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martes, 12 de octubre de 2021

Catorce pares de calcetines.

 La semana pasada tenía que comprar unas medias de repuesto. Siempre he tenido montones de medias, pero también era debido a que normalmente vestía faldas y las medias eran prenda imprescindible durante más de medio año. Supongo que si hubiese buscado bien, habría encontrado algún par nuevo (porque estoy segura de que nunca he dejado de comprarlas eventualmente, en plan 'por si me pongo ese vestido') pero la verdad es que ni me molesté.
La semana pasada las necesitaba porque teníamos la Convención Anual, con cena de gala (la organización la definió así. Siempre se definen así estas cosas) y pensaba ponerme un vestido. Ya tenía otras, pero decidí comprar unas de repuesto por si las rompía. Es difícil romper unas medias de rejilla..., pero mi vida es cada vez más una sucesión de cosas que es difícil que pasen, pero me pasan.
Compré las medias. 
En las últimas semanas he desechado varios calcetines. De ésos cortitos que se llevan con deportivas o con botas. Me cuesta tirar las cosas, pero en este caso ya no había modo de salvarlos. También necesitaba llevar un par de repuesto (además de los que llevaría en los pies) y de hecho ya había comprado días antes (aunque seguro que tampoco los necesitaba, porque tengo). Al comprar las medias me dije que seguro que tenían en ese mismo espacio de la tienda y que por echar un vistazo...
Salí de la tienda con dos pares de medias de rejilla ( aunque eso lo vi en casa: vienen por parejas) y catorce pares de calcetines cortos, de colores variados. Vienen en packs de siete (¿siete? luego caí en que es uno para cada día de la semana). 

Mi vida actual es una concatenación de cosas absurdas. 
La convención duró el día y medio previsto, con pernoctación en el hotel. En ningún momento me apeteció ir ni estar, pero... Ni siquiera era obligatorio acudir. Creo que me terminó de convencer una de las responsables de rrhh. O me autoconvencí diciéndome que me lo merecía, que el año pasado sobreviví a dos ertes y un ere, que iba a trabajar cuando nadie lo hacía, que... Da igual. Fui y punto. 
Casi en plan zombi. Y casi en plan zombi volví y formalicé una venta desde casa, esa tarde de viernes. La misma que el resto de mis compañeros asistentes a la Convención destinaron a dormir. Porque todos han ido contando lo mismo: llegaron a casa y cayeron rendidos, durmiendo casi hasta el mediodía del sábado...
Yo he dormido hoy. Antes de las nueve y tras dedicar el día festivo a temas de intendencia doméstica, me he quedado dormida en el sofá. Una especie de siesta rara, de ésas en que te despiertas al rato desconcertado y sin saber porqué estás durmiendo en el sofá, porqué está la tele puesta, qué día o qué hora es... Y apenas ha pasado eso, una hora. 
Estoy mentalmente agotada. 
Ayer también me dormí antes de tiempo, pero casi a medianoche. Y a las tres y pico de la madrugada estaba vomitando en el baño.
Hacía años que no vomitaba. 
No estoy bien. Mis analíticas no dicen eso, pero yo no estoy bien.

Ha vuelto a dejarme al margen de su vida. Hace una semana que no sé nada de él. No me responde a los whatsapp, no puedo llamarle. 
Y sé que no es algo casual ni circunstancial. Simplemente y, de nuevo y como hace tres años y medio, ha vuelto a dejarme al margen de su vida. O no: simplemente hace mucho que dejé de ser parte de su vida. Si es que en algún instante fui algo, que cada día lo dudo más.

Mañana trabajo. Son más de las doce de la madrugada. Estoy muy cansada y no es cansancio físico, no puedo estar cansada cuando apenas he hecho nada en todo el día.

Este 2021 está siendo un espanto de año.

Tengo catorce pares de calcetines nuevos que, creo, ni siquiera necesito.
No sé qué voy a hacer con mi vida. No sé qué voy a hacer conmigo misma.

lunes, 9 de julio de 2018

Semi-inactividad.

