayo de 2020

Cuarentena eterna.

Cuarentena eterna.
Ésa es la sensación que empiezo a tener a estas alturas. Que esto no se va a terminar nunca. Que no son los más de 50 días que el calendario dice que llevo prácticamente encerrada, sino mucho más. Y que la normalidad no volverá nunca.


No hago nada en todo el día. Me levanto sin horario: algunos días a las diez, otros antes, algunos a más de las once..., y es que da igual. Como da igual si me da la una del mediodía y estoy aun desayunando. No tengo ninguna obligación. Ni ganas de hacer nada. 

Podría ponerme a ordenar armarios, cajones, la vitrina multiusos del salón. Tirar papeles, colocar los trastos que acumulan la habitación que antaño usé como despacho y la otra, la que en teoría es el otro dormitorio de mi casa. Pero no me apetece hacer nada. 
Absolutamente nada.

Sé que estoy ganando peso a marchas aceleradas. No porque coma mucho, sino simplemente porque desayuno, como a mediodía, ceno por las noches. No me privo si me apetece un puñado de snacks o dos rodajas de embutido. Y porque no hago ejercicio. Casi mi recorrido más largo es ir de la cama al sofá y de éste a la cocina. El baño me pilla de paso.
Y empieza a darme igual. Tengo la sensación de que dará igual si no me vale la ropa de verano: total, a este paso estaré todo el verano encerrada, saliendo un día por semana a comprar y la mañana del domingo a por el periódico, pasando por la panadería y comprando unos bollos. 
Estoy tomando más azúcar de la que debería. Es más: yo apenas tomo azúcar y ahora lo estoy haciendo.

Hace dos meses y medio que no me doy el baño de color en el pelo. Me lo lavo una vez por semana, o cada diez días. Lo llevo siempre recogido en una trenza. Total, da igual.
Mi indumentaria consiste en alternar dos mallas (unas negras de algodón y licra, las otras gris marengo de antelina elástica) y dos sudaderas: una negra y otra gris, las dos con flores bordadas alrededor del cuello. Ah, a veces también me pongo otra, más finita, gris claro. Que es la que llevo ahora y por eso me he percatado de que no siempre son las dos de la flores. Ya ni me pongo sostén (aunque de éste también prescindo a veces sin necesidad de excusas). Mediadocena de braguitas cómodas de algodón y licra, las que me aún me valen. Y nada más.
Da igual. Tengo la facultad, siempre la he tenido, de ser invisible a voluntad. Supongo que lo seré permanentemente si algún día vuelvo a poder salir a la calle.

Y le echo mucho, mucho de menos. 
Porque paso todo el día sola y le da igual. 
Y cada día tengo más y más claro que esta cuarentena era, simplemente, el pequeño empujón que faltaba que me diera la vida para dar por finalizada esta relación que hace demasiado tiempo que no existe.

jueves, 7 de mayo de 2020

Día malo.

Hay días complicados en los que no pasa nada.

Hoy ha sido uno de esos días. Objetivamente, ha sido un día más: rutina de confinamiento. La única novedad o lo único que ha roto un poco esa monotonía ha sido ir a llevarle compra a mi madre. También me he levantado un poco antes que los últimos días (tampoco ha sido madrugar, que me he levantado a más de las nueve y media) porque quería preparar arroz y llevarle parte. Pero vamos, que ha sido un día rutinario más. De los muchos que han pasado ya en esta cuarentena que se me está haciendo eterna.

Anoche dormí fatal. A decir verdad, creo que no he dormido realmente bien en ninguna de las noches transcurridas desde que empezó mi encierro, hace mes y medio y algún día más. Sueños densos, muy densos. Y alguna pesadilla. Así noche tras noche. 
Cada una de ellas pienso que no se me va a olvidar el sueño (el último, o en el que estoy cuando me despierto a cualquier hora de la madrugada). Pero no me he sentado a desayunar cuando ya solo me queda alguna imagen sin demasiado sentido. Y al rato ya no recuerdo nada. Solo la sensación de que no ha sido una buena noche, un buen sueño.

El día de hoy no ha sido bueno, aunque no haya pasado nada.

