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sábado, 29 de junio de 2024

"En sus ojos un barco..."

 Creo que la última vez que le vi, hace ya diez meses, en realidad tuve claro que sería la última. Que en realidad había quedado conmigo porque no supo inventarse excusa para no acudir y ya está.

Hora y pico en que mi percepción es que estaba deseando irse. Que simplemente había quedado para decirme que se iba a vivir lo más lejos posible (a esa vivienda comprada 'en familia' y como segunda residencia un par de años antes, a la que en su día me repitió que solo iría de vez en cuando y que incluso le venía bien que existiera porque si su familia se iba a pasar los fines de semana él los tendría libres. Y podría dedicarlos a hacer otras cosas sin plazos ni hora de regreso. Y podríamos vernos más… Y yo lo creí, claro. Si de él me creía lo increíble…cómo dudar de algo tan sencillo). Que seguiría viniendo a Madrid porque, total, era apenas una hora: ir hasta la estación de Segovia, coger el tren hasta Chamartín y desde allí… Que claro que seguiría viniendo e incluso igual más fines de semana de los que pensaba, porque tendría más libertad…
Pero estaba deseando irse. Frente a mí y como en la canción: 'en sus ojos un barco pasa de largo'. 
Casi 40 años he tardado en saber en qué justo momento esa canción sería parte de mi vida. 
Hubiera preferido haberme equivocado y que no lo fuese nunca.
Aquel día vino con unos pantalones de chándal y una camiseta roja. Vestido como para estar en casa, en la suya del campo, pero para ver y dejarse ser visto en pleno Madrid por alguien que llevaba sin verle más de diez meses y con quien, en teoría, mantenía una relación. O la había mantenido.
Vestido para no gustar. Aunque a mí me gustase de cualquier manera.

Aquel día se fue poco menos que huyendo.
En cualquier otra persona, hubiese dicho que su comportamiento era el de alguien casado o comprometido, alguien que teme que le vean con quien no debe estar. Alguien que ha dicho que iba a tal tienda o a tomarse un café a solas o a quedar con su colega Paco, sí, ese amigo de toda la vida…, pero que en realidad ha quedado con otra persona. Y esa persona, en este caso, era yo.
Alguien con quien mantenía una relación desde hacia más de doce años.

Nos fuimos con prisa (suya) de la terraza del bar donde solíamos tomar café cuando quedábamos desde hacía tres o cuatro años antes. Pagué (me dijo que no llevaba efectivo, que podía pagar con tarjeta... Me resultó raro que dijese eso. No por el hecho en sí, que daba igual, sino porque desde siempre pagábamos de manera indistinta y ni se me había ocurrido otra opción que pagar yo y punto. Como muchas veces y sin la menor importancia. Que se justificase innecesariamente me chirrió. Aún no sé por qué).

Tenía mucha prisa. Mucha.

Desde antes de llegar a la estación de Atocha vi como iba mirando a ver si veía a quien le tenía que recoger. O eso pensé: a ver si le o la veía.
Hoy tengo más claro que en realidad iba fijándose a ver si ese alguien aparecía antes de tiempo y nos veía juntos. Yo no tenía que estar allí.
La verdad es que en esos momentos yo estaba en estado de shock: me acababa de enterar de que se iba lejos, a vivir lejos. No de inmediato, quizá a finales de año. Pero se iba. Y aun así…esa actitud… Porque me estaba dando cuenta de que algo no era normal. O sí lo era, pero no en él. No en quien yo seguía creyendo que era.

Muchas otras veces le recogieron cerca de la estación de Cercanías. De hecho, cuando dormía en mi casa o cuando, las últimas veces, pasamos el mediodía y parte de la tarde juntos también en mi casa y luego yo le acompañaba hasta Atocha, salía con él a la calle y esperábamos. Y cuando veía el coche que le iba a recoger (siempre unos metros más allá, o al otro lado de la calle. Nunca cerca de donde estábamos) nos dábamos dos besos de despedida y se iba.
Ese último día no fue así.
Estábamos llegando a la estación cuando me dijo que 'mejor nos vamos despidiendo ya y así no lo hacemos con prisa'. O algo similar. Y nos dimos dos besos rápidos de despedida (jamás le pude besar en los labios en púbico. Jamás. Ni hizo intención de besarme a mí. Sí: eso tan propio de quien tiene una pareja oficial, tú eres la otra y, horror, no me vaya a ver algún conocido. Siempre fue así. Y yo terminé viéndolo normal...aunque en teoría él no estaba con nadie: soltero, sin novia, sin ex, sin hijos...Sin motivos para ese comportamiento tan de manual del perfecto infiel).

A partir de ese momento y tras esa frase…directamente me ignoró. Seguí caminando a su lado, seguí escuchándole hablar (algo sobre el tipo de coche que iba a recogerlo. Al parecer quien lo iba a hacer había cambiado de coche…, cambiar no sé con respecto a qué otro, puesto que yo nunca tuve ni idea de qué coche le recogía ni de quien, aunque en teoría era su hermana o de su hermana y el conductor, su cuñado. Hoy ya sé que no era así) pero ya ni me miró. Ignorancia absoluta. Supongo que para que si le veían no me viesen a mí, y si me veía, que fuese una transeúnte más de la zona, alguien coincidiendo en tiempo y lugar, pero totalmente ajena a él.
Porque esa mañana y para quien iba a recogerle, no había quedado conmigo, obviamente.
Y yo no estaba con él. No podía estar allí.

En esos momentos no supe ponerle nombre a las cosas. También, ya digo, porque estaba afectada por la noticia, porque cuando dejé de tenerle a la vista (poco menos que salió corriendo en cuando divisó el coche que buscaba y no creo que me dijese nada más o no lo recuerdo. No me dejó sola porque ya lo estaba. Porque no estaba conmigo desde hacía un rato) yo estaba muriéndome de pena y solo quería llorar.
Me dejaba sola una vez más. Sola y con ganas de llorar. Como otras veces en la cama, cuando yo llevaba un rato toqueteándole y se levantaba y se iba a fumar al salón y no volvía, y yo seguía esperándole desnuda en la cama. Y no volvía y yo me secaba las lágrimas con la sábana e iba al baño a lavarme la cara, mientras él seguía solo en el sofá.
Pero sobre eso ya escribiré otro día.

En realidad, ese último jueves de agosto volvía a hacerme lo mismo, aunque yo estuviese vestida y él también, aunque no hubiese podido toquetearle porque, oh cielos, es que no le gusta que le toquen (ni que le besen, ni que le den la menor muestra de cariño. Sé que no es cierto, sé que lo que no le gustaba era yo).
Se levantó con prisa de aquella silla en la terraza del bar. Se despidió de mí minutos antes de separarnos. Y se fue. Sin mirarme. Esta vez para siempre.
Se fue con la persona con quien lleva años de relación y con quien hoy está viviendo en mitad de un pinar, en fingido aislamiento telefónico y tras vivir durante años de forma más o menos continuada no sé exactamente en qué punto de Madrid y haciéndome creer otra cosa y otro tipo de relación familiar.

No sé. No sé lo que tardaré en sanar de todo este dolor, si es que sano algún día, porque esta vez las cicatrices van a ser demasiado profundas.
Y…como ya he dicho antes: respiro por instinto, no por ganas.

domingo, 17 de diciembre de 2023

No hay perspectivas.

 Hace tiempo que dejé de pintar (o más bien, de dibujar).
Luego, de escribir. Bueno, escribía algo por aquí, pero nada que ver con mis años de escribir a diario, de crear historias o que éstas se creasen solas y yo fuese el instrumento de darlas a conocer.
Poco a poco, también fui dejando la rutina de este mismo blog. Y ni siquiera porque tuviese menos que contar que cuando escribía a diario o porque tuviese menos tiempo o menos necesidad: simplemente dejé de hacerlo.
De unos meses a esta parte apenas hago fotos. Alguna muy de vez en cuando. Y se quedan dentro de la cámara: no tengo interés en ver en pantalla lo que he fotografiado. En descubrirlo, más bien, puesto que cada vez veo menos y para las fotos no empleo las gafas.
Tampoco leo. Tengo una auténtica pila de libros pendientes. Y de revistas, suplementos dominicales del periódico (que hace años compraba a diario y ahora solo los domingos y muchos apenas lo hojeo para ojearlo).
Empecé a dejar de escuchar música. Yo, que no podía vivir sin música... Pero aún era costumbre fija encender la radio nada más levantarme por las mañanas. A las seis y media de la mañana ya estaba puesta la radio, con volumen bajito, y apagarla era lo último antes de salir de casa.
Hace meses que tampoco lo hago.

No le veo ningún sentido a hacer estas cosas.
Me limito a sobrevivir físicamente.
Mi nivel de ilusión por cualquier cosa es cero. Nulo.

Supongo que en cualquier dejaré de encender la cocina para prepararme algo de comer y me alimentaré con cualquier cosa que tenga en el frigorífico o compraré cosas precocinadas. Simplemente para no morirme de hambre, porque hace tiempo que dejé de disfrutar de la comida. 

Cuando lavo las sábanas procuro que se sequen en las siguientes horas para volver a poner esas mismas en la cama. Ya no las plancho, tampoco. Las tiendo bien estiradas y así también vuelvo a ponerlas en la cama.
Sé que no volveré a dormir acompañada. 

No hay perspectivas. No hay esperanza. No hay nada. 

Y tampoco ha vuelto a intentar contactar conmigo. ¿Para qué va a hacerlo, si hace tanto que lo hacía por simple compromiso y espaciando al máximo las llamadas y hasta las respuestas a los mensajes?

Quedan dos semanas justas para que termine el año.
Y la idea de tener que comenzar otro año más me produce tanta, tanta angustia...

domingo, 10 de diciembre de 2023

La evidencia de la nada.

 Pasan los días sin que pase ninguna otra cosa.
No tengo aspiraciones, ni ganas de tenerlas. Madrid está iluminado y, a estas alturas de diciembre, aún no he ido a ver las luces navideñas (más allá de las que veo desde el autobús y a las que tampoco presto mucha atención). He tenido tres días esta semana (viernes festivo, sábado y hasta de forma excepcional, domingo) y ni me ha apetecido ir. Es más, la idea me produce una inmensa pereza...
No he hecho ninguna compra navideña. Y, a fecha de hoy, admito que no sé si las haré. No veo ninguna razón para comprar nada, no tengo la menor gana de hacerlo. 

Es que me da igual todo. Absolutamente todo.