Sigo en estado de semi-inactividad.
También por eso escribo poco por aquí.

Vivo en un estado casi de perplejidad continua. Cada vez que en algún sitio dicen la fecha en que estamos, algo me 'baila' en la cabeza. Los almanaques, el propio reloj-calendario del portátil me dicen que estamos en el mes de julio. Casi a mediados de julio, de hecho.
Mi mente sigue vagando en alguna fecha de junio. Sigue buscando, cada vez que escucha la fecha actual, dónde está el mes de junio...

Mi tratamiento médico consiste en descansar y beber agua. Así de básico. Reposo relativo y entre dos y tres litros de agua diarios. Y alimentos frescos. Nada más. El único medicamento que tomaba (algo absolutamente repulsivo, algo que era como beber arena y que ni siquiera era un medicamento para lo que tengo) me lo retiró la doctora hace una semana. Reconociendo, además, que ni siquiera era un medicamento específico para lo que tengo....y que no han conseguido averiguar qué lo produjo (o qué lo produce). Los resultados de la analítica de la semana pasada seguían indicando que mi mejoría iba a buen ritmo...y por libre. Porque ni han sido capaces de saber qué me había puesto al borde de la muerte...ni saben porqué mi cuerpo se ha puesto a mejorar de forma espontánea.

Lo único que dice la ciencia (tras analíticas diarias con todo tipo de serologías, resonancias, radiografías, TACs, ecografías..., hasta una biopsia) es que lo que he tenido me lo ocasionó un 'envenenamiento por medicamentos'. Que sería un diagnóstico de lo más lógico...de no ser porque no tomo medicamentos...

El tratamiento que me ha mantenido con vida en los peores momentos (los resultados de las analíticas decían que iba empeorando...mientras el resto de las pruebas indicaban que, objetivamente, no tenía nada de nada) ha sido el suero salino. Litros de suero salino en vena. Nada más. Suero y reposo.
Más reposo del aconsejable, puesto que algunos días no me apetecía levantarme de la cama y mi máximo esfuerzo era desplazarme hasta el aseo (dentro de la habitación del hospital) para eliminar el suero. No podían darme otra cosa, puesto que al no saber qué era lo que tenía...cualquier antídoto podía agravar mi estado.
Suero y esperar.

Y lo que llegó solo se empezó a ir del mismo modo. Mi organismo decidió atacarme...y, de pronto, se lo pensó mejor.
Físicamente me van a quedar un par de recuerdos en forma de cicatriz: la de la biopsia y la de la vía intravenosa que mantuve durante diez días (es aconsejable cambiarla cada dos o tres días...pero la tenía muy bien puesta. Y, además, este tipo de vías, si se ponen en un emplazamiento físico donde se garantiza que van a funcionar bien..., son muy dolorosas de poner). La cicatriz de otra vía anterior, que tuve otra semana completa (aunque realmente sólo estuvo activa cuatro días) parece que va suavizándose. E imagino que en la próxima analítica ya hayan cicatrizado lo suficiente mis venas como para que a la primera sean capaces de 'producir' sangre, cosa que en la última analítica, y empleando una de mis 'venas fáciles', no fue posible.

Me han pinchado en ambos 'antecodos' en todas las venas visibles. En los antebrazos. En el dorso de las dos manos. En mínimo tres ocasiones me sacaron más de diez tubitos de sangre, aunque lo normal era entre cuatro y seis. Siempre antes de las seis y media de la mañana. Sólo 'descansaba' los sábados y los domingos. Esos días, el hospital se diría adormecido, sólo funcionan las urgencias y la intendencia: cambiar las sábanas de las camas, fregar suelos y baños, atender a las personas que necesitan asistencia para asearse o levantarse de la cama.

