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sábado, 15 de marzo de 2025

Falta de tiempo para vivir.

 Trabajar los sábados me descoloca el día.

Y me parece absurdo ese desconcierto: durante muchos años trabajé todos los sábados. Y durante gran parte de esos muchos años trabajé los sábados completos y con jornada partida…
Pero ya había perdido la costumbre.

También me parece absurdo el descoloque cuando simplemente son cuatro horas por la mañana y teletrabajando. Y que será solo un sábado al mes.
Pero lo comprobé el mes pasado (primer mes en que tenía que trabajar un sábado) y lo he vuelto a comprobar hoy.

Aunque sé que esta sensación rara, de desconcierto, no solo es por haber trabajado por la mañana. La semana ha sido complicada. Cada vez más descontrol en las comidas. Quedarme dormida en el sofá y trasladarme a la cama cuando apenas quedan ya dos horas para tener que levantarme. Trayectos que se me hacen larguísimos para ir y volver al trabajo.
Falta de tiempo para todo.
Falta de tiempo para vivir.

Lo de menos ha sido tener que teletrabajar hoy sábado por la mañana.
El auténtico problema es este pasar incesante de días completamente vacíos, estos días que solo son fechas en el calendario. Que me pasan por encima.

Que no significan (ni significarán cuando mire hacia atrás, desde el presente que hoy son días futuros) absolutamente nada para mí.

sábado, 8 de enero de 2022

Las vacaciones de navidad más extrañas de mi vida.

 Terminando las vacaciones de navidad más extrañas de mi vida. 
Las navidades del que no me atrevo a asegurar que haya sido el peor año de mi vida, aunque tampoco recuerdo años que hayan sido mucho peores.

Dos semanas de vacaciones que no he disfrutado. Ni aprovechado. Dos semanas que se me han pasado en un parpadeo, sin hacer apenas nada. Quizá descentrándome aún más, porque algunos días abría los ojos y no tenía claro ni donde estaba (mi cama o mi sofá) ni qué día era.
Una noche dormí en el sofá hasta las ocho de la mañana. Cuando me trasladé a la cama ya estaba amaneciendo. Durante la noche sé que me desperté varias veces, que fui consciente de que seguía en el sofá y que ni siquiera me había tapado con una manta, pero seguí donde estaba. A veces pienso que, instintivamente, prefiero seguir durmiendo en el sofá porque sé que el breve traslado a la cama me va a desvelar. Y el cuerpo me dice que necesita dormir.

Ayer viernes me quedé dormida antes de las once. No había hecho nada de importancia en todo el día. Ni había madrugado (quizá me levanté sobre las nueve, nueve y media). Poner una lavadora, tender la ropa, recoger los platos del fregadero, pasar la aspiradora, guardar algún regalo de Reyes, trastear por internet, colocar los cojines del sofá. Dejar la mesa igual de desordenada, las sábanas limpias y sin planchar sobre el sofá que no empleo, la caja de cartón que fue mi 'cesta de navidad' apoyada en una silla desde hace un mes, dos botellas de vino y una de aceite junto a otra silla, un enorme montón de ropa limpia y revuelta sobre el sillón de mimbre del recibidor. Barrer la terraza, no limpiar la mesita revistero de tapa de cristal. Cambiar la tierra a una planta, no guardar la bolsa de tierra para plantas. Dejar sobre la repisa del mueble de la televisión la vela en tarro de vidrio que no llegó a arder la noche del uno de noviembre, y que lleva ahí desde entonces. Chatear con el resto de los administradores del grupo de fotografía histórica. Autorrecordarme que necesito lejía líquida para ropa de color. Olvidarme de comprarla, otra vez, en la visita al hípermercado.

Me quedé dormida en el sofá mientras hacía tiempo a que empezase en la televisión algo que despertase mi interés, quizás una película de animación, mientras me decía que algo debería cenar. Abrí los ojos y en la tele estaban Hugh Grant y Drew Barrymore. Seguí durmiendo. Creo que pasaba de las dos cuando me trasladé a la cama y, claro, me desvelé. Pero aún así he dormido hasta más de las diez.
Una cantidad exagerada de horas de sueño para alguien noctámbula, que no había madrugado y que tampoco había hecho nada cansado en todo el día.

El lunes vuelvo al trabajo. Presencial. 
No quiero ir. No me apetece nada. Creo que mi cansancio de ayer, esa necesidad de dormir, también estaba provocada por eso. 
Nunca he tenido tan pocas ganas de volver al trabajo. La idea de volver a esa rutina me produce ansiedad. No quiero volver al trabajo. No a ese trabajo.
Pero tampoco puedo hacer nada para evitarlo.
Sí podría evitar ir de forma presencial (basta con indicar que me he levantado con dolor de garganta, por ejemplo) pero tendría que trabajar desde casa. Y eso es aún peor. No soporto el teletrabajo. Me agota hasta límites insospechados.
No me encuentro bien. Y no, no me refiero a un malestar físico y circunstancial.

Terminan las vacaciones de navidad de las navidades más extrañas de mi vida. Las navidades que son el colofón de un año horrible. 
En unas horas vuelvo a la rutina, empiezo oficialmente el 2022. 
Pero no cambia nada. 
Y yo necesito cambiar. Y no sé dónde está el cabo de inicio del ovillo para poder tirar de él y que la vida ruede.

martes, 9 de noviembre de 2021

Vacío e intrascendente.

 Martes festivo en Madrid.
Ayer lunes teletrabajé (no me gusta teletrabajar. Si no viviera al hora y media larga del trabajo y no fuese tan tentadora la teoría de poder levantarme cerca de las nueve, me iría a la oficina incluso los días en que puedo quedarme en casa. Como ayer). 
Aunque hoy no tenía que madrugar, la verdad es que a la hora en que habitualmente me levanto ya estaba despierta. Y sobre las nueve (creo que antes) levantada y ya respondiendo correos relacionados con el trabajo.
No he aprovechado el día. Tenía pensado planchar, fregar el suelo de toda la casa, darme el baño de color mensual en el pelo, hacer cosas en la terraza... Apenas si he puesto la lavadora y pasado la aspiradora. 
Nada más. 
Estoy cansada de forma permanente. Me duele el brazo izquierdo (mucho. Contractura) y la rodilla derecha (mi recurrente lesión de menisco). Y toda la noche me dolió la cabeza. De hecho, ahora recuerdo porqué estaba levantada antes de las nueve: necesidad de paracetamol.
Tampoco el persistente zumbido del oído izquierdo (consecuencia de los cascos-auriculares de gamer que llevo un mínimo de horas diarias) ayuda. La sensación de estar escuchando permanentemente el distante motor de la nevera, el ventilador del portátil..., cosas que realmente no están haciendo ruido, porque ese zumbido extraño está en mi cabeza. Y hay días en que es muy, pero que muy pesado.