Voy al trabajo, paso allí las ocho horas que marca el contrato. A mediodía me voy a caminar, también para que se me haga más corto el tiempo, también porque no me apetece estar acompañada o porque prefiero estar sola o porque no quiero desarrollar el menor lazo de complicidad con mis compañeros de trabajo. También por eso no quiero quedarme con ellos cuando planifican el 'vamos a tomar algo' a la salida del trabajo y rehuso acompañarles cuando me preguntan si quiero unirme a ellos para ir al burguer o a la pizzeria cuando algún grupito decide ir. No me apetece. Sólo quiero cumplir con las horas de trabajo y ya está.
Paso doce horas fuera de casa. Llego de noche y cansada. Encadeno días idénticos. 

Aunque no me guste el teletrabajo, sé que si me lo propusieran como algo fijo lo aceptaría. Para no tener que vestirme cada día más allá de los pantalones de chándal y las sudaderas viejas. Para poder pasar el día con la misma trenza con la que duermo. Para no tener que maquillarme y hasta que me dé igual si me he lavado o no la cara.

Hace tres años y medio llevé muy mal el confinamiento.
Hoy no me apetece salir de casa. De hecho, creo que ni me apetece levantarme del sofá o de la cama o de donde me encuentre cuando abro los ojos tras un sueño inquieto lleno de imágenes absurdas.

El futuro no existe. 

No hay un 'tal día haré tal cosa', 'algún día viajaré a tal sitio', 'me compraré eso que no he tenido'. No hay nada. Nada más allá de levantarme, pasar ocho horas repartidas en dos tramos de cuatro cada uno y una pausa de una hora para comer en la otra punta de Madrid, encadenar trayectos y trasbordos, elegir cualquier de las prendas de ropa que ya ni guardo, que están entre el piecero de la cama y la silla y el baúl pequeño y que voy combinando hasta que al menos una vez al mes lavo algunas y vuelvo a ponérmelas y así día tras día, olvidando que tengo más ropa en el armario. 

No hay nada. Nada más que el vacío, que la angustia. que el despertar de repente asustada y con sensación de ahogo y tardar en volver a dormir. 
No hay nada. Ya no hay nada ni lo habrá. 

Y soy tan cobarde que ni siquiera tengo ganas de buscar el modo de terminar con todo, ese todo que constituye la evidencia de la nada, de una vez.

domingo, 3 de diciembre de 2023

Sin que nada tenga sentido.

 Muy cansada. Sin tiempo libre. Con unos horarios criminales, sumando a las ocho horas de trabajo y la hora de descanso a media jornada un mínimo de tres horas de transporte que, algunos días de averías, lluvias torrenciales, manifestaciones o acontecimientos deportivos, pueden ser cuatro. Sin poder hacer otra cosa que enlazar días idénticos en que me levanto a las ocho, salgo de casa a las nueve menos diez sabiendo que debería hacerlo diez minutos antes porque llegaré tarde al trabajo, trabajar o algo similar hasta las dos de la tarde parando unos minutos a las doce para tomarme un café en el office, darme un paseo por el barrio en esa pausa obligatoria de dos a tres porque ni me planteo quedarme en la oficina, volver al trabajo hasta las siete de la tarde que suelen ser las siete y diez porque he llegado tarde, y empezar la excursión de vuelta a casa...para llegar más cerca de las nueve que de las ocho y media. 

Y empezar la rutina casi nocturna de poner el televisor, quitarme el calzado de estar en la calle, preparar algo de cena y aprovechar para prepararme también el sandwich del día siguiente y la cafetera para el café del desayuno, ducharme en algún momento entre ese instante y el de plantearme dormir, cenar frente a la televisión, terminar tumbada frente a la televisión sabiendo que seré incapaz de aguantar despierta por mucho que me pueda apetecer ver el final de alguna película o algún programa, trasladarme a la cama en algún momento sobre las dos de la madrugada...

Y empezar de nuevo.
Sin que nada tenga sentido.

Le echo de menos terriblemente. Me duele físicamente no saber de él.

Acostumbrada a que no me quiera, a que no le importe..., pero me mata su silencio. Ese silencio sin futuro, sin que exista un 'cuando pueda hablar me llamará o le podré llamar, cuando esté mejor podremos vernos un rato'.
Ese silencio sin explicación ni explicaciones. 
Nada tiene sentido. 

Primer domingo del último mes del año. 
Y todo me da igual. Ya todo me da igual. 

domingo, 26 de noviembre de 2023

Levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito.

 Agotada. 

Llego al viernes por la noche absolutamente agotada. Supongo que porque llego así a la noche del lunes, martes, miércoles y jueves. Porque ya me levanto cansada y a lo largo del día (transporte público, trasbordos, retrasos, trayecto a pie para llegar al trabajo desde el último trayecto en metro, trayecto a pie para llegar a mi casa desde el último trayecto en tren) solo consigo acumular más cansancio.

No me cunde el día. No hago nada de provecho. Terminar a las siete de la tarde los viernes, aunque ese día teletrabaje, me produce desazón. Supongo que porque, desde que de trabajar 'en lo mío' (y de eso hace casi 20 años, así a lo tonto) nunca había salido de trabajar un viernes más tarde de las cinco (con la única excepción de algún viernes que cambié el horario y trabajé 'de tarde', como también trabajé algún sábado). 

Mi trabajo no es difícil, no es cansado, no es duro. El ambiente es bueno (aunque admito que no me apetece demasiado 'integrarme' al 100%. Gente maja pero con la que no tengo muy claro si tenemos o no cosas en común), no hay gritos, no hay enfrentamientos, no hay jefes inquisidores. Alguna vez he pensado que éste habría sido el trabajo ideal hace trece, catorce años... Pero ahora me pilla mayor. Y cansada.

Y triste. Porque estoy y me siento triste.
No entiendo su silencio. No entiendo su desaparición absoluta. 
No entiendo nada. 

Aún sabiendo desde hace mucho que no me quiere, que nunca me ha querido y que no le intereso en lo más mínimo desde hace mucho también...no entiendo nada.
Y ese 'no entender', esa falta de noticias y ese admitir que ya se terminó todo, que no hay futuro en que esté él, que todos estos años han sido un dar vueltas en la rueda del hámster, un dar para no recibir nada...también es otra losa, otro peso con el que cargar. 

No sé cuando tiempo voy a ser capaz de seguir resistiendo. Hasta donde voy a aguantar esta vez sin pedir una baja médica (sé que no puedo hacerlo, como mínimo, hasta principios de febrero. Cuatro meses de periodo de prueba. Una baja antes se traduciría en despido sin explicaciones). Y tampoco sé si una baja médica serviría de algo. 

Hay cansancios que no se quitan metiéndose en la cama, levantándose tarde, pasando el día tumbada en el sofá. Comiendo cosas sanas con un horario regular o dándose caprichos a base de chocolate, merengue, salmón ahumado o queso de cabra a deshoras. Cansancios que no dependen de ocho o diez horas de sueño, de eliminar el café o aumentar su dosis. 
Cansancios como el que yo tengo. El derivado de esa seguridad de que llegó el fin del camino sin que haya llegado a ninguna meta.
El cansancio de haber dedicado demasiado esfuerzo a levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito. 

El cansancio lleno de lágrimas que nunca le importaron. Que no le importan.
Y que ya no existe la menor opción de que algún día puedan importarle.

domingo, 12 de noviembre de 2023

Ni ganas ni interés.

 Ni ganas ni interés.
No madrugo. Aunque habitualmente a las siete ya estoy despierta, no me levanto hasta las ocho más o menos. Unos minutos antes sonaría el despertador si no lo hubiese apagado ya al despertarme, para así precisamente evitar que suene. Como ya tengo preparada la ropa desde la noche anterior y he puesto la cafetera y he preparado el sandwich y la pieza de fruta, no me tengo que preocupar por nada. Paso por el baño, me lavo la cara con agua fría, me doy la hidratante, me visto, caliento el café y cojo una galleta integral. Me siento en el sofá y mientras desayuno echo un vistazo al móvil, que no recuperará el sonido como mínimo hasta las nueve de la mañana (en realidad, muchos días lo tengo en silencio), Me doy en la cara una crema con algo de color, un toque de rímel, un brochazo de colorete. Me lavo los dientes antes de perfilarme los labios y rellenarlos con un carmín de esos que ahora llaman 'nude' y que es un rosa amarronado transparente. Me peino, me pongo los zapatos, cojo el bolso y la bolsa con la comida y la botella de agua...y a las nueve menos diez salgo de casa. Sé que debería salir diez minutos antes para ir más tranquila...pero es que ni ganas ni interés.

Atravieso Madrid. Cojo el tren en la estación de siempre y, a partir de ahí, tengo varias opciones: trasbordo a otro tren cuatro estaciones más allá, llegar hasta Atocha y cambiar de vía, quedarme en Méndez Álvaro y coger el metro con un cambio de línea tres o siete estaciones más adelante... El último tramo, haga lo que haga antes, será en metro. Y a partir de ahí paso ligero, entre diez y quince minutos, para llegar al trabajo.

Y ni ganas ni interés.

Salgo a las siete, siete y algo. Es jornada partida, parando de dos a tres. Para volver también tengo muchas opciones. Y, haga lo que haga y coja el camino que coja, raramente llego antes de las nueve de la noche.

Y...prácticamente se me ha terminado el día. Porque a partir de ahí es descalzarme y ponerme unos calcetines antideslizantes, desvestirme y ponerme la camiseta de dormir, desmaquillarme y darme un poco de crema, recogerme el pelo en una trenza. Cenar cualquier cosa, ver un rato la tele sin demasiado interés. Ducharme en algún momento entre la llegada a casa y el momento de irme a la cama. Preparar el sandwich de mañana, la ropa que me pondré mañana. Tumbarme un poco en el sofá procurando no quedarme dormida o despertarme antes de las dos para pasar en la cama la mayor parte de la noche.

Y vuelta a empezar.
Sin ganas ni interés. Rutina. Falta de planes.
Y, sin más, estamos casi a mediados de noviembre.

domingo, 22 de octubre de 2023

Tengo trabajo. Y ya está.

 Trabajando. Desde hace dos semanas.
Sin excesivas expectativas. Es simplemente trabajo

No estoy a disgusto, me tratan bien. El trabajo en sí es monótono, pero no agotador. Es de los de 'mínimo esfuerzo'. Llamar por teléfono, hablar con quienes te atiendan la llamada, cualificar y tipificar correctamente, enviar whatsapp y correos..., poco más. El horario es muy cómodo en cuanto a horario de entrada y sería muy cómodo en general si no se tratase de turno partido y me encontrase con una hora a mediodía sin tener nada que hacer. Preferiría tener solo media hora para comer y salir media hora antes...pero esto es lo que hay.

