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domingo, 3 de diciembre de 2023

Sin que nada tenga sentido.

 Muy cansada. Sin tiempo libre. Con unos horarios criminales, sumando a las ocho horas de trabajo y la hora de descanso a media jornada un mínimo de tres horas de transporte que, algunos días de averías, lluvias torrenciales, manifestaciones o acontecimientos deportivos, pueden ser cuatro. Sin poder hacer otra cosa que enlazar días idénticos en que me levanto a las ocho, salgo de casa a las nueve menos diez sabiendo que debería hacerlo diez minutos antes porque llegaré tarde al trabajo, trabajar o algo similar hasta las dos de la tarde parando unos minutos a las doce para tomarme un café en el office, darme un paseo por el barrio en esa pausa obligatoria de dos a tres porque ni me planteo quedarme en la oficina, volver al trabajo hasta las siete de la tarde que suelen ser las siete y diez porque he llegado tarde, y empezar la excursión de vuelta a casa...para llegar más cerca de las nueve que de las ocho y media. 

Y empezar la rutina casi nocturna de poner el televisor, quitarme el calzado de estar en la calle, preparar algo de cena y aprovechar para prepararme también el sandwich del día siguiente y la cafetera para el café del desayuno, ducharme en algún momento entre ese instante y el de plantearme dormir, cenar frente a la televisión, terminar tumbada frente a la televisión sabiendo que seré incapaz de aguantar despierta por mucho que me pueda apetecer ver el final de alguna película o algún programa, trasladarme a la cama en algún momento sobre las dos de la madrugada...

Y empezar de nuevo.
Sin que nada tenga sentido.

Le echo de menos terriblemente. Me duele físicamente no saber de él.

Acostumbrada a que no me quiera, a que no le importe..., pero me mata su silencio. Ese silencio sin futuro, sin que exista un 'cuando pueda hablar me llamará o le podré llamar, cuando esté mejor podremos vernos un rato'.
Ese silencio sin explicación ni explicaciones. 
Nada tiene sentido. 

Primer domingo del último mes del año. 
Y todo me da igual. Ya todo me da igual. 

viernes, 9 de noviembre de 2018

Día no laborable en Madrid capital.

Hoy es festivo en Madrid capital. 
El único cambio que eso produce en mi rutina es que no voy al trabajo.

Creo que ya lo he comentado alguna otra vez, pero si es así, lo repito: nunca, en ningún trabajo, había tenido tan en cuenta y con semanas de antelación cuándo caen los festivos, nunca me había apetecido tanto no ir a trabajar. Yo, que durante la mitad de mi vida trabajé de lunes a sábado. que las vacaciones venían a ser una semana en verano y a veces sin poder alejarme demasiado del teléfono... Ahora empiezo el lunes a las nueve de la mañana pensando en que den las cuatro de la tarde del viernes (porque los viernes salimos dos horas antes. No, no nos regalan esas horas. Aquí no nos regalan ni un minuto de trabajo, porque si llegas tarde te lo descuentan de la nómina o, como mucho, te preguntan si prefieres que te lo vayan restando de un día completo de las vacaciones... En mi caso, prefiero la nómina). 

Vuelvo a estar tremendamente cansada. 
Sigo estando muy triste.

Esta semana no ha habido día en que no me haya quedado dormida en el sofá, de puro agotamiento. Y eso queriendo un par de días ver algo en televisión que me gustaba... He cerrado un instante los ojos, supongo que durante un corte publicitario, y al abrirlos eran más de la una de la madrugada...

Ayer, curiosamente (curiosamente porque no tendría prisa hoy...pero sí me había levantado a las seis y media como todos los días) sí aguanté perfectamente la emisión de la serie televisiva que quería ver. E incluso continué con el documental posterior....aunque en algún momento me quedé dormida hasta más de las tres. Pero lo hice, tumbarme en el sofá, ver la tele, quedarme dormida, trasladarme a la cama...sin haberme desmaquillado. Ni quitado, siquiera, los pendientes. Ni duchado. Esto último era lo de menos: podía hacerlo hoy por la mañana con tranquilidad. Pero la costumbre de lavarme la cara con jabón de Alepo, repasarme la piel con un algodón empapado en agua micelar, darme unos toques de aceite facial...., la tengo aunque lleve todo el día con la cara lavada. Y ayer no era así: por la mañana y no sé bien porqué, sumé al toque de rimmel en que consiste mi rutina de 'belleza' matinal un poco de crema hidratante con color, perfilarme los ojos con sombra oscura y hasta extender un poco de ésta por el párpado superior y terminar marcando el borde de esas pestañas con khol. O sea, lo que puedo llamar 'maquillarme'. 