Cada vez que una enfermera o celadora me veía por primera vez, su reacción y hasta sus palabras eran las mismas: '¡qué joven eres!!'. No, no soy joven (aunque tampoco aparento la edad que dice mi dni. Imagino que llevar el pelo largo, muy largo, ayuda) y mi aspecto con el horroroso y enorme camisón hospitalario de florecitas y los visibles síntomas de mi enfermedad en la piel y los ojos tampoco ayudaban. Pero, por contraste con el resto de los ingresados en el módulo donde yo estaba, era una cría. Porque estaba en un módulo de ancianos en estado casi terminal...

Los síntomas físicos terminarán por desaparecer. Probablemente las cicatrices también (o se suavicen tanto que llegue un momento en que me cueste localizarlas, o directamente me acostumbre a ellas y ni las vea). Pero creo que las otras cicatrices, las psicológicas, no se irán nunca.
Y soy consciente de que va a ser ahora, que está siendo ahora, cuando empiezan a ser visibles.

Tengo sueños muy raros y muy densos. Creo que son debidos al otro único medicamento que puedo tomar, que es un antihistamínico y que ni siquiera tomo todos los días. Podría tomar hasta 3 pastillas al día. No lo hice nunca. Ahora y no todas las noches, me tomo una antes de dormir. Más por el componente 'sedante' que tienen los antihistamínicos que para lo que los tengo recetados (evitar los síntomas de picor en la piel). Creo que los sueños raros y  densos son producto de este medicamento.

En estos días he descubierto que me gusta dormir. Cosa en la que nunca había pensado, en que me pudiese gustar dormir, a mí, que siempre trasnocho y casi siempre madrugo...
Creo que me va a costar volver a mis horarios laborales normales.

Sigo medio desconectada del mundo, de las redes sociales. Tengo problemas con el whatsapp y con el messenger (por tanto, mensajes sin leer y sin responder) y no me estoy esforzando por arreglarlos. Quizá mi cuerpo, ése que decidió matarme y luego se lo pensó mejor y empezó a curarse solo, está decidiendo que quiere descansar..., que el reposo recetado le viene bien. Y no sabe que en una semana probablemente vuelva al trabajo.

Y no sé cómo va a reaccionar cuando llegue ese día...

domingo, 1 de julio de 2018

Quien está y quién nunca.

Tres semanas de ingreso hospitalario.
Con posibilidades de volver a ingresar el próximo martes, si los resultados de la analítica no demuestran una mejoría.

Ahora no me apetece escribir sobre la enfermedad en sí. Es algo aparentemente simple, que hasta suena gracioso cuando lo menciono..., pero que no lo es tanto. Si no me hubiesen ingresado hace tres semanas, probablemente no estaría aquí para contarlo.

No sabemos si se quedará en algo crónico, si desaparecerá como apareció, si finalmente será más fuerte que yo y terminará conmigo... No sabemos qué es lo que en realidad lo ha desencadenado (ninguna prueba da un resultado concluyente) por tanto, no hay tratamiento concreto (más allá del reposo y los litros y litros de suero salino que me han suministrado estos días). La ciencia no considera válidos los motivos emocionales...y yo sé, estoy completamente segura, de que es eso lo que ha desencadenado todo esto. Sé en qué momento concreto se rompió todo y cuando empezó el daño. Pero como no puede achacarse a una sustancia...es como si no existiera.
Da igual.

Estos días ingresada me han servido, además de para pensar mucho (mucho, mucho, mucho. En algún momento llegué a pensar que demasiado. No, nunca es demasiado) para saber quién es cada cual. Quien está y quien no está. He tenido sorpresas en ambos sentidos. Las sorpresas de quienes 'están', aunque ni me habría parado a echar en falta si no hubiesen estado, son siempre agradables. Descubrir quien 'no está', cuando previamente esa era una posibilidad impensable...duele. En algún caso, ha dolido mucho.

El mayor dolor, por supuesto, ha sido su absoluta ausencia.

Sabe que he estado ingresada. Se lo comuniqué yo misma al día siguiente del primer ingreso (realmente han sido dos, porque me dejaron salir el fin de semana tras seis días...para volver el lunes. Había empeorado considerablemente). Sabe que seguía en el hospital porque también se lo comuniqué yo. Sabe que lo que tengo es bastante serio.

