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jueves, 3 de agosto de 2023

Vida intranscendente.

 Mañana toca cita en el SEPE, que durante muchos años y hasta hace relativamente poco se llamó INEM y que sigue siendo la forma en que nos solemos referir a este servicio. Ir al INEM a renovar el tema del cobro de prestaciones por desempleo.
La verdad es que me quedaron como seis semanas 'pendientes' cuando volví al trabajo en enero. O sea: lo justo para encontrar un trabajo en lo que queda de mes y empezar en septiembre. Y hacerlo durar...porque si no tengo un problema. O uno más.

Aunque voy cuadrando cosas y cerrando temas pendientes, estoy muy inquieta. Quiero culpar al calor, a la luna llena...pero no es solo eso. Es esa calma chicha que precede a la tormenta, esa sensación que ya conozco desde hace muchos años y que nunca me ha engañado.
No sé. La verdad es que lo que tenga que ser será y lo que tenga que pasar...pasará y lo pasaré.

Cansada e inquieta.

A veces me pongo a hacer alguna de esas cosas domésticas y casi rutinarias que he ido aplazando por falta de tiempo (o más bien de ganas, que tiempo tuve el año pasado en el medio año que no trabajé, o durante los tres meses de confinamiento hace tres años). Hoy ha tocado empezar a instalar un estante auxiliar para el baño (lo compré en abril, si no recuerdo mal, y no había hecho nada al respecto). He pegado uno de los soportes, mañana pegaré el otro e imagino que entre el sábado y el lunes lo dejaré ya colocado dentro de la bañera, que es donde lo necesito. También he hecho limpieza de botiquín. Que no se limita al botiquín propiamente dicho, uno metálico que tengo en el baño, sino a ir mirando qué restos de medicamentos tengo por la casa y tirarlos. Es curioso. Como soy una persona que no toma apenas nada (algún paracetamol) cuando he tenido que comprar alguna cosa (un antigripal, por ejemplo) siempre han quedado restos. He encontrado cajas con alguna pastilla dentro que llevaban caducadas más de diez años. Un frasquito de mercromina, de la roja, seca. Nolotiles y lexatines sin caja y sin fecha en el blister. Una caja entera y hasta precintada de Gelocatil, que entiendo que compré en plena pandemia 'por si acaso'. Un frasco de Oraldine turbio. Pomada para las quemaduras. Cosas así, algunas incluso procedentes de la oficina...que cerramos hace dieciocho años (el botiquín metálico era el de la oficina). He llenado una bolsa de plástico mediana y la llevaré a la farmacia, al punto Sicre donde se recogen los medicamentos desechados, para que gestionen debidamente su destrucción. 

Estante de baño y medicamentos caducados. Ésas han sido mis tareas de hoy. Además de quitarme la pintura de las uñas y limármelas para dejarlas cortitas, lavar a mano algunas prendas, quitar a la planta de juncos rizados una buena cantidad de ellos, secos (ya veremos si la planta sobrevive: tres días de calor sofocante sin regarla...)

No me cunde el tiempo. Aunque a estas alturas y tras mes y medio sin trabajar imagino que ya estoy 'descansada', sigo con esa sensación de angustia...

Mañana, SEPE y algo de compra. Igual plancha si el clima refresca, que tengo pendiente dar un repaso a varias prendas. Igual volver a lavar la funda del sofá...

Tareas intranscendentes para una vida que es exactamente eso, totalmente intranscendente. 

sábado, 29 de abril de 2023

Cansancio más allá de lo físico.

 Cada vez me cuesta más mantener el control sobre mi propia vida.

Mi entorno físico (mi dormitorio, comedor, cocina, baño, recibidor..., el resto de la vivienda es desde hace años una especie de trastero donde apenas entro. Es como si no fuese parte de mi casa) tiene un aspecto caótico. Las cosas se acumulan sin ton ni son ni visos de ser recogidas de ahí. Planché ropa en algún momento de semanasanta (previo lavado: los jerseis y similares prendas de invierno) y desde entonces cuelgan en sus perchas del picaporte de la puerta del comedor, sobre los respaldos de las sillas en que terminaron cuando necesité la percha para colgar alguna otra prenda recién lavada, en cualquier lugar. Sobre el sofá lleno de cojines que no suelo usar para nada hay más ropa: seguramente lleva ahí meses. Lo que recojo del tendedero de la cocina acaba sobre el baúl-asiento de mimbre del recibidor, y de ahí recojo prendas que necesito ponerme en el transcurso de la semana: calcetines, bragas, sostenes...Veo aparecer dos bufandas bajo otras cosas, en una silla, y deduzco que llevan ahí desde el mes de febrero, mínimo. Imposible detallar qué hay sobre las mesas...

El resto de la vivienda está igual. 

El cubo de fregar el suelo está casi enmedio, junto a la puerta que da paso al pasillo que conduce al resto de la casa. La fregona, al otro lado de la puerta. No sé el tiempo que llevan ahí, seguramente he fregado el suelo dos veces este mes de abril y ni siquiera he llevado estos utensilios a su sitio, que es la terraza-tendedero de la cocina. 

En mi dormitorio se acumula ropa. Sobre el piecero de la cama, sobre el taburete artesanal, sobre el baúl pequeño de madera, algunas cosas ya directamente en el suelo. Seguro que hay cosas que dejé de ponerme el pasado otoño. Cambio las sábanas cada dos semanas (seguro que alguna vez han sido tres, antes las cambiaba cada semana), dejo las mencionadas prendas sobre cualquier sitio, hago la cama cuando las sábanas lavadas ya están secas y la ropa sigue sin guardarse. 

Todo así.

La cocina tiene limpias las superficies de uso cotidiano: cocina de guisar, fregadero, encimera junto al microondas, interior de éste. Pero se acumulan en el suelo botes, botellas, bolsas, catálogos de supermercados.

Planifico 'hacer cosas' aprovechando el sábado por la mañana: buena luz, sueño nocturno suficiente. Las aplazo para 'esos puentes festivos' en que tendré más tiempo.

No hago nada. 

Son más de la una y media del mediodía y apenas si he barrido un poco el comedor. Hace semanas que no uso la aspiradora. 