Mi vida es un vacío permanente y continuo.
Le echo mucho, muchísimo, de menos. Y tener claro que no debería sentirme así, porque en realidad nunca le importé ni le importó nada que tuviese que ver conmigo, que él nunca me consideró nada suyo, que no debería haber mantenido con él esta relación de más de once años..., no, no ayuda. No sirve de nada, no me sirve de nada para no echarle de menos. 
Pero la decisión de dejarme al margen de su vida, una vez más, ha sido suya. 
Y yo estoy cansada, muy cansada. Y no puedo luchar más.

Martes festivo totalmente vacío e intrascendente.
Como todo lo que acabo de contar.

domingo, 24 de octubre de 2021

Agotamiento inútil

 No me gusta teletrabajar.
No, cuando encima se supone que trabajo en una empresa donde deberíamos tener una cierta libertad, donde seguro que hay quienes se conectan a los programas...y no hacen nada en todo el día, donde incluso hay quienes presumen de hacerlo. Y yo, en cambio, me engancho de tal modo que siempre pienso que estoy trabajando poco (haciendo menos gestiones, menos llamadas, cogiendo más pausas administrativas, siendo menor productiva...). Y paso horas sin moverme de enfrente de la pantalla (cuando sé que hay quienes ponen lavadoras, escuchan música, salen al balcón, se van a comprar dejando el equipo encendido) y casi me autocontrolo los necesarios paseos al baño. 
No me gusta teletrabajar.
El pasado viernes tenía que hacer una inaplazable gestión bancaria (algo que no había podido hacer entresemana por el cambio de horario de apertura, debido a las fusiones entre entidades). Vivo justo enfrente del banco en cuestión: diez minutos entre ir y volver. Tardo tan poco que hasta me acerqué a una tienda también cercana para comprar un poco de pan para desayunar... A la hora en que habitualmente empiezo a trabajar en la oficina, ya estaba oficialmente conectada y trabajando.
Media hora más tarde, me di casi una carrera hasta la cocina para servirme un vaso de zumo.
Una hora más tarde, recordé que no había tomado café y preparé la cafetera. Dos o tres minutos. 
Quizá tardé otra hora en poderme servir un café y coger unas galletas. 
Casi a mediodía no había terminado de tomarme el café. Por descontado, no desayuné el pan que había comprado expresamente para tostar. 
Y todo así.

No me gusta teletrabajar.
Por mi horario oficial, debo desconectar entre las cuatro y media y las cinco de la tarde. Y puedo coger media hora de pausa para comer, aparte de ir al baño, a la cocina a servirme los cafés que quiera, coger pausas presuntamente administrativas para hacer lo que me venga en gana (las pausas que en la oficina se cogen los compañeros que fuman para salir a la terraza a hacerlo, por ejemplo). 
Yo suelo comer cualquier cosa mientras sigo trabajando. También en casa. El viernes tardé una hora en comer unos cuantos macarrones con tomate, mientras seguía haciendo cosas en el portátil profesional.
El viernes eran las seis de la tarde cuando estaba manteniendo la última conversación comercial con un cliente. Lo recuerdo porque fui con el portátil hasta el dormitorio, los cascos-diadema enganchados al mismo, y recuerdo esa hora en el reloj-proyector. No sé para qué fui al dormitorio: supongo que a buscar algo porque mi idea era irme a la compra tal y como terminase de trabajar.
Imagino que me iría sobre las seis y media. Y regresé a poco más de las ocho de la tarde.
Y como no había guardado el portátil (se quedó cargando batería), en algún momento volví a encenderlo (sin la conexión telefónica que justifica que estamos trabajando) y seguí ordenando cosas...

Eran las más de las once de la noche cuando me di cuenta de qué hora era, que no había cenado (ni me apetecía), que no había terminado de guardar la compra. 
Creo que freí alguna cosa: unos calamares, un par de croquetas congeladas... Y, ya apagado el portátil (pero no guardado) me tumbé en el sofá como si fuese media tarde, a ver un rato la tele. Eran más de las doce de la noche.
Creo que me quedé dormida sobre la una, una y media. Eso de cerrar un momento los ojos y...
Me despertó el ruido de subir una persiana o recorrer unas cortinas, en el salón del piso de al lado. Era de noche, la tele se había apagado sola. Sentía algo de frío.
Me trasladé a la cama. Supongo que pasé un instante por el baño.
Creo que vi en el reloj-proyector que eran más de las siete de la mañana. La hora en que habitualmente me levanto para ir a trabajar. Pero, afortunadamente, era sábado..., por lo que no tenía que irme tras haber dormido en el sofá.

Cuando volví a abrir los ojos, me pareció que pasaba de las diez y media de la mañana. Lucía el sol. 
Volví a fijarme en la hora: en realidad eran las doce menos veinte.
No recuerdo cuando me levanté tan, pero tan tarde.

No recuerdo cuando estuve tan cansada como el pasado viernes. Y con una sensación tan enorme de inutilidad, de no haber parado en todo el día para no haber hecho absolutamente nada de provecho. 

No me gusta trabajar en casa.
Si no viviese a hora y media larga del trabajo, me iría a la oficina también los viernes, el único día en que podemos teletrabajar (ahora ya van un par de compañeros). Porque al menos allí no tengo esa sensación ridícula de que me están controlando en mi propia casa, allí llega mi hora de salida y me voy, sin opciones de encender de nuevo el portátil a deshoras. 
Cada día estoy más desilusionada con este trabajo en que puse tanto empeño en mantener. 
Cada día estoy más desilusionada con la gente con que trabajo.

Cada día le encuentro menos sentido a mi vida actual. No solo en lo relativo al trabajo.

Mañana empiezo la última semana laboral de octubre. Presunta fiesta de jalogüin incluida. 
Y no tengo la más mínima gana. Y no voy a poder evitarlo.
Y sé que ni las horas que eché de más el viernes (ni las que añadí el sábado por la tarde) van a figurar por ningún lado. Cansancio improductivo. 
Agotamiento inútil. 
(Y esa forma, casi permanente, absolutamente inevitable, de seguir echándole de menos...)

domingo, 8 de agosto de 2021

Imposible comienzo de agosto.

 Imposible llegar a estar más cansada de lo que llegué a estar la semana pasada.
Imposible que todo, absolutamente todo lo que pueda salir mal, salga mal. Incluso peor.
Imposible llegar a tener algo más claro de lo que yo llegué a tener que no me gusta trabajar en casa (por imposición).
Imposible un comienzo de mes de agosto más insufrible que los primeros días del de este año.

Con estos antecedentes, supongo que el mes solo podrá ir a mejor.
O eso espero.

viernes, 22 de enero de 2021

2021. Tres semanas.

 Agotadísima.
Y ni siquiera por haber tenido una gran carga de trabajo. Ni por haber madrugado. Ni por haber hecho esfuerzos físicos.

He trabajado en casa (sentada en el sofá donde ahora mismo estoy escribiendo esto), con ropa de estar en casa. Me he levantado cerca de las nueve de la mañana (aunque me haya despertado varias veces a lo largo de la noche y a la hora de levantarme ya llevase un buen rato en ese duermevela intranquilo de quien sabe que no puede volver a caer dormido. Y no he hecho prácticamente nada en todo el día: el máximo esfuerzo ha sido traer la compra (cuatro bricks de leche y alguna cosa más de poco peso) desde el súper más cercano a mi casa y a media tarde. 
Pero a poco más de las nueve de la noche ya me había quedado dormida en el sofá, de puro agotamiento y sin darme cuenta (realmente me he dado cuenta al despertarme dos horas y media más tarde). 