No me encuentro bien. No tengo fiebre, respiro todo lo bien que puede respirar una alérgica en un mayo tan florecido como éste, no me duelen las articulaciones o los huesos mucho más ni mucho menos de lo habitual. Pero no me he encontrado bien en todo el día.
Día malo. 

Necesito que se termine esta situación, esta cuarentena eterna. Necesito volver a trabajar, recuperar la tranquilidad de unos ingresos razonables. Ponerme al día en el pago del alquiler (que no es que no tenga con qué pagarlo, es que mi casera es muy mayor y nadie se ha puesto en contacto conmigo para cobrarme. Porque yo lo pago por mediación de una amiga, que es quien me cobra y da el recibo y ella lo liquida. Pero con este enclaustramiento..., pues nada. Y el tema me inquieta, para qué negarlo). Necesito poder decidir a qué hora quiero salir a la calle y hacerlo. Necesito ver escaparates. 

Necesito quitarme esta sensación de angustia permanente que hace que días como el de hoy, en que no ha pasado nada, haya sido un día malo.

domingo, 27 de mayo de 2018

Sin poder llorar.

Y finalmente, baja médica.
Sin fecha fija de alta y sin alternativas. Bueno, alternativa sí: si no aceptaba la baja, parte médico para ingresar en el hospital.

Casi una semana después, sigo cansada. No tanto como antes de empezar la baja, claro, porque suprimir de mi rutina las nueve horas de trabajo (vale, ocho y media, porque paramos media hora para comer. Tenemos una curiosísima 'jornada partida') y las tres y media de transporte público con sus huelgas encubiertas, sus retrasos, sus pasillos inmensos para hacer transbordo, no levantarme a las siete menos cuarto tras estar ya despierta desde media hora antes..., pues tiene que ayudar. Pero al no estar bien y no estarlo desde hace meses..., cinco días de 'reposo absoluto' por recomendación facultativa no van a hacer milagros.

No sé nada de él.
Bueno, sí lo sé: respuesta cortés a un par de mensajes.
Dudé si debía contarle lo de mi baja y, si llegaba el caso, resumirle mi enfermedad. Lo dudé por varias razones y motivos. Y ayer se lo conté (muy resumido, apenas dos palabras) en una respuesta a un sms.

Si hubiese tenido alguna duda con respecto a su reacción, se me habrían despejado. Lo bueno o lo malo es que a estas alturas del año y de todo lo que ha pasado (y sigo sin comprender o sin asimilar, ya no sé bien) ya no me quedan dudas: le da exactamente igual.

Hablamos hace 3 semanas justas. Yo ese sábado ya no estaba bien. Es más, el lunes de esa misma semana creí que iba a morirme (hoy sé que no sólo eran causas psicológicas). Ese sábado creí escuchar el timbre del teléfono entre sueños, sin ser siquiera consciente de estar dormida a mediatarde. Cuando vi la 'llamada perdida' (me dijo que habían sido dos. O igual tres, ya no sé bien) se la devolví. Me respondió el 'buzón de voz', pero me llamó de nuevo de inmediato (teóricamente, su teléfono no refleja el número de quien le llama..., teóricamente, pero me dijo que no le había dado tiempo a coger el teléfono y me llamó...).

Hablar con él..., ¿una hora, más tiempo?,  no sé..., me hizo más bien que cualquier descanso o cualquier medicamento. En ese rato no me dolía nada. Tras colgar el teléfono, tampoco.
Quedó en que volveríamos a hablar el sábado siguiente. Recuperar la rutina de, al menos, la llamada del sábado...

Por supuesto, ese 'sábado siguiente' no me llamó. Ni atendió mi llamada.
Tampoco la siguiente semana, que fue el sábado de la semana pasada.
Ayer ya no confiaba en que lo hiciera (responderme, no cuento con que me llame). Razones conocidas y esperadas de forofismo futbolístico, aunque llamé horas antes del 'partido del siglo'. Acerté.

Y en mi respuesta, sms mediante, a la suya (no estaba en casa) es cuando me decidí a informarle muy brevemente de que estoy de baja médica.

Nunca lo he estado desde que le conozco. Yo no me puedo permitir estar enferma.
Qué más da. A él, al menos, yo le doy igual.