No ha habido ni un intento de llamada. Ni un mensaje. Nada.
Total indiferencia.

He sido yo quien le ha escrito para saber cómo está. En su respuesta no me ha preguntado cómo estoy yo. Lo ha zanjado con un cortés 'espero que hayas iniciado el camino de recuperación' y 'espero que también vayas a mejor'. Nada más.
Para qué. Total, soy yo. Total, se trata de mí.

Sé que esto, darme cuenta y sentirme mal por ello, no ayuda a mi sanación. Sé que el 50% de lo que me pasa es eso, es él, es su actitud hacia mí (absoluta indiferencia, absoluto desprecio. Por fin me he atrevido a poner por escrito esa definición) creciente y progresivo desde hace un par de años. Hasta llegar a esto. A dejarme perfectamente claro que le da exactamente igual si estoy viva o no.

A estas alturas, no soy capaz de entender el motivo..., y creo que me da igual. Ya no tiene arreglo.

Sí me he preguntado con quién se supone que he estado estos últimos años, en realidad. Cómo y cuanto me he dejado engañar. A quién, en realidad, dejé entrar en mi casa y en mi cama. Cómo me negaba a ver que todo era mentira, que las excusas para las cancelaciones de última hora eran eso, excusas (simplemente le surgía un plan mejor, lo que tampoco era tan complicado, y ya está). Que en realidad no sé quien es, no sé nada de su vida (porque empiezo a no creerme nada, absolutamente nada, de lo que me haya podido contar. Me he creído el personaje que probablemente fue inventando sobre la marcha). Yo necesitaba creerle y quererle. Él no me quiso nunca.

Tantos años de negarme, de no dejarse ver conmigo (esas negativas para que quedásemos a comer, a cenar, siquiera a tomar café en los últimos tiempos; ese momento en que decidió que no quería que volviera a ir a esperarle a la estación donde cogía el metro de vuelta, que tampoco quería que le esperase en cualquier otro punto...) la conclusión lógica sólo podía ser ésta. Le da igual si estoy enferma o si me estoy muriendo. No existo.

Estas tres semanas de encierro hospitalario, este paréntesis en mi vida real, me han servido para pensar. Para hacer inventario. Para saber quien está (y se va a quedar), quien aparentemente estaba (y como no está, voy a sacar de mi vida a escobazos), a quien no voy a creer nunca más (porque no puedo sacar de mi presente voluntariamente). Y también para algo tan doloroso como tener que reconocer que una de las personas a quien más he podido querer en mi vida, del modo más incondicional, alguien de quien nunca quise tener dudas, que jamás me habría planteado la posibilidad de que no pudiese estar en casos como éste...pues no, no ha estado. No está.
Le da igual mi vida, siempre le ha dado igual.

Lo contrario sólo era parte del espejismo que me había creado. Que el personaje que se inventó para mí me había hecho deducir que, en un caso como éste, sería de otra manera.

domingo, 20 de mayo de 2018

Sin defensas.

Y llega un momento en que el cuerpo te grita 'basta'.

Que está harto de que no le trates en condiciones o, incluso, de que le trates mal o lo maltrates, directamente. Que claro que se ha acostumbrado, qué remedio, a que le tengas horas y horas sin comer e incluso sin beber. A que apenas le dejes dormir, acostándote a más de las doce de la noche y muchas veces cerca de la una y levantándole antes de las siete de la mañana. A estar encerrado nueve horas en un recinto sin luz natural ni ventilación, soportando el cambio de temperatura de unos aparatos de aire acondicionado que llevan años sin limpiarse. A estar más de ocho horas mirando una pantalla de ordenador mal calibrada y, desde hace unos meses, con  una pared blanca a menos de tres metros como todo horizonte. A tres horas y media diarias de transporte público, sometiéndole al estrés de los retrasos inesperados y las huelgas encubiertas. A maltratar sus ojos, que a las seis de la tarde ya apenas distinguen otra cosa que no sean luces y siluetas.

A que nada, absolutamente nada de lo que haces con él sea gratificante.