Agotamiento acumulado. Y dolor de músculos y huesos (eso también fruto del esfuerzo de estos días, eso sí, de ir andando por la nieve urbana con botas pesadísimas, el equipo informático en una mochila, la sempiterna mascarilla que personalmente no solo me dificulta la respiración sino que me entorpece la visión...).

Agotada. Triste. Frustrada.
Porque los últimos días no han sido fáciles. O simplemente no han tenido nada dentro.
Y además no sé nada de él. De nuevo.

Cambiamos de año hace tres semanas. En este tiempo sólo hemos hablado una vez.

Cambiamos de año, pero eso tampoco cambia, evidentemente. 
Y yo estoy cansada, muy cansada. Y cada día tengo más claro (aunque no quiera admitirlo) que no, que no me compensan algunas cosas. Muchas cosas.
Y el que no me quiera, aunque a estas alturas (más de diez años) ya sea algo completamente asumido...es una de esas cosas. Y termino dormida en el sofá a las nueve y pico de la noche de un viernes, sintiendo que hace mucho que no hago nada, absolutamente nada de provecho en mi vida. 

viernes, 23 de octubre de 2020

Despierta, vestida, escribiendo. Y muerta de sueño.

 Anoche no tenía sueño.
Estaba cansada, eso sí, pero no tenía sueño. Igual también por la certeza de no tener hoy que madrugar (los viernes teletrabajo). Así que me dieron la una de la madrugada mirando la tele tumbada en el sofá...y en algún momento debí quedarme dormida. Sin siquiera taparme con alguna de las mantitas auxiliares.
Creo que me he despertado varias veces durante algunos segundos, consciente de donde estaba, consciente de que debía trasladarme a la cama (como tantas noches). Cuando me he decidido, la televisión seguía encendida repitiendo programas de recortes de otros programas y el portátil (que también se había quedado encendido) estaba actualizándose...

He pasado por el  baño antes de meterme en la cama. Y antes de volver a cerrar los ojos he mirado la hora, proyectada con números rojos en el techo: 06:58.
Casi las siete de la mañana. Creo que nunca me había pasado dormir prácticamente toda la noche en el sofá. Y si no hubiese sido por el teletrabajo...no habría sido un 'prácticamente' porque no me podría haber acostado en la cama. O sí, pero para levantarme media hora después.

Llevo todo el día cansadísima. No sé si es, también, por eso. 

Me he levantado a poco más de las nueve, he preparado café, he sacado del congelador un trozo de pan integral y lo he puesto a descongelar en el microondas. Me he puesto una bata-kimono sobre la camiseta gris con la que duermo. Al mirar el móvil, he visto un par de correos relativos al trabajo (tengo las notificaciones desviadas a mi móvil personal). Antes de las diez, con el café delante y el pan tostado y endulzado por un poco de mermelada de naranja, ya tenía el ordenador del trabajo encendido sobre la mesa baja del salón donde el resto del tiempo tengo el portátil personal, éste donde estoy ahora escribiendo. Hoy ni siquiera me he molestado en sacar la mesa auxiliar y plegable donde organizo mi área de teletrabajo.

Viernes extraño. Laborable y extraño. 

Llevo todo el día bostezando y pensando en dormirme pronto. 
En torno a las seis de la tarde me he ido a comprar al supermercado. Antes de eso, he parado sobre las tres para prepararme la comida (un poco de pasta fresca con tomate y huevo cocido), he comido sobre las cuatro de la tarde y antes de las cinco me he reenganchado un rato al trabajo (contestar un correo que he recibido mientras comía, hacer un par de llamadas programadas). Y muerta de sueño.
Y al final me han dado las doce de la noche y sigo despierta, vestida, escribiendo.

El año sigue siendo muy raro. Raro a diario. Esta semana, más. Sin pasar nada reseñable, ha sido una semana con un aire tan y tan extraño...

miércoles, 7 de octubre de 2020

Siete de octubre.

 Muy cansada.
Supongo que será el calor casi de primavera, tras unos días de otoño que a ratos y de noche casi parecían de invierno. O las hormonas, que revolucionan el cuerpo sin respetar la edad. O las tres horas y pico de trayecto para ir y volver del trabajo...y las ocho horas allí sin hacer nada de provecho. 

O...
No sé: estoy muy cansada. Y termino pensado, haciendo y escribiendo tonterías.
Y hasta he contestado hace un correo (tengo que dejar de tener desviado el correo del trabajo a mi móvil personal. Y más aún ahora que ya tengo móvil de empresa y ya no es necesario estar pendiente fuera de horario de trabajo en otro dispositivo que no sea el laboral) confundiendo al remitente. Menos mal que no era nada demasiado importante, que mi respuesta no ha sido incorrecta (eso, nunca) y que la causa de mi error no es sino que hay personas que se llaman igual...y que yo, a estas horas, leyendo rápido y con la vista cansada, no me he parado demasiado a leer... 

Muy cansada. 

Mañana es el último día de trabajo presencial hasta el próximo martes. Los viernes seguiremos teletrabajando y el lunes es Fiesta Nacional. Debería acostarme pronto (estoy falta de sueño. Y eso que no madrugo excesivamente, que el despertador suena a las siete y media...aunque yo a esas horas ya estoy despierta) pero al final me dan casi la una de la mañana y yo trasteando por la casa, leyendo tontunas en facebook, oyendo la tele sin prestar atención real a lo que escucho, escribiendo aquí cosas sin la menor importancia y nulo interés... 

Siete de octubre. Ya nos hemos merendado una semana completa de este mes.
Siete de octubre. Y yo muy cansada. 

domingo, 4 de octubre de 2020

Comienza octubre, avanza el año.

Terminó septiembre y entramos en octubre. 

Porque lo único normal de este año es que los meses siguen pasando, uno tras otro y sin más misterios.
Pasan los días. Volvemos a un confinamiento similar al  de finales de abril-comienzos de mayo, aquel en que ya podíamos más o menos salir a la calle e ir al trabajo si llevábamos un justificante de la empresa, pero no podíamos salir del municipio si no era con causa justificada y demostrable.
El problema es que en aquel confinamiento la gente se lo tomaba en serio porque veníamos de días aún más restrictivos. Y ahora está siendo un pequeño desastre. Y, por tanto, en cualquier momento nos confinarán aún más: con horarios para salir a pasear, por ejemplo.
No sé, esto está siendo un pequeño gran desastre. 

Poco más. 

En mi empresa han decidido que el departamento en que trabajo debe ser presencial (o sea, se terminó el teletrabajo más o menos voluntario. Ahora si alguien necesita teletrabajar deberá consensuarlo con la empresa).
Francamente, imagino que cada cual seguirá haciendo lo que le dé la gana y que no se le obligará a ir a trabajar. Más que nada, porque por parte de RRHH ya se comunicó que el teletrabajo era un hecho...y que la oficina estaría abierta para quien quisiera ir, pero no se hablaba de obligaciones.