Me duele mucho la piel. La tengo tan seca que si me embadurnase de crema ultrahidratante dos o tres veces al día, creo que podría escribir sin esfuerzo sobre ella (haciéndome heridas) con las uñas.

El efecto del antihistamínico (uno fuerte que llevo dos días tomándome por las mañanas, que me recetaron con el consejo de evitar en lo posible tomarlo, que he de tomar en ayunas y esperar una hora para desayunar) no me aguanta las veinticuatro horas prometidas. Así que paso las noches durmiendo a trompicones, rascándome hasta hacerme heridas, embadurnándome de crema hidratante.

Enlazando pesadillas.

Tengo los ojos tan secos que hay instantes, por la noche, en que hasta me cuesta parpadear.
Y me duele tanto su ausencia, su indiferencia...que ni siquiera soy capaz de valorar si es bueno o malo no tener lágrimas y no poder desahogarme, al menos, llorando.

domingo, 20 de mayo de 2018

Sin defensas.

Y llega un momento en que el cuerpo te grita 'basta'.

Que está harto de que no le trates en condiciones o, incluso, de que le trates mal o lo maltrates, directamente. Que claro que se ha acostumbrado, qué remedio, a que le tengas horas y horas sin comer e incluso sin beber. A que apenas le dejes dormir, acostándote a más de las doce de la noche y muchas veces cerca de la una y levantándole antes de las siete de la mañana. A estar encerrado nueve horas en un recinto sin luz natural ni ventilación, soportando el cambio de temperatura de unos aparatos de aire acondicionado que llevan años sin limpiarse. A estar más de ocho horas mirando una pantalla de ordenador mal calibrada y, desde hace unos meses, con  una pared blanca a menos de tres metros como todo horizonte. A tres horas y media diarias de transporte público, sometiéndole al estrés de los retrasos inesperados y las huelgas encubiertas. A maltratar sus ojos, que a las seis de la tarde ya apenas distinguen otra cosa que no sean luces y siluetas.

A que nada, absolutamente nada de lo que haces con él sea gratificante.

Y de repente te encuentras un viernes dando vueltas sin ir a ningún lado en el otro extremo de Madrid, muy lejos de tu lugar de trabajo y aún más lejos de tu casa, un extremo y un barrio a donde te ha terminado llevando un bus cualquiera que has cogido al azar, porque los viernes trabajas siete horas en vez de nueve, y consideras que eso es una suerte y que tiene que aprovechar la tarde, y coges buses y das vueltas con ellos. Y te encuentras en un barrio lejano, y quieres volver a tu casa pero también quieres ir a un Centro Comercial que está en ese barrio, porque tienes que hacer la compra básica semanal y hace semanas que decidiste que no la ibas a seguir haciendo los sábados, como siempre, porque te apetece pasar los sábados en casa limpiando y ordenando (aunque sabes de antemano que luego no haces nada).

Y vuelves en tren, sin saber muy bien si ése es el recorrido más corto. Y no has comido y llevas encima una botella de zumo medio llena, un zumo refrigerado que compraste el día anterior y que lleva más de 24 horas sin refrigerar, y estás comiendo cacahuetes recubiertos de no sabes bien qué mientras viajas en el tren camino a la gran estación donde harás transbordo y cogerás el definitivo que te lleva a casa.

Y esa noche tocas fondo.

Y desde esa noche, ataque de ansiedad incluido, el cuerpo empezó a gritar 'basta'.

Hace tres semanas y dos días.

Ése es el tiempo que llevo enferma. Reconociéndome enferma, al menos a ratos.

Me duele todo, y al menos lo reconozco. Tengo la piel fatal, y al menos soy capaz de admitirlo. Tengo una necesidad de dormir atroz, y al menos entiendo que debo dormir.

Mañana me hacen una nueva analítica, más completa que la que me hicieron hace un par de semanas y de la que obtuve los resultados hace un par de días.
También tengo ganas de llorar, pero no soy capaz. Igual sí he llorado, pero no lo recuerdo. Me duelen los ojos y la piel. Mucho.