Las comunicaciones para ir no están mal, lo que pasa es que vivo lejos (o lejos al menos del sitio donde está la oficina) y eso hace que tenga que destinar la hora y pico de rigor en cada trayecto, con los consiguientes trasbordos y demás. Y si a eso le sumamos los cortes de líneas de metro, las lluvias donde se inundan estaciones y similares incidencias...me puedo encontrar con salir del trabajo a las siete de la tarde y llegar a mi casa casi a las nueve de la noche.

Pero...en fin: como he dicho es lo que hay y punto. Y que dure.

Tengo un 'periodo de prueba' de cuatro meses. Un plan de comisiones que en menos de dos semanas me ha quedado claro que son inalcanzables (y aunque no lo fuesen, son muy bajas. Así que tampoco importa demasiado no cobrarlas). Todos los días tengo el mismo horario, los viernes teletrabajo. La empresa nos da café (el que queramos o podamos tomar, si es que no se han terminado las cápsulas), tenemos acceso a una especie de jardín privado al que podemos salir cuando nos apetezca (en este caso simplemente hay que aplicar el sentido común...y ya que a mediodía paramos una hora, el resto de los descansos serán de cinco o diez minutos dos o tres veces a lo largo de la jornada), la luz natural no sobra pero tampoco es un zulo, tenemos mamparas divisorias entre los puestos de teleoperador, pero no son muy severas..., todo es en general como muy relativo.

No sé lo que durará esto. No es el empleo soñado de mi vida, pero tras la pesadilla que fue el primer semestre laboral de este año casi me sirve cualquier cosa. 

En realidad..., en realidad es que cada vez me importa menos todo. Sigo viviendo en una especie de cuerda floja, en un precario equilibrio del que en cualquier momento voy a despeñarme sin remedio. Siendo consciente de que no hay futuro. O, peor, de que el futuro que me espera no es halagüeño. Que en el mejor de los casos tendré la inmensa suerte de renovar el contrato de alquiler el próximo verano (otros cinco años) y que enlazaré contratos laborales en empleos de supervivencia hasta alcanzar la jubilación.

Y no hay nada más. 
No hay proyectos. No hay futuro más allá de esta realidad tan evidente. 

Tengo trabajo. Sin ilusión, con cansancio permanente dentro de los huesos, sabiendo actuar para que no se me note cómo estoy en realidad. 
Y..., en fin: esto es lo que hay.

jueves, 5 de octubre de 2023

Y ya se irá viendo.

 Las cosas pasan cuando tienen que pasar. Ni antes, ni después. 
Tema aparte es que no nos guste el momento en que pasan.

Finalmente mi proyecto de incorporación laboral del pasado lunes (o sea, ésa que evitó mi fregadero) se desmoronó del todo. Decidieron desestimar mi contratación. Y...francamente, no me afectó demasiado. En realidad siempre tuve esa sensación desasosegante del 'esto no es', desde la entrevista. Y se ve que no era.

Todo lo demás sí ha venido rodado.

Nada más recibir el correo indicando que no me contrataban, llamé a mi 'plan B'. El de la empresa que me entrevistó (teléfono y videollamada) la semana pasada y a la que dije que no podía incorporarme porque ya tenía compromiso con otro trabajo. Para decirles que si ellos seguían interesados...yo estaba disponible.
Y todo ha ido muy rápido.
Larga entrevista personal, ya cara a cara, ayer miércoles por la tarde.
Confirmación por su parte una hora más tarde y solicitud de los documentos necesarios para preparar el contrato.
Envío por mi parte de esos documentos esta mañana.
Envío por su parte del borrador del contrato (que dejaba de ser borrador si yo lo firmaba y se lo devolvía) esta misma tarde.
Compromiso mutuo de empezar el lunes, a las diez de la mañana. En uno de esos barrios residenciales de altísimo nivel adquisitivo. Una oficina que es un piso adaptado, o más bien dos pisos porque está en la entreplanta y el entresótano. Una especie de callcenter pequeño. Jornada partida: nueve horas de lunes a viernes, pero con una hora para comer (deduzco). El horario no me entusiasma porque saldré a las siete de la tarde...pero, en fin, es lo que hay y ya se irá viendo.

El sueldo es meramente aceptable. Las comisiones ya sé que serán poco menos que un milagro. 

Pero también sé que no me van a gritar (o eso espero). Y que si la cosa va mal...pues buscaré otra cosa y punto. Porque si algo he comprobado este disparatado y estresante mes de septiembre es que trabajos con sueldo de supervivencia hay. Incluso cuando ya se está dentro de una franja de edad descartable por muchas empresas.

El lunes día nueve empieza la aventura.
Y ya iremos viendo.

martes, 3 de octubre de 2023

Vasos comunicantes.

 Siempre he dicho que las cosas pasan cuando tienen que pasar. 
O sea, que todo pasa por algo y pasa justo en ese momento porque si pasara en otro cambiaría lo que estuviese previsto a partir de ese momento.
El problema es que muchas (muchísimas) veces no sé porqué pasan algunas cosas inesperadas.

Yo tenía previsto incorporarme ayer, dos de octubre, a un nuevo trabajo.
Y estoy escribiendo esto desde el sofá de mi casa y a las diez y pico de la mañana. O sea, que no estoy trabajando.

¿Qué pasó? Pues una de esas cosas totalmente inesperadas, obviamente. 

La semana pasada (¿lunes, martes?) mi fregadero dio muestras de no estar muy por la labor de desaguar con normalidad. Lo vi mientras recogía los platos-vasos-tazas-cubertería acumulados de dos o tres días y, a la vez, me preparaba algo para comer. Tampoco me preocupé porque, tampoco, era demasiado grave. Recogí el menaje ya fregado (o lo aparté dejándolo sobre los fogones), añadí un chorretón de líquido desatascador en los desagües...y poco más. 
Estuve controlando el tema (también sin obsesiones) esa tarde, al día siguiente...y sin obsesiones a ese respecto siguió mi vida (que bastante tengo ya con el resto de facetas, donde demasiadas cosas no van como me gustaría). 

En el transcurso de la semana terminé de concretar mi incorporación a una de las empresas en donde estaba seleccionada para hacerlo, hice dos o tres entrevistas (un poco 'por compromiso'), recibí la llamada de aquella en que me entrevistaron a finales de julio para ver si estaba aún 'buscando', ordené algunas cosas por casa, estuve más de dos horas hablando por teléfono con J.A. (en teoría habíamos quedado ese mismo día para 'tomarnos un café' y, ya se sabe...aplazamiento sucesivo), decidí no volver a sacar el ventilador a pesar de las altas temperaturas que volvían a marcar los termómetros...

Y llegamos al sábado.

A media tarde y ya bastante después de comer (y comí a la hora de merendar..., ya se sabe, mis horarios...)decidí que era momento de fregar los platos acumulados y preparar el gazpacho para el día siguiente. Y..., sí, mi fregadero empezó con los mismos síntomas que a mediados de semana.
Como las tiendas cierran tarde (y no serían más de las ocho) bajé a por un par de botellas de líquido desatascador. ¿Planes? Añado uno y dejo el otro en reserva, para añadirlo en plan mantenimiento periódico.

No me voy a alargar mucho con los detalles. El desagüe cada vez iba tragando de manera más lenta. Mi fregadero tiene dos pilas: del desagüe de una de ellas el agua se iba a la otra, se llenaban las dos mientras tuviese el grifo abierto...y se iba vaciando lentamente. Muy lentamente. Tanto como para tardar media hora en vaciarse más o menos un tercio de agua en cada seno del fregadero (¿tres, cuatro litros? No lo he calculado nunca.
Así estuve hasta más de las dos de la mañana. Controlando cuanto tardaban en vaciarse las dos pilas del fregadero. Y con la sensación (incómoda) de que eso cada vez iba más lento...
Esa noche añadí una botella entera de desatascador (la otra ya la había ido añadiendo) al agua acumulada...partiendo de la base de que, como decía la etiqueta, actuaría esa noche y arrasaría hasta con el atasco más persistente.

A las siete y pico ya estaba despierta de nuevo (duermo poco, desde siempre). Serían las ¿ocho y algo? cuando fui a ver cómo estaba el tema. Pilas sin agua acumulada. Aparte problema resuelto, ¿no?
Abrí el grifo, empezó a correr el agua...y de un seno se fue al otro, desagües respectivos mediante. El principio de los vasos comunicantes en el sentido más práctico de la vida. Y ahí se quedó, sin que pareciese tener prisa en irse.
Como el proyecto ya estaba hecho (por la mañana, ya que salgo a por el periódico casi en plan excursión, pasaría por un hipermercado y compraría otro producto desatascador más potente, además de la clásica 'ventosa' con mango para mover el agua por succión) pensé que la solución sería cosa de un rato...

Creo que nunca había ido tan temprano a por el periódico. De hecho, tuve que esperar casi 20 minutos a que abriera el mencionado hipermercado, que los domingos abre a las diez de la mañana...

Cuando volví, creo que el fregadero había vuelto a vaciarse (o sea: el atasco existía, pero no era completo. El agua se iba yendo...a su ritmo). Volví a hacer la prueba más sencilla: abro el grifo a ver si ya 'traga' con normalidad...y se repite el problema: de una pila a otra y lo ha descrito antes. Estreno la ventosa, con ganas (y ya no sé si también con guantes. Porque a esas alturas ya tenía varios cortes que no sé con qué me los había hecho, rozaduras y claras quemaduras por contacto con sustancias abrasivas. Sí: la tarde anterior sí usé guantes...pero no sé ni en qué momentos, ni en qué estado estaban éstos), por uno de los desagües aparece algo de suciedad...y simplemente pasa eso: que el agua se queda turbia. Porque sigue ahí. 

Añado media botella del líquido, éste denso y caro, desatascador, repartiendo entre ambos senos del fregadero y poniéndolo lo más cerca posible del desagüe. En la etiqueta (y en los anuncios de la tele) dice que desatasca en cinco minutos, incluso los atrancos más complicados. También en la letra pequeña de la etiqueta dice que, a veces, debe dejarse actuar más tiempo...
Una hora más tarde, el agua estancada no ha bajado ni un milímetro. Lo que era una 'cañería lenta' pasó a ser 'una cañería parcialmente atascada' para convertirse en 'una cañería totalmente atascada'.