Y de repente te encuentras un viernes dando vueltas sin ir a ningún lado en el otro extremo de Madrid, muy lejos de tu lugar de trabajo y aún más lejos de tu casa, un extremo y un barrio a donde te ha terminado llevando un bus cualquiera que has cogido al azar, porque los viernes trabajas siete horas en vez de nueve, y consideras que eso es una suerte y que tiene que aprovechar la tarde, y coges buses y das vueltas con ellos. Y te encuentras en un barrio lejano, y quieres volver a tu casa pero también quieres ir a un Centro Comercial que está en ese barrio, porque tienes que hacer la compra básica semanal y hace semanas que decidiste que no la ibas a seguir haciendo los sábados, como siempre, porque te apetece pasar los sábados en casa limpiando y ordenando (aunque sabes de antemano que luego no haces nada).

Y vuelves en tren, sin saber muy bien si ése es el recorrido más corto. Y no has comido y llevas encima una botella de zumo medio llena, un zumo refrigerado que compraste el día anterior y que lleva más de 24 horas sin refrigerar, y estás comiendo cacahuetes recubiertos de no sabes bien qué mientras viajas en el tren camino a la gran estación donde harás transbordo y cogerás el definitivo que te lleva a casa.

Y esa noche tocas fondo.

Y desde esa noche, ataque de ansiedad incluido, el cuerpo empezó a gritar 'basta'.

Hace tres semanas y dos días.

Ése es el tiempo que llevo enferma. Reconociéndome enferma, al menos a ratos.

Me duele todo, y al menos lo reconozco. Tengo la piel fatal, y al menos soy capaz de admitirlo. Tengo una necesidad de dormir atroz, y al menos entiendo que debo dormir.

Mañana me hacen una nueva analítica, más completa que la que me hicieron hace un par de semanas y de la que obtuve los resultados hace un par de días.
También tengo ganas de llorar, pero no soy capaz. Igual sí he llorado, pero no lo recuerdo. Me duelen los ojos y la piel. Mucho.

Y tengo muchas, muchas, muchas ganas de verle. Muchas. Porque sé que gran parte de lo que me pasa es eso: la consecuencia de estos meses sin él, el no haber sido capaz de entender aun el porqué de su decisión de sacarme de su vida sin explicaciones, el saber que no está bien y no poder hacer nada.

Estos meses se me han desplomado las defensas. Las físicas y las mentales.

Pero estamos programados para sobrevivir. Y llega un momento en que el cuerpo nos grita 'basta' y no podemos seguir ignorándole. Y tenemos que parar.

domingo, 6 de mayo de 2018

Semana de pesadilla.

Me gustaría decir que estoy o me siento convaleciente, porque eso querría decir que realmente estoy bien y lo único que tengo es la fatiga lógica tras pasar una enfermedad...pero no es así.
No estoy bien.

Creo que esta que acaba hoy es la peor semana que recuerdo, de toda mi vida, del aspecto 'salud'. Arrastrando aún las secuelas del ataque de ansiedad de hace ocho días, el lunes volví a sufrir otro.
Y llegué a creer que me moría. No recuerdo haberlo pasado tan mal nunca.

Me empecé a poner mala en el trabajo. Aguanté hasta las seis de la tarde, no sé bien cómo ni con qué intención (¿pensando quizá que al salir de allí se me pasaría como por arte de magia? ¿ que llegada la hora de salir mi angustia, mi dolor terrible de espalda, la sensación de estarme ahogando, el estómago revuelto, el dolor de cabeza como de golpes de martillo..., el resto de los síntomas, no se vendrían conmigo?) y el recorrido de vuelta a casa fue una pesadilla de más de dos horas y media. Y se prorrogó en la noche, y...
Es la primera vez en mi vida en que estoy en la cama hasta más de la una del mediodía. Tras no haber dormido apenas y no saber qué hacer ni qué tomar para conseguir quitarme el dolor y la angustia...
No le voy a dar más vueltas.

Tengo controlada la ansiedad, y con eso me estoy conformando.