Y tengo muchas, muchas, muchas ganas de verle. Muchas. Porque sé que gran parte de lo que me pasa es eso: la consecuencia de estos meses sin él, el no haber sido capaz de entender aun el porqué de su decisión de sacarme de su vida sin explicaciones, el saber que no está bien y no poder hacer nada.

Estos meses se me han desplomado las defensas. Las físicas y las mentales.

Pero estamos programados para sobrevivir. Y llega un momento en que el cuerpo nos grita 'basta' y no podemos seguir ignorándole. Y tenemos que parar.

domingo, 13 de mayo de 2018

Sin mejorías.

Las cosas siguen sin mejorar.
Me gustaría poder decir otra cosa, pero esa frase es la que resume la semana. Las cosas siguen igual de mal, en todos los aspectos.

El martes fui a que 'me pinchasen'. O sea, a hacerme la analítica programada.
Reconozco que no me duele el pinchazo (no más que cualquier otro casual con una aguja o con un pincho de cactus, por ejemplo). Es esa sensación de fobia, de rechazo al pinchazo sabiendo que se va a producir, lo que me pone nerviosa.

Me sacaron sólo tres tubitos de sangre (tampoco me da la menor impresión ver cómo se van llenando desde la aguja y el vial). El enfermero era un chico agradable que me contó que él tiene aversión a las avispas y me hizo el justificante de asistencia ('¿Te pongo como hora las nueve?' 'Vale. Lo que me calculan es el tiempo que haya pasado desde la hora de entrada a la que sea cuando fiche').

Ya no me duele especialmente el estómago, aunque apenas esté comiendo (no tengo hambre. Tampoco noto que esté perdiendo peso, dicho sea de paso). Pero me siguen los picores en todo el cuerpo (esa sensación de picor interno, de algo que no tiene que ver con factores externos como polen o tejidos) y empiezo a tener heridas de rascarme de forma más o menos inconsciente. También tengo eccema en los antebrazos y la piel de la cara fatal.

En casa estoy medianamente bien. Y he observado que dar un paseo, incluso al sol, también me tranquiliza y me quita los síntomas. Pero cuando me encierro en la oficina empeoro a marchas forzadas. Se junta la falta de aire limpio, la falta de luz natural, los fluorescentes, el polvo de meses que acumula todo, las emisiones eléctricas de docenas de ordenadores funcionando a la vez durante más de nueve horas... Y la situación propiamente laboral. El mal ambiente que empeora día a día.
Sigo estresada. Mucho. Y muy triste.

Ayer sábado decidí no 'forzar' mi cuerpo a despertarse/levantarse a una hora concreta, y lo hice casi a las doce del mediodía (necesito dormir). Durante el día no seguí ningún horario marcado de comidas ni actividades, más allá de poner una lavadora y tender, o de salir a mediodía a comprar fresas. El resto del día estuve limpiando y descansando. Sin mucho más.

Le llamé en algún momento en torno a las ocho de la tarde, pero no atendió mi llamada.
Y le llamé porque la semana pasada habíamos quedado en eso, en hablar en una semana.
No sé si esto empeora mis síntomas, pero con toda seguridad no contribuye a mi mejoría.

Esta semana tengo un día festivo (el 15, martes. Festivo local) que pienso dedicar a no hacer absolutamente nada de provecho. El jueves tengo cita en el médico para que me den los resultados de mis análisis. Me dirán que no tengo nada y seguiré como estoy: estresada y cada vez más cansada y con menos ganas de hacer cosas.

Los próximos dos meses no puedo pedir una baja médica, porque van a ser los últimos de este año en que voy a cobrar incentivos, y no me puedo permitir perder dinero, francamente. Las perspectivas para el segundo semestre vuelven a ser angustiosas.

Mañana vuelvo a la rutina laboral. Y no quiero ir, no quiero, no quiero...

domingo, 6 de mayo de 2018

Semana de pesadilla.

Me gustaría decir que estoy o me siento convaleciente, porque eso querría decir que realmente estoy bien y lo único que tengo es la fatiga lógica tras pasar una enfermedad...pero no es así.
No estoy bien.

Creo que esta que acaba hoy es la peor semana que recuerdo, de toda mi vida, del aspecto 'salud'. Arrastrando aún las secuelas del ataque de ansiedad de hace ocho días, el lunes volví a sufrir otro.
Y llegué a creer que me moría. No recuerdo haberlo pasado tan mal nunca.