Ya iré viendo. Mis planes-proyectos eran ir a la oficina los martes-miércoles-jueves y teletrabajar lunes y viernes. De momento, el teletrabajo se limitará a los viernes. Aunque si esta semana veo que cada cual va cuando le da la gana...pues la semana próxima decidiré qué quiero hacer. 

Poco más. 

Bajaron, por fin, las temperaturas. Aún no he añadido la mantita a la cama, pero no creo que tarde muchos días si la temperatura sigue manteniéndose: a medianoche refresca. Incluso yo, que no soy nada friolera, lo noto.

Sigo teniendo sueños raros, densos, pero que olvido a los pocos minutos de despertar. Algunos intento mantenerlos y, aunque el cuerpo casi en vela me diga que debo levantarme porque tiene sed o necesita ir al baño, intento no hacerle caso y quedarme en ese sueño, como una se queda frente al televisor esperando el siguiente intermedio para no perderse ni un minuto de película... 

Sigo teniendo sueños raros. Alguno con contenido erótico...del que luego no recuerdo el argumento y solo me quedan sensaciones confusas, de deseo insatisfecho. Demasiados meses de aplazamientos sucesivos, supongo.
Y estas últimas semanas en que nuevamente en nuestras conversaciones hay alguna connotación sexual, aquel sexo dialéctico o verbal que en nuestras primeras conversaciones era una constante y que luego desapareció...y del que durante los últimos años no hubo ni rastro. No voy a preguntar, ni preguntarme, (ni aún menos preguntarle) qué ha cambiado, qué ha pasado. 

Octubre. Y hace once años justos, técnicamente hablando, que le conocí. Y aquel 2009 es prácticamente idéntico (a partir del 01 de marzo de este año, porque ha sido bisiesto y aquel no lo fue) a este 2020. Observación, conocimiento inútil, puesto que esto no quiere decir nada más que eso: que aquel octubre empezó también un jueves. 

Comienza octubre, avanza el año. Sin más.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Avanza septiembre.

Avanza septiembre. 
Tanto, que está a punto de terminarse. Y pasará tan sin pena ni gloria como el resto del año. 

Algunos días estoy tremendamente cansada. Otros, sin el adverbio.  
Sigo durmiendo mal. Sigo con la sensación que demasiadas cosas no encajan y, encima, ni siquiera podría decir cuales son. Sensación de inminente tormenta, de la que arrasan y al terminar tampoco dejan un aire limpio y un cielo despejado. No sé.

Tengo sueños raros. Y también durante el día me acuerdo, de pronto, de cosas. Cosas que no sé si he soñado o de las que simplemente me estoy acordando sin que venga a cuento. 
Me despierto, a veces, cantando mentalmente canciones que ni siquiera me gustan. Y tampoco sé si han sido parte del sueño. 
Me digo en esos casos que debería tener un cuaderno a mano y anotar esas rarezas. Por si quieren decir algo. Por si de pronto pasa algo y todo encaja, o por si necesito esas 'pistas' para resolver algún enigma que de repente me presente la vida. 

El trabajo no sé ni cómo va. Sigo combinando el teletrabajo con la parte presencial. La semana pasada fui el martes, miércoles y jueves a la oficina. Y estuve casi sola, pero al menos quedó el 'casi', que algunos días del pasado verano directamente estuve sola en aquella oficina tan grande. 
Tengo la sensación de que la empresa va a prescindir en cualquier momento del departamento en que trabajo. Todo va encaminado a eso. Y..., y como no tengo tratos con nadie, no sé si alguno de mis (prácticamente desconocidos) compañeros tendrá la misma percepción.
No sé. Me digo que no debo adelantarme, que no debo preocuparme antes de tiempo. Lo que tenga que ser, será. Sin más. 

Y con respecto a otros temas... Últimamente hablamos más por teléfono. En cierto modo tengo la sensación de haber vuelto a la relación que manteníamos hace años. La relación que me gustaba tanto.
Supongo que algo de las muchas cosas que no controlo ha cambiado. Y..., tampoco me quiero cuestionar nada. Últimamente hablamos más por teléfono y eso me gusta. Y eso es lo que tengo, porque llevo tres meses sin verle, tres meses y varias cancelaciones de ésas que llamo 'aplazamientos sucesivos'. y en las que lo que más me importa y me preocupa es él y su estado de salud. 
Sé que siempre voy a priorizarle. Que aunque a veces me he auto-reprendido y me he dicho que debería ser más egoísta...pues no. Ya no puedo cambiar eso.
Me he adaptado a no verle, lo que no quiere decir no le eche de menos. Ni que no quisiera que las cosas fuesen de otro modo. Pero me he terminado adaptando a no verle. 
Espero que en octubre pueda ser, ya que en septiembre no ha sido ni ya será.

Avanza septiembre. Y se irá sin pena ni gloria, como casi cada mes de este año tan raro.

martes, 15 de septiembre de 2020

15 de septiembre. Teletrabajando.

Sigo sin llevar bien el teletrabajo. 
Por descontado, sería peor no tener trabajo de ningún tipo o seguir en el erte, pero...pasarme todo el día sola me agobia.

Siempre he sido muy autónoma: me apaño perfectamente y me organizo sin necesidad de que haya alguien controlando o supervisando mi actividad. Tampoco necesito trabajar 'en equipo' como tal. Y durante épocas de mi vida he trabajado prácticamente sola o he pasado días sola en el trabajo. Pero...esto es otra cosa. 

Puedo volver por la oficina (de hecho, está abierta). Pero ya tengo comprobado que no va apenas nadie, así que al final me encuentro con que empleo tres horas y pico diarias en viajar para terminar igual de sola. Y, francamente, empieza a no compensarme.
Esta semana, por ejemplo. El abono mensual de transportes me caducó el domingo, así que he decidido no ir presencialmente a la oficina...para no tener que renovarlo. Son mínimos gestos de ahorro para un año desastroso, también en el plano económico. 
Sé que al quedarme en casa termino trabajando más horas de lo debido y que es algo que debería controlar. Pero..., de momento no soy capaz. Ayer me conecté a las diez de la mañana (bueno, algo antes, porque a esa hora empezaba una reunión virtual) y me desconecté a  más de las siete de la tarde (a mediamañana tuvimos otra reunión virtual). No paro para comer: me tomo cualquier cosa. Ayer, un tazón grande de gazpacho y unas porciones de queso fresco. Y sigo trabajando.

Hoy he desconectado a las seis y media. Esta mañana no tenía ganas de hacer nada (a veces pienso que podía conectarme más tarde de las diez. Total, si mi jornada 'obligatoria' son siete horas al día y hago muchas más. En parte a cuenta de los viernes, en que podría desconectame a las dos de la tarde...o antes incluso) pero luego me pongo... Y aunque paro algún minuto suelto (en el transcurso del día he lavado la camiseta con la que duermo, un top, un par de sostenes, unos pantalones de gasa...que lo del covid conlleva estar lavando contínuamente la ropa con que se sale a la calle) y termino pensando que igual aparecen lagunas en mis tiempos de conexión..., pero en realidad me consta que no hay ninguna pausa demasiado larga. Aunque entre las dos y media y las cuatro de la tarde suele haber una de unos 20 minutos que me serviría, llegado el caso, para justificar que paro un momento para comer algo...pero que no parto la jornada. 