Y no solo es mi entorno doméstico. Es todo.

Me ducho y lavo el pelo por elementales cuestiones de higiene. Me cambio a diario de ropa, también por un 'algo' de coquetería. Me doy algo de rímel, de brillo en los labios. Pero sé que si no tuviese que salir a la calle para trabajar, igual ni lo hacía. 

Porque no me apetece. Porque lo único que quiero es dormir (duermo fatal. No sé si 'poco', pero fatal). Porque pasaría el día en camiseta y, si acaso, me pondría un pantalón de chándal y una sudadera (mi casi uniforme los fines de semana) para bajar a reponer comida: leche, algo de verdura, yogures... También me cuesta mucho ponerme a cocinar cualquier cosa. Yo, que no tomo ultraprocesados ni me gustan los precocinados, estas últimas semanas he comido pizza, pollo de burguer, seguro que alguna cosa similar más. Por la presunta comodidad de 'no ponerme a cocinar'.

En realidad, es que ni siquiera me apetece comer. Como por hambre y eso me lo puedo quitar con una bolsa de patatas fritas o unos frutos secos. Sobre la mesa baja frente al sofá, entre un sinsentido de papeles, tickets, tubos de pegamento, limas de uñas, algún frasco de esmalte que puede llevar ahí meses, cintas adhesivas, cables usb, complementos tipo pendientes-colgantes, bolígrafos..., también veo dos o tres bolsas (¿vacías, semivacías?) de snacks, un paquete empezado de galletas tipo barquillo rellenas, otro de tortitas de arroz inflado, un bote de plástico con alguna almendra... Seguro que hay más cosas en ese revoltillo que no sé por dónde empezar a limpiar y ordenar.

Estoy tremendamente cansada. Y no solo físicamente. 

Se termina abril. Tengo por delante cuatro..., bueno, ya tres días y medio de fin de semana unido a dos días festivos. Tengo docenas de tareas pendientes.

Y no tengo ni ganas ni fuerzas para hacer nada.

viernes, 9 de diciembre de 2022

Nueve de diciembre. Seis tabletas de turrón. Y, por fin, la lluvia.

 Sigo sin ganas de nada. 
Es más: cada día aumenta mi desgana frente a la idea de hacer cosas. 
A veces hago algo y, casi, me quedo con la sensación de haber hecho un enorme esfuerzo, un gran trabajo. Ayer, por ejemplo: tiré unos cuantos pares de calzado que ya no usaba (fundamentalmente por deterioro: dos pares de sandalias de verano que hace dos se rompieron, pensé en que igual tenían arreglo y ni me molesté en intentarlo porque ya sabía que no lo tenían; unas deportivas que exteriormente no estaban mal, pero interiormente se estaban deshaciendo...y llevaba ya un par de años en que raramente me las había puesto; unas botas de lluvia a las que les entraba ésta, unas deportivas blancas muy baratas que compré pensando en el mismo uso y que tenían el mismo problema: les entraba agua si me las ponía lloviendo...., seguro que alguna cosa más). Llené tres bolsas medianas. Y no sé porqué no había tirado aún, porque simplemente estaban ocupando espacio en el cuarto de la lavadora. Bueno, pues algo tan simple y que no me llevó mucho más de cuarenta minutos hacer, incluido el ordenamiento de los estantes zapateros...me dejó la sensación de haber hecho una enorme tarea. 
A mí, que siempre fui hiperactiva. Que hacía doscientas tareas a la semana, tres o cuatro a la vez, que las horas del día me parecían pocas y a  veces me preguntaba cómo había hecho tantas cosas esa semana, si solo tenía siete días, si cada uno de ellos apenas veinticuatro horas y algunas las dedicaba a dormir...

Nueve de diciembre. Casi navidad. Con los regalos por comprar, poco presupuesto (aunque no quiero pensar en eso), con absoluta desgana hasta por comprar los dulces navideños. Ayer por la tarde fui al 'gran almacén' por excelencia y compré los turrones. Mi idea era comprar los tres básicos; una promo de ésas rebuscadas me hizo comprar ¡¡¡seis tabletas!!! porque la promoción era, precisamente, que comprando seis sólo te cobraban cuatro. 
Seis tabletas de turrón. Que luego apenas pruebo y que son la razón por la que en casa tenemos turrón hasta la primavera. Entiéndase por 'casa' la de mi madre, claro. Yo suelo comprar una tableta de turrón 'del blando' y doy de sí..., o mejor dicho, olvido en el frigorífico. De hecho, tengo media tableta del año pasado...
Compré un panetone hace dos o tres semanas (es de los pocos dulces que me entusiasman), compré bombones de chocolate negro con cereza al licor hace unos diez días (que me encantan), compré roscos de vino con almendra hace unos días (mi 'polvorón' favorito), compré esta semana una bandeja de frutas escarchadas 'de diseño'. Ni los he probado. 
Diciembre y a dos semanas para navidad. Cuando me parece que apenas ayer estábamos en plena ola de calor, ese verano sofocante y absurdo que ha sido el de 2022.

Estas navidades van a ser aún más raras de lo habitual.
En mi casa tampoco tenemos pensado celebrar nada. Cenaré con mi madre 'las dos noches' y, claro, comeré 'los dos días', y poco más. 

Además, estoy muy preocupada por él. 
Desarrollaré estrategias mentales para no pensar (demasiado), pero estoy preocupada. Sé que todo va a salir bien (de eso tengo absoluta certeza), pero no por ello voy a dejar de preocuparme. Aunque sea la primera vez en mi vida en que saber que alguien a quien quiero va a pasar por un quirófano (anestesia general, intervención complicada y de varias horas) me alegra. Porque es para bien, para bien para él. Y porque lleva demasiados meses esperándolo.
Estaré semanas..., meses, sin hablar con él. Aunque también eso ya lo conozco, ya he pasado por ello: el año pasado fueron más de cuatro meses de imposibilidad. La diferencia es que esta vez es porque está encaminada la solución; el año pasado, porque había acontecido el problema. Por decirlo de una manera simple. 
A  estas alturas (y creo que desde hace mucho) lo único que de verdad me importa en mi relación con él es que esté bien. Supongo que porque ya no me queda ningún argumento que me haga creer que hay algo más entre nosotros, algo más que mi interés por él. 
Sé que tendría que escribir sobre ello, sobre esta no-relación. Que me ayudaría psicológicamente. 
Pero estoy muy cansada.
Nueve de diciembre. Llueve, por fin llueve en Madrid. 
Y hasta eso, casi, ni me importa.


domingo, 17 de octubre de 2021

Óxido.