Me empecé a poner mala en el trabajo. Aguanté hasta las seis de la tarde, no sé bien cómo ni con qué intención (¿pensando quizá que al salir de allí se me pasaría como por arte de magia? ¿ que llegada la hora de salir mi angustia, mi dolor terrible de espalda, la sensación de estarme ahogando, el estómago revuelto, el dolor de cabeza como de golpes de martillo..., el resto de los síntomas, no se vendrían conmigo?) y el recorrido de vuelta a casa fue una pesadilla de más de dos horas y media. Y se prorrogó en la noche, y...
Es la primera vez en mi vida en que estoy en la cama hasta más de la una del mediodía. Tras no haber dormido apenas y no saber qué hacer ni qué tomar para conseguir quitarme el dolor y la angustia...
No le voy a dar más vueltas.

Tengo controlada la ansiedad, y con eso me estoy conformando.

Me siento muy cansada, mucho. Me duele todo el cuerpo. Me pica toda la piel, a ratos de una forma desquiciante, un picor que no me calma ninguna loción ni evitan las pastillas para la alergia, supongo que porque viene desde el interior. Y a ratos me veo amarillenta.

El martes tengo una analítica. Sé que no me detectarán nada, que seguiré igual de cansada y de harta, que en algún momento pararán los picores y el dolor de estómago. Y que lo único que habré sacado es haber pasado por la desagradable sensación de haberme tenido que pinchar.

Lo único que salvo de esta semana es haberle vuelto a escuchar. Lo único.
E imagino que en cualquier momento decidiré que si la recompensa o la compensación por haber soportado esa semana de pesadilla era eso, volverle a escuchar, habrá valido la pena.
Y..., y curiosamente, mientras le escuchaba no me dolía nada. Y el efecto analgésico se prorrogó hasta horas más tarde, quizá toda la noche...

Sé que lo que me pasa también es consecuencia de estos meses sin él. De mi preocupación inevitable por él, de mi tristeza infinita al no tenerle ni saber nada de él.
Pero eso es algo con lo que tendré que aprender a  vivir. También mi cuerpo tendrá que aprender.

Mañana, que realmente es en unas horas, empieza otra semana. Y me da mucho miedo que vuelva a repetirse parte de la que acaba de terminar.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Terminando mayo.

Terminando mayo.

Llevo tiempo sin escribir. Llevo toda la semana con ganas de hacerlo.
Pero muy cansada.
Y muy falta de tiempo.
Los cierres de mes, laboralmente hablando, siempre son intensos. Incluso para quienes no gustamos de dejar las cosas para el último momento (en mi caso, suelo tenerlo todo cerrado a falta de dos o tres días. Desde siempre. Pero también, siempre, sabiendo que pueden surgir imprevistos. Y de hecho suelen surgir).

Cinco días después, aun guardo sensaciones.
Cinco meses y medio después, fue como si apenas hubiesen pasado unas horas sin tenerle a mi lado. Es curioso. O igual no.
La piel tiene memoria. Y he vuelto a comprobar que la mía tiene incluso más de lo que esperaba.


Ya escribiré sobre ello. O sobre mí.
A partir de mañana. Cuando empiece junio.

domingo, 7 de mayo de 2017

Primera semana de mayo.

Días raros.
Seguimos así, encadenando días raros.
Cosas que deberían pasar y no pasan, pero en su lugar pasan otras. O peor: no pasa nada. No pasa más que el tiempo, cada vez más rápido.

Los días solares son cada vez más largos. Cuando me levanto aún no ha amanecido, pero ya desayuno sin dar la luz, en torno a las siete y cuarto. Ayer aún era de día a más de las nueve de la supuesta noche.

Al final, una de las cosas que me preocuparon hace dos semanas (el estado de mi coche. Ése que llevo años sin conducir y que en realidad tampoco es que condujese nunca demasiado) ha terminado bien. O al menos eso parece. Como es algo que me propuse ir afrontando por pasos, ahora me toca el siguiente: decidir si doy algunas clases (siquiera para moverlo de vez en cuando) o qué hago con  él y conmigo en relación a este asunto.