Me siento muy cansada, mucho. Me duele todo el cuerpo. Me pica toda la piel, a ratos de una forma desquiciante, un picor que no me calma ninguna loción ni evitan las pastillas para la alergia, supongo que porque viene desde el interior. Y a ratos me veo amarillenta.

El martes tengo una analítica. Sé que no me detectarán nada, que seguiré igual de cansada y de harta, que en algún momento pararán los picores y el dolor de estómago. Y que lo único que habré sacado es haber pasado por la desagradable sensación de haberme tenido que pinchar.

Lo único que salvo de esta semana es haberle vuelto a escuchar. Lo único.
E imagino que en cualquier momento decidiré que si la recompensa o la compensación por haber soportado esa semana de pesadilla era eso, volverle a escuchar, habrá valido la pena.
Y..., y curiosamente, mientras le escuchaba no me dolía nada. Y el efecto analgésico se prorrogó hasta horas más tarde, quizá toda la noche...

Sé que lo que me pasa también es consecuencia de estos meses sin él. De mi preocupación inevitable por él, de mi tristeza infinita al no tenerle ni saber nada de él.
Pero eso es algo con lo que tendré que aprender a  vivir. También mi cuerpo tendrá que aprender.

Mañana, que realmente es en unas horas, empieza otra semana. Y me da mucho miedo que vuelva a repetirse parte de la que acaba de terminar.

domingo, 22 de abril de 2018

Colapso físico y emocional.

Hay un momento en que el cuerpo dice 'basta' y creo que el mío está a punto. O igual me lo ha dicho ya y he preferido ignorarlo.

Estoy siempre cansada, siempre. Da igual si llevo levantada desde antes de las siete de la mañana y son más de las doce de la noche y sigo en pie y llevo encima más de tres horas de transportes con sus transbordos y nueve de encierro laboral en un sitio sin luz ni ventilación natural bajo un ambiente de tensión, o si es sábado y apenas he hecho nada en todo el día. Estoy tremendamente cansada.

Apenas como. De hecho, hace semanas que directamente no me llevo nada para el mediodía. Me compro un blíster de pavo o similar y me como dos o tres rodajas, o cualquier casi aperitivo salado, tipo hojaldre con queso de cabra, enrejado de espinacas, y con eso paso el día. A veces, ni siquiera consigo comerme más de la mitad de lo que, como digo, por tamaño apenas es un tentempié.

No bebo agua y ni me doy cuenta. Me tomo un café antes de salir de casa. Un café que no es otra cosa que agua con algo de café, porque lo hago tan ligero que con echarle una nube de leche se aclara como si fuese leche con una nube de café. A veces, una galleta o mediadocena de copos de cereal integral. Muchas mañanas, ni eso. En el curro, entre las diez y las once, me preparo otro café (de la cafetera de cápsulas) y me dura mediamañana. Sobre las doce y media y casi más bien a la una del mediodía, un par de mandarinas, algún día un plátano, las menos una galleta de chocolate de la máquina. Mi comida fuerte del día es la cena, más cerca de las diez que de las nueve (aunque me sigo esforzando en que no sea así) y tampoco es eso, fuerte. Cosas a la plancha o verdura, normalmente. Algunos días me doy cuenta de que ni siquiera me he comido el yogur que suelo añadir para al menos tomar lácteos (el calcio y mi edad). Al llegar a la cena puedo llevar sin beber agua todo el día. Sí he pasado el invierno tomándome a diario medio brick de zumo de naranja o mandarina: digo que eso me ha evitado la gripe... Pero en un trabajo donde es imprescindible tener la garganta hidratada, no lo hago. No me apetece.

No pierdo peso. Es más, sigo engordando. Y estoy hinchada.
Esta semana, con la subida de las temperaturas, ha aumentado la sensación (y la realidad) de hinchazón. El jueves tenía los pies tan hinchados que cuando me quité los calcetines (de rejilla, sin apreturas) tenía marcado el relieve en la piel. Me duró toda la noche.
Me duelen las articulaciones. Se me duermen las manos. Cada día veo peor.