 Acumulo cansancio.
Acumulo cosas por hacer, cosas que por un momento me llaman y que no hago porque en ese momento no estoy donde debiera, que no hago porque el cansancio es superior a la llamada, porque ni siquiera le veo el sentido a hacerlas. Acumulo ropa planchada que debo guardar, ropa lavada que debo doblar y colocar en el correspondiente cajón, ropa que me he puesto una vez y no sé si lavar y guardar ya hasta el próximo verano o seguir dejándola ahí, sobre el taburete vietnamita del dormitorio, esperando a que otro día más de este otoño veraniego sea mi indumentaria.
Tengo demasiadas cosas por medio. A veces pienso que, simplemente, me he acostumbrado a  verlas ahí ya ya ni sé cuanto llevan sin ordenar. Tengo una bolsa de plástico, de las de tirar la basura, junto a la mesa donde escribo esto. Creo que la cogí hace...¿una semana, dos? para tirar pequeños papeles y otras cosas cotidianas que me iban llenando la mesa. Creo que a estas alturas la bolsa está prácticamente llena (lo normal es que al rato de cogerla para tal fin la lleve a la cocina y la meta en la otra bolsa, la del cubo de la basura. Y si son sólo papeles, traslade éstos a la bolsa de cartón que destino al reciclaje del papel). Ahí está. Y ni siquiera ahora que escribo esto me decido a levantarme, cogerla y trasladarla. 
A veces hago alguna tarea más o menos importante. Ayer lavé las cortinas de mi dormitorio. Lavar, tender y controlar que no se sequen demasiado, planchar con el justo punto de humedad que necesita el lino natural para quedar sin arrugas... Y hacer los equilibrios para volver a colgarlas, los mismos equilibrios que unas horas antes hice para descolgarlas. Y las veo impecables, tan blancas (no estaban sucias, pero...), oliendo a detergente, que... 
Rutina. 
No siento ilusión por nada.
Me ducho, me lavo el pelo. Me quito el esmalte descascarillado de las uñas, ése que apliqué hace unos días porque tenía una convención comercial de empresa y, qué sé yo, por un momento decidí que debía pintarme las uñas. Eso que durante tantos años era parte de mi rutina, eso que ni imaginaba que un día no haría (no me veía con las uñas sin pintar, nunca). Mi aspecto físico cada vez me importa menos. 
Ya me da igual como esté. No me miro en los espejos. Soy invisible. Quiero ser invisible.

No contesta a mis whatsapp. Sólo quiero saber cómo está, no quiero molestarle, no le escribo a diario. Ya tengo asumido que no voy a volver a verle, pero necesito saber cómo está. 
Estoy tan absolutamente fuera de su vida y desde hace tanto, pero tanto tiempo, que aunque no tuviese nada que hacer no se va a molestar en intentar ponerse en contacto conmigo. 
No puede estar más claro. 
No puedo seguir contándome mentiras, creyendo que en algún momento le he importando. Ni siquiera le he interesado, ¿cómo le voy a importar?

Cuido de mis plantas. Creo que es lo único medianamente útil que hago en mi cotidianidad. Ellas no tienen la culpa de nada, están vivas, están conmigo porque yo las compré, las adopté, las recogí en algún momento. Las riego, les quito las hojas secas. A veces alguna me regala la visión de una flor, a veces la fotografío. Apenas hago fotos, llevo semanas en que es algo totalmente circunstancial. 
No disfruto con ello. Ya no. Ahora no.

Seguiré con la inercia de la vida. Días cada vez con menos horas de luz, la misma pereza ante todo, las mismas sonrisas profesionales, el mismo disimulo ante la gente. Que nadie sepa nada, que nadie note nada. 
Me duele el alma. Sé que solo quiero llorar, pero no voy a hacerlo. 
Un día escribí que la humedad oxida el hierro. Creo que ya ni siquiera me importaría ser óxido.

domingo, 26 de septiembre de 2021

Veintisiete de septiembre de 2021.

 Las cosas no mejoran. 
Al contrario.
Cada vez tengo menos ganas de hacer lo que hago. Pero no sé por dónde empezar a romper, a huir. 
Vivir con la certeza de que has malgastado tu vida y que no hay vuelta atrás, algunos días se me hace duro. El resto de los días quizá no, porque sé que no se suele pensar en esas cosas.

No funciona nada. Al revés, cada día se resquebrajan más cosas. 
Y hace mucho que estoy cansada. Pero pararme a descansar tampoco va a arreglar nada. 
Y hace mucho que dejé de creer en los milagros.

domingo, 18 de abril de 2021

Dieciocho de abril de 2021.

 Días pensando en escribir.

Un grado de agotamiento tal que, algunas noches, no tengo fuerza ni para pensar. No es una metáfora: literalmente no me quedan ideas, no recuerdo cómo se llaman algunas cosas, sé que tengo sueño pero no puedo ni definirlo con palabras. Termino tumbada en el sofá con sensación insomne...y me quedo dormida, trasladándome a la cama en algún momento de la noche. 

Días, semanas, pensando en escribir y sin fuerzas para hacerlo. 

Procuro que en mi día a día no se me note el agotamiento. Curiosamente, el uso de mascarillas, que tapan media cara, ayuda al disimulo. Apenas me muevo. No sé si estoy exageradamente gorda (que también) o simplemente hinchada (que seguramente también). Voy y vuelvo al trabajo. No podría definir si camino poco o mucho. Algunos días no como a mediodía (en realidad, como muy poco), pero es probable que finalmente consuma más calorías diarias de las debidas, porque también es posible que al llegar a casa me ponga a picotear cosas (snacks, alguna chuchería, zumo...) y eso hace que al final cene muy tarde y no haga el menor ejercicio físico hasta la hora de dormir.