Ahora mi próximo posible problema o, mejor dicho, mi próxima angustia, se llama Declaración de la Renta. Pienso que con la barbaridad que me descontaron el pasado año no me tocará, además, pagar. Y debería incluso 'salirme a devolver'. Pero..., no lo sé. Además, necesito cita para un viernes por la tarde, a poder ser ya en junio para no tener que cogerme 'horas a cuenta de un día de vacaciones'. Y..., no sé. En algo que durante tantos años ha sido tan rutinario como que era parte de mi trabajo como son los temas relacionados con los impuestos, me siento incómoda. Empiezo a ahogarme en vasitos de agua.

Me sentó bien la conversación de dos horas y pico de la noche del miércoles pasado. Echaba de menos esas conversaciones largas. Las echo de menos. Le echo de menos.
Este año he aprendido que no debo plantearme absolutamente nada en relación a 'nosotros'. Este año me ha dejado claro que no formo parte de su vida. Pero sigo creyendo que..., no, no sigo creyendo nada. Simplemente sigo esperando a que un día tenga un rato para mí. Sé que no debería aceptarlo, que no debería aceptar que un día tenga tiempo, venga a dormir conmigo...y simplemente sea esa vez y ya está y vuelvan a pasar los meses sin él. Sé que debería dejar que la herida de su ausencia siga su cauce, siga cicatrizando... Pero le echo mucho de menos. Y sé que no voy a rechazar la posibilidad de su presencia a mi lado, si surge esa ocasión, aunque luego se vaya sin fecha de retorno, aunque luego pase los días queriendo que vuelva.

Días raros. Unos parecen de otoño y otros volvemos al verano. Se ha adelantado la floración de casi todo. Los índices de polen empiezan a ser salvajes. Más o menos, llevo y soporto la alergia..., pero creo que esta semana empezará la verdaderamente fuerte.

Domingo de una semana que ha sido laboralmente más corta. Mañana empieza una completa, con sus cinco días laborables. Y sé que pasaré, pasaremos, calculando que la siguiente tendrá un lunes festivo.

domingo, 1 de mayo de 2016

Día de la Madre.

La verdad es que nunca me cuestioné lo de 'ser madre'.
Esto es: nunca le di vueltas, no me obsesioné, no hice planes al respecto.
Supongo que siempre supuse que tendría hijos. Igual porque 'eso era lo normal'...por muy poco 'normal' que fuese yo y fuese mi realidad. Llegaría un momento en que tendría hijos, y sería en plural. Porque todas las mujeres de mi familia los habían tenido, tarde o temprano.
Pero nunca hice planes al respecto: ni cuando, ni cómo, ni a qué edad. Era..., era como lo de terminar comprándome una casa, por ejemplo, o terminar viviendo en el centro. Esas cosas que imaginas que terminarán pasando, hagas o no porque pasen. Porque es lo lógico, el final normal de las cosas....
No he tenido hijos. Y ya sé que nunca los tendré.
Sí..., imagino que aún me es físicamente posible..., pero también sé que bastante improbable. Que hay algo que se llama 'reloj biológico' que va marcando horas y que no se puede retroceder. Y que detalles como mi evidente deterioro físico, veloz, muy veloz los últimos dos años, no es sino una forma de recordármelo...
Siempre se me dieron bien los niños. Es algo que va más allá de 'gustarme' o no. Se me daban, e imagino que se me seguirán dando, muy bien. Entiendo su mundo. Entiendo que no les guste que les traten como si fuesen imbéciles...pero que aprovechen que se les trate así en su propio y egoísta beneficio (si alguien hace algo porque piensa que yo no sé hacerlo..., pues mejor. Así no me obligan a hacerlo yo). Durante años en mi ambiente natural de trabajo había niños: los hijos y hasta los nietos de mis compañeros de trabajo...y era habitual dejarlos a mi cargo. Alguna vez he comentado que llegué a tener una 'hijastra legionaria': cuando la conocí tenía 9 años, mantuve una larga y extraña y a ratos muy dolorosa relación con su padre, ella ingresó en la Legión nada más cumplir los 18... La pasada semana cumplió 34 años y hace doce que no sé nada de su padre...
Pero eso es otro tema.
Quien me ha visto tratar con críos ha terminado diciendo que sería una madre estupenda. Sí, imagino que sí. Los niños y los animales sacan de mí una parte tierna que de otro modo está ahí escondida, en algún sitio...
No he tenido hijos. No se han dado las circunstancias propicias para ello.
Tampoco me he obsesionado nunca con el tema. No he hecho planes al respecto, no he 'buscado al padre ideal', no me he planteado ahorrar para poderme permitir tenerlo yo sola, confiar en eso de que 'los niños vienen con un pan bajo el brazo'.
No he encontrado el momento, supongo.
No he tenido una vida 'normal'.