Y, a esas alturas, yo me he convertido en alguien completamente histérico. O ni eso: alguien totalmente angustiado. Alguien que en menos de 24 horas y, tras tres meses y medio en casa, uno de los cuales de baja médica, medio oficialmente de vacaciones y otro mes y medio agotando el paro, se incorporaría a un nuevo trabajo.

Me preparé un café. El agua del fregadero seguía ahí.

Las instrucciones del producto desatascador dicen que se deje actuar, sin más. Yo decidí 'ayudar' dándole a la ventosa de succión (sí, con guantes. Que ese agua acumulada llevaba todo tipo de sustancias corrosivas). Aquello no se movía. Si acaso, descubrí que por la parte inferior caía alguna gota (afortunadamente, dentro de un cubo de plástico donde tengo algunos productos de limpieza, bajo el fregadero). 

Me tomé el café. Tenía un fregadero completamente atascado. Tenía prevista una incorporación laboral en menos de 24 horas.
Busqué la dirección de correo. Busqué el número de teléfono (bien: es un móvil). Escribí un whatsapp. Redacté un mensaje de correo electrónico.
Los envié al teléfono y la dirección de email de la persona que era mi contacto en la empresa que me esperaba al día siguiente. Resumiendo la situación. Pidiendo y reiterando las disculpas: no, no podía incorporarme. Lo intentaría solucionar en el transcurso del lunes (ése era mi plan: buscar un fontanero, desatascar el desagüe, ir el martes a empezar en ese trabajo). Sabiendo que, en el peor de los casos, esa persona leería mis mensajes el mismo lunes...salvo que fuese tan obseso como yo y tuviera desviados el correo profesional al personal y el móvil de empresa estuviese siempre disponible.
Sí: debe ser tan obseso laboral como yo, porque me contestó casi al momento. Que no me preocupase, que resolviera el problema, que hablaríamos el lunes...

El agua de mi fregadero, tres horas y pico después de añadirle el desatrancador infalible, seguí completamente estancada. 

Como cada domingo me fui a comer a casa de mi madre (también porque suelo llevarle provisiones y tal). La diferencia es que a esas alturas estaba presa de un ataque de nervios. Además, me dolía mucho la piel de las manos (pese a haber dormido con una buena capa de crema con propiedades cicatrizantes). 
En el trayecto, fui buscando contactos de fontaneros cerca de mi casa. Para empezar a llamarles el lunes por la mañana.

Pasé todo el día atacada de los nervios. Sin ser capaz de entender por qué motivos aquello estaba pasando. ¿Tres meses y pico en casa...y, a falta de unas horas para incorporarme a un trabajo, se me subleva el desagüe del fregadero? ¿En serio?

Cuando volví a mi casa, a más de las diez de la noche , me recibió un olor a lejía intenso. Muy intenso (y eso que debido al calor tengo las ventanas abiertas). Fui directamente al fregadero (sin siquiera descolgarme el bolso del hombro). Sin agua, con cercos blanquecinos del agua y el resto de los productos. En esas nueve horas el producto había hecho efecto: bien.
Abro el grifo, claro. Empieza a irse el agua por el desagüe de la pila izquierda (bien). Empieza  a aparecer por el desagüe de la pila derecha. Cierro el grifo: el agua se queda estancada. 
Y a mí me da otro ataque de nervios.

En la siguiente hora y media, dejé en algún momento el bolso en la silla del comedor. Recogí un poco la cocina (a esas alturas, en estado de semicaos). Bajé la basura (no suelo hacerlo a esas horas.., pero qué más daba). En cierto modo, creo que me estaba preparando para la visita del fontanero. El agua no bajaba ni un milímetro. Mojé, bajo el grifo abierto, una bayeta para limpiar las encimeras. Puse la tele. Me puse una de las camisetas grandes con las que duermo. Me pareció que el agua acumulada estaba descendiendo lentamente... Miré un rato la tele sin prestar atención, trasteé un poco en internet. En uno de los paseos a la cocina vi que el agua había vuelto a bajar...lentamente (confirmando que, al menos, el atasco no era total y absoluto). Volví a echar agua. Supongo que seguí con la casi rutina instintiva de comerme un yogur frente a la tele, doblar algunas prendas quitadas del tendedero, observar el desaguado del fregadero (iba bajando lentamente el nivel: tragaba, pero muy lentamente). Revisé webs de empresas de fontanería de mi municipio, mirando cuales tenían servicio de 'desatascos de fregadero', mirando opiniones... El agua se iba yendo de las pilas, lentamente. Sentada en el sofá y teniendo ya claro que, obviamente, no me podía incorporar al trabajo el lunes (en unas horas a partir de ese momento), y sin comprender por qué estaba pasando todo esto...porque sí tenía claro que debía existir alguna razón (¿evitar que me incorporase a ese trabajo? ¿decirme que llamase al responsable de rrhh que me volvió a llamar el viernes, dos meses y pico después de nuestra entrevista, para ver si seguía buscando?) y que no era capaz de entenderlo, más allá del ataque de nervios que me había provocado y lo mucho que me dolían las manos (descubrí dos cortes abiertos, uno con mala pinta) en el siguiente paseo vi que prácticamente se había ido todo el agua acumulada (nada nuevo, en realidad, porque así llevábamos más de veinticuatro horas). Volví al sofá y decidí que, si se vaciaba del todo, añadiría agua caliente (en mi casa sale muy, pero que muy caliente). Que seguramente eso lo había hecho durante todo este tiempo, o alternándola con la fría. 

A las doce menos algo no había agua, o era muy poca, en el fregadero. Abrí el grifo caliente: empezó a caer en la pila de la izquierda...empezó a aparecer por el desagüe de la derecha. Nada: fregadero atascado. Sin más. Se volvió a acumular...dejà vu de las últimas horas. Vasos comunicantes reiterados.
Dejé unos tres centímetros de agua en ambas pilas y decidí que, en fin, en el peor de los casos tendría que esperar un fontanero, tendría un gasto con el que no contaba (a sumar a los escasos ingresos de los dos últimos meses), retrasaría un día mi incorporación a un trabajo que, francamente, tampoco va a tener un sueldo más allá de la mera supervivencia...
Y vi que el agua se estaba yendo por el desagüe. A más velocidad (o me parecía a mí) que en las últimas 24 horas.
Cuando prácticamente se había ido, volví a abrir el grifo (ya sabemos: vasos comunicantes y tal). Se iba por el desagüe izquierdo, aparecía por el derecho...pero no llenaba el fregadero. 

Puse el tapón. Llené parcialmente la pila izquierda. Tiré del tapón: sí, se iba pasando al derecho...pero también iba tragando. 
Repetí la operación con la pila derecha: tapón, llenado, destapar... El desagüe hacía un ruido gorgojeante casi gracioso. Algo aparecía por el desagüe izquierdo...pero tragaba.

Miré el reloj del microondas (no sé por qué). 
Eran las doce y tres minutos de la noche.
Y mi fregadero, de repente, tenía espíritu de Cenicienta. 

Como una boba (bueno, no: como alguien que llevaba más de 24 horas al borde de la histeria) creo que estuve más de una hora abriendo el grifo, llenando ora una pila, ora la otra. Viendo que el agua se iba (más o menos rápidamente, apareciendo algo por el desagüe contrario...pero también con cierta normalidad). 

Y flipando. Juro que flipando con toda la historia. Flipando ante lo absurdo de verme a mí misma alucinada por algo tan cotidiano como ver el agua desaparecer desagüe abajo. Por mi angustia de las últimas horas. Por el simple hecho del atasco (¿por qué se había producido? Tengo una doble rejilla en cada desagüe, limpio a conciencia de cualquier residuo de comida cada plato antes de fregarlo, el poco aceite usado que me queda tras freir algo va directamente a una botella de plástico que una vez llena va al correspondiente contenedor...). Por no entender tampoco porqué no habían funcionado los líquidos desatrancadores según lo previsto (o sí, en realidad, pero mucho más tarde de lo que decían las etiquetas).

No sé.
Las cosas pasan cuando tienen que pasar. Todo pasa por algo.

Existe el llamado 'efecto mariposa': sí, ése que dice que el aleteo de una mariposa en un extremo del mundo puede ser el origen físico de un huracán en el otro extremo.
La mejor forma de explicar en qué consiste el 'principio de los vasos comunicantes' es con un conducto común de fregadero con dos pilas y un desagüe único a la tubería central.
Y mi fregadero, con espíritu de Cenicienta, por lo que sea decidió que yo no comenzase mi nuevo trabajo el dos de octubre.

Sigo en estado de flipe absoluto. En casa, casi a las doce del mediodía, escribiendo esto a ratitos.
Imagino que mañana me incorporaré al trabajo. 

(Aunque, antes y como plan inmediato, tengo que poner la lavadora...)

sábado, 30 de septiembre de 2023

Y terminó otro septiembre.

 Septiembre ha sido un mes desquiciado y desquiciante.
Nada puede describirlo y describirme mejor que esos dos términos. 

El último día de agosto empecé con la búsqueda de empleo. Buscar trabajo es casi un trabajo en sí. Rastrear, a base de ir poniendo palabras clave en los buscadores que todas tienen, las webs donde las empresas anuncian sus ofertas. Aplicar filtros (en mi caso, nada de 'contratos autónomo' u 'otros contratos'; jornada completa, presencial o híbrido), localizar el emplazamiento de la empresa (para descartar municipios en la otra punta de la comunidad autónoma, por ejemplo), seleccionar solo horarios intensivos de mañana o con pausa para comer (pero horario de mañana en cualquier caso: no, no quiero salir a las nueve de la noche y llegar a mi casa a las diez y media), descartar también los turnos rotativos que incluían sábados y domingos (lo del sábado me es negociable, lo de los domingos no). Y dentro de lo poco que quedaba una vez aplicados estos filtros...ver qué condiciones se ofrecían. Y en ese caso, responder. Envía el CV, adaptar la carta de presentación...y esperar.

Y ver como en varios casos la empresa lee mi CV...y la cosa se queda ahí. O lo lee, lo selecciona incluyéndolo en el proceso...y la cosa se queda ahí. O incluso las que leen en CV varias veces. De todos esos detalles va informando el portal de anuncios, claro. Y si alguna te descarta o simplemente cierra el proceso de selección, la página avisa también.

En total han sido cinco entrevistas. Bueno, alguna más, pero en total de cinco empresas. 

