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martes, 24 de diciembre de 2024

Fun, fun, fun.

 Veinticuatro de diciembre, fun, fun, fun…

miércoles, 3 de marzo de 2021

Le echo de menos.

 Le echo de menos.
Le echo de menos como se echan de menos los columpios de la infancia, la serie de televisión favorita que terminó hace tiempo, el olor de los primeros días de curso (libros nuevos, lápices alpino, gomas de borrar de nata, colonia nenuco sobre ropa recién planchada...). Le echo de menos como solo se pueden echar de menos las cosas que se pueden recuperar (existen los columpios; en youtube está, seguro, aquella serie; se pueden estrenar libros y lápices y borradores y la colonia nenuco sigue oliendo igual y hoy plancho yo la ropa) pero que nunca serán igual que las recordamos. Porque nos falta la ilusión del futuro. 

Le echo de menos y quizá sea eso lo único que aún conservo. Mi capacidad de seguir deseando estar con él.  
Él hace mucho que empezó a no estar. A veces, pienso que nunca estuvo, que realmente nunca estuvo ni quiso estar. Y que aunque volvamos a estar físicamente juntos, en realidad nunca estará. 

Le echo de menos y a veces sigue doliéndome. Me duele que no esté, me duele no poder hacer nada. Me duele su indiferencia. Me duele ser tan imbécil. 

Le echo de menos como algo inevitable.

Y, quizá, con el miedo a que cualquier día descubra que ya no me queda ni eso. Ni la capacidad para desear estar con él, hablar con él, saber de él. Miedo a, cualquier día, darme cuenta de que hace días en que ya ni siquiera le echo de menos.

lunes, 16 de noviembre de 2020

A falta de mes y medio.

 Profundamente desanimada. 

Así es como me siento. Sin matices. Desanimada hasta el punto de desear meterme en la cama y dormir hasta bien entrada la mañana (si es necesario, con ayuda de cualquier infusión relajante o somnífera), despertar y volver a dormir. De no salir a la calle (confinamiento voluntario) pero tampoco engancharme al sistema telefónico de trabajo. De dedicar la mañana a intentar ordenar algo mi entorno (todavía tengo prendas de verano sin guardar, prendas que planché hace semanas y que siguen en los respaldos de las sillas, colgadas en perchas de alambre que a su vez cuelgan del picaporte de las puertas). De ni tener ganas siquiera, si me quedase en casa, de poner la radio o la televisión o simplemente música de fondo. 
Desanimada y cansada. 

Queda mes y medio para que termine el año, un año en que no ha pasado nada. Mes y medio en que sé que tampoco va a pasar nada. 
Me siento cansada. Física y, sobre todo, espiritualmente. 

Hace mucho que entendí que mi vida es una continua pérdida de tiempo. Que todo empezó a fallar en la segunda década de mi vida y que todo ha sido una caída libre continua, con breves temporadas en las que se diría que la propia vida me daba una oportunidad de remontar, de rectificar, de volver a coger el camino de (supuesto) éxito al que debería estar abocada una mente como la mía, una mente que durante unos años estuvo acompañada también por un físico que (tampoco) supe aprovechar en beneficio propio...y que dejé pasar de nuevo. 
Vida de montaña rusa. Con breves momentos de subida que volvían a la caída libre. 

Ya no hay subidas. Hace años que dejaron de existir. Ni siquiera hay grandes bajadas. Todo es un valle aburrido y monótono, la vía de un tren de Cercanías en una línea circular.
Me siento cansada y desanimada. 

Quisiera poder quedarme en casa. En realidad, sé que puedo hacerlo (basta con informar en el trabajo de que no me encuentro del todo bien...y que opto por teletrabajar unos días. Ni siquiera necesito explicar que realmente es un tema anímico: sería suficiente hablar con molestias en la garganta, por ejemplo. 
Pero no lo voy a hacer. Esa mezcla entre puñetero sentido de la responsabilidad y auto-obligación a salir a la calle, a ir al lugar físico de trabajo, para que se me haga más corto y más llevadero el día. 
Contradictorio. Emplear más de tres horas en desplazarme, ida y vuelta, para que la jornada laboral me parezca más corta. 
Añadir cansancio físico a la sensación de cansancio con la que ya me levanto y que me acompañará todo el día. 
Ir y volver para, al desplazarme atravesando Madrid, intentar no pensar en que hace mucho que no voy a ningún lado. 
Que mi vida no va a ningún lado.
Y solo es lunes. Aún es lunes. 
Y queda mes y medio, apenas mes y medio o aún mes y medio, para que termine este inolvidable año 2020. 
El año vacío lleno de imágenes inusualmente individualistas y carente de contacto físico. 
El año que pasará como si no hubiese pasado. Como pasa mi vida desde hace demasiados años
.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Hace mucho que hubo un tiempo en que no le conocía...

Hace ya mucho que aprendí y admití que nunca estaría conmigo como yo hubiese querido que estuviera: siempre. 
Que despertarme y que estuviese a mi lado sería una rareza, una excepción, algo que cada vez pasaría más de tarde en tarde. Y que un día sería la última vez. Y no sería yo quien lo decidiera.

