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sábado, 15 de agosto de 2020

Quince de agosto de dos mil veinte.

Continúan pasando los días, las semanas y los meses de este año tan extraño.

Esta semana la he pasado teletrabajando. Esto es, sin salir de casa. Sólo he salido para bajar la basura (un par de veces) y  para comprar un par de cosas que ni siquiera necesitaba, otra tarde. Como excusas para salir. Y ni siquiera me apetecía.
Esta semana, ya terminado el ERTE, tenía que retomar mi jornada laboral normal. O sea, trabajar 35 horas a la semana. Creo que si alguien controla mis tiempos de conexión habrán sido unas diez más: a las diez de la mañana ya estoy conectada, ningún día me desconecto antes de las seis y pico. El miércoles me dieron casi las diez de la noche (paré a las seis y algo, me reconecté sobre las ocho, volví a desconectarme...y a las nueve y cuarto estaba cerrando una venta. De hecho, si me dieron esas horas fue por eso: tenía una venta por cerrar). 
Y el jueves estaba antes de las nueve de la mañana ya conectada de nuevo y por la misma razón: era el único horario a que me podía atender un cliente. Que luego no me atendió...pero ya consta que a esas horas estaba trabajando y no paré hasta pasadas las seis. Y lo peor es que no controlo...y ni paro en condiciones para comer... Y encima termino obsesionándome: ¿habré ido más veces al baño de las que creo? ¿cuando me levanté a por el café tardé más de diez minutos en volver a hacer la siguiente llamada?

Necesito volver a la normalidad laboral: ir a la oficina, entrar y salir a una hora normal, coincidir con gente. No me hago a trabajar en casa, y no me hago por lo contrario al resto de la gente: en vez de dispersarme y terminar no trabajando, me obsesiono...y termino agotada.
Porque así he terminado cada día de esta semana: agotada. 
Y sin dar más de cien pasos al día, porque no me muevo del sofá en horas.

Hoy he ido caminando hasta la estación de tren (tenía que comprar el abono de transporte mensual y tenía que ir al hípermercado). Y me he cansado muchísimo en lo que es un paseo cotidiano. 
Es absurdo. Yo, que siempre he dado largas caminatas...

Este año está siendo muy raro. Mucho.
Y muy complicado.

Y, tal como me pasa en el tema del teletrabajo (obsesionarme como si alguien me estuviese observando) creo que realmente aún no he procesado lo mucho que me está afectando. Lo mucho que me ha afectado el confinamiento, el pasar días y días sin ver a nadie, el desastre económico del ERTE (un sueldo que no llegaba ni al de supervivencia, que era poco más que lo que pago de alquiler), la previsión de que los meses que faltan tampoco van a ser mucho mejores... Van pasando los días, las semanas y los meses y no quiero pensar...

La semana que viene tengo un par de clientes muy a puntito de cerrar una venta y tengo que localizarlos. Localizarlos antes de que les dé por llamar, atienda algún compañero que ya haya vuelto de vacaciones esa llamada (un sinvergüenza que ha estado estas tres semanas fuera y que vendrá con ganas...de rapiñar) y mi trabajo no sirva para nada. También tengo preparados los datos, todos, de las cinco ventas que cerré en julio (una se desestimó por parte del cliente a los dos días, pero quedan cuatro) y que debo cobrar en la nómina de este mes, tengo el correo desviado a mi móvil personal por si tengo algo que atender...

Es sábado por la noche. Bueno, por la hora, ya es domingo. 
Estoy escribiendo esto en mi portátil personal, pero exactamente en el mismo sitio donde el resto de la semana preparo mi 'mesa de trabajo' para teletrabajar.
No desconecto. Igual debería instalarme en otro sitio para teletrabajar, para no mezclar las cosas. Para que no se me mezclen en la cabeza.

Año túrmix que mezcla las cosas en mi cerebro.

Quince de agosto. Hace 20 años firmé el contrato del piso donde vivo (bueno, es la fecha oficial..., hasta en eso soy rara: firmando oficialmente un contrato en un día festivo nacional...).

Oficialmente, desde el lunes estoy de vacaciones. 
Vacaciones en un año en que realmente he trabajado 3 meses y medio, en que de esos tres meses y medio he ido al lugar físico en que está mi puesto de trabajo tres semanas y varios días sueltos. Vacaciones que voy a pasar en el mismo sitio del que no salí en casi tres meses.