En total, cinco empresas me han seleccionado para que trabaje para ellos. No, no ha sido un '5 de 5', sino que ya casi en tiempo de descuento (porque ya me había decidido por una) también me llamó el responsable de la que me entrevistó a finales de julio, me querían para ese momento, yo les pasé la contrapropuesta de '¿y qué tal pasado el puente de agosto, para empezar la penúltima semana del mes?' y no volví a saber nada. Por lo que deduje que, pese al buen rollo y el estar seleccionada...directamente me había descartado sola. Pues sí y no, porque resulta que para octubre sí me querrían...

En cuatro de las cinco en la que sí tuve entrevistas, me seleccionaron para empezar a principios de mes (con formación la última semana de septiembre. Formaciones no remuneradas, cómo no). La quinta generó dos entrevistas, una telefónica donde ya anticipé que la ubicación de la empresa no era lo que buscaba, otra por videoconferencia tras decirles que, bien, podía valorarlo...y que fue de lo más absurda. Lo tengo comprobado: cuando quien te entrevista es 'un consultor' (esto es, no el departamento de RRHH de la empresa contratante, sino una empresa externa que se dedica al filtrado de candidatos o, incluso, formalizar los contratos como ETT)el resultado suelen ser entrevistas que rozan lo sonrojante de puro ridículas en cuanto a preguntas sobre la trayectoria profesional, el envío de 'psicotécnicos' y, sobre todo, el no saber qué responder si les preguntas por cosas concretas del trabajo ofrecido. La videoentrevista fue en esa línea, la empleada de la consultoría quedó en pasar mis datos a la empresa y ya me llamarían ella o el departamento de RRHH del ofertante...y nunca más se supo. Sin que eso me ocasionase ningún quebradero de cabeza: entre las ofertas era una más y poco interesante.

En las demás, ya digo: seleccionada para empezar a principios de octubre.

Y...elegí una de ellas y sé que no es la mejor, ni con mucho. Ni por sueldo, ni por ubicación, ni por posibles comisiones... Pero es la primera que me confirmó que me querían con ellos (eso sí, tuve que explicarles que el sueldo que me ofrecían ni siquiera era el mínimo interprofesional...y tuvieron que rectificar). 

Me incorporo el lunes. Sin saber siquiera qué horario en sí voy a tener de lunes a jueves (los viernes sí: de nueve de la mañana a tres de la tarde). Ni qué trabajo se supone que voy a hacer, ni cuanto va a durar mi formación, ni...

¿Por qué la he elegido? Porque, en realidad, el resto serían el 'plan B', 'plan C' y sucesivos. Sitios con los que poder contactar y preguntar si siguen teniendo vacantes y si me quieren con ellos...si lo que me encuentro el lunes no me gusta. ¿Si podría haber elegido otra de las ofertas y dejar ésta en el apartado de 'planes'? No, creo que no. Era un 'lo tomas o lo dejas'. 

No sé. Todo raro.

Septiembre ha sido raro. Ahora lo veo desde las primeras horas de octubre y casi no recuerdo los nervios, el agobio, el estar despierta como un buho antes de las siete de la mañana, en no sacar provecho a las horas del día, el tener claro que el subsidio de desempleo se me acabaría antes de finales de septiembre y ya no había más y me quedaba sin ingresos; el ponerme plazos cortos para, si no me llamaban de ninguna de las ofertas para las que me había postulado, empezar a responder a turnos de tarde, jornadas parciales...

El dos de octubre vuelvo a la vida laboral, a las incidencias en el transporte público, a pasarme horas hablando con otros seres humanos. 
Y nunca me ha hecho tan poca ilusión volver al trabajo. 

No sé. Me hago mayor, me he hecho mayor. 
Y terminó otro septiembre. 

jueves, 24 de agosto de 2023

Diez meses y veinticuatro días.

 Diez meses y veinticuatro días.
Sólo tengo ganas de llorar. De llorar todo lo que no he llorado en los últimos ocho meses. O quizá en esos diez meses y veinticuatro días..., no, sé que en los últimos ocho meses y medio. Desde ese principios-mediados de diciembre del año pasado.

Me he tomado hace un rato una cápsula de valeriana. También lleva pasiflora y espino blanco y no sé qué más. En realidad no estoy nerviosa, no lo estaba antes de tomármela. O quizá sí. También sé que la cápsula de hierbas no me va a quitar estas ganas de llorar. Estas ganas que ni siquiera me dejar que puedan empezar a caer esas lágrimas.

He cogido un chupachup del tarro donde los guardo. Es de melocotón y nata, dice el papel: no sabía que existieran los chupachups de melocotón y nata.

Me ha gustado mucho verle. Me gusta saber que mejora, cada espaciadísimo mensaje en todos estos meses en que me ha comunicado como estaba me ha gustado, sobre todo los que hablaban de mejoría. Pasé preocupadísima las cuatro semanas de silencio del mes de diciembre, comienzos de enero, en que no hubo noticias, en que no podía saber si la operación había salido bien (dentro de mí sabía que sí, pero no podía confirmarlo). Luego más semanas de ausencia de noticias, con alguna respuesta a mis mensajes. Alguna promesa de 'te llamaré en unos días', 'te llamaré esta semana', que por supuesto no se cumplieron. Finalmente, soy yo quien le llamo. Me devuelve la llamada. Es algún momento a finales de junio, quizá principios de julio. Escucharle hablar me hace bien, pero en este caso porque significa que también él está mejor. 

Y eso es lo que más me importa.
Y eso es lo que más me importaba mientras esta mañana, casi mediodía, le escuchaba y le miraba hablar. 

Aunque el corazón se me hubiese hecho cachitos al confirmarme algo que, en realidad, hace mucho que sé porque lo intuí y sentí que estaba en lo cierto. Mirarle y encontrarle guapo (sé que siempre me parecerá guapo. Que cuando deje de verle definitivamente le recordaré como el hombre guapo que es). Muriéndome de ganas de abrazarle y sabiendo que no podía hacerlo (no me iba a rechazar el abrazo...pero también sé desde hace mucho que no le gusta que le toquen. O, simplemente, que no le gusta que le toque yo). Ganas absolutamente egoístas de tocarle, de sentirle cerca. Ganas a cuarenta centímetros de distancia y treinta y cinco grados de calor madrileño.

Más allá de dos pares de besos cordiales, saludo y despedida, no ha habido más contacto físico. Pocas veces he sentido un muro invisible tan palpable, una coraza de 'no te pertenezco, no te acerques, soy de otra persona' tan evidente. 

Hay muchas cosas que en realidad sé desde hace muchísimo tiempo. Cosas de las que no se hablan, que se disfrazan de otras, historias contadas que enmascaran realidades. 
Las flechas rojas, los avisos casi con luces de neón, siempre estuvieron ahí. Pero era yo quien se empeñaba en no verlas. Imagino que porque eran tan evidentes...pero la historia que me contaba era tan distinta, que preferí engañarme y decir, cada vez que veía como encajaba una pieza en el puzzle hacia el que me negaba a mirar, que eran figuraciones mías. Que ese paisaje tan claro, ese cuadro tan evidente, que se estaba fabricando pieza a pieza, verdad a verdad camuflada tras una creible mentira, era producto de mi desconfianza.
De esa desconfianza que mis experiencias pasadas había dejado dentro de mí.

Hace mucho que decidió salir de mi vida. O, peor, que decidió dejarme fuera y lejos de la suya. Seguro que cuando me di cuenta a principios de 2018 (y eso y mi preocupación por él y por su silencio casi me vuelve loca. Y no es una frase hecha) ya hacía mucho que para él yo era algo totalmente ajeno a sus intereses y a su vida real.

Hace mucho que se fue alejando. Hace mucho que empecé a hacerme a la idea.
Pero no deja de doler. Hace tiempo que sé que se iría a vivir aún más lejos de lo que ya está de mí. Pero escucharle confirmarlo duele, y duele mucho.

Se ha despedido de mí con dos besos apresurados mientras atendía una llamada de móvil y ha cruzado la calle porque le venían a recoger, como tantas veces. Le he visto irse, el coche era de color rojo. No sé marca ni modelo, ni me importa. Ni sé realmente quien lo recoge ni con quien se va (eso son otras piezas del puzzle, de los puzzles. El real y el que formaba la imagen que me había hecho sobre mi relación con él). Simplemente le he visto irse, con una camiseta también roja.

Hace años supe que nunca se sabe cuándo será la última vez en que se ve a alguien. Nunca. Ni aunque lo planifiques.
Hace también tiempo decidí que cada vez que me despedía de él podía ser la última vez. En dos ocasiones estuve casi completamente segura de que había sido.

He bajado a la estación. He dado una vuelta por ella, por la zona de tiendas, sin pararme a ver nada. Caminar por caminar. He bajado finalmente al andén, he esperado siete minutos, me he subido al tren.
Me he bajado en la siguiente estación; el tren no iba lleno pero a mí me faltaba el aire. Hay un centro comercial que en cualquier momento van a derribar y con ese derribo el edificio se quedará solo en una parte de mis recuerdos. Llevaba meses diciéndome que tenía que acercarme a hacer una especie de despedida.

Y...y nada más entrar se ha activado otro recuerdo. Y ese peso entre la garganta y el diafragma se ha expandido y se ha convertido en imagen sin imágenes concretas, en otro coche que se alejó.
Y he recordado que ya pasé por esto... Que hace 20 años alguien se fue diciendo que vendría a menudo, que nos seguiríamos viendo, que dejaba cosas pendientes, que... Que han pasado 20 años, simplemente, desde aquella última vez.

Creo que la cápsula de valeriana me está haciendo efecto.  
También he terminado el chupachup de melocotón.
Creo que he llorado algo.

Diez meses y veinticuatro días. Nunca había estado tanto tiempo sin verle. Posiblemente nunca había tenido tantas ganas de abrazarle sin poder hacerlo. Un abrazo que habría sido como abrazarme a mí misma, como querer sentir que igual todo tendría arreglo, que no estaría sola. Que algo aún tenía sentido y futuro.

No estoy nerviosa. En realidad, creo que no siento nada. 

O sí. Que es imposible tener más ganas de llorar de las que yo tengo ahora mismo y que llevo teniendo desde esta mediamañana casi mediodía de uno de los días más calurosos del año, tras diez meses y veinticuatro días sin verle, tras desear ese momento quizá cada uno de esos días. Sin sospechar, como en tantas cosas, que volver a verle me rompería, de nuevo, el corazón.


jueves, 3 de agosto de 2023

Vida intranscendente.