Cansada.

En mi trabajo estamos en pleno ERE. No, no ERTE como el año pasado (bueno, también) sino un plan para reducir drásticamente la plantilla. Cuento con que estaré incluida en la lista de personas de las que prescindir. No, no por no haber cumplido con mi trabajo, con los objetivos planificados, sino.., da igual: cuento con que estaré incluida y que me despedirán.
Y eso tampoco anima.
Es como dar vueltas sin parar en la rueda del hámster.

Me veo horrorosa en los espejos. Intento no mirarme más que lo estrictamente imprescindible. La progresiva pérdida de visión también ayuda.

En las últimas semanas he cancelado (aplazamiento sucesivo) el encontrarme con él. 
Cuestiones de salud, de su salud, que también me preocupa mucho.
Quizá lo único positivo de estos últimos días es que hemos hablado casi a diario. Hacía mucho que no hablábamos tan a menudo...

Dieciocho de abril de 2021. Domingo soleado. Seguro que estaría bien poder quedarme en casa, leyendo. Seguro que estaría bien poder dar un paseo al sol. Seguro que estaría bien llenar la bañera de agua caliente con cosas que huelen bien y meterme una hora en ella. Seguro que estaría bien volver a meterme en la cama...
Seguro que me apetecerían muchas cosas si no estuviese tan cansada.
Rutina de domingo. Ojalá recupere las ganas de, al menos, escribir.

martes, 25 de agosto de 2020

Casi escritura automática.

Algunos días me levanto con ganas de escribir y no sé bien porque al final no llego a hacerlo.
Igual porque tengo ganas y a la vez no. Porque de lo que realmente tengo ganas es de contar algo, de soltar lastre o basura mental y no exactamente de escribir. No sé, tampoco estoy segura de que esto sea así.
El caso es que pasan los días y no escribo. Y tampoco hago gran cosa en todo el día.

Estoy de vacaciones. Desde el lunes de la semana pasada hasta el viernes de ésta. Dos semanas. Vacaciones totalmente innecesarias. O igual no, igual más necesarias que nunca, pero no así. Porque mis vacaciones en este año tan raro no son otra cosa que estar dos semanas sin teletrabajar (aunque me he conectado tres veces al sistema, he resuelto alguna tarea más o menos pendiente y hasta he cerrado una venta, esta mañana, tras escribirme la clienta en cuestión ayer domingo) y sin poder ir a ningún sitio, ni quedar con nadie ni hacer ningún plan. Vacaciones innecesarias en un año que ha transcurrido entre el confinamiento y la cuarentena. Y que tiene todo el aspecto de volver a esa alternancia los próximos meses a tenor de lo que nos van avisando en los informativos.
Así que éste vuelve a ser un post casi de rutina o de compromiso.

Anoche dormí poco y mal. He pasado casi todo el día cansada y somnolienta (aunque la venta la cerré con normalidad y entusiasmo, al menos aparente). Tomándome un café a las diez y media, once, desayunando otro café y unas tostadas de pan de cereales con mermelada de arándanos a más de la una del mediodía, friéndome unas croquetas industriales a más de las cuatro de la tarde..., todo así. Y ahora son las dos y media de la madrugada y debería tener sueño, pero la verdad es que estoy desvelada. Y tengo mucho calor.
Y soy plenamente consciente de que esto es casi escritura automática. Escribir sin decir nada. 
Y no sé si es eso lo que quiero hacer.

O sí: sé que no es eso lo que quiero hacer. Pero como tantas cosas que hago sin realmente querer hacerlas...es lo que termino haciendo.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Cuarentena eterna.

Cuarentena eterna.
Ésa es la sensación que empiezo a tener a estas alturas. Que esto no se va a terminar nunca. Que no son los más de 50 días que el calendario dice que llevo prácticamente encerrada, sino mucho más. Y que la normalidad no volverá nunca.


No hago nada en todo el día. Me levanto sin horario: algunos días a las diez, otros antes, algunos a más de las once..., y es que da igual. Como da igual si me da la una del mediodía y estoy aun desayunando. No tengo ninguna obligación. Ni ganas de hacer nada. 

Podría ponerme a ordenar armarios, cajones, la vitrina multiusos del salón. Tirar papeles, colocar los trastos que acumulan la habitación que antaño usé como despacho y la otra, la que en teoría es el otro dormitorio de mi casa. Pero no me apetece hacer nada. 
Absolutamente nada.

Sé que estoy ganando peso a marchas aceleradas. No porque coma mucho, sino simplemente porque desayuno, como a mediodía, ceno por las noches. No me privo si me apetece un puñado de snacks o dos rodajas de embutido. Y porque no hago ejercicio. Casi mi recorrido más largo es ir de la cama al sofá y de éste a la cocina. El baño me pilla de paso.
Y empieza a darme igual. Tengo la sensación de que dará igual si no me vale la ropa de verano: total, a este paso estaré todo el verano encerrada, saliendo un día por semana a comprar y la mañana del domingo a por el periódico, pasando por la panadería y comprando unos bollos. 
Estoy tomando más azúcar de la que debería. Es más: yo apenas tomo azúcar y ahora lo estoy haciendo.

Hace dos meses y medio que no me doy el baño de color en el pelo. Me lo lavo una vez por semana, o cada diez días. Lo llevo siempre recogido en una trenza. Total, da igual.
Mi indumentaria consiste en alternar dos mallas (unas negras de algodón y licra, las otras gris marengo de antelina elástica) y dos sudaderas: una negra y otra gris, las dos con flores bordadas alrededor del cuello. Ah, a veces también me pongo otra, más finita, gris claro. Que es la que llevo ahora y por eso me he percatado de que no siempre son las dos de la flores. Ya ni me pongo sostén (aunque de éste también prescindo a veces sin necesidad de excusas). Mediadocena de braguitas cómodas de algodón y licra, las que me aún me valen. Y nada más.
Da igual. Tengo la facultad, siempre la he tenido, de ser invisible a voluntad. Supongo que lo seré permanentemente si algún día vuelvo a poder salir a la calle.