Y me acosté así, sin lavarme la cara. Por puro agotamiento.
En años, sólo había una circunstancia en la que yo me quedaba dormida con los restos de posible maquillaje en la cara. Y no tiene nada que ver con  mi realidad de anoche. De hecho, hace un año en que no se ha vuelto a dar esa circunstancia.

Cuando él se quedaba dormido a mi lado. Y yo prefería seguir mirándole, sintiéndole respirar y dejar que el sueño me rodease así, a levantarme para quitarme la pintura, a esas horas totalmente fuera de su sitio por obra y gracia del deso y de las lágrimas de risa, básicamente. Cuando me despertaba al amanecer y veía mi aspecto, a veces mis ojos parecían los de un oso panda..., pero me daba igual. Nada que no pudiese solucionar un algodón empapado en desmaquillante....
Lo de ayer fue agotamiento. Y desgana. La desgana y el desánimo inmenso que me invaden.

Las dos únicas cosas buenas de esta semana es que tiene un día laborable menos (hoy) y que las últimas noticias que tuve de él hablan de la evolución definitivamente positiva de sus serios problemas de salud de este año. 

Nunca entenderá que gran parte de mi tristeza es debida a su ausencia, que le eche tanto de menos que me duela todo. Y nunca entendería que la incertidumbre de semanas sin saber de él ni porqué había dejado de comunicarse conmigo, de saber luego que no estaba bien y no saber realmente qué le pasaba, de no poder hacer nada cuando lo supe, que todo eso...me afectó tanto, tanto, que (al unirse con otras cosas, para mí mucho menos importantes) casi me mata.
Y que nunca llegaré a recuperarme de todo eso, de todo esto.

Y que saber de él, saber que está mejor, es de las pocas cosas que consiguen que, por un breve tiempo, casi me crea que yo también lo estoy.


sábado, 16 de diciembre de 2017

Sin gloria, pero con pena.

Estoy triste.
Las navidades no me han gustado nunca (creo que lo escribo todos los años por estas fechas). No me gustaban especialmente ni de cría. Miro hacia atrás y no recuerdo esas fechas con la supuesta magia que deben tener, con ésa que recuerda casi todo el mundo, esa magia que está en la niebla que envuelven los recuerdos de infancia... No eran unos días muy distintos a los de antes o después. Simplemente, había polvorones de limón y chocolate, turrón que terminaba derritiéndose en una bandeja de cerámica que tenía unos perros dibujados, un árbol de plástico con cosas colgando que no podíamos poner ni quitar porque se rompían (a mí me gustaba especialmente alguna bola roja con hendidura amarilla como de fuego, algún animalito blanco con algo de purpurina... Curiosamente, no podía tocarlas por si se rompían, y un día supe que terminaron todas en la basura en una mudanza, sin más ni más), una cinta de cassette de villancicos que alguna navidad no se puso por temas de fallecimiento de familiares que ni siquiera conocía... Sólo me gustaba el día de Reyes,  más por 'querer creer' que por los regalos en sí (que ni siquiera elegía yo en plan 'Carta de Reyes'; se acordaba lo que iban a ser nuestros regalos, en plan 'sorpresa', supongo). Años más tarde, a la navidad se unió un Belén, y mis recuerdos incluyen cenas de huevos rellenos con mayonesa y chuletas de cordero que casi desayunábamos, más que comíamos, al día siguiente, porque siempre sobraba. Y espárragos blancos y piña de postre...

No sé. No me gustan las navidades. Años más tarde he contribuido a que los recuerdos de los demás sean mejores que los míos (al menos lo he intentado) y los días de Reyes eran una fiesta. Y los turrones y polvorones eran los mejores, y se incluyó el salmón ahumado, los volovanes de hojaldre rellenos de cosas, el sucedáneo de caviar, el queso roquefort y alguna delicatessen de andar por casa más. Pero eso tampoco mejora los recuerdos infantiles.

Y este año aun no ha llegado la navidad, pero yo ya estoy triste. Muy triste.