Me obsesiona un tanto todo este asunto. Estaría más cómoda fichando para entrar, fichando para salir, sabiendo que puedo repartirme a lo largo del día una hora de pausas pequeñas o media hora de pausa larga y algunos microdescansos. 

Hoy en un correo de mi responsable directo he sabido que las ventas del grupo van fatal, pero que soy la segunda persona con mayor número de ellas en lo que va de mes. El número son dos, pero es que el resto de los compañeros llevan una o ninguna (y una compañera, cuatro). También sé que mis dos ventas son las únicas a las que no falta adjuntar documentación (eso lo he deducido cruzando los datos de hoy con los de otro correo de ayer). También ha mencionado que el nivel general de llamadas es anormalmente bajo comparado con el que hacíamos en la oficina (no creo que se esté refiriendo a mí, en este caso. Ya procuro yo que en algunos momentos, mediodía o primera hora de la mañana, dedique ratos a prácticamente marcar y colgar a los pocos tonos...para aumentar el volumen de emisiones. Como decía, soy bastante autónoma para mi trabajo.

Me interesa vender por puro egoísmo material, por necesidad económica. Y para conservar mi trabajo. Pero también quiero que venda el resto del equipo...precisamente para que siga existiendo la división comercial donde está mi puesto de trabajo. A finales de julio despidieron a tres compañeras que llevaban al menos un año (creo que una de ellas, los dos años y pico que lleva creado este departamento). En la dos últimas reuniones virtuales, he visto que tampoco están otros dos compañeros (aunque sí los veo leer las publicaciones de una especie de chat común que tenemos para pasarnos avisos). Entiendo por tanto que deben estar haciendo otras tareas, aunque...
No ir presencialmente a la oficina hace que no exista el equipo como tal. Como le dije a mi responsable directo el pasado viernes, en una llamada telefónica brevísima que me hizo y donde me preguntó mi opinión relativa a la posibilidad de que plantease como algo obligatorio ir un par de días por la oficina: no somos un equipo de trabajo. Somos una serie de personas que comparten una base de datos con la cual trabajan.
Y que sí: yo necesito ese contacto con mis compañeros, aunque no suponga más que coincidir unas horas bajo un mismo techo.

No llevo bien el teletrabajo. No llevo bien este año tan raro en tantas cosas.

Y llevo dos meses y medio sin verle y tres o cuatro aplazamientos (de esos que yo llamo 'sucesivos') en estos dos meses y medio. Y en dos ocasiones porque está enfermo.
Y me siento egoísta pensando en cuanto me habría gustado poder verle, estar con él unas horas, despertarme y verle dormido a mi lado...

 

jueves, 3 de septiembre de 2020

Descentrada.

Sensaciones raras.
Ayer estaba agotada. Agotadísima.

Y hoy he pasado todo el día con una sensación extraña, como de convalecencia. Como esos días en que, de pequeña, me dejaban levantarme más tarde (o me obligaban a quedarme en la cama hasta la hora de comer) porque estaba enferma y cuando por fin me levantaba todo tenía una luz extraña, la hora de los relojes parecía no cuadrar con la que debería ser, no tenía sentido merendar cuando no había desayunado...
Así he pasado todo el día. Descentrada.

Anoche dormí mal. Me desperté varias veces, creo que me levanté al baño dos o tres. Me quedé dormida pensando en que no podía quedarme dormida. Todo raro. Principalmente cuando ayer me traje el portátil de la oficina para trabajar desde casa, cuando tenía a las diez una reunión virtual con mi jefe y el resto del equipo comercial y, obviamente, no había ninguna posibilidad de que me quedase dormida y no llegase a tiempo...
Mis vacaciones terminaron el domingo. Empecé a trabajar de nuevo el lunes (el lunes en casa, el martes y miércoles en la oficina, hoy jueves aquí) y tengo la sensación de llevar haciéndolo meses. No estoy cansada, obviamente, pero... 
Me siento rara.

A decir verdad, es la primera vez desde que comenzó la crisis del covid que he llegado a tener miedo de haberme contagiado. No tenía síntomas compatibles con la enfermedad, pero... 
Me puse el termómetro. 36,7ºC. Igual algo más de mi temperatura habitual, pero no era fiebre.

Decidí comer algo a mediodía (estos días atrás han sido un sandwich de pan integral con algo ligero) y puse a hervir un puñado de pasta de vegetales para mezclar con una latita de atún y un poco de queso fresco. Terminé comiendo a más de las cuatro de la tarde, tras una larguísima llamada comercial.
Es absurdo: nadie realmente controla lo que hago o dejo de hacer, pero me siento extrañamente controlada. Autocontrolada, midiendo a qué hora me conecto al sistema telefónico, a qué hora me desconecto, si aparece alguna pausa larga (incluso sabiendo que la he dedicado a hacer llamadas de manera manual o contestar correos). Sé que trabajo más de las 35 horas semanales que constan en mi contrato, pero...
Me siento rara. 

Mañana ya es viernes. Puedo permitirme trabajar apenas cuatro horas (por mis cálculos, llevo más de treinta y quizá sean ya treinta y dos), pero imagino que me darán las tres de la tarde, o más. Y seguiré con la extraña sensación de no estar haciendo las horas mínimas, de estarme cogiendo pausas, de..., no sé. 

No sé si voy a acostumbrarme, realmente, a teletrabajar sin fecha definitiva de incorporación a una rutina laboral.
Está siendo todo muy raro.
O soy yo la que está rara. 

domingo, 30 de agosto de 2020

Sensaciones raras y contradictorias.

Mañana vuelvo al trabajo. Bueno, dentro de unas horas, si tengo que ser rigurosa con la realidad, porque oficialmente ya es lunes 31 de agosto, aunque sintamos que seguimos en la noche del domingo 30.
Y no sé si tengo ganas. 
Sobre todo porque volver al trabajo...cuando realmente va a ser trabajar desde casa (desde el mismo sitio desde donde estoy escribiendo esto. Y no desde el mismo equipo informático porque para trabajar tengo un portátil de empresa, que si no...) suena casi raro. Tan raro como todo en este año.

Tengo ganas y no las tengo. Incluso si me planteo que probablemente en el transcurso de la semana el trabajo será presencial, en algún momento, porque espero que se abra la oficina y que vaya alguien más que las pocas personas con las que coincidí en junio y julio...no sé exactamente si me apetece o no. 

Es un cúmulo de sensaciones raras y contradictorias. 

No me gusta el teletrabajo, aunque admito que es más cómodo que la hora y media larga de ida y otro tanto de vuelta que me separa del lugar físico donde está la oficina. Y e precisamente si me paro a pensar en esas más de tres horas de trayecto...cuando la idea de tener que trabajar presencialmente se me hace un tanto cuesta arriba. Y me apetece volver a trabajar en un sitio con más gente, pero como he tenido tan poco trato (y tan raro, he de admitirlo) con mis compañeros...tampoco sé cómo me voy a sentir.