Y le echo mucho, mucho de menos. 
Porque paso todo el día sola y le da igual. 
Y cada día tengo más y más claro que esta cuarentena era, simplemente, el pequeño empujón que faltaba que me diera la vida para dar por finalizada esta relación que hace demasiado tiempo que no existe.

lunes, 20 de enero de 2020

Blue monday,

Los angloparlantes lo llaman 'blue monday' y dicen que es el día más triste de todo el año.

¿Razones para considerarlo así? Que es lunes, hace frío, los días solares son aún cortos, ya pasaron todas las fiestas (todas) navideñas, aún falta para que lleguen las siguientes, a nadie le quedan días de vacaciones por disfrutar, ya nos ha llegado el extracto del banco y somos conscientes de lo mucho que hemos gastado en navidad, faltan días para cobrar la nómina, ya hemos pasado por la báscula y sabemos que hemos ganado peso, ya no hay nada interesante en las rebajas, han transcurrido días suficientes de enero para saber que no hemos sido capaces de seguir con los 'propósitos de año nuevo' que nos hicimos a finales de diciembre...

Sé que hay más razones, pero más o menos vienen a ser éstas.

También hay comercios que están empleando la fecha para hacer nuevas promociones (cómo no), porque todas las razones descritas antes sirven, precisamente, para inventar antídotos para la tristeza. ¿Cómo? Pues gastando. Dándonos un capricho, nos dicen. De hecho, creo que esta fecha la inventó,  no hace demasiados años, una agencia de viajes para eso: decir que era el mejor momento para planificar un viaje...

No sé si este lunes será el día más triste del año. Pero son casi las once y media de la mañana, llevo despierta desde antes de las nueve (dormitando un rato más. Estoy teniendo sueños raros, densos, tras quedarme dormida en el sofá y trasladarme a la cama raramente antes de las cuatro de la madrugada) y todavía no he desayunado (bueno, miento:  me he tomado un zumo) y escribo esto desde la cama, a donde me he traído el portátil. En penumbra, sin poner la radio ni ningún otro estímulo sonoro.

No sé si es un 'lunes triste', pero yo ando completamente desanimada. No se llamará 'blue monday', pero sí es uno de esos días en que lo único que apetece es no salir de la cama, no hacer nada, arrebujarse de nuevo entre sábanas y mantas tibias y recuperar el sueño. Y dormir sin imágenes, mientras la vida se resuelve fuera ella sola.
Estoy rara. 


Y aunque para el mundo anglosajón y para el comercio hoy sea el 'blue monday', para mí sólo tendría que ser otro veinte de enero.

domingo, 7 de enero de 2018

Sin ganas de nada.

En un año tan ordenadito como este 2018, que ha empezado en lunes, también entra dentro de esa lógica ordenada que el día de la vuelta a la normalidad tras las navidades sea otro lunes. Mañana día 08, para ser exactos. Primer lunes tras el día de Reyes.

Mañana regreso al trabajo, por tanto. Y no tengo ganas.
En lo más mínimo.

No me apetece tener que levantarme a las seis y media de la mañana, salir a las siete y media cruzando los dedos para que no sigan las huelgas encubiertas de Cercanías Renfe (ésas que siguen disfrazando de averías e inexplicables fallos puntuales) o no convoquen otras oficiales los de Metro y tardar sólo hora y media para llegar al trabajo. No me apetece volver a la misma rutina, a la misma acumulación de órdenes incongruentes, a escuchar cómo se justifica lo injustificable, a los objetivos inalcanzables, al malambiente laboral que dejé hace dos semanas.

Y no me apetece porque, aparte de todo esto, no hay más. Y tengo que volver por lo mismo, porque no hay más.
No tengo otra cosa. Ni ningún otro estímulo.

Me duele la espalda: creo que cada día la tengo más tensionada. Tengo, además, la sensación de no haber descansado apenas nada, de tener el mismo sueño acumulado. Me empieza a doler el estómago otra vez.

Ahora mismo (casi las doce de la noche, sentada en el sofá frente al portátil), todo mi entorno está lleno de restos de papel de envolver, de bolsas donde aún queda alguna chuche de las que empleé para hacer paquetitos para regalar, del bolsas de papel con asas de rafia o de plástico con asas anchas de plástico también donde en las tiendas me guardaron los regalos. En las sillas están la gabardina, la capa verde, el abrigo viejo impermeable con capucha, la chaqueta abrigada de los últimos días. Cuatro o cinco bufandas diferentes. El bolso de piel trenzada y el de plexiglás impermeable. Y las bolsas donde he traído mis regalos de Reyes. Y un barreño donde han  pasado un par de noches alguna de mis plantas. También hay ropa que quité de las cuerdas hace días y no he recogido.

El caos, en definitiva. Y no tengo ganas de ordenar nada.

Mañana vuelvo al trabajo. A mi rutina laboral.
Y no tengo ganas de nada.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Rutina de noviembre.

La rutina sigue siendo rara, complicada, desagradable. Y lo peor es que la considere, ya, rutina.

Me gusta mi trabajo. No lo considero complicado, ni agobiante, ni me supera..., imagino que sí es todo eso, pero como vengo de otros tiempos, otras vidas y otros temas (a veces miro hacia atrás y me pregunto cómo era capaz de hacer algunas cosas, de organizar los tiempos para que todo saliera y funcionase. Nunca sabré si ya nací con esta capacidad de que todo lo que hago parezca muy sencillo a los demás...o si la adquirí porque no me quedó otro remedio. Ese 'transmitir seguridad' mío).

Me gusta mi trabajo, pero no el ambiente en que lo hago. Y que hace apenas un año era otro.

Un malambiente de envidias, de desconfianzas, de controlar a los demás. De prohibiciones para hablar, de reuniones sin demasiado sentido en el trastero, de un no saber dónde vamos y de tener que escuchar repetidas mentiras corporativas, recitadas cual mantra por quienes tampoco creen en ellas y pretenden que nosotros nos las creamos.