Hace semanas tengo la sensación de que todo se me está desmoronando alrededor. Que llevo mucho tiempo semienterrada en arenas movedizas, pero hasta determinado momento había asideros a los que agarrarme, y casi era divertida esa sensación de no poner salir del sitio. Y terminar convirtiéndolo en mi 'lugar de confort'.

Pero cada vez me queda menos a lo que agarrarme. Y soy consciente de ello. Y cuando ya no hay nada a lo que asirse, da igual que quieras huir porque no hay un punto de apoyo que te sirva como impulso.

Estoy muy cansada. Y estoy muy triste, aunque pretenda que no se note, aunque a veces parezca que estoy enfadada. Y mis enfados deben ser casi divertidos, porque me pongo de lo más sarcástica y eso a veces hace mucha gracia.

A estas alturas del mes, aun no he comprado ningún regalo de Reyes. Y me faltan cosas para completar la cena de navidad (en realidad, no, porque tenemos de todo y ya están comprados los turrones, algún entremés..., y la cena en sí ni la hago yo ni es en mi casa). Y lo peor es que no tengo ganas de nada.

Quedan 15 días para que se termine el año. Quince, con sus quince noches.

Esta semana es la última que trabajo (no sé si en lo que queda de año, o si 'la última' en una buena temporada: las cosas están complicadas. Mucho). Y a partir de ese momento ya no me quedará la excusa de estar tan cansada por las noches que tumbarme en el sofá quiera decir quedarme dormida. Y no llorar.
O no llorar apenas ninguna noche.

No creo que el año que viene sea mejor que éste, francamente. Pero mi único deseo ahora mismo es que por fin se acabe este 2017, que se va sin gloria. Porque pena si me deja, pena me ha ido dejando mucha, extendida a lo largo de los días de este año.

jueves, 21 de abril de 2016

Triste.

Me repiten que me ven cansada. Casi siempre son comentarios de aire casual: 'cómo se te nota que has dormido mal', 'tienes cara de haber pasado mala noche', 'se te nota que la alergia te está pegando fuerte'...

Y no, no estoy durmiendo especialmente mal. O igual sí y ya ni me doy cuenta. La verdad es que esta semana, un par de días, me quedé dormida en el sofá mientras veía la tele...perdiéndome el final de la teleserie que intentaba ver (no hay mayor problema: todas las cadenas de televisión ofrecen la opción de volver a ver casi toda la programación en sus webs). Estoy cenando más o menos sano y no demasiado tarde. Me limpio bien la piel, me doy mis hidratantes. Me quedo dormida, también, porque sigo madrugando mucho y porque más de tres horas de transporte público diarias y nueve horas de trabajo, día a día, deben cansar...

Me ven cansada e igual también lo estoy.
Pero lo que se me nota y nadie le pone ese nombre es tristeza. Me siento muy triste.

Y no le ponen ese nombre porque igual el 'estar triste' no encaja con la imagen que debo transmitir. Con mi aparente seguridad. Con mi peculiar sentido del humor. Y piensan antes que igual tengo problemas, e incluso hay quien me ha preguntado al respecto. Y si la pregunta es un '¿todo va bien?' respondo cualquier evasiva, a veces con un tanto de ironía. O el multiusos 'ya sabes: este trabajo...!!!', que da pie para que el interlocutor se explaye sobre sus propios problemas laborales y, con eso, desviar la atención.

Desde hace días, me repiten que me ven cansada.
Y lo que estoy es triste, cada día más triste.

sábado, 16 de abril de 2016

Semanus horribilis.

La semana ha sido tremenda. Y aun queda el domingo.
No, tampoco es que crea que el hecho de que llegue el lunes va a ser un 'borrón y cuenta nueva'. Pero..., la verdad es que si alguien decidió dividir el tiempo en semanas, me agarraré a esa pequeña superstición y querré creer que en cuanto den las doce de la noche de mañana se terminará el gafe de esta semana.

Lo cierto es que no ha sido sólo esta semana.
El viernes de la semana anterior, hace ocho días por  tanto, me pasó algo por primera vez en mi (ya larga) vida laboral: llegué tarde al trabajo por haberme quedado dormida.
Pasé muy mala noche. Creo que me desperté una docena de veces y casi todas porque no podía respirar: la puñetera alergia primaveral. Despertarse porque te estás asfixiando es una sensación horripilante que sólo pueden entender quienes pasan por ello. No se puede explicar porque no hay nada a lo que compararlo.
No creo que llegase a dormirme hasta las cinco de la mañana. Mi despertador suena entorno a las seis y media (aunque habitualmente ya estoy despierta de antes). Sí recuerdo haberlo escuchado y apagado como todos los días...
Cuando abrí los ojos, supuestamente dos minutos más tarde...eran las ocho menos diez.