Hace mucho que tuve que hacerme a la idea de que no era la única, ni la más importante. Y que terminé aprendiendo que seguramente ni siquiera le importaba. 
Hace casi cuatro años que aquella rutina que me hacía creerme (autoengañarme) que teníamos una relación, aquello de acompañarle al menos una tarde a la semana casi todas las semanas en su regreso a casa, yéndole a esperar a la salida del trabajo y sin importarme que a veces la espera fuese casi una hora, terminó. Sin explicaciones. Y también hace mucho que he tenido que acostumbrarme a que pasen semanas sin verle.

A veces siento que en vez de con un hombre adulto es con un adolescente con quien intento tener una relación. En vez de con alguien que puede quedar conmigo para cosas simples como tomar un café al salir del trabajo o más complejas como venirse a pasar la noche conmigo o yo irme a pasarla con él, estoy intentando quedar con un alguien que necesita que le den permiso y que tiene que estar en casa antes de las nueve. Al que no puedo llamar en cualquier momento ni presentarme a darle una sorpresa a la salida del trabajo o que sea él quien lo haga conmigo, porque sé que siempre habrá alguien controlando sus movimientos.

Yo estuve durante años con alguien que no podía decir que estábamos juntos porque él, legal y oficialmente, estaba con otra persona. Pero a veces me besaba en mitad de la calle y muchas veces nos dejábamos ver en público juntos y me consta que había más gente de la que en principio pensé que conocía nuestra relación (entre otras cosas porque su carácter incluía el presumir ante otros gallitos de que estaba con una chica más joven que él y bastante aparente). Por supuesto me habría negado de haberse dado el caso (en realidad, se dio. Y quien se negó a desmentir nada fui yo, por otra parte) pero yo existía en su vida. De una forma peculiar, pero existía. 

Hace tiempo tuve que admitir que nunca existiría en la vida de alguien con quien yo sí habría pasado el resto de la mía.  Sé que para su entorno, para la gente que le importa, yo no existo ni he existido nunca. Ni existiré en un futuro.
Con el tiempo fui admitiendo que nunca quedaremos para comer ni para cenar (lo intenté durante meses y siempre fueron excusas y negativas, incluso fue algún aplazamiento en un principio). Nunca iremos juntos de viaje. Nunca conoceré a sus amigos ni a su familia (admito que esto último nunca ha pasado por mi cabeza como posibilidad). Tampoco iré nunca a su casa. A decir verdad, a estas alturas y tantos años después de conocerle, ni siquiera tengo claro donde vive. 
Nunca estará conmigo como yo quisiera que estuviese.

Pero le veo y sé como reacciona mi cuerpo cuando le tengo cerca. Y sé que no debo pensar en nada más, que no debo hacerme ilusiones ni fantasear, y no lo hago. Y la reacciones de mi cuerpo van por su cuenta y las ignoro. 

A estas alturas y tantos años después de conocerle ya he aprendido a no esperar nada. A no desear despertarme a su lado. A saber que alguna vez por semana tendré la suerte de que me coja el teléfono cuando le llame. A que pasen semanas sin verle. A que igual no le vuelva a ver más. 
A lo que no he aprendido y ya sé que nunca aprenderé será a que no me importe. A que no me importe por encima de tantas cosas, de prácticamente todo. A que esté enfermo y me acuerde de él de forma continuada y solo quiera que esté bien.
No he aprendido a no quererle. No sé como se hace eso.

Y no quiero aprenderlo. Porque si un día lo hago y le dejo de querer le perderé para siempre. Porque sé que lo poco que aún tengo y me queda es lo que siento hacia él.
Y a estas alturas ya no me imagino la vida, mi vida, sin esperar esos pocos momentos casi mágicos en que su existencia es una realidad en mi vida.

Y es que miro hacia atrás y veo hace mucho que hubo un tiempo en que no le conocía...

miércoles, 4 de abril de 2018

A oscuras a pleno sol.

Creo que voy mejorando. Al menos, en el plano físico.
O igual no, y es sólo que me voy acostumbrando.

A veces me dan unos ataques repentinos de tos que me dejan sin respiración (literalmente). Esta noche han sido varios. Igual demasiados. Creo que he pasado más tiempo despierta que dormida, aun no teniendo ni siquiera eso del todo claro. Sí me recuerdo sentada en la cama intentando que me llegase algo de aire a los pulmones. Y en más de una ocasión.

A las seis y media, puntual como sólo sabe ser él, ha sonado el despertador. Lo he apagado como suelo, de un manotazo. Y he seguido con los ojos cerrados...y una sensación muy rara...

La verdad es que mis sueños de esta noche lo han sido. Muy raros. Creo que he soñado con el fin del mundo. O con esos momentos previos... No es la primera vez que sueño con algo así, aunque luego se me olvide el argumento del sueño y sólo conserve la sensación desasosegante. Esta mañana, por un momento, hasta he pensado en quedarme en la cama, en intentar recuperar el sueño a ver cómo terminaba todo eso.
Y el caso es que no recuerdo el argumento del sueño en sí. Y sólo recuerdo que era bastante angustioso.