 Mañana toca cita en el SEPE, que durante muchos años y hasta hace relativamente poco se llamó INEM y que sigue siendo la forma en que nos solemos referir a este servicio. Ir al INEM a renovar el tema del cobro de prestaciones por desempleo.
La verdad es que me quedaron como seis semanas 'pendientes' cuando volví al trabajo en enero. O sea: lo justo para encontrar un trabajo en lo que queda de mes y empezar en septiembre. Y hacerlo durar...porque si no tengo un problema. O uno más.

Aunque voy cuadrando cosas y cerrando temas pendientes, estoy muy inquieta. Quiero culpar al calor, a la luna llena...pero no es solo eso. Es esa calma chicha que precede a la tormenta, esa sensación que ya conozco desde hace muchos años y que nunca me ha engañado.
No sé. La verdad es que lo que tenga que ser será y lo que tenga que pasar...pasará y lo pasaré.

Cansada e inquieta.

A veces me pongo a hacer alguna de esas cosas domésticas y casi rutinarias que he ido aplazando por falta de tiempo (o más bien de ganas, que tiempo tuve el año pasado en el medio año que no trabajé, o durante los tres meses de confinamiento hace tres años). Hoy ha tocado empezar a instalar un estante auxiliar para el baño (lo compré en abril, si no recuerdo mal, y no había hecho nada al respecto). He pegado uno de los soportes, mañana pegaré el otro e imagino que entre el sábado y el lunes lo dejaré ya colocado dentro de la bañera, que es donde lo necesito. También he hecho limpieza de botiquín. Que no se limita al botiquín propiamente dicho, uno metálico que tengo en el baño, sino a ir mirando qué restos de medicamentos tengo por la casa y tirarlos. Es curioso. Como soy una persona que no toma apenas nada (algún paracetamol) cuando he tenido que comprar alguna cosa (un antigripal, por ejemplo) siempre han quedado restos. He encontrado cajas con alguna pastilla dentro que llevaban caducadas más de diez años. Un frasquito de mercromina, de la roja, seca. Nolotiles y lexatines sin caja y sin fecha en el blister. Una caja entera y hasta precintada de Gelocatil, que entiendo que compré en plena pandemia 'por si acaso'. Un frasco de Oraldine turbio. Pomada para las quemaduras. Cosas así, algunas incluso procedentes de la oficina...que cerramos hace dieciocho años (el botiquín metálico era el de la oficina). He llenado una bolsa de plástico mediana y la llevaré a la farmacia, al punto Sicre donde se recogen los medicamentos desechados, para que gestionen debidamente su destrucción. 

Estante de baño y medicamentos caducados. Ésas han sido mis tareas de hoy. Además de quitarme la pintura de las uñas y limármelas para dejarlas cortitas, lavar a mano algunas prendas, quitar a la planta de juncos rizados una buena cantidad de ellos, secos (ya veremos si la planta sobrevive: tres días de calor sofocante sin regarla...)

No me cunde el tiempo. Aunque a estas alturas y tras mes y medio sin trabajar imagino que ya estoy 'descansada', sigo con esa sensación de angustia...

Mañana, SEPE y algo de compra. Igual plancha si el clima refresca, que tengo pendiente dar un repaso a varias prendas. Igual volver a lavar la funda del sofá...

Tareas intranscendentes para una vida que es exactamente eso, totalmente intranscendente. 

lunes, 31 de julio de 2023

Nada de particular medido por horas.

 Tres y pico de la madrugada: me levanto a tomar media cetirizina para ver si calmando el picor de la piel consigo volver a dormirme. Y digo 'volver' porque en algún momento antes de las dos me he quedado dormida en el sofá, con el ventilador haciéndome compañía y la televisión encendida y me he trasladado a la cama más o menos a las tres.

Seis y media de la mañana: me despierto (en realidad, paso las noches entre microsueños y despertares de duermevela) para constatar que aún es de noche. Julio se termina y ya vamos perdiendo un poco de luz solar.

Nueve y ocho minutos: es la hora que refleja mi reloj-proyector en su pantalla. Los números rojos en el techo no se ven porque es de día. Sé que sobre las ocho también me he despertado y quizá hasta he ido al baño. Es una hora más que razonable para levantarme. Voy al salón y miro el móvil. En vez de quedarme en el sofá, vuelvo a la cama con el móvil. Por el pasillo ya lo he puesto en manos libres y estoy marcando de forma automática. Al segundo intento y sentada en la cama, concierto y concreto cita para renovar la reanudación del cobro del paro: viernes por la mañana. No son aún las nueve y media. Dejo el móvil sobre la mesilla y vuelvo a tumbarme en la cama, cerrando los ojos. El 'unos minutitos más' que todos nos hemos dicho alguna vez tras sonarnos el despertador. Solo que esta vez no hay despertador que suene ni obligación alguna.

Once y media: aunque creo haber cerrado y abierto los ojos, la verdad es que han pasado más de dos horas. Dos horas y algún sueño raro, que a estas alturas ni recuerdo.

Una y media: me termino el segundo café y me pongo un vestido ligero, me recojo el pelo en una coleta alta, me lavo los dientes y me pongo la crema de protección solar en la cara. Estoy cansada, pero me voy a IKEA. Necesito una bombilla..., en realidad, la excusa tonta es ésa. 

Dos y diez: tras veinte minutos de espera, llega mi tren.

Tres de la tarde: llevo veinte minutos esperando el bus que me tarda apenas diez minutos en dejarme en la puerta de IKEA. Pasa uno cada media hora. En realidad, es el mismo que llega hasta allí y a las horas y cuarto y menos cuarto se da la vuelta dirección estación del municipio al que pertenece el terreno donde está el centro comercial.

Seis menos cuarto de la tarde: cojo el bus de vuelta. En dos bolsas medianas de tela, la bombilla-excusa, dos plantas pequeñas, una vela perfumada en vaso de cristal, dos paquetes de servilletas de papel en oferta, unas cucharas medianas de mango largo.

Seis y media: llevo otros quince minutos esperando el tren en la estación.

Y..., y podría continuar, pero en realidad todo mi día ha sido así. Nada de particular medido por horas.
Solo la sensación de cansancio se mantiene inalterable. Eso y el calor. 

De nuevo, el ventilador ahí al lado, el portátil sobre mis rodillas, el sofá invitándome a tumbarme en él y dejarme arrastrar al sueño mientras julio se termina, llega agosto y la luna casi llena se pasea por el cielo.


viernes, 7 de julio de 2023

No fui yo, pero podría haber sido.

 Hace unas semanas se publicó la noticia de que en un callcenter había fallecido una trabajadora en su puesto de trabajo y que sus compañeros siguieron trabajando como si no pasara nada hasta que se llevaron el cadáver. Más de dos horas. 

No pasó en la empresa donde trabajo (o, mejor dicho, que me tiene en plantilla) pero perfectamente podría ocurrido allí. Es lo primero que me pasó por la cabeza. Alguien que muere en su cubículo (los callcenters convencionales tienen eso, cubículos donde están sus empleados. Rodeados de mamparas que les impiden ver qué pasa en la mesa de su derecha, su izquierda o la está al otro lado, en una fila idéntica, teniendo la pantalla del ordenador y el teclado (o un portátil, algo más habitual tras la llegada del obligatorio teletrabajo en tiempos de pandemia). Mamparas que en la mayoría de los casos son de algún material textil, tipo moqueta (imagino que también sirven como aislante acústico). Teleoperadores con su casco-telefónico todo el día, sin apenas poder moverse, sin levantarse de la silla (presuntamente ergonómica, realmente incomodísima) durante horas. 

Según la noticia, la fallecida era mujer, más de cincuenta años. No se facilitaron más datos. Murió de un infarto sin que nadie pudiese auxiliarla (como he indicado, en estos sitios los trabajadores están rodeados de semejantes, pero apenas si se dan cuenta de nada porque todo el día deben estar mirando al frente, a la pantalla de su equipo informático, pendientes de las llamadas que reciben o emiten, codificando correctamente, recitando como papagayos 'argumentarios', 'condiciones contractuales', 'textos legales'...) y no sé cuanto tardarían esos compañeros en darse cuenta (imagino que más bien se daría cuenta la persona responsable del grupo, también llamado 'coordinador de campaña' cuando se percatase que la 'empleada tal posición' llevaba dos minutos sin contestar llamadas, sin codificar correctamente, estando sin hacer nada pero sin marcar correctamente el motivo de su pausa. Se daría cuenta que estaba muerta cuando fuese a amonestarla, claro, quizá tras darle dos voces y no recibir respuesta ni reacción.

¿Qué pasó luego? Lo ignoro, pero lo imagino.

Se filtró que las autoridades pertinentes (los sanitarios que fueron avisados y que procederían a realizar el protocolo de reanimación, el médico que certificase que la persona estaba sin vida, el juez que tuvo que decretar que esa persona había fallecido y autorizar al levantamiento del cadáver, los empleados de la funeraria que procedieron a llevárselo..) tardaron unas dos horas y media en completar el proceso. Y que, durante todo ese tiempo, el resto de los empleados del callcenter siguieron con su quehacer como si nada hubiese ocurrido. Sentados en su silla incómoda, mirando la pantalla del ordenador, hablando a través de los cascos-diadema, codificando correctamente. Sin parar un instante. O parando cuando su planning personal lo tuviese previsto: cinco minutos por hora como pausa visual que se suelen aprovechar para ir al aseo, veinte minutos para comer...

La noticia, difundida a través de rrss, culpaba a la empresa de haber obligado a sus trabajadores a seguir allí, compartiendo espacio físico con el cadáver de una compañera. 
La empresa, según leí luego en algún sitio, dijo que no, que ellos (como empresa) no obligaron a nadie a seguir trabajando. Como siempre, echando balones fuera.

Y yo, cuando me llegó la noticia...lo único que pensé es que no había pasado en la empresa que me tiene en nómina, pero que perfectamente podría haber pasado. Que esa mujer podría haber sido yo misma o cualquier compañera, y que probablemente todo se habría desarrollado de igual modo. Con la responsable del callcenter diciendo que no había motivos para que nadie dejase de trabajar, con los coordinadores gritando que había que llegar a objetivos, pasando avisos por chat privado a quienes estaban cerca del cadáver para recordarles sus obligaciones, notificándoles los resultados del día (vas muy flojo, tú verás), con compañeros tan abducidos por la política de la empresa o tan asustados y estresados a esas alturas que ni se plantearían la posibilidad de plantarse y decir que no, que ni pensaban seguir trabajando en una sala donde había una persona fallecida...ni lo iban a hacer por respeto a esa persona.
En estas empresas, a medio plazo su plantilla está compuesta por un importante porcentaje de trabajadores zombis.