Sí, necesito desconectar. Lo que no sé es cómo ni cuándo...

martes, 4 de agosto de 2020

Insomnio y teletrabajo.

Lo bueno del teletrabajo es que si tienes insomnio resulta menos preocupante la idea de quedarse dormida al amanecer y llegar tarde al trabajo.

Esta idea se me ocurrió la noche pasada, cuando me desperté cerca de las tres de la mañana, sudando, en el sofá, me trasladé a la cama...y me desvelé. Y pasé tres horas, quizá más, dando vueltas en la cama entre breves periodos de sueño lleno de imágenes raras.

Pensé en levantarme, ir a por el portátil y escribir un rato. Luego sólo bastaba dejarlo a los pies de la cama. O incluso bajo ésta: a veces me olvido que la razón por la que el portátil tiene ese nombre es, precisamente, porque se puede trasladar de un lugar a otro. 
Pero casi me daba miedo desvelarme del todo. Así que intentaba quedarme quieta, cerrar los ojos y llamar al sueño.
Hasta me resistí a levantarme a por un vaso de agua...aunque me estaba deshidratando. Pero sí: recordé que tenía un vaso vacío sobre la cómoda y fui al baño a beber y regresé con él medio lleno a la cama, dejándolo en la mesilla. 

Calor. Y más calor. Y más vueltas en la cama.

Y recordar de pronto que me había quedado dormida en el sofá sin quitarme el rimmel. Y que llevaba puesta una pulsera de bolas gorditas, de plata. Y el pelo recogido en una coleta alta (suelo dormir con trenzas). 
Me había quedado dormida en el sofá por puro agotamiento, tras un día raro en que creo que tuve algo de fiebre (no llegó a los 37ºC, me puse dos veces el termómetro), en que llegué a tomarme un paracetamol (hacía semanas del último), en que me acompañó una sensación de nauseas desde primera hora de la mañana y me hizo tomarme un té de jengibre a media tarde. A poco antes de las tres, cuando me desperté, estaba sudando a chorros (esta mañana lavé funda y cojines del sofá. Aunque como bebo tanta agua ni siquiera el sudor tiene olor alguno. Pero..., lo bueno del calor sofocante es lo rápido que se seca cualquier tejido y, total, la lavadora tarda menos de una hora en hacer un lavado completo). Y en la cama, además del calor, me seguía doliendo el estómago, la pierna izquierda...

Y en algún momento pensé que lo bueno de teletrabajar es que daba igual si me quedaba dormida y no me levantaba a las nueve (que es mi hora habitual cuando trabajo en casa, para empezar a hacerlo en torno a las diez y media, tras ducharme, vestirme, peinarme, salir un rato a la terraza, desayunar...). 

Espero dormir un poco mejor esta noche. Mañana sí quiero acercarme por la oficina. 

Y, aunque esta semana siga pudiendo tener un horario un tanto libre y dé igual si me quedo dormida y no aparezco por allí hasta mediamañana, prefiero tener la sensación de que al menos soy capaz de controlar algo en mi vida.
Siquiera cosas así de simples: saber que me despertaré y levantaré a la hora que yo haya decidido.

sábado, 1 de agosto de 2020

01 de agosto.

El año sigue siendo tremendamente raro.
El mes de julio finalizó siendo tremendamente caluroso. Agosto ha empezado igual. Quizás esto sea lo único normal.

Ayer hubo despidos en la empresa en que trabajo. Se suponía que el ERTE servía, precisamente, para evitar los despidos. Que eso garantizaba a los trabajadores seis meses de contrato tras acabarse esa situación excepcional. Pero ayer despidieron gente. Estando aún en situación de ERTE, puesto que éste no se termina hasta el día seis o siete de este mes. 
No sé. Algo se me escapa.
Pero a mí no me han despedido. 

No sé qué criterios han aplicado, qué harían (o qué no harían) las tres compañeras de quienes sí han prescindido. Pero con esto he comprendido que pueden despedirme en cualquier momento. Cosa que, por supuesto, ya sabía: las empresas no son ong's, si no les das beneficios, no les interesas..., siempre ha sido así. Pero..., ya digo: hay algo que se me escapa en todo esto. 