Es todo extraño. Me siento extraña. Y nerviosa, sin que tampoco exista nada que explique esto. 
Lo que tenga que ser, será. Las cosas inevitables es lo que tienen.

sábado, 15 de agosto de 2020

Quince de agosto de dos mil veinte.

Continúan pasando los días, las semanas y los meses de este año tan extraño.

Esta semana la he pasado teletrabajando. Esto es, sin salir de casa. Sólo he salido para bajar la basura (un par de veces) y  para comprar un par de cosas que ni siquiera necesitaba, otra tarde. Como excusas para salir. Y ni siquiera me apetecía.
Esta semana, ya terminado el ERTE, tenía que retomar mi jornada laboral normal. O sea, trabajar 35 horas a la semana. Creo que si alguien controla mis tiempos de conexión habrán sido unas diez más: a las diez de la mañana ya estoy conectada, ningún día me desconecto antes de las seis y pico. El miércoles me dieron casi las diez de la noche (paré a las seis y algo, me reconecté sobre las ocho, volví a desconectarme...y a las nueve y cuarto estaba cerrando una venta. De hecho, si me dieron esas horas fue por eso: tenía una venta por cerrar). 
Y el jueves estaba antes de las nueve de la mañana ya conectada de nuevo y por la misma razón: era el único horario a que me podía atender un cliente. Que luego no me atendió...pero ya consta que a esas horas estaba trabajando y no paré hasta pasadas las seis. Y lo peor es que no controlo...y ni paro en condiciones para comer... Y encima termino obsesionándome: ¿habré ido más veces al baño de las que creo? ¿cuando me levanté a por el café tardé más de diez minutos en volver a hacer la siguiente llamada?

Necesito volver a la normalidad laboral: ir a la oficina, entrar y salir a una hora normal, coincidir con gente. No me hago a trabajar en casa, y no me hago por lo contrario al resto de la gente: en vez de dispersarme y terminar no trabajando, me obsesiono...y termino agotada.
Porque así he terminado cada día de esta semana: agotada. 
Y sin dar más de cien pasos al día, porque no me muevo del sofá en horas.

Hoy he ido caminando hasta la estación de tren (tenía que comprar el abono de transporte mensual y tenía que ir al hípermercado). Y me he cansado muchísimo en lo que es un paseo cotidiano. 
Es absurdo. Yo, que siempre he dado largas caminatas...

Este año está siendo muy raro. Mucho.
Y muy complicado.

Y, tal como me pasa en el tema del teletrabajo (obsesionarme como si alguien me estuviese observando) creo que realmente aún no he procesado lo mucho que me está afectando. Lo mucho que me ha afectado el confinamiento, el pasar días y días sin ver a nadie, el desastre económico del ERTE (un sueldo que no llegaba ni al de supervivencia, que era poco más que lo que pago de alquiler), la previsión de que los meses que faltan tampoco van a ser mucho mejores... Van pasando los días, las semanas y los meses y no quiero pensar...

La semana que viene tengo un par de clientes muy a puntito de cerrar una venta y tengo que localizarlos. Localizarlos antes de que les dé por llamar, atienda algún compañero que ya haya vuelto de vacaciones esa llamada (un sinvergüenza que ha estado estas tres semanas fuera y que vendrá con ganas...de rapiñar) y mi trabajo no sirva para nada. También tengo preparados los datos, todos, de las cinco ventas que cerré en julio (una se desestimó por parte del cliente a los dos días, pero quedan cuatro) y que debo cobrar en la nómina de este mes, tengo el correo desviado a mi móvil personal por si tengo algo que atender...

Es sábado por la noche. Bueno, por la hora, ya es domingo. 
Estoy escribiendo esto en mi portátil personal, pero exactamente en el mismo sitio donde el resto de la semana preparo mi 'mesa de trabajo' para teletrabajar.
No desconecto. Igual debería instalarme en otro sitio para teletrabajar, para no mezclar las cosas. Para que no se me mezclen en la cabeza.

Año túrmix que mezcla las cosas en mi cerebro.

Quince de agosto. Hace 20 años firmé el contrato del piso donde vivo (bueno, es la fecha oficial..., hasta en eso soy rara: firmando oficialmente un contrato en un día festivo nacional...).

Oficialmente, desde el lunes estoy de vacaciones. 
Vacaciones en un año en que realmente he trabajado 3 meses y medio, en que de esos tres meses y medio he ido al lugar físico en que está mi puesto de trabajo tres semanas y varios días sueltos. Vacaciones que voy a pasar en el mismo sitio del que no salí en casi tres meses.

Sí, necesito desconectar. Lo que no sé es cómo ni cuándo...

martes, 4 de agosto de 2020

Insomnio y teletrabajo.

Lo bueno del teletrabajo es que si tienes insomnio resulta menos preocupante la idea de quedarse dormida al amanecer y llegar tarde al trabajo.

Esta idea se me ocurrió la noche pasada, cuando me desperté cerca de las tres de la mañana, sudando, en el sofá, me trasladé a la cama...y me desvelé. Y pasé tres horas, quizá más, dando vueltas en la cama entre breves periodos de sueño lleno de imágenes raras.

Pensé en levantarme, ir a por el portátil y escribir un rato. Luego sólo bastaba dejarlo a los pies de la cama. O incluso bajo ésta: a veces me olvido que la razón por la que el portátil tiene ese nombre es, precisamente, porque se puede trasladar de un lugar a otro. 
Pero casi me daba miedo desvelarme del todo. Así que intentaba quedarme quieta, cerrar los ojos y llamar al sueño.
Hasta me resistí a levantarme a por un vaso de agua...aunque me estaba deshidratando. Pero sí: recordé que tenía un vaso vacío sobre la cómoda y fui al baño a beber y regresé con él medio lleno a la cama, dejándolo en la mesilla. 

Calor. Y más calor. Y más vueltas en la cama.

Y recordar de pronto que me había quedado dormida en el sofá sin quitarme el rimmel. Y que llevaba puesta una pulsera de bolas gorditas, de plata. Y el pelo recogido en una coleta alta (suelo dormir con trenzas). 
Me había quedado dormida en el sofá por puro agotamiento, tras un día raro en que creo que tuve algo de fiebre (no llegó a los 37ºC, me puse dos veces el termómetro), en que llegué a tomarme un paracetamol (hacía semanas del último), en que me acompañó una sensación de nauseas desde primera hora de la mañana y me hizo tomarme un té de jengibre a media tarde. A poco antes de las tres, cuando me desperté, estaba sudando a chorros (esta mañana lavé funda y cojines del sofá. Aunque como bebo tanta agua ni siquiera el sudor tiene olor alguno. Pero..., lo bueno del calor sofocante es lo rápido que se seca cualquier tejido y, total, la lavadora tarda menos de una hora en hacer un lavado completo). Y en la cama, además del calor, me seguía doliendo el estómago, la pierna izquierda...