El padre.... Sólo he conocido dos hombres con quien sí hubiese tenido un hijo, que sí habría elegido como padre de esos hijos.
En ninguno de los dos casos ni siquiera fue posible plantearse que eso fuese posible.
En el primero..., él era estupendo. También como padre: conocí a sus hijos. Le quise muchísimo...pero era un amor y una relación imposibles. Sólo en una ocasión los dos 'caímos en la tentación'...y, sí, eso significa que nos dejamos llevar por la atracción mutua que sentíamos desde años antes, cuando nos conocimos y yo era una cría y él un serio padre de familia y además mi jefe. Sólo pasó una vez. En esos años yo mantenía otra relación y él..., él seguía siendo un 'serio padre de familia'. No quise que volviera a pasar. Ya no era el momento.
Pero sé que habría sido un padre ideal. Esas cosas que se saben, que es instintivo. Como lo era nuestra atracción imposible.
En el segundo..., qué más da. Yo sí he mantenido con él una relación. Él conmigo no. Eso podría resumirlo todo sin necesidad de más explicaciones.  
Nunca pude plantearme siquiera que nuestra relación física desembocase en otra cosa. No: cuando estábamos juntos yo jamás me planteé poderme quedar embarazada: nunca existió el menor riesgo. Entre otras cosas porque él más de una vez me explicó para qué le gustaba yo (o para qué le interesaba, o para qué le servía..., ya ni siquiera sé cómo describirlo) y, en fin..., era incompatible con cualquier otra intención que yo pudiese haber tenido. Que nunca las tuve, por otra parte.
Para mí, las reglas del juego estaban muy claras. Nunca tocamos el tema, supongo que porque él nunca pensó en que hubiese un 'tema' que tocar en ese sentido.
Pero sé y sabré siempre que es el segundo hombre con quien yo sí habría tenido hijos. Y no sólo por lo mucho que le he querido (y le sigo queriendo, aunque ya sepa que no hay nada más, que no hay futuro) sino porque hay algo que se llama 'química' y que en este caso tengo perfectamente claro que es lo que hizo que al final hubiese 'algo' entre nosotros. Una química que habría podido fabricar niños blanquitos, inteligentes y parlanchines.
Habría sido el padre ideal de los hijos que nunca tendré. Aunque no lo haya sido de los hijos que seguramente tenga en algún sitio..., una de esas cosas que nunca sabré a ciencia cierta, que nunca conoceré de su vida.

Da igual.

Aunque yo no tenga planes ni ganas de hacerlos, imagino que en el tercio de vida que me espera (por edad y con respecto a los años que tengo, lo que me queda por delante viene a ser eso: más o menos el tercer tercio) tendré que vivir cosas que no conozco. Quizá algunas que ni imagino que existan.
Y la maternidad, hoy lo sé, nunca será una de ellas.

domingo, 24 de abril de 2016

Recta final de abril.

Tengo ganas de que acabe abril.

No, no porque piense que cambiar de mes vaya a conllevar algo más que pasar la página del calendario de mesa. Me consta que mayo va a ser un 'mas de lo mismo' (además, con lo que ha llovido los últimos días... el 'florido mayo' me va a tener entre el asma y el querer sacarme los ojos para rascármelos por dentro), pero quiero dejar atrás este mes tan raro, tan tenso en todos los sentidos. Tan triste.