Mi contrato se suscribió el dos de marzo, indefinido y con seis meses de prueba. Los seis meses terminan en septiembre, por lo tanto. Si fuese cierto que a partir de la finalización del ERTE no podían despedir a nadie en seis meses, tendría contrato garantizado hasta enero (y, por tanto, tiempo para poder demostrar mi valía. O mi no valía). Pero con esto..., ya no sé qué pensar. 

Mejor no pienso nada. Como llevo intentando hacer desde que esta anómala situación empezó, a mediados de marzo. 
Dejar que el tiempo pase. Dejar que las cosas lleguen a donde tengan que llegar.

El año 2020 pasará a la Historia por ser el más extraño, en todas y cada una de sus facetas, de los últimos tiempos. 
Pero el verano está siendo tan caluroso como los años de atrás, ésos que se consideraban 'años normales'.

sábado, 25 de julio de 2020

Sofocantes días de teletrabajo (y calor, mucho calor).

Sigue haciendo muchísimo calor. 
Sí, ya sé que es lo normal cuando se está en Madrid y es el mes de julio. Pero debe ser que se me olvida de un año a otro. O que cada año que pasa lo llevo peor.
Encima, en este año tan raro, no me hago a la idea de que ya estemos a mitad del verano. Cada día anochece unos segundos antes y eso es el mayor indicio de que el verano avanza. 

La mitad de los días teletrabajo. Esto es, me quedo a trabajar en casa (es que en mi caso lo de 'teletrabajar' como término para explicar que trabajo en casa es un poco absurdo, cuando mi trabajo está estrechamente ligado al teléfono. O sea, que voy a 'teletrabajar' tanto en casa como en la oficina. Pero eso es otro tema). Debería trabajar unas tres horas y media al día (estoy al 50% de jornada como resultado del ERTE), pero raro es el día en que son menos de cinco horas diarias. Y algunos días llego a las seis. Incluso cuando estaba al 30% y con trabajar 11 horas a la semana ya tenía cubierto el compromiso, llegaba a trabajar seis horas diarias...y casi con sentimiento de estar incumpliendo algo si me desconectaba antes de las seis de la tarde...conectándome antes de las 11 y parando a mediodía menos de una hora. 

La parte positiva es que cuando volvamos a jornada completa, supuestamente a partir del 07 de agosto, no me va a suponer ningún esfuerzo. O apenas ninguno.
También por eso sigo yendo a la oficina tres veces por semana. Para que cuando sea obligatorio me resulte menos complicado.

No madrugo. Me levanto a las ocho cuando voy a la oficina, me ducho, desayuno, me visto y arreglo mínimamente, salgo de casa sobre las nueve y media. Llego a la oficina sobre las once. Sin prisas. Si voy a trabajar en casa me levanto cerca de las nueve y el ritual es más o menos el mismo, conectándome antes de las once.  En la oficina estoy hasta las cuatro y media, cinco, sin parar para comer (total, estoy sola casi todo el tiempo. Me como alguna galleta o compro algún bollo que en vez de desayunar, me termino comiendo a mediodía). En casa paro de tres a cuatro, más o menos, y luego estoy hasta las cinco y media, seis de la tarde. En cualquier caso, muchas más horas de la debidas...y, curiosamente, echando cuentas cada día para estar segura de que no son menos de cuatro horas, o de diecisiete y media semanales.
Como si alguien me estuviese vigilando o controlando. Es un tanto absurdo, lo reconozco.

Y...

Y estoy escribiendo por actualizar el blog, pero con pocas ganas. Son más de las dos de la madrugada, ya domingo. Y hace mucho, pero mucho calor...
A  ver si la próxima semana tengo más ganas de escribir.
O hace menos calor.
Que lo dudo.

sábado, 11 de julio de 2020

Casi mediados de julio en este año tan extraño.

Calor. Casi mediados de julio.
Y avanza el verano con otra de esas semanas en que la vida es como dar vueltas en la rueda de hámster: agotarse sin llegar a ningún sitio. 

Calor sofocante, de los que cuesta respirar por el día y cuesta conciliar el sueño por las noches. En que se termina durmiendo por puro agotamiento. En que se pasa de la última ducha antes de meterse en la cama a la primera nada más levantarse..., y da igual: todo es calor. En que se buscan vestidos que sean apenas un trapo que se sujete en los hombros y cubra hasta las rodillas. 
Calor de julio en Madrid.