A esas horas tengo que estar ya montada en el tren, si quiero estar a las nueve en el trabajo.
Creo que me tiré de la cama, vistiéndome a la vez que iba al baño, no sé bien si llegué a tomar café, lavándome los dientes mientras me ponía los anillos... Vivo a unos diez minutos de la estación, a buen paso. No sé cómo conseguí enviarle a mi jefa directa un mensaje ya montada en el tren...a las ocho y veinte de la mañana..., no sé a qué velocidad hice las cosas.
Llegué poco antes de las nueve y media: tengo media hora que 'recuperar' (o que me la anoten 'a cuenta de las vacaciones', o que me la descuenten del sueldo: hay opciones). A estas alturas ya sólo me restan veinte minutos para 'recuperar'.
Porque de lo que no me recuperé en todo el día fue de la pésima noche. Aunque al salir a las cuatro y media me diese un paseo fotográfico por El Retiro. ¿Alergia a la primavera? Operación de choque: cruzarse un megaparque en proceso de floración.
El lunes salí como cada día para llegar más que sobrada de tiempo a las nueve. A las nueve menos cinco enviaba un mensaje a mi jefa: imposible llegar puntual. El Metro estaba en una de esas 'huelgas encubiertas' que conocemos tan bien quienes somos usuarios habituales. Cuando llegué a la primera estación donde empiezo mi periplo diario... me la encontré abarrotada de gente y en los paneles luminosos avisaban que el próximo tren...pasaría en cinco minutos...
En hora punta, algunas líneas tienen una frecuencia inferior a ese tiempo. Si el andén ya estaba lleno...hacía más de ese tiempo que no pasaba ningún tren.
Fue parándose, con calma, en todas las estaciones. En muchas ya ni se subían pasajeros: no nos podíamos mover...
La parsimonia se repitió cuando hice trasbordo.
Casi me resulta raro conseguir llegar apenas ocho minutos más tarde de mi horario oficial de entrada.

El resto de los desastres..., pues temas meramente profesionales. Operaciones que no terminan de llegar. Un error de cálculo de hace unos meses (del que no soy plenamente responsable..., pero no voy a derivar esas responsabilidades, salvo que se me ataque por el fallo) me supondrá el mes que viene un auténtico descalabro económico (por resumir y traducir: a un cliente le hemos cobrado seiscientos euros de más. El mes que viene se le devolverán...y su facturación volverá a ser la que debiera, la correcta, doscientos euros inferior a la que estaba siendo. La parte proporcional saldrá de mis incentivos...).
No es tanto eso, el descalabro meramente económico...como la tensión acumulada a cuenta de ello, la tensión hasta que encontramos una solución, el tener que estar dando explicaciones por algo que, realmente, tampoco era culpa mía..., algo de lo que se tendrían que haber percatado en el departamento de administración cuando tramitaron el alta, algo en que deberían haber reparado los contables de la empresa a quien se le estaba cobrando mal el primer mes que se cobró de más...
El miércoles me acosté a una hora razonable, tras cenar pescado, un poco de verdura, un yogur. Todo muy sano. Cena tras la ducha, luego un poco de televisión, rituales de higiene y crema para la cara. Ese miércoles ya estaba 'cuadrada' la contabilidad fallida...
Me despertó pasadas las tres un dolor de estómago completamente insoportable. Nada duele tanto como el estómago cuando duele, nada. Ni siquiera las muelas (y yo sé de tener que tomar nolotil cada seis horas para quitarme ese dolor). Con el estómago no se puede hacer absolutamente nada.
Me desplacé al baño. Nauseas y mi incapacidad de vomitar. A la vez, calor, pero una sensación de sudor frío y seco..., complicado explicarlo. Y opresión en el pecho: la alergia, sin duda.
Estuve repasando qué podía haberme sentado mal. Porque seguramente era un ataque de gastroenteritis.
Creo que estuve cerca de una hora yendo de la cama al baño. A tumbarme en la cama, a sentarme sobre la tapa de madera del inodoro, en plan banqueta. El dolor era demencial. Pensé por un momento que debería ir a urgencias..., pero, ¿cómo se hace eso? ¿Llamar al hospital? ¿Llamar a un taxi? ¿Qué hospital me corresponde, si ni siquiera estoy empadronada en el municipio donde vivo desde hace 15 años? Además, el hospital que me pilla más cerca ni siquiera es el del municipio en que vivo... Aparte, ir a urgencias por una simple gastroenteritis, ir a las cuatro de la mañana al hospital... Y cómo vestirme, si apenas me podía mover..., si además de la presión en el pecho sentía hormigueo en las manos y los pies, que por otra parte notaba helados y eso que me había puesto unos calcetines...
Me quedaría dormida a las cuatro y pico.
Por la mañana no estaba del todo bien, pero mucho mejor de lo esperable. Me fui a trabajar.
Tenia aspecto de zombi, pero me fui a trabajar sin más. 
Hasta el jueves por la tarde no me di cuenta de qué me había pasado. No había sabido ponerle nombre a lo que tenía uno muy claro: ataque de ansiedad.