No tengo ganas de nada. Trabajo por mero impulso, por inercia y por mi exacerbado sentido de la responsabilidad. Y da igual lo que haga: nada es productivo.
El viernes, además, las cosas se complicaron más. Mucho más. Hasta el punto de que probablemente lo que quede de año cobre el sueldo fijo, sin comisiones ni incentivos. Todo por la pésima gestión de los responsables de esta empresa.

No me paso todo el día llorando porque ni pienso en ello. Pero si me paro...y pienso...me echo a llorar.

Le echo de menos. Mucho, muchísimo. Tengo asumido que no voy a volverle a ver, que no quiere saber nada de mí. Que ni me va a llamar ni va a atender mis llamadas. Lo tengo asumido, pero eso no quiere decir que entienda el porqué.

Gran parte de lo que me pasa no es nuevo, lo sé. Y por eso, porque lo sé, he confirmado que me hacía bien tenerle. Poder hablar con él, que la mayor parte de las veces no era sino escucharle al otro lado del teléfono. Poder verle de vez en cuando (sin ser consciente de ello, o igual sí, saber que iba a verle un rato una vez por semana, o cada diez días, era un aliciente para mi vida, una especie de tener algo con que ilusionarme).

Le echo de menos con el egoísmo de necesitarle. Y me duele terriblemente saber que, además, el origen de porqué cortó la comunicación es un problema de salud. El origen....o la excusa. Porque a estas alturas tengo claro que no me dijo qué pasaba porque no consideró que yo tuviese derecho alguno a saberlo. Y que sigo sin saber nada (un email hace mes y medio, dos respuestas a dos sms míos. Nada más) porque evidentemente no tiene la menor intención de retomar el contacto.

Ni siquiera quiero pensar en cómo me gustaba estar a su lado, acordarme de su cuerpo o recordarle dormido junto a mí. No quiero pensar en ello. Duele hasta dejarme sin aire.

Mi cuerpo (y mi mente, ésa a la que no hago caso) me mandan señales para que pare.

He estado toda la semana sin lavarme el pelo. Me justifico en que no he tenido tiempo. La realidad es que no tenía ganas. Me obligo a meterme en la ducha: total, tardo poco más de cinco minutos en ducharme y volver a estar seca y con algo de ropa encima. Algunas noches no consigo tener fuerzas para hacerlo. Coqueterías como hacerme la pedicura, depilarme...creo que hace meses que salieron de mis rutinas. Total, para qué. Nunca lo hice para alguien en concreto, nunca fui de las que se depilaban las piernas porque en mi entorno hubiese alguien a quien agradar o me pintara las uñas de los pies porque alguien fuese a verlo en pleno invierno. Lo hacía porque sí y lo hacía siempre. Ahora no encuentro ninguna razón.

Del estado de desorden de mi entorno ya ni hablo. Acumulo montañas de ropa lavada y pendiente de clasificar, montañas de ropa planchada y sin ordenar, montañas de ropa que me he puesto una vez y están entre la silla y el piecero de mi cama. Cuando necesito algo limpio, recurro a los montones de ropa planchada o retirada del tendedero. Me siento incapaz de sacar fuerzas y minutos para poder orden.

Hay papeles, tickets de compra que saco por puñados del bolso si tengo que buscar algo y que quedan sobre cualquier mesa. En el suelo de la cocina se acumulan frascos, conservas y otros alimentos que no necesitan frío; cartones para reciclar, bolsas de plástico hechas un nudo para emplear luego con otros fines. Hace dos o tres semanas compré un par de fuentes de cristal para mi nuevo minihorno, ése que compré hace un par de meses. Las fuentes siguen en el suelo dentro de la bolsa de plástico en que me las dieron. Friego los platos cuando tengo casi lleno el fregadero y se quedan, limpios, en la ora mitad de la pila. Y desde ahí inician el camino contrario: los voy cogiendo según los necesito, pasan al lado 'sucio' y el ciclo empieza de nuevo. Sin pasar por su sitio de orden: el mueble de los platos, el de los vasos y jarras, el cajón de los cubiertos...