Anteayer cayó la primera gran tormenta. Apenas 15 minutos de lluvia torrencial que se tradujo en inundaciones en el municipio donde vivo. 15 minutos de lluvia y viento y, terminados éstos, arcoiris. Y mientras miraba el arcoiris, todo se secó. El suelo estaba como si no hubiera caído ni una sola gota: apenas otros 15 minutos para que todo se secara, para que las aceras sedientas absorbieran toda la lluvia. Vamos, que de no ser por la inundación (también evidente, llamativa, documentada por teléfonos móviles grabando y luego colgando las grabaciones en rrss y terminando en telediarios) resultaría difícil creerse que hubiera llovido tanto.

A ratos teletrabajo. A ratos trabajo en la oficina.
En realidad no son ratos, aunque la sensación que me deje sea ésa. Son días completos: los lunes y viernes me quedo en casa, los martes, miércoles y jueves voy a la oficina. Tendría que trabajar tres horas y media diarias (diecisiete y media a la semana, 50% de ERTE), pero dedicar otras tres horas y media de transporte, entre ir y venir, para estar allí tres horas y media...pues no me compensa. Así que estoy entre cinco y seis horas. Y en casa, igual. Por tanto, estoy haciendo casi la jornada completa...
¿Resultados? Ninguno. 


Algunos días paso horas completamente sola en la oficina. El jueves, de hecho, estuve conscientemente sola las dos o dos horas y media últimas (no sé cuando se iría el último de los compañeros: la oficina es enorme). Cierro yo y dejo las llaves al conserje. Antes, reviso que queden cerradas las ventanas, la puerta de salida a la gran terraza-ático, apago las luces y el aire acondicionado (con un interruptor se apagan las dos fases), recuerdo regar las plantas (cosa que, lógicamente, no es obligación de nadie..., pero qué lástima, si se secan los grandes photos que han sobrevivido a los dos meses de abandono, la kentia, el tronco de Brasil...). Uno de los pilares de la política de empresa es la confianza. Por eso alguien como yo, que apenas lleva dos meses allí, que apenas me conoce de vista nadie, puede abrir y cerrar la oficina.
Y me esfuerzo porque esto funcione, porque yo sea capaz de funcionar, porque quiero seguir en este proyecto cuando la normalidad (sea la que sea) llegue.

Calor. Semana complicada.

No he hablado con él en toda la semana. Pero eso ya empieza a ser rutina. Mejor dicho: eso también es rutina, desde hace mucho.
Pero, también, eso es otro tema. Y ahora no me apetece escribir sobre ello.

Sábado por la mañana. Hay instantes en los que parece que entra una ráfaga de brisa desde la calle, a través de la terraza abierta de par en par. En el suelo me espera el centro de planchado (de hecho, lleva ahí desde el lunes...semana que parecen ratitos sueltos), en el sofá, las sábanas para planchar; en el baúl del recibidor, unas toallas que quedarán mejor con un golpe de planchado. Luego volveré a más rutina: ir a comprar al híper sin olvidar la mascarilla, comer cualquier cosa a deshoras, preparar un litro de gazpacho para llevar mañana a mi madre, igual preparar arroz (¿con gambas? ¿con pollo? ¿con leche? no sé. De hecho, no sé si lo haré) para llevar también. Y seguir pasando el sábado hasta caer dormida en el sofá, por puro agotamiento, y seguir sumando ratitos en forma de días de esta semana de días largos y noches calurosas.

Casi mediados de julio en este año tan extraño.
Calor de mes de julio en Madrid. Calor que es lo único que se ajusta a la antigua normalidad.

jueves, 2 de julio de 2020

Agotador verano en Madrid.

El calor me mata.
Llevo toda la semana cayéndome por los rincones de puro cansancio. Y el caso es que me levanto (más o menos) bien, que voy al trabajo (más o menos) animada, que estoy allí más horas de las que debiera (total, si tardo más de hora y media en llegar, no es cosa de estar las dos horas y algo a que me obliga mi ERTE parcial: ya me quedo a ver si vendo algo)... Pero llego a casa agotada. Pero agotada sin remedio. Cayéndome por los rincones.
No puedo con el calor.

Estoy hinchada. No hago más que beber agua y, evidentemente, la retengo. Así que sumo a los kilos que ya tenía y a los ganados durante el confinamiento la retención de líquidos. Y creo que eso me hace sentir aún más cansada.