Por la noche, llamada telefónica que proyectaba para cinco, quince minutos, porque no quiero molestar. De hecho, demasiado tarde para lo que tenía proyectado..., pero la ducha y alguna cosa más me hizo despistarme. Cuarto de hora y pasaría a cenar y tumbarme en el sofá...
Cené a las once y media. No lo proyectado, claro, sino un sándwich. La realidad es que no tenía hambre, que era cenar por no acostarme en casi ayunas...
No sé si la conversación me hizo bien o no. Creo que me sirvió para reafirmarme en muchas cosas que ya sabía: eso que repito de que no le importo ni le intereso en lo más mínimo. Y que ni siquiera es algo 'personal' hacia mí. Le he importado tan poco siempre, que el hecho de que me ignore actualmente ni siquiera es algo personal hacia mí. Simplemente es un sentimiento hacia la Humanidad entera y yo soy parte de esa Humanidad que le sobra. Y ya está.

Pero todo esto ya lo analizaré en otro momento.
Lógicamente, no le mencioné nada sobre los gritos de alerta que me está dando el cuerpo. Ni sobre mi desastrosa semana. Para qué.

El viernes siguió creciendo el caos a mi alrededor. Volví a perder un pendiente...que había perdido y encontrado meses después el año pasado... Hice un retorcidísimo recorrido por Madrid. Desanduve mis pasos, compré otros pendientes azules. No encontré unos zapatos de mi talla en la tienda donde quizá perdí el pendiente y a la que volví dos horas y media más tarde, a preguntar...
Fue una tarde de viernes absurda, de primavera que se diría otoño, a ratos lluviosa....

Y el sábado no ha sido mejor. Más situaciones extrañas...

No he hecho apenas nada. Tras una mañana caótica, a mediodía y tras hacer la compra en un Centro Comercial (donde sí tenían mi corrientísima talla de zapatos del modelo que me gustaba, en una tienda de la misma cadena de zapaterías. Y los he comprado, claro), he puesto la lavadora, he comido 'de lata', he tendido la ropa, he imprimido un par de fotos...
Y no he hecho nada más. No he recogido/ordenado/limpiado. Estoy rodeada de caos, literalmente.
Y lo único que quiero es que termine esta semana.
Sé que haberle llamado, haberle contado cómo estoy, igual me habría ayudado...
Pero cada vez tengo más claras las cosas. Sé que le quiero, sé que me hace mucha falta, que le echo muchísimo de menos. Pero también sé que no le importo.
Y sé que todo esto me produce mucha tristeza. Y que los avisos que me da el cuerpo también son por eso, porque estoy triste, muy triste. Y cuando eso se junta con mi personalidad obsesivamente perfeccionista en el plano laboral..., pues...

Pero da igual.
Semana de primavera. Aniversario de la que aconteció hace seis años, aquella en que me negué a que el final que nos habían fabricado fuese mi única opción.

Y no quiero pensar que me equivoqué. Aunque tantas cosas digan. me digan, que fue así...
Ahora sólo quiero que pase el domingo. Mañana domingo, que volveré a despertarme sola y echándole de menos.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Fin de año.