No estoy agusto, nada agusto. Me gusta mi trabajo y, cada mañana, lo que me repite mi mente es un 'no quiero ir'.
El martes, ataque de ansiedad (también propiciado por la descompensación de la temperatura: seguro que si ponemos un termómetro, pasaríamos de 30ºC a las cuatro de la tarde..., en pleno noviembre, con mangas largas debido a la temperatura exterior, ésa que padecemos en los trayectos casa-trabajo, mucha gente en un recinto cerrado y un ordenador por persona trabajando a pleno rendimiento y encendido desde antes de las nueve de la mañana). El miércoles, algo mejor, pero repitiéndome que no debía hacer esfuerzos de ningún tipo. Toda la semana la misma presión laboral y la misma falta de estímulos.

Y sigue sin llover. Y no se ve la menor perspectiva al respecto.

Le he echado de menos cada noche desde el pasado sábado. No sé bien qué día me quedé dormida hasta más de las tres de la madrugada, en el sofá, posiblemente porque algo localizó el olor de su piel y mi mente se quedó enganchada ahí y no quiso moverse y perderlo.

Domingo. Comida familiar con sobremesa y, posiblemente, alguna foto.

Y mañana de nuevo otra semana completa. Y mi pepitogrillo repitiéndome 'no quiero ir' desde que me despierto y sé que tengo que levantarme y aplicar la rutina diaria precisamente para 'ir', y seguir diciéndome 'no quiero estar', 'quiero irme', 'quiero que den las seis', 'quiero que den las cuatro del viernes' mientras esté allí.

Y echarle en falta. Y acordarme de él y saber que no sé cuando volveré a verle. Y querer quedarme dormida pronto cuando me meto en la cama, para no echarle de menos también en ese momento.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Post Black Friday (sábado de carmín y lluvia).

Ayer, aprovechando ese fin de semana de descuentos previos a la navidad que dan en llamar 'Black Friday' me compré dos barras de labios.
Muy bonitas, en un estuche negro dentro de una caja roja ligeramente brillante. El envase de las barras también es muy bonito: rojo brillante, con cierre de imán. Y van con su perfilador de tono a juego.
Son prácticamente idénticas. No sólo en el envase (que eso lo es) sino en el color. Un borgoña rojizo. La única diferencia es que uno es casi mate y el otro satinado. Me 'encapriché' del mate...y me dijo la guapísima dependienta (casi clónica ella de otro puñado de guapísimas dependientas que pululaban por la tienda) que estaba agotado. Así que le di como opción el satinado...y ése sí les quedaba. Es cuando además me explicó que iban en conjunto: barra y perfilador a juego. Y lo añadí a la cestita de plástico que en algún momento anterior me había facilitado otra guapa y casi clónica dependienta.
Luego encontré en otro punto de la tienda otro stand casi idéntico...donde no estaba agotado el tono mate, tal como me confirmó un guapo y modernísimo dependiente. Y claro, decidí llevármelo (no al dependiente, sino el estuche barra de carmín-perfilador).
La idea era cambiar un estuche por el otro...y creo que pasé quince minutos dando vueltas por la abarrotada tienda. Y pasé por uno y otro stand media docena de veces, probando uno y otro color, confirmando que realmente iba a llevarme el que me gustó desde el principio...
La oferta era 'llévate 6 productos y paga 3'. De por sí, es una marca que podríamos considerar barata...teniendo en cuenta el tipo de productos que venden y la calidad. Sus tiendas son muy blancas y luminosas y, mayoritariamente, están integradas en centros comerciales. Son tiendas sin puertas, con un cierto aspecto de puesto de mercado...
Yo recuerdo que la primera que vi, hace quizá cinco o seis años, era completamente negra... Llegué a dudar de mi recuerdo al comprobar lo blancas y luminosas que eran todas las que iba encontrándome, cada vez hay más...
En la que estuve ayer se mantenía el negro como tono dominante. Negro, música alta, luces de discoteca que giraban, reflejos que surgían y se apagaban. Algún flash fotográfico que, de pronto, iluminaba la tienda que, además, tiene cubiertas de espejo las columnas del local. En las paredes, pantallas reproducen una y otra vez anuncios de la propia firma, donde guapísimas modelos nos enseñan cómo quedan sus productos. Textos en inglés para una firma italiana.
También hay tocadores donde maquillarse o que te maquillen, rodeados de bombillas, con asientos altos de polipiel blanca. Y los guapos y guapas dependientes te ayudan a decidirte si tienes dudas o te maquillan para que veas el resultado.
Todo esto en una tienda abarrotada de gente y de música.
La tienda creo que fue una histórica camisería en el centro de Madrid. Por un tema de protección urbanístico se ha protegido parte de la estética del escaparate (menos mal).
Además de mis dos estuches de labiales, añadí un par de bases de uñas (de esos que evitan que amarilleen con los sucesivos esmaltes), un bálsamo labial, un corrector de ojeras. Y sí: pagué sólo tres, me regalaron los tres más baratos.
Los guapos y guapas dependientes te tutean, te llaman cariño y cielo, pero curiosamente no resultan artificiales. Sé que te miran sin verte, que es parte de su trabajo: lo reconozco porque yo también sé hacerlo, yo también lo hago. Observo que ellas llevan mayoritariamente el pelo recogido en coletas altas o moños: supongo que por comodidad y para que se vea el maquillaje. Y en ellos también hay moños y alguna rasta. Y pelos teñidos de colores imposibles: un guapísimo moreno con el pelo a mechas que deben ser entre moradas y granates; raíces oscuras, pelo platino y medios verdes en una treintañera que parece una encargada...

Me favorecen los labios pintados y siempre los llevé en colores vivos y oscuros. En realidad, soy de las que ganan con el maquillaje y se me da muy bien 'pintarme', siempre se me dio muy bien.
En lo que va de año, habré comprado media docena de barras de labios. En la última, recorrí media docena buscando el tono, uno que hace años usé y que hoy ya no existe en la marca que lo creó. Tenía el perfilador, nuevo, y se me antojó...Terminé encontrándolo en otra marca de nivel medio.
También compro esmaltes de uñas. Antes del verano compré tres de color gris, buscando 'el gris' perfecto. Siempre me he pintado las uñas.