Tendría que escribir sobre más cosas, pero estoy tremendamente cansada.
Bienvenido, mes de julio. 
Verano en Madrid.

domingo, 14 de junio de 2020

Yendo hacia la normalidad.

Supongo que poco a poco las cosas irán volviendo a la normalidad.
No una 'nueva normalidad' (si es nueva, no es normalidad) sino a la normalidad de antes. O a algo que se le parezca y a lo que adaptarse. Aunque sé que me costará asumir el haber perdido más de dos meses de este año y no saber qué he hecho con ellos. Porque durante los meses de abril y mayo no he hecho absolutamente nada, pero nada, de provecho. 


Y probablemente no vuelva a tener tanto tiempo libre para hacer cosas de ésas que requieren tiempo. Tiempo que no te robe la calle, otras personas, el trabajo, las obligaciones. Tiempo como el que he tenido durante dos meses y en el que no he hecho nada. Entre otras cosas porque no era capaz de concentrarme. No he sido capaz de leer, de ver dvd de películas o series, de dibujar, de pintar, de hacer collares, de cualquier cosa medianamente creativa. No he hecho otra cosa que perder el tiempo, dejándolo pasar sin más.


El martes vuelvo a la oficina. No a tiempo completo (creo) porque la empresa mantendrá el erte todo el tiempo que pueda (cosa comprensible) y porque tampoco creo que decida trabajar por mi cuenta y riesgo con el horario normal. Mi idea es un de 11:00h a 17:o0h o similar...y ya iremos viendo. Y de momento tampoco todos los días: esta semana me he apuntado para ir el martes, miércoles y jueves. Y lunes-viernes teletrabajo.
Lo de 'apuntarme' es literal: nos han hecho llegar un excel común en el que anotar qué días pensamos ir. El viernes, cuando apagué el portátil, solo una compañera se había apuntado para toda la semana. Y otras tres personas (que no identifico por el nombre) para el miércoles. Y debemos ser unas cincuenta personas de trabajo presencial en esa oficina, así que veo que la gente tiene pocas  ganas de volver.


Yo tampoco las tendría si llevase más tiempo y controlase el producto, los ritmos, el enfoque... y mis resultados fuesen buenos. Qué mejor que poder trabajar desde casa, con calzado y ropa cómodas y el pelo atado con una cinta, sin tener que esperar transportes ni hacer trasbordos, pudiendo tomarte el café con calma y comer de cuchara y servilleta a mediodía... Pero necesito volver. Es más: necesito empezar de veras a trabajar, porque esta crisis me pilló cuando llevaba 4 días (literalmente) de trabajo en la empresa. Y de las siguientes tres semanas, hasta que decretaron que pasábamos al erte, una fue allí con otras cuatro personas (a veces, solo tres o incluso solo dos) y dos ya fueron en teletrabajo. Y así no hay manera...

Y también necesito la rutina de salir, de desayunar con prisas tras madrugar, de ponerme calzado de calle sabiendo que puede que no me lo quite en doce horas, de trenes y autobuses, de ver otras personas y ver el cielo y los árboles. 

Las cosas, poco a poco, irán volviendo a la normalidad.

E igual un día, en el futuro, me sorprendo preguntándome qué hice yo en abril y mayo de 2020...y tengo que hacer memoria para recordar que tuve que pasarlos encerrada y sin ganas ni ánimos para hacer nada.

lunes, 8 de junio de 2020

Principios de junio. Esas fechas en que el mundo suele empezar a acabárseme.

Tal día como ayer, hace un año, me despedían del trabajo. 
Tal día como hoy, hace dos años, me ingresaban en el hospital.

Un trabajo que se me daba bien y en el que casi todo el mundo me consideraba imprescindible e inamovible (yo no). Y en el que perfectamente podía haber terminado jubilándome.
Un ingreso hospitalario de urgencias porque mis análisis decían que me estaba muriendo. Aunque yo no lo sintiera así. 

Prácticamente llevo un año sin trabajar. Cosa totalmente inaudita en mi vida. Mis vacaciones más largas. Una breve experiencia a finales del año pasado, la firma de un contrato indefinido a principios de marzo, entrada en un erte la segunda semana de abril...
Todavía no saben qué tuve, pese a estar tres semanas ingresada con analíticas diarias, tras dos meses y pico de baja médica, tras más controles y analíticas rutinarias posteriores y tras una recaída de la que pasado mañana hará un año (aunque esta vez no necesité hospitalización).
No era la primera vez, ni la segunda..., ni la tercera en que el comienzo de junio ponía mi vida patas arriba. Mes de terminar cosas que creía más o menos estables, mes de empezar otras por sorpresa. 