Esta mañana, tras apagar el despertador, primero he pensado que la sensación rara que notaba en el ambiente era una consecuencia del propio sueño. Y luego he pensado que igual era todo mucho más sencillo de explicar...

He comprobado qué hora era en otro de mis relojes (un proyector que refleja la hora en el techo si lo toco. Antes y durante años tuve un reloj-proyector, pero hace semanas dejó de funcionar esa opción y en navidad compré algo similar, aunque menos sofisticado) y, viendo que ya eran las siete menos cuarto, me he levantado. Casi completamente segura de qué estaba pasando en realidad.

Estaba sin luz.
El interruptor del baño me lo ha corroborado.
He ido hasta el comedor y he visto que toda la calle estaba a oscuras. Eso era 'lo raro' que noté al despertar: falta de la luz ambiente cotidiana. Semáforos, farolas, la luz de otras viviendas...

Y, sobre todo, el ruido. La ausencia de todos esos pequeños ruidos ambiente que provienen de aparatos eléctricos: despertadores enchufados, maquinillas de afeitar, secadores de pelo, microondas, aparatos de radio... El ruido del ascensor o de los temporizadores de luz de la escalera. Más que la falta de luz, era la ausencia de ruido lo desconcertante.

No es la primera vez que me pasa. En algún corte de luz diurno lo pude comprobar. Aunque a oscuras es distinto.

Sin luz (bendita fotofobia que me hace ver en la oscuridad) me he lavado la cara, me he vestido, me he puesto los pendientes y las deportivas. También me he aplicado la crema hidratante en la cara. He tenido que prescindir del café y he desayunado un vaso de zumo de mandarina. Y cuando me planteaba cómo bajar a la calle, con la escalera a oscuras...he recordado que el móvil incluye entre sus herramientas una linterna.

Es la primera vez que la uso. Y hay que ver la cantidad de luz que emite: ha sido encenderla y se ha iluminado media casa. Y con esa luz me he tomado el jarabe en la cocina y me he cepillado el pelo en el baño.

Curiosamente, anoche ya estaba acostada y volví a levantarme para enchufar el móvil al cargador y éste a la red eléctrica. Afortunadamente.  Porque si no, hoy tampoco habría tenido luz en el móvil.
Y curiosamente ese arrebato fue algo extrañamente instintivo y que no recuerdo haber hecho nunca anteriormente (alguna vez he descubierto que el móvil estaba prácticamente sin batería al ir a mirar la hora antes de salir de casa).

La luz ha vuelto a las siete y media de la mañana. Justo cuando iba a salir de casa.
Y lo he sabido porque, de pronto, ha sido como si una ola de pequeños ruidos lo invadiera todo.

Lo último que he hecho, antes de salir de casa y con la iluminación de la linterna del móvil, casi innecesaria porque ya había amanecido, es poner el reloj del microondas en hora.

El día ha sido absolutamente prescindible.

Al volver, el reloj parpadeante del microondas me ha demostrado que en algún momento del día ha vuelto a irse la luz.

En mi móvil, además de una linterna y otras cosas, tengo una foto suya. A veces aparece sola en una de esas galerías que se activan aleatoriamente.

Como creo que he contado alguna vez, descubrí que la tenía ahí hace unos meses. Y que ni siquiera la había guardado conscientemente: la envié al móvil para poder enviársela tras hacérsela con la cámara, hace casi dos años. Fue una fotografía del último día en que le hice fotos.
Está especialmente guapo. Lo pensé la primera vez que la vi y sigo pensándolo. Guapo y muy reconocible.

Este mes tengo que sacar el valor en algún momento y borrarla.
Y, si no vuelvo a hablar con él, este mes también tengo que buscar el valor para eliminar de la agenda de mis teléfonos su nombre. No voy a borrar los teléfonos, fijo y móvil, pero dejarán de estar identificados. Dejarán de ser parte de la agenda.

Ha sido él quien decidió dejar de ser parte de mi vida, por el método de no querer verme, no llamarme, no responder mis mensajes, no coger el teléfono.
Por tanto, si en los próximos días no tengo noticias, confirmaré que no tengo ningún derecho a conservar su foto, ni sus teléfonos, ni nada que pueda dar a entender que siga siendo una realidad en mi presente.

No me sé sus teléfonos. Cuando le llamaba, buscaba su nombre. Si me llamaba él, era su nombre lo que aparecía en pantalla.
Si lo borró, dejaré de poder contactar con él. Aunque me muera de ganas, no tendré cómo hacerlo. Y evitaré el riesgo de hacerlo sin permiso, por tanto.

Esta noche en algún momento se fue la luz. Aunque estuviese dormida y, por tanto, no me fuese necesaria, se ve que he detectado esa ausencia y he terminado soñando que se avecinaba el fin del mundo. He echado en falta la luz artificial estando dormida.

Desde hace semanas, me falta algo sin él. Algo me mantiene a oscuras aunque esté a pleno sol. La luz que sé que no puedo encender mientras, dormida, tampoco tendría porqué hacerme falta.

Y esa sensación silenciosa y creciente, como en mi sueño, de que se (me) está acabando el mundo.