Todos los años los termino con un post. Mi post de recapitulación, de despedida del año.
Y éste..., pues no quería que fuese menos.
La verdad es que no tengo ganas de escribir. Estoy tristona. Es más: no recuerdo otro año en que haya estado tan triste estas fechas. No me gustan las navidades, no me han gustado nunca, pero intento adaptarme a ellas. Me disfrazo y me camuflo entre eso que dicen que se llama 'espíritu navideño', e intento que no se me note nada.
Este año no he tenido ganas ni de eso.
Ha sido un año extraño. Es el primer año, desde hace seis, que empiezo el año desempleada. No es que ésa sea la causa por la que me siento triste, no: casi es lo de menos. No sé si porque quiero ser optimista (de algún modo) o porque este año ha sido tan difícil laboralmente hablando y he terminado tan cansada..., que pensar en reincorporarme al trabajo es simplemente un paso más. La semana que viene empezaré con los CVs, con las entrevistas..., y lo que tenga que ser, pues será. Ya está.
Estoy triste como consecuencia de todo el año. De tantas cosas, de tantas decepciones..., algunas que ya venían de antes. Triste porque sé que para el próximo año ya no puedo tener esas..., no sé cómo definirlas..., ¿esperanzas? ¿ilusiones? Eso que realmente no podía ser, que sabía que no podía ser..., porque hace mucho que destruí los castillos que se estaban edificando solos en el aire y soplé hasta eliminar cualquier resto de ceniza o de polvo de nubes. Pero..., no sé, Supongo que algo en mí seguía creyendo que podía tener derecho a un milagro. No sé de qué tipo, porque sería eso: un milagro.
Y no: los milagros no existen,
Da igual.

Termina un año complicado, raro. Un año de disparatados horarios laborales, de dar vueltas para no llegar a ningún sitio. Un año que ni siquiera puedo pensar que sea 'de transición', porque ya no pienso que esté yendo hacia ningún sitio.
Un año que, como todos, termino 'cumpliendo años'. El año y yo cumplimos a la vez: él desaparecerá esta noche, yo lo termino con un nuevo dígito en la edad. Llevo todo el día (en realidad, desde anoche) recibiendo y contestando mensajes de felicitación; una de esas cosas que pueden tener 'buenas' las redes sociales, que señalan a los conocidos y a los amigos desmemoriados cuando es el cumpleaños de los demás. Aunque normalmente quien por lo que sea en algún momento se ha enterado de qué día nací suele acordarse de que es mi cumpleaños (otra cosa es que se acuerde de felicitarme ese día: luego en enero me lo suelen comentar).

Él no me ha llamado, ni me ha escrito. Ni creo que lo haga. Ayer por la tarde nos vimos: sigo empeñada en mantener ese mínimo contacto de al menos acompañarle en el metro en el trayecto que tiene que hacer desde el trabajo hasta su casa. Tampoco me mencionó nada. Me consta que ni se acuerda ni le importa en lo más mínimo cuando pueda o no cumplir yo los años. Alguna vez se lo he comentado..., y suele responder que tiene no sé cuantas amigas que cumplen el uno de enero.
Y eso es lo importante, supongo: que se acuerde de que sus amigas celebran su cumpleaños el uno de enero.
Los dos o tres últimos años, simplemente, coincidió que la noche del 30 hablamos por teléfono... y creo que al menos una de las veces nos dieron las doce hablando. Y le pedí que, ya que estábamos, me felicitase (esas tonterías). Este año no espero que dé señales de vida, para qué pensar otra cosa.
E igual yo debería de dejar de insistir. Para qué. Si ya lo tengo muy claro, si este año me lo ha dejado tan claro que aunque fuese rematadamente tonta me habría dado cuenta de su absoluta falta de interés.
Este año no voy a desear nada al soplar las velas de mi tarta. Para qué, si ya he comprobado que algunos deseos no se cumplen por mucho empeño que se ponga en facilitarle las cosas a la vida para que sea así.

Da igual.
No voy ahora a recopilar nada de lo que ha pasado este año. En realidad, sólo quiero que termine. Tampoco por pensar que el próximo, que mañana, las cosas vayan a mejorar..., pero quiero que estas fechas que para muchos son 'estas fiestas' se terminen cuanto antes. Volver a una rutinaria normalidad..., aun sabiendo que tampoco eso va a cambiarme nada.

Éste es, eso, un post casi de compromiso.
Por si aún me lee alguien: feliz 2015.