Curiosamente, me creo el comunicado de aquella empresa: ellos no obligaron a nadie. Porque, con toda seguridad, oficialmente ni lo hicieron ni se plantearían jamás hacerlo. 

Incluso me creo que gran parte de los empleados, compañeros circunstanciales de la fallecida, decidieran motu proprio seguir trabajando, intentando alcanzar sus objetivos diarios. Metidos completamente dentro de su cubículo, que cuando se trabaja equis tiempo en este tipo de empresas no se limita a los paneles enmoquetados sino que se convierte en algo mental. Siguiente llamada. Objetivos. Tiempo de conversación. No pasarse más de treinta segundos de lo marcado en los descansos medidos. Competir con los compañeros. Asentir cuando los responsables hablan de 'trabajo en equipo' pero entender que eso no significa pararse dos minutos si el compañero de la derecha te pide ayuda porque lleva allí dos días y aún no controla el programa informático, echar una mano al de la izquierda porque se ha quedado mentalmente en blanco en plena llamada. No, ayudar o pedir ayuda a los que trabajan a tu lado, en lo mismo que tú, en un cubículo idéntico no tiene que ver con el concepto 'trabajo en equipo' que se indicaba en el anuncio de empleo por el que supiste de esa vacante, con el que se repite en reuniones cuando no se llega a objetivos, con el que se menciona a veces para recibir tal premio 'si todo el equipo alcanza sus objetivos'. 
El trabajo en equipo en este tipo de empresas no implica pararse a auxiliar a una compañera que está sufriendo un infarto. Por ejemplo.

Trabajo en una empresa con esos valores. Llevo en ella desde mediados-finales de enero y he visto suficientes cosas como para tener claro eso: que aunque no fuese allí donde una mujer a falta de no demasiados años para jubilarse hubiese fallecido de un infarto, sin el menor auxilio, y cuyos compañeros estuvieron trabajando dos horas y pico a su lado como si nada ocurriera...perfectamente la historia encaja con la empresa en que trabajo.

Llevo de baja médica desde mediados de junio. La referida noticia ocurrió después (o yo la supe estando ya de baja).

Estoy de baja por estrés, porque la angustia ya no me permitía dormir, ni descansar, ni hacer otra cosa por mí misma que ducharme y cambiarme de ropa por simple higiene. Porque los ataques de ansiedad me dejaban sin respiración. Porque sufrí dos, quizá tres, ataques de pánico en los últimos días. 
Porque mis analíticas dijeron que no tengo nada físico importante (más allá de una ligera carencia de hierro, corregible a base de una pastillita diaria de ácido fólico, y otra ligera carencia de vitamina D, corregible también a base de un comprimido semanal). Pero yo ya no podía más. 
Y, ya de baja, leí esa noticia.

Y tuve perfectamente claro que eso me podía haber pasado a mí. Y que la historia habría ocurrido exactamente como contaba esa noticia.

sábado, 1 de julio de 2023

Cafés con aplazamientos sucesivos. Y muchas cosas y en realidad muy pocas.

 Sé que me enamoré de él en el verano de 2010. Sin esperarlo, desearlo ni, quizá, quererlo. Y como pasan estas cosas, sin que tampoco haya demasiada explicación para ello.
También sé que él no se enamoró de mí. Ni en esos momentos ni nunca.
Imagino que eso también lo supe en esos momentos. Mejor dicho: es que nunca me planteé otra posibilidad.

Empezamos a quedar algún viernes por la tarde para tomar café. ¿Por qué viernes? Porque era el único día de la semana en que mi turno de trabajo era 'de mañana'. El resto de la semana era turno de tarde (de 13:00h a 21:00h), los viernes pasaba a ser de 10:00h a 17:00h. Treinta y nueve horas semanales, convenio de telemárketing.

Quedábamos a partir de esa hora. En realidad, él aparecía cuando quería o podía (siempre, durante todos los años que duró nuestra relación...o lo que fuese aquello, elegí la segunda opción. Jamás se me pasaría por la cabeza que pudiese ser la primera. La más lógica, en realidad). Algún viernes le esperé en vano, aunque hubiésemos hablado/nos hubiésemos enviado mensajes durante la semana y hubiéramos quedado en vernos. En esos casos pensé que, simplemente, yo lo había entendido mal. Jamás se me pasó por la imaginación pedirle cualquier tipo de explicación al respecto. Nunca.
Quedábamos para tomar café y éste se alargaba hasta las ocho y media, quizá nueve de la noche, que en pleno verano no es noche sino tarde. Luego él ya había quedado con otra, otras personas (más de una vez y de cinco recibió mensajes donde le recordaban que estaban esperándole en tal o cual sitio, hasta en la puerta de su casa creo que me dijo alguna vez). Quedaba conmigo, por tanto y también, para hacer tiempo. 
Y quedaba conmigo en ese barrio (a cinco minutos andando de donde estaba mi lugar de trabajo, que fue donde nos conocimos meses antes; en teoría más o menos cerca de su casa, que nunca supe dónde era realmente) supongo que porque le sería lo más cómodo para luego ir donde o con quien hubiese quedado. O para volver a su casa, a su realidad, con los realmente suyos..., no sé. 

Yo me lo creía todo. O igual simplemente fingía creérmelo todo, aunque ni yo mismo reconociera estar dándome cuenta de muchas cosas.

La excusa para quedar conmigo..., en realidad era ninguna. La realidad es que yo seguía trabajando en esa empresa y él no. En aquella empresa que no le interesaba nada, pero nada de nada, y donde lleva (de nuevo) más de diez años trabajando. Yo salí de allí en el verano de 2011 y sin la menor intención de volver. 

A veces he fantaseado con respecto a algo. Qué habría pasado si, cuando aquel junio de 2010 me llamaron par volver (nos había despedido en abril, con un cierto compromiso de recontratación) yo hubiese dicho que no, que no volvía. ¿Le habrían contratado a él? (no lo hicieron en esos momentos, yo no lo supe hasta después de aceptar). ¿Habríamos seguido viéndonos? 
Nunca lo sabré, claro. Pero a estas alturas tengo ese casi 100% de certeza de que, de no haber estado yo trabajando allí (y él no) no nos habríamos seguido viendo. No habría tenido el menor interés en saber nada de mí.
No le interesaba en lo más mínimo esa empresa. Pero era nuestro nexo de unión...y el principal tema de conversación, al menos inicial en esos días. 

Cuando dejé definitivamente la referida empresa ya era verano de 2011. Y nuestra relación ya incluía noches en mi casa.

Los cafés de los viernes en aquel barrio aún existían en ese primer semestre de 2011 (pocos, pero alguno existió) pero nuestra relación ya era un contínuo 'aplazamiento sucesivo'. Quedábamos para vernos e ir a mi casa. Lo cancelaba en algún momento, aplazándolo para la semana siguiente...donde podía volver a aplazarlo. Sucesivamente. 

En realidad, nuestra relación fue un 'aplazamiento sucesivo' desde la primera vez en que le propuse que quedásemos para tomar un café en abril de 2010, cuando había pasado una semana más o menos de nuestra salida de la empresa en que nos conocimos. Lo aplazó para el día siguiente, volvió a aplazarlo para el siguiente lunes, nos vimos, me propuso que nos viésemos de vez en cuando para repetir ese café compartiendo mesa, quedó en que nos veríamos la siguiente semana...y estuvo aplazando cita hasta principios de junio. Justo cuando yo volví a dejar la empresa (aquel mes de mayo estuve haciendo una especie de 'refuerzo' en una campaña muy corta y en otras dependencias) y justo antes de que volvieran a llamarme, dijese que sí y a él le propusieran volver pero con un horario reducido. Y dijo que no.

Nunca tuvo demasiado interés en mí. En aquellos días su principal interés era que yo seguía trabajando en esa empresa.
Y, aún así, yo me enamoré de él ese verano.

Porque parecía que teníamos muchas cosas en común (a estas alturas pienso que, simplemente, buscaba algún tema que supiese que podía interesarme para tocarlo...y luego ya hablar de sí mismo), porque me reía con él, porque empezó con un tonteo de tipo sexual en el que yo empecé a colaborar... Y porque me gustaba como hombre. De no haber sido así, imagino que tampoco el tema habría ido a más. Me gustaba y tonteaba conmigo.

Me gustaba. Tonteaba conmigo. Quedábamos para tomar un café de dos horas y pico. Por la noche quedaba con otra u otras. En el transcurso de la semana volvía a proponer-confirmar un nuevo café de viernes por la tarde en que volveríamos a hablar de qué pasaba en la empresa donde yo trabajaba (y que a mí no me despertaba el menor interés. Y menos sin él). Me hablaría del concierto que estaba preparando con unos amigos de toda la vida, para finales del verano (supongo que el concierto se celebró. Otra suposición a estas alturas que jamás cuestioné entonces. Obviamente ya me da exactamente igual lo que fuese o no verdad). Tontearíamos otro poco, llegando ya a fantasear con quedar en mi casa. Le llamarían para recordarle que le estaban esperando. A mí él cada vez me gustaría más. Esperaría el siguiente café, quizá la semana siguiente o dentro de dos o tres. Pasaba el verano (ese verano no tuve vacaciones, cubrí las vacaciones de toda la plantilla), los días se iban acortando. Me gustaba verle. Me gustaba, incluso, esa cierta clandestinidad de nuestros encuentros (hoy lo veo absurdo. Bueno, no lo veo absurdo: veo lo que es. Lo que es siempre que alguien queda de manera casi clandestina con otra persona). Empezaba a creerme que pudiese ser verdad que aquel proyecto casi en broma de 'un día te vienes a dormir a mi casa' de veras pudiera ser algo que le interesase hacer. 

Cafés con aplazamientos sucesivos.
Han pasado trece años. 
Y muchas cosas y en realidad muy pocas. 

No recuerdo cuándo fue la última vez que quedé con él en aquella cafetería, pero supongo que hace más de 12 años. 
La última vez que yo estuve, ya sola claro, por aquel barrio fue en las navidades de ¿2016, 2017?, aunque alguna vez más (¿tres, cuatro?) lo he atravesado en autobús tras haber quedado con él para tomar café en el barrio donde, en teoría, vive. A estas alturas supongo que también debería tener claro que no, que no vive por allí. Que era parte del juego de la clandestinidad. Que iba expresamente y que por eso alguien le había llevado o le pasaba a recoger para ir a otro sitio o se iba a otro sitio en autobús (curiosamente en la zona hay una especie de intercambiador, varias líneas de buses urbanos y una estación de metro). 
También de eso ha pasado mucho tiempo. Calculo que más de dos años.