Llevo años sin maquillarme salvo rarísimas ocasiones. Paso meses sin hacerlo.
Trabajar en un polígono en las casi afueras de Madrid no me ayuda a animarme a hacerlo. Levantarme a las seis y media de la mañana y pensar que debería dedicar veinte minutos de mi tiempo, tampoco. Paso meses, también, sin pintarme las uñas. Creo que algún esmalte ni lo he usado. Debo tener docenas almacenados, comprados en los últimos diez años...

Tengo dos preciosas barras nuevas de labios. Que probé ayer y me favorecen mucho. Las he dejado en el lavabo del aseo que no funciona como tal (es el 'cuarto de la lavadora'). Están con otro tanto maquillaje.
Probablemente pasen días antes de que las use.

Salí contenta de la tienda. No sé porqué, pero es esa satisfacción momentánea. Sin pensar que estaba gastando en algo que realmente no necesito...

En la calle llovía a mares.
Madrid, donde apenas llueve, es una belleza de ciudad mojada.

martes, 16 de diciembre de 2014

Desgana.

Sin ganas de hacer nada.
No tener una 'rutina laboral' me hace perder en cierto modo la noción del tiempo: tengo que pararme  a pensar en qué día vivo. No tengo obligación alguna para levantarme a tal hora (aunque me sigo despertando antes de las ocho, y luego vagueo hasta las nueve y algo: a las diez estoy levantada), no tengo horas concretas para ir a tal sitio, comer o tener cual cosa terminada.
Tengo mil cosas por hacer (todo lo que acumulo a lo largo de las semanas y los meses en que no tengo un minuto libre), pero no me apetece hacer nada. Tampoco me apetece estar tirada en el sofá, ni enredando en internet mientras estoy sentada, que es algo que podríamos definir como 'descansar'. No: simplemente no tengo ganas de nada.

Tampoco estoy mirando ofertas de empleo: en estas fechas sé que es tarea absurda. Además, podría darse el caso de que sí, de que me llamasen para hacer entrevista e, incluso, que firmase contrato... Y ahí entraríamos en un problema: si lo que voy a buscar son trabajos de tipo comercial (y visto lo que he hecho los últimos años, más que probablemente sea para venta telefónica) soy consciente de que estamos en los peores días para que nadie te compre un producto de tipo 'financiero' por teléfono (lo sé por experiencia, claro), por lo que estaría gastando un valioso 'periodo de prueba': las empresas no se ponen a valorar si la época en que transcurre ese periodo es potencialmente buena o mala.
Tengo que actualizar el currículum 'en papel'. El imprimible que hay que aportar habitualmente cuando te citan para una entrevista personal. La versión que tengo, aun estando retocada y revisada...y muy recortada (debo ser de los pocos casos que omiten información... en vez de recargar el currículum con experiencias y conocimientos falsos) sigue siendo demasiado larga.
Tengo que actualizarlo y me da una pereza atroz.

Tengo dos habitaciones por ordenar: la que he empleado algo así como 'de despacho' los últimos años (y que finalmente terminó por ser la habitación donde tenía el ordenador...y mucho papel desordenado de mala manera, y trastos varios, y la manta de la cama en verano, y..., y su almohada) y la otra...donde acumulo en plan trastero la tabla de planchar, el propio centro de planchado, la escalera portátil con la que descuelgo y cuelgo cortinas, aspiradora medio averiada, productos de limpieza (también por la proximidad con el baño)...y cienmil papeles, libros y trastos de todo tipo, incluidas dos impresoras viejas y restos de un ordenador de sobremesa. De hecho, en sendas bolsas de viaje tengo aún sin recoger (y sin mirar, francamente) los regalos de navidad de los dos pasados años... El colmo del caos. El colmo de quien tiene de todo en grandes cantidades, también. Y que no tiene tiempo. Ni ganas.
En esa habitación hay cosas que llevan diez años esperando a que las eche un vistazo: las que traje cuando cerramos la empresa donde trabajaba. Y que no, no eran cosas que 'me regalaron' por el cierre: en gran parte eran cosas que yo había comprado y que estaban allí. Mi auténtica adicción por el material de escritorio (unido a unos ingresos más que aceptables) hacían que comprase todo tipo de útiles de escritura, carpetas y demás sin que eso redundase en pasar factura alguna a mi jefe. Y esas cosas: archivadores, cajas con bolígrafos, rotuladores, pinturas, cartulinas..., siguen esperando a que tenga tiempo y ganas y 'me moleste' en  ordenar, clasificar y tirar (porque muchos bolígrafos estarán secos desde hace años. Por ejemplo).

No tengo ganas de hacer nada, insisto.
Tampoco de salir a buscar y comprar los regalos de Reyes. Esa obligación que cada vez me apetece menos cumplir...y para la que soy consciente de que tampoco tengo 'capital'. Sé que tengo pendientes una serie de gastos absurdos, inútiles..., que muchos ya los he hecho (comprar el turrón y demás dulces navideños, que luego apenas si pruebo) y que supondrán llevarme un susto mortal cuando a mediados-finales de enero me llegue el extracto de la cuenta bancaria.
Gastos y más gastos, sin tener trabajo, viniendo de un trabajo donde tenía un sueldo de supervivencia. Y sin ganas ni ilusión para gastar.

Ayer estuve dando una vuelta por el centro de Madrid, también porque tenía que visitar una de las tiendas 'habituales' en mis compras. Papel de regalo original, gadgets de ésos que tampoco son caros de forma individual, que completan el total de los obsequios...y que supondrán otra suma en el listado de gastos totales. Hice un par de fotos (o seis, o diez) en la Puerta del Sol. Madrid comercial de noche en navidad. Y regresé a casa.
Uno de los planes/proyecto era enviarle el sms de rutina (porque hasta eso es rutina) para decirle que estaba en Madrid...y acercarme a esperarle. Igual no a la boca del metro más cercana a su trabajo (no tanto porque está lejos...sino, y lo sé, para evitar que le vean conmigo. Evitarle que alguien pueda pensar que tiene algo que ver con alguien como yo, alguien que también me pueda conocer de antes y no lo entienda. El pasado comienzo del otoño me dejó claro, muy claro, que no le gusta que nos vean juntos) pero sí a algún intercambiador de metro que le pille de paso en el recorrido habitual para volver a su casa. Al final..., al final al mirar el reloj me di cuenta de que iba justa de tiempo. Claro que hubiese podido: más que de sobra, Sol-Avenida de América, por ejemplo... Pero no lo hice. En esos casos de duda, al final sí pesa el recordar que no soy parte de su vida, que a él tampoco le parece apetecer en lo más mínimo verme. Y que..., en fin, qué más da. Supongo que en realidad debo estar haciéndome a la idea de que esto también se ha terminado. Y que no puedo ni debo seguir siendo tan egoísta.