Y en algún momento pensé que lo bueno de teletrabajar es que daba igual si me quedaba dormida y no me levantaba a las nueve (que es mi hora habitual cuando trabajo en casa, para empezar a hacerlo en torno a las diez y media, tras ducharme, vestirme, peinarme, salir un rato a la terraza, desayunar...). 

Espero dormir un poco mejor esta noche. Mañana sí quiero acercarme por la oficina. 

Y, aunque esta semana siga pudiendo tener un horario un tanto libre y dé igual si me quedo dormida y no aparezco por allí hasta mediamañana, prefiero tener la sensación de que al menos soy capaz de controlar algo en mi vida.
Siquiera cosas así de simples: saber que me despertaré y levantaré a la hora que yo haya decidido.

sábado, 25 de julio de 2020

Sofocantes días de teletrabajo (y calor, mucho calor).

Sigue haciendo muchísimo calor. 
Sí, ya sé que es lo normal cuando se está en Madrid y es el mes de julio. Pero debe ser que se me olvida de un año a otro. O que cada año que pasa lo llevo peor.
Encima, en este año tan raro, no me hago a la idea de que ya estemos a mitad del verano. Cada día anochece unos segundos antes y eso es el mayor indicio de que el verano avanza. 

La mitad de los días teletrabajo. Esto es, me quedo a trabajar en casa (es que en mi caso lo de 'teletrabajar' como término para explicar que trabajo en casa es un poco absurdo, cuando mi trabajo está estrechamente ligado al teléfono. O sea, que voy a 'teletrabajar' tanto en casa como en la oficina. Pero eso es otro tema). Debería trabajar unas tres horas y media al día (estoy al 50% de jornada como resultado del ERTE), pero raro es el día en que son menos de cinco horas diarias. Y algunos días llego a las seis. Incluso cuando estaba al 30% y con trabajar 11 horas a la semana ya tenía cubierto el compromiso, llegaba a trabajar seis horas diarias...y casi con sentimiento de estar incumpliendo algo si me desconectaba antes de las seis de la tarde...conectándome antes de las 11 y parando a mediodía menos de una hora. 

La parte positiva es que cuando volvamos a jornada completa, supuestamente a partir del 07 de agosto, no me va a suponer ningún esfuerzo. O apenas ninguno.
También por eso sigo yendo a la oficina tres veces por semana. Para que cuando sea obligatorio me resulte menos complicado.

No madrugo. Me levanto a las ocho cuando voy a la oficina, me ducho, desayuno, me visto y arreglo mínimamente, salgo de casa sobre las nueve y media. Llego a la oficina sobre las once. Sin prisas. Si voy a trabajar en casa me levanto cerca de las nueve y el ritual es más o menos el mismo, conectándome antes de las once.  En la oficina estoy hasta las cuatro y media, cinco, sin parar para comer (total, estoy sola casi todo el tiempo. Me como alguna galleta o compro algún bollo que en vez de desayunar, me termino comiendo a mediodía). En casa paro de tres a cuatro, más o menos, y luego estoy hasta las cinco y media, seis de la tarde. En cualquier caso, muchas más horas de la debidas...y, curiosamente, echando cuentas cada día para estar segura de que no son menos de cuatro horas, o de diecisiete y media semanales.
Como si alguien me estuviese vigilando o controlando. Es un tanto absurdo, lo reconozco.

Y...

Y estoy escribiendo por actualizar el blog, pero con pocas ganas. Son más de las dos de la madrugada, ya domingo. Y hace mucho, pero mucho calor...
A  ver si la próxima semana tengo más ganas de escribir.
O hace menos calor.
Que lo dudo.

sábado, 11 de julio de 2020

Casi mediados de julio en este año tan extraño.

Calor. Casi mediados de julio.
Y avanza el verano con otra de esas semanas en que la vida es como dar vueltas en la rueda de hámster: agotarse sin llegar a ningún sitio. 

Calor sofocante, de los que cuesta respirar por el día y cuesta conciliar el sueño por las noches. En que se termina durmiendo por puro agotamiento. En que se pasa de la última ducha antes de meterse en la cama a la primera nada más levantarse..., y da igual: todo es calor. En que se buscan vestidos que sean apenas un trapo que se sujete en los hombros y cubra hasta las rodillas. 
Calor de julio en Madrid.

Anteayer cayó la primera gran tormenta. Apenas 15 minutos de lluvia torrencial que se tradujo en inundaciones en el municipio donde vivo. 15 minutos de lluvia y viento y, terminados éstos, arcoiris. Y mientras miraba el arcoiris, todo se secó. El suelo estaba como si no hubiera caído ni una sola gota: apenas otros 15 minutos para que todo se secara, para que las aceras sedientas absorbieran toda la lluvia. Vamos, que de no ser por la inundación (también evidente, llamativa, documentada por teléfonos móviles grabando y luego colgando las grabaciones en rrss y terminando en telediarios) resultaría difícil creerse que hubiera llovido tanto.

A ratos teletrabajo. A ratos trabajo en la oficina.
En realidad no son ratos, aunque la sensación que me deje sea ésa. Son días completos: los lunes y viernes me quedo en casa, los martes, miércoles y jueves voy a la oficina. Tendría que trabajar tres horas y media diarias (diecisiete y media a la semana, 50% de ERTE), pero dedicar otras tres horas y media de transporte, entre ir y venir, para estar allí tres horas y media...pues no me compensa. Así que estoy entre cinco y seis horas. Y en casa, igual. Por tanto, estoy haciendo casi la jornada completa...
¿Resultados? Ninguno. 


Algunos días paso horas completamente sola en la oficina. El jueves, de hecho, estuve conscientemente sola las dos o dos horas y media últimas (no sé cuando se iría el último de los compañeros: la oficina es enorme). Cierro yo y dejo las llaves al conserje. Antes, reviso que queden cerradas las ventanas, la puerta de salida a la gran terraza-ático, apago las luces y el aire acondicionado (con un interruptor se apagan las dos fases), recuerdo regar las plantas (cosa que, lógicamente, no es obligación de nadie..., pero qué lástima, si se secan los grandes photos que han sobrevivido a los dos meses de abandono, la kentia, el tronco de Brasil...). Uno de los pilares de la política de empresa es la confianza. Por eso alguien como yo, que apenas lleva dos meses allí, que apenas me conoce de vista nadie, puede abrir y cerrar la oficina.
Y me esfuerzo porque esto funcione, porque yo sea capaz de funcionar, porque quiero seguir en este proyecto cuando la normalidad (sea la que sea) llegue.

Calor. Semana complicada.

No he hablado con él en toda la semana. Pero eso ya empieza a ser rutina. Mejor dicho: eso también es rutina, desde hace mucho.
Pero, también, eso es otro tema. Y ahora no me apetece escribir sobre ello.