No sé porqué escribo sobre esto hoy. O no sé porqué no he escrito sobre ello antes, o quizá sí he escrito o...

Quizá porque ya estamos en el mes de julio. Porque llevo nueve meses sin verle y casi siete sin hablar con él y supongo que pasará mucho tiempo antes de que cualquiera de las dos cosas vuelva a pasar (y aunque pase, ya no será lo mismo. Ya no será nada). Porque ya ni se molesta en responderme si le mando un mensaje (y si me responde, volvemos a los aplazamientos sucesivos. En ese caso, del hecho de llamarme para hablar brevemente de cómo está). O porque tarde o temprano tenía que reconocer, negro sobre blanco, que una relación que ha conllevado unos 30, quizá 40, encuentros en más de doce años no es normal, nunca ha sido normal si se quiere creer que de veras era una relación sentimental.

Yo me enamoré de él en ese verano de 2010, alargando cafés en encuentros casi clandestinos que se aplazaban sucesivamente. 
Él nunca me quiso. Nunca fui otra cosa que lo que era en esas tardes: una fuente de información sobre qué pasaba en un sitio que en teoría tampoco le interesaba, una forma de hacer tiempo para ir a pasar el resto de la tarde, la noche o el fin de semana con quien o quienes de veras eran parte de su vida.
Ha pasado mucho tiempo. De todo.

Quizá solo me queda poder escribir sobre ello, antes que se me olvide todo o quizá para ayudar al olvido. O para tener la certeza de que no me lo imaginé todo, o porque tal vez ni siquiera existió nada de aquello y ni él existe, pero quise creerlo. 
Escribir sobre ello hoy, cuando quizás ya incluso aquel amor dé igual.

jueves, 22 de junio de 2023

23 de junio.

 Supongo que estoy menos cansada (o más descansada. La verdad es que no sé qué término sería el más correcto), pero no más animada. Por tanto, no le estoy sacando provecho al teórico descanso.
Creo que me tengo que hacer a la idea de que mi estado natural ya será el cansancio permanente. 

Cuando estoy algo más descansada (o cuando tengo un arrebato de hiperactividad) aprovecho para recoger un poco la casa. Ordenarla del todo me parece tarea imposible. La teoría la conozco: bastaría con planificarlo por zonas. Ponerme a ordenar una mesa hasta dejarla eso, ordenada y con las cosas básicas. Seguir con otra aplicando el mismo método. Guardar cosas que llevo meses sin utilizar y que, probablemente, pasaré otros muchos sin necesitar. El ritmo es ése: no parar hasta no tener esa zona ordenada, no sentarme ni ponerme a recoger otra cosa, no mirar el ordenador, no tumbarme en el sofá unos minutos por cansada que me encuentre. Con una rutina planificada, en una semana tendría la casa más o menos recogida (al menos, lo visible). Pero...

La ciática y las migrañas tampoco ayudan. Los nolotiles, sí (aunque estoy convencida de que en realidad me son más efectivos los paracetamoles). 
Mi falta de costumbre en lo relativo a tomar medicamentos hace que tampoco me sienten bien. Me duele el estómago. Y cada vez tengo peor la piel.

Mi vida es absurda y totalmente falta de proyectos, de futuro. 

En unas horas vuelve a ser Noche de San Juan. Y sé que volveré a encender una vela y tenerla encendida toda la noche en la terraza y a pedir un deseo. O más. Pero en realidad por mera costumbre. Sin esperar ya nada.

domingo, 11 de junio de 2023

Junio avanza.

 Mis analíticas dicen que tengo niveles bajísimos de vitamina D. Y que el ácido fólico da valores preocupantes, de puro bajo. 

O sea, nada que no se pueda resolver con una medicación adecuada (que ya me han pautado). Y que explica el porqué de mis uñas quebradizas o de que se me parta el pelo. Incluso de parte de mi cansancio.

Lo demás está claramente relacionado con mi presente. El laboral, el familiar, el sentimental. Todos ellos a la vez. Con la inmensa sensación de vacío que me rodea. 

Y para eso no hay medicamentos. Y no sé hasta qué punto lo resolvería una baja médica (que terminaré necesitando, me temo, porque la ansiedad cada vez me resulta más limitante).

Junio avanza. Los días cada vez tienen más horas de luz.
Y yo sigo estancada y cada vez lo veo todo más y más oscuro.

sábado, 3 de junio de 2023

Aunque no se me note.

 Anoche me tomé el primer nolotil de la caja recién comprada en la farmacia, porque el dolor en la pierna derecha, tumbada en el sofá, era insoportable. Antes había conseguido llegar a mi casa atravesando la tormenta, una de esas tormentas radicales. Llegué con las puntas del pelo chorreando, las botas me demostraron que ya no son impermeables, la sudadera de algodón parecía recién sacada del centrifugado de la lavadora. 

La bolsa de la compra con las hortalizas para el gazpacho, la bolsita donde llevo la botella de agua (y, los viernes, la agenda que tengo en el trabajo), la bolsa de papel del restaurante de pollo empanado donde acababa de recoger la cena...llegaron secas. Como tantas veces: a mí me puede pasar de todo, pero que lo que me rodea o depende de mí no note nada.

Ayer fui al médico. A por analgésicos.
La verdad es que pedí cita a principios de semana no sé bien con qué intención. Tengo hora confirmada para el viernes que viene, para recoger los resultados de las analíticas que me hicieron también ayer mismo por la mañana. Por tanto, no sé bien para qué entré a hacer esa tentativa de nueva cita (¿quizá para cambiar la ya confirmada? ¿atrasarla, adelantarla? No lo sé) y cuando vi que había disponibilidad del viernes fuera de horario laboral...lo confirmé. Total, me debí decir que para anularla siempre estaría a tiempo...

No sé con qué idea la solicité, pero sí por qué razón no la anulé y por qué acudí. A por analgésicos. Porque llevaba ya más de una semana (¿quizá casi dos?) con unos dolores a ratos insoportables. Ciática. No puedo tomar antiinflamatorios, no puedo tomar casi nada (más allá de algún paracetamol, que es lo que estoy tomando) y recordé que el nolotil es algo bastante fuerte y, a la vez, poco dañino. Por tanto, ya tenía excusa para ir a consulta: dolor y necesidad de algo que me lo quitase.

En realidad, lo que me sigue dando vueltas dentro de la cabeza es la necesidad de una baja médica. Ir a por analgésicos no era sino una (auto)excusa para plantearlo, para no esperar otra semana más...

No estaba mi doctora (luego me dijeron que tenía vacaciones). Me atendió una suplente, una médica que seguramente está a punto de jubilarse...y evidentemente de vuelta de todo. De las que no te van a interrogar. A la que dije claramente que necesitaba nolotil, que llevaba días con unos dolores de ciática a ratos inaguantables.
Me preguntó que porqué no había ido antes. De urgencias a consulta, que es lo que suele hacer la gente en estos casos. 
No supe qué contestarle. Imagino que porque la respuesta habría sido que no tenía ni idea.

Como le mencioné que estaba tomando paracetamol, me dijo que también me lo recetaba. Y le extrañó que no quisiera la versión más fuerte, ésa que no te despachan sin receta. Incluso me insistió, pero le confirmé que no, que no me hacía falta. Solo me faltó añadir que, total, aunque sea a un precio cinco veces superior al genérico con receta, el paracetamol de 650 lo puedo comprar en farmacias y pagarlo...

Charlamos brevemente sobre qué me dolía, sobre las posibles causas (paso demasiadas horas sentada, mi lugar de trabajo es incómodo tanto física como mentalmente, creo que todo es debido a la tensión en que paso las ocho horas laborales). Comenté someramente en qué consistía mi trabajo: sedentario, en una empresa de servicios financieros. Me preguntó si cara al público (es muy evidente, o a mí me lo parece, que mi apariencia actual no es como para estar cara al público. Y cada día que pasa, menos) y le expliqué que no, que telefónico, todo telefónico. Para que no nos vean los clientes a los que debemos intentar engañar. Porque la empresa, en realidad, se dedica a estafar a la gente. No sé si lo había dicho así, en público, alguna vez. Le hizo gracia, de esa gracia de reír por no llorar (porque así me lo dijo también). Y también, como mi doctora hace dos semanas, me dijo que intente salir de ahí cuanto antes.

No estoy acostumbrada a ir al médico. 
En realidad, no estoy acostumbrada a pedir ayuda. 

Estoy mal. Me siento mal. Tengo migrañas, repentinas taquicardias, picores más parecidos a pinchazos (ese tipo de picor que me asusta, porque también sé lo que es), a ratos me falta el aire. Se me duermen las manos y tengo que masajearlas para que despierten. Se me parte el pelo, además de caérseme a puñados cuando lo lavo. No descanso por las noches, me despierto de pronto asustada y busco volver a dormir, pero no queriendo regresar al sueño que seguro a sido la causa de mi despertar. Me levanto cansada, muy cansada. Ir a trabajar es poco menos que una tortura. Yo, que he sido adicta al trabajo, que pasé la única baja médica de mi vida rogando a mi doctora que me diese el alta ya mismo...

El nolotil de anoche me debió hacer efecto en algún momento y me quedé dormida en el sofá. O eso creo, porque he amanecido en la cama pero no recuerdo en qué momento me trasladé. Por la mañana me he tomado otro. He desayunado casi a la una del mediodía, he salido a comprar dos veces, he comido casi a las seis de la tarde. En ningún momento me ha dejado de doler la pierna. A las siete estaba preparando el primer gazpacho de la temporada, friendo pimientos verdes. En esos momentos me he dado cuenta de que no me dolía la pierna. 

Esta mañana, también y por fin, he vuelto a saber de él. Que ya está mejor.
Doce días y dos mensajes desde que le pregunté cómo seguía su recuperación, me ha contestado. 
Me alegra saber que está casi bien. 

Aunque ya sea completamente consciente de lo que hay (y que es nada, absolutamente nada entre nosotros), él no va a dejar de importarme nunca. 
Supongo que porque tampoco voy a dejar de quererle.
Aunque no se me note la preocupación. O igual sí.

O qué más da. Qué ha importado siempre, que más da todo lo que yo pueda sentir.