No me apetece hacer nada. No me apetece siquiera darme el bañito de color en el pelo, que ya lo está pidiendo a gritos. Ni hacerme la pedicura (total, si no me va a ver las uñas de los pies nadie. Total..., si me estoy dando esa excusa cuando durante años no me habría servido, cuando siempre he llevado impecablemente arregladas y pintadas las veinte uñas, sacando tiempo de donde no lo tenía), ni nada que pueda suponer mejorar mi aspecto físico. Total, para qué. Total, si ya soy invisible.

Estoy cansada y no hago nada. O..., o ni siquiera estoy segura de que sea cansancio lo que siento.
Simplemente son ganas de no hacer nada. Desgana generalizada.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Catorce de diciembre. Llueve.

Catorce de diciembre. Domingo. Llueve.
Creo que ha llovido toda la noche. Comenzó ayer, sobre las cuatro de la tarde. Regresé de comprar en el híper francés habitual...y de pronto, es como si se hubiese hecho de noche. Y al rato comenzó una lluvia fina, casi imperceptible si no se miraba hacia el suelo de la calle, que se iba mojando lentamente... Probablemente no dejó de llover desde ese momento.

Me he despertado a la hora habitual: sobre las siete, siete y media de la mañana. A las ocho, desde el baño, he escuchado el pequeño chasquido del despertador cuando llega a la hora en que debería sonar la alarma...si estuviese encendida. A los pocos minutos, desde la cama, he oído 'despertarse' al móvil: ocho de la mañana. Era de noche, supongo que más por la lluvia que por una cuestión solar...o igual también es ya de noche a esas horas en estos días de diciembre. El llevar casi tres semanas sin trabajar (y sin la obligación, por tanto, de levantarme a esas horas) hace que esté un poco desconectada de la hora real en que amanece.
A las diez y algo he salido a comprar el periódico. Botas de goma, gabardina. Me he mojado: la gabardina es fina y de poca  calidad, apenas si quita el frio, si llueve de forma persistente, te mojas en pocos minutos. Al llegar a casa (media hora, ir y venir al kiosco más cercano, permitirme el raro capricho dominical de unos churros, bajo la lluvia intentar explicar a un transeúnte perdido cómo llegar a una especie de iglesia que hay en el barrio, instalada en los pisos bajos de un  bloque de viviendas y desconocida hasta por los propios vecinos de la zona...y de complicadísimo acceso) me he cambiado de camisa: también estaba empapada.
Necesito una prenda de abrigo impermeable. Tengo un abrigo que ya era viejo hace cinco años, pero que no me atrevo a 'jubilar'...porque no encuentro nada similar que además sea de mi talla. Es largo, acolchado, da calor, es impermeable, lleva capucha... Y si llueve mucho también se 'cala' el agua. Pero de momento es lo que tengo.  Y sin él, no sé qué habría sido de mí el pasado invierno: no soy friolera, pero dos horas tres días a la semana dando vueltas por una anodina ciudad dormitorio, de tres a cinco, en pleno invierno... que era parte de mi rutina laboral, pues... Gracias al abrigo viejo, botas de agua con dos pares de calcetines debajo, bufanda, guantes, algún día refugiada en el burger..., pasé el invierno.
Tengo otras prendas, pero no son impermeables. Y probablemente tenga algo impermeable...pero no me vale. Me da mucho coraje tener tanta ropa que no me sirve, por talla. Tengo dos chaquetones 'de pelo' que me hacen mucha gracia (y uno, además, estaría de plena actualidad...aunque tenga diez años) pero me están pequeños. Tengo cazadoras de cuero, abrigo de serraje..., y diez kilos por encima de lo que debería pesar para poder usarlos.
Patético.
Seguramente habré cogido frío. Esta noche, leche caliente y miel.

Mi radiador ya funciona. Mejor dicho: mi radiador ya es otro. No gotea. Pero..., es curiosa la rutina. Me levanto mirando tras la cortina y me sorprende ese espacio vacío donde estaban los tappers de plástico llenos de agua...

Estos días he aprovechado para limpiar. Tras el arreglo del radiador, lavé las cortinas del salón. Aquel capricho de seda, algodón y lino....que hay que planchar en un punto justo de humedad para que no se queden arrugadas (cosa que pasa tanto si están demasiado húmedas como si lo están demasiado secas). Por suerte el viernes no llovió... También he lavado las colchas que tapan el sofá viejo, ése que sólo sirve para dejar el mando a distancia o el teléfono cuando estoy tumbada en el otro mirando la tele o para que él deje su ropa en esos raros días en que, desde hace casi cuatro años, ha venido a regalarme su compañía, alguna noche...

Sigo extrañamente triste, y ya no son las hormonas. Sigo desganada. No quiero pensar en el dinero, no: me niego. Pero sé que en febrero me horrorizará el estado de mis cuentas, me lamentaré por no haber intentado ponerme a trabajar nada más dejar el búnker, todo eso. Pero no, no quiero pensar en el dinero. Aunque sepa que no me puedo comprar un abrigo impermeable nuevo (o..., sí que puedo. Pero me gastaré ese dinero, seguro, en regalos obligatorios que al final nadie me va a agradecer. Por ejemplo).

Llueve en este domingo de otoño, otoño que ya es invierno en el cielo y en los árboles. Dos semanas para que termine el año. Y para que empiece otro igualmente incierto.