Sábado por la mañana. Hay instantes en los que parece que entra una ráfaga de brisa desde la calle, a través de la terraza abierta de par en par. En el suelo me espera el centro de planchado (de hecho, lleva ahí desde el lunes...semana que parecen ratitos sueltos), en el sofá, las sábanas para planchar; en el baúl del recibidor, unas toallas que quedarán mejor con un golpe de planchado. Luego volveré a más rutina: ir a comprar al híper sin olvidar la mascarilla, comer cualquier cosa a deshoras, preparar un litro de gazpacho para llevar mañana a mi madre, igual preparar arroz (¿con gambas? ¿con pollo? ¿con leche? no sé. De hecho, no sé si lo haré) para llevar también. Y seguir pasando el sábado hasta caer dormida en el sofá, por puro agotamiento, y seguir sumando ratitos en forma de días de esta semana de días largos y noches calurosas.

Casi mediados de julio en este año tan extraño.
Calor de mes de julio en Madrid. Calor que es lo único que se ajusta a la antigua normalidad.

jueves, 2 de julio de 2020

Agotador verano en Madrid.

El calor me mata.
Llevo toda la semana cayéndome por los rincones de puro cansancio. Y el caso es que me levanto (más o menos) bien, que voy al trabajo (más o menos) animada, que estoy allí más horas de las que debiera (total, si tardo más de hora y media en llegar, no es cosa de estar las dos horas y algo a que me obliga mi ERTE parcial: ya me quedo a ver si vendo algo)... Pero llego a casa agotada. Pero agotada sin remedio. Cayéndome por los rincones.
No puedo con el calor.

Estoy hinchada. No hago más que beber agua y, evidentemente, la retengo. Así que sumo a los kilos que ya tenía y a los ganados durante el confinamiento la retención de líquidos. Y creo que eso me hace sentir aún más cansada.

Tendría que escribir sobre más cosas, pero estoy tremendamente cansada.
Bienvenido, mes de julio. 
Verano en Madrid.

lunes, 8 de junio de 2020

Principios de junio. Esas fechas en que el mundo suele empezar a acabárseme.

Tal día como ayer, hace un año, me despedían del trabajo. 
Tal día como hoy, hace dos años, me ingresaban en el hospital.

Un trabajo que se me daba bien y en el que casi todo el mundo me consideraba imprescindible e inamovible (yo no). Y en el que perfectamente podía haber terminado jubilándome.
Un ingreso hospitalario de urgencias porque mis análisis decían que me estaba muriendo. Aunque yo no lo sintiera así. 

Prácticamente llevo un año sin trabajar. Cosa totalmente inaudita en mi vida. Mis vacaciones más largas. Una breve experiencia a finales del año pasado, la firma de un contrato indefinido a principios de marzo, entrada en un erte la segunda semana de abril...
Todavía no saben qué tuve, pese a estar tres semanas ingresada con analíticas diarias, tras dos meses y pico de baja médica, tras más controles y analíticas rutinarias posteriores y tras una recaída de la que pasado mañana hará un año (aunque esta vez no necesité hospitalización).
No era la primera vez, ni la segunda..., ni la tercera en que el comienzo de junio ponía mi vida patas arriba. Mes de terminar cosas que creía más o menos estables, mes de empezar otras por sorpresa. 

Y este año..., no sé. Este año y en estos días estoy cansada. Cierto que ya mi erte está ya a tiempo parcial (oficialmente estoy a un 30% de contrato, extraoficialmente se supone que la empresa me pagará el 50% del sueldo que tengo en contrato, en la práctica estoy trabajando a jornada completa. Todo voluntario. Todo raro) y que también ha sido a principios de junio, el día 3, cuando cambió también esta situación que podía haberse alargado (también por compromiso y comunicación del sistema público de empleo) hasta principios de agosto. 
Teletrabajo. Y no me apaño. Y eso hace que trabaje más horas de las que debiera. Y me estreso. 

Y..., y hay más cosas. Pero está esa premisa de que cuando no se habla de algo, cuando algo no tiene nombre, ese algo no existe.

Principios de junio.

Hace 17 años, la noche del 08 al 09 de junio, soñé que se terminaba el mundo. Y que lo estaba viendo en directo. 
Al día siguiente parte de mi mundo empezó a terminarse.

Estoy cansada. Y no quiero, o quizá no puedo, asumir que también ahora parte de mi mundo se está desmoronando ante mí. A veintitantos kilómetros y un río de distancia.

sábado, 30 de mayo de 2020

Meses vacíos. Previsible futuro.

Se acaba mayo. Otro mes vacío. Otro mes que este año extraño e inesperado me ha quitado sin darme nada a cambio.

Las medidas de confinamiento se van suavizando. Aunque hay fijadas unas horas y unos horarios para poder salir a la calle, la verdad es que éstos son bastante flexibles: prácticamente se puede salir a cualquier hora del día, sin mucha más excusa que ir a comprar. El problema es que ya me he acostumbrado a estar en casa y puedo pasar días sin salir. Y sin ganas de hacerlo. Si necesito algo voy a comprarlo a cualquier tienda cerca de casa. Sólo salgo a comprar 'en serio' una vez por semana y en ese caso si elijo cualquier hipermercado más distanciado de casa. Pero la verdad es que podría esperar hasta quedarme sin provisiones y tampoco pasaría nada. No tengo esa necesidad casi física de salir a la calle que siempre he tenido.

No hago prácticamente nada en todo el día. Intendencia doméstica: limpiar, ordenar alguna cosa, poner una lavadora a la semana y planchar si viene al caso que alguna de las prendas lavadas necesita plancha. Poco más. No me concentro para leer, por ejemplo. No pongo música: si la radio está encendida es con la programación que toque en esa emisora. Dejo pasar los días, sin más pretensión que ésa: dejar que el tiempo pasa, imagino que esperando que al final todo vuelva a su lugar. 

No sé cuando podré volver al trabajo. Sí que esa 'vuelta al trabajo' será algo paulatino (primero, volver a estar dada de alta en la empresa durante el 30% de la jornada, aunque eso en la práctica conlleve trabajar jornada completa; luego pasar al 50%...aunque siga trabajando todo el día; finalmente volver a jornada completa, ya a principios de agosto...) y que pasará tiempo antes de volver al trabajo presencial en la oficina. Porque empezaremos por el 'teletrabajo' y éste podrá demorarse durante semanas...y hasta meses...
Y esa idea no me gusta. No es lo que quiero para mi vida. 
Pero sé que no es algo opcional. Es lo que habrá los próximos meses, en el mejor de los casos.

Igual también por esta evidencia de lo que será el futuro es por lo que me paso las horas casi vegetando. Como si algo en mí me pidiese descansar para estar preparada ante lo que serán los próximos meses: actividad para intentar recuperar la economía, pero sin que ello suponga una retribución acorde al trabajo realizado. Y también estar preparada para el aislamiento que supone el teletrabajo: todo el día en casa, sin otro contacto que el telefónico...
No me gusta esa perspectiva. Pero soy consciente de que ése va a ser el futuro post-confinamiento obligado. Más confinamiento.

Y por lo demás...

Me siento cansada. También físicamente. 
Y sola. Muy sola. Y cada día tengo más claro su falta de interés en mí. Su indisimulable falta de interés...

No me gusta ese futuro que me espera. No quería ese futuro para mi vida.