Y este año..., no sé. Este año y en estos días estoy cansada. Cierto que ya mi erte está ya a tiempo parcial (oficialmente estoy a un 30% de contrato, extraoficialmente se supone que la empresa me pagará el 50% del sueldo que tengo en contrato, en la práctica estoy trabajando a jornada completa. Todo voluntario. Todo raro) y que también ha sido a principios de junio, el día 3, cuando cambió también esta situación que podía haberse alargado (también por compromiso y comunicación del sistema público de empleo) hasta principios de agosto. 
Teletrabajo. Y no me apaño. Y eso hace que trabaje más horas de las que debiera. Y me estreso. 

Y..., y hay más cosas. Pero está esa premisa de que cuando no se habla de algo, cuando algo no tiene nombre, ese algo no existe.

Principios de junio.

Hace 17 años, la noche del 08 al 09 de junio, soñé que se terminaba el mundo. Y que lo estaba viendo en directo. 
Al día siguiente parte de mi mundo empezó a terminarse.

Estoy cansada. Y no quiero, o quizá no puedo, asumir que también ahora parte de mi mundo se está desmoronando ante mí. A veintitantos kilómetros y un río de distancia.

sábado, 30 de mayo de 2020

Meses vacíos. Previsible futuro.

Se acaba mayo. Otro mes vacío. Otro mes que este año extraño e inesperado me ha quitado sin darme nada a cambio.

Las medidas de confinamiento se van suavizando. Aunque hay fijadas unas horas y unos horarios para poder salir a la calle, la verdad es que éstos son bastante flexibles: prácticamente se puede salir a cualquier hora del día, sin mucha más excusa que ir a comprar. El problema es que ya me he acostumbrado a estar en casa y puedo pasar días sin salir. Y sin ganas de hacerlo. Si necesito algo voy a comprarlo a cualquier tienda cerca de casa. Sólo salgo a comprar 'en serio' una vez por semana y en ese caso si elijo cualquier hipermercado más distanciado de casa. Pero la verdad es que podría esperar hasta quedarme sin provisiones y tampoco pasaría nada. No tengo esa necesidad casi física de salir a la calle que siempre he tenido.

No hago prácticamente nada en todo el día. Intendencia doméstica: limpiar, ordenar alguna cosa, poner una lavadora a la semana y planchar si viene al caso que alguna de las prendas lavadas necesita plancha. Poco más. No me concentro para leer, por ejemplo. No pongo música: si la radio está encendida es con la programación que toque en esa emisora. Dejo pasar los días, sin más pretensión que ésa: dejar que el tiempo pasa, imagino que esperando que al final todo vuelva a su lugar. 

No sé cuando podré volver al trabajo. Sí que esa 'vuelta al trabajo' será algo paulatino (primero, volver a estar dada de alta en la empresa durante el 30% de la jornada, aunque eso en la práctica conlleve trabajar jornada completa; luego pasar al 50%...aunque siga trabajando todo el día; finalmente volver a jornada completa, ya a principios de agosto...) y que pasará tiempo antes de volver al trabajo presencial en la oficina. Porque empezaremos por el 'teletrabajo' y éste podrá demorarse durante semanas...y hasta meses...
Y esa idea no me gusta. No es lo que quiero para mi vida. 
Pero sé que no es algo opcional. Es lo que habrá los próximos meses, en el mejor de los casos.

Igual también por esta evidencia de lo que será el futuro es por lo que me paso las horas casi vegetando. Como si algo en mí me pidiese descansar para estar preparada ante lo que serán los próximos meses: actividad para intentar recuperar la economía, pero sin que ello suponga una retribución acorde al trabajo realizado. Y también estar preparada para el aislamiento que supone el teletrabajo: todo el día en casa, sin otro contacto que el telefónico...
No me gusta esa perspectiva. Pero soy consciente de que ése va a ser el futuro post-confinamiento obligado. Más confinamiento.

Y por lo demás...

Me siento cansada. También físicamente. 
Y sola. Muy sola. Y cada día tengo más claro su falta de interés en mí. Su indisimulable falta de interés...

No me gusta ese futuro que me espera. No quería ese futuro para mi vida.