Este mayo futuro trae dos días festivos en Madrid. Bueno, igual el dos de mayo este año es festivo nacional porque el oficialmente festivo (que es el Uno de Mayo, Día del Trabajo) cae en domingo. Y quizá por ello el día dieciséis no es laborable en Madrid capital (o quizá en toda la CCAA) porque han 'pasado' esa fiesta a ese día..., porque San Isidro, que es el Patrón madrileño cae en domingo también... Bueno, el caso es que tenemos dos festivos.

Y me gustaría tener la fuerza de voluntad necesaria para, al menos uno, dedicarlo  limpiar y ordenar (sobre todo lo último, que me invade el caos...pero no tengo las cosas sucias. Mi piel y mis vías respiratorias no lo soportarían).
Luego, seguro, no hago gran cosa... Como no lo hice ayer, que se me trastocaron los planes (que no eran otros que visita a Madrid familiar) y al final no hice mucho más que planchar por la tarde. Todo lo demás sigue igual de desordenado..., incluida la ropa planchada, que está eso, planchadita, pero entre sillas, mesa, perchas colgadas en el picaporte de la puerta...

Me puede el cansancio y el hastío de que, haga lo que haga, tampoco sirve para demasiado.

En el trabajo parece que las cosas se han 'ordenado' un poco los últimos días...pero el ambiente sigue raro. Y esta semana sabré si mi quebranto económico son noventa, ciento cuarenta o más euros...de menos en mi nómina de mayo. Esto es, la que cobraré dentro de un mes (las comisiones se cobran 'a dos meses vista'). Bueno, ahora que caigo, unos ochenta menos ya sí son una realidad...con respecto a la de este mes. Esas maniobras de las empresas...., largo de contar... Da igual.
Afortunadamente, mi sueldo los últimos meses ha sido un poquito más alto que el mero 'de supervivencia'. E incluso con los descuentos, seguirá siendo eso, un poquitín por encima del mero 'cubrir los gastos'. Claro que en junio se va a juntar el haber cobrado menos de lo esperado y esperable, con Hacienda. Que este año me saldrá a pagar sí o sí: el año pasado tuve 'tres pagadores' (uno de ellos, el Estado, que no te retiene IRPF) y la retención de los otros dos fue mínima..., me sale a pagar seguro. Sólo me queda por saber cuanto, pero estoy preparada para entre doscientos y trescientos euros..., porque sólo me puedo desgravar el alquiler. Y encima, éste será el último año.

Y hablo de todo esto...por hablar de algo.

Le sigo echando muchísimo de menos. Hablé con él el viernes por la noche. Y le echo muchísimo de menos... y es algo que me tengo que guardar para mí, como me guardo tantas sensaciones, tantas cosas...

sábado, 30 de mayo de 2015

Última semana de mayo.

Quería escribir un poco. Pero al final me he liado con otras cosas y...
A ratos siento que tengo cosas que contar. Luego me doy cuenta de que no es cierto: en mi vida no pasa nada. Y me siento tonta escribiendo cuando, realmente, no tengo nada que contar.

Esta semana ha sido larga y yo he estado cansada cada día, cada hora. Los días se alargan: ya no necesito dar la luz por las mañanas, ha amanecido cuando me levanto, antes de las siete. Ya, dar las 'buenas noches' a las diez me resulta raro: aun hay luz de sol. El exceso de luz natural es lo que más me gusta del verano. Mejor dicho: es lo único que me gusta. Pero...creo que este año me empieza a dejar la sensación de que aún voy a dormir menos. Noches cortas en que apenas hará que se puso el sol cuando yo ya esté dormida, en que amanecerá antes de que yo me levante...

Esta semana he dormido buscando, instintivamente, el olor de su cuerpo en mis sábanas. Sé que no es algo consciente (me quedo dormida en el sofá, me despierto, apago la tele, me traslado a la cama entre sueños, sigo durmiendo..., me obligo a volverme a dormir sabiendo que deberé levantarme pronto), pero sé que en algún momento me encontraré con su recuerdo, con el olor de su piel al darme la vuelta y abrazar la otra mitad de mi almohada... Y por un instante todo volverá a estar bien. O volverá a estar mal, porque no está, porque realmente es solo su recuerdo...

Evidentemente, no tengo nada que contar. O igual sí. Pero al final se me ha hecho tan tarde...