Estoy siempre cansada.

Sólo quisiera dormir durante horas. Durante días. Dormir sin pensar. Sin los sueños/pesadilla que me acompañan.

Llevo entre diez y doce años sin ir al médico.
Nunca fui muy aficionada. Además, he comprobado que si estoy enferma, vengo a tardar lo mismo en sanar que quienes lo están, van al médico y toman medicamentos (que tampoco suelo tomarlos). Termino todos los años con el 'cupo de horas médicas' intacto. Treinta y cinco horas que le regalo a la empresa o a quien corresponda administrar estos temas.

El lunes..., quizá el martes, me acerqué por el Centro de Salud que me corresponde. A que me confirmasen qué doctor y a qué horario me corresponde. Quise cambiarlo a 'turno de tarde' cuando me confirmaron que sigue siendo de mañana. Me pusieron todas las pegas, les dije que no tenía prisa: total, más de diez años sin ir....
Tengo cita para el viernes que viene. Turno de mañana. Primer paciente del día.

Por unos segundos, algo hizo 'clik' dentro de mí y pedí la cita.
Espero no cancelarla.
Espero tener fuerzas para llegar al viernes.

martes, 3 de abril de 2018

Casi curada (pero no).

Cuando alguien que nunca está enfermo va y se pone malo, pues resulta muy llamativo.
O eso pienso cuando me pasa.

Y no, no es que nunca esté enferma (como se suele pensar), es que no se me nota. Cuando se me nota, es porque me quedo afónica (y poco más). En veintimuchos años de vida laboral, sólo he tenido una baja médica (en realidad, fue una baja para negociar la salida de una especie de empresa que realmente era una banda de estafadores. Era la única forma de que me reenviasen al paro) y dos días en que no fui a trabajar porque tenía una gripe tan tremenda que no me tenía en pie (literalmente). Al margen de esos dos momentos excepcionales, he ido a trabajar recién operada, con esguinces que me obligaban a dedicar diez minutos a algo tan simple como atravesar una calle y veinticinco metros (y que nunca me curaron del todo), con una infección en los ojos que realmente asustaba mirarme... Aparte gripes, ataques de alergia con sus afonías, crisis de ansiedad... No falto al trabajo. Y normalmente, apenas se me nota nada.

Y no, no es que vea mal que la gente falte al trabajo si está enferma. Es más, soy la primera que dice 'no sé qué haces viniendo así, vete a casa'. Pero..., pero yo no valgo para eso.
Es como si en mi más profundo 'yo' considerara que no tengo derecho a ponerme mala. Igual por eso hace tantos años que no voy al médico. Y no porque lleve tanto tiempo sin enfermar: es que no voy.

Así que estos dos días, en que tengo la garganta fatal (llena de heridas de toser, estornudar y de la propia alergia), toso de una forma angustiosa (me falta el aire) y por lo visto tengo los ojos vidriosos...pues constituyo un espectáculo. Y me dicen que porqué no voy al médico y esos tópicos, sí, pero creo que ya saben que no voy a hacer caso.

Ayer por la tarde volvía a tener fiebre. Cené pronto, me arrebujé en el sofá con la manta tras tomarme un poco de leche caliente con miel y un paracetamol, dormí sin sueños unas tres horas frente al televisor encendido y casi sin sonido antes de trasladarme a la cama. Esta tarde mi fiebre era tan poca que en cualquier otra persona el resultado del termómetro habría pasado por temperatura normal.

Sé que en tres o cuatro días ya estaré lo bastante recuperada como para que resulte creíble decir que 'ya estoy bien'. Aunque no lo esté.


Esta vez me ha pillado con las defensas más bajas, supongo, y por eso no he podido disimular.
Y es que el estado de ánimo influye. Y yo llevo muchos meses triste.
Y tantos días, tantas semanas ya, sin saber nada de él tampoco ayuda a hacerme mejorar.