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viernes, 13 de enero de 2023

Angustia y vacío.

 Necesito ponerme a trabajar cuanto antes. O voy a terminar por volverme loca, definitivamente. 

No me acostumbro a la sensación de angustia que me produce la búsqueda de empleo. Mejor dicho: no exactamente la búsqueda de empleo, sino el hecho de responder ofertas en los portales de empleo...y que el CV pase al limbo de 'enviado', sin más movimientos. O ver que el sistema notifica que hay novedades en las candidaturas...y que éstas no sean otras que el hecho de que la empresa en cuestión haya entrado a gestionar currículum. Pero no el mío, que sigue en ese limbo de 'enviado'. 

Empecé a revisar ofertas-enviar currículum y carta de presentación el pasado lunes. Me habré suscrito a ¿ocho, diez ofertas? Puede ser. Dos me rechazaron  (es algo que molesta en un primer momento...pero que al menos es una respuesta, una reacción). En tres, mi currículum ha sido 'seleccionado para continuar en el proceso'. En dos de ellas, la empresa ha contactado: una llamada para breve entrevista telefónica y posterior confirmación de entrevista personal (la tendré el lunes), en el otro, email indicándome que si estoy interesada me llamarán en unos días para una entrevista personal, probablemente mediante video-conferencia. En realidad me da la sensación de que por un lado, en este segundo caso, seleccionaron mi CV al responder a la oferta y, por otro, me localizaron en el 'buscador interno de candidatos' y el correo que recibí fue en base a éste. No sé. El caso es que estoy en esa 'siguiente fase'...pero no he sabido nada más desde el martes.

Y en una tercera oferta, la más interesante en cuando a condiciones económicas, estoy en esa 'siguiente fase del proceso' pero no me han llamado ni escrito. Ni he sabido nada más al respecto.

Y la angustia me mata.

Paso horas sentada delante del portátil, revisando ofertas, filtrando por palabras clave. Buscando la ubicación de las empresas, descartando las que están demasiado lejos. Descartando también las jornadas parciales, las de horario de tarde, las que incluye trabajar los fines de semana. A veces me dan ganas de responder a alguna de ésas, a ver qué pasa. Luego me digo que mejor esperar unos días, tenerlo como 'plan b' por si no sale otra cosa. No quemar todos los cartuchos. 

No salgo. El lunes lo pasé en casa, sin salir para nada. El martes bajé un momento, por la tarde, a comprar algo de fruta (en realidad, salí para que me diese el aire). Ayer me acerqué a comprar medio pollo asado, del que tengo parte para prepararme mañana una ensalada. Hoy, un momento a por unos yogures, pan de molde integral, algo de verdura para preparar el puré del fin de semana. 

Salir y regresar enseguida. Yo, que se me caía la casa encima si no salía mañana y tarde. Que lo pasé tan mal, tan sumamente mal en el confinamiento. 

Me quedo en casa y no hago nada. Me obligo a vestirme, eso sí, porque la camiseta de dormir es para eso: dormir. O estar con ella casi hasta mediodía y volver a ponérmela antes de cenar cualquier cosa. Intentar marcar una cierta rutina.

No estoy bien. La excusa de mi malestar es la falta de empleo, justifico la sensación de angustia con la explicación de que solo me quedan dos meses de paro por cobrar. Pero es que no estoy bien, sin más. 

Muchas noches las paso casi enteras en el sofá. Otra situación ridícula. En vez de apagar la tele (que está puesta, pero a la que no presto la menor atención) e irme a la cama, me tumbo en el sofá, me arrebujo bajo una mantita (algunos días, ni eso), bajo mucho, mucho, el volumen del televisor...y me duermo en la primera pausa de publicidad de la teletienda, los programas de zapping, las promos de casinos, el comienzo del horóscopo... Y me despierto a las cuatro, a las cinco y media, casi a las siete. O casi a las ocho, hace unos días. Tras estar entre sueños, a veces con sensación de frío, con sed. 

Me acuesto en el sofá, frente al televisor. Como si tuviese miedo a meterme en la cama. Como si me diera miedo a dormir sola y el sonido del televisor me hiciese compañía. 

No sé en qué me estoy convirtiendo.

Me angustia la idea de no encontrar trabajo. No salgo de casa en días enteros. Me da miedo meterme en mi cama para dormir. No sé qué me pasa.

Al menos, sé que él está bien. Bueno, todo lo bien que pueda estar, todo lo bien que yo necesitaba saber que está. Que la operación salió bien. 

Sé que lo están cuidando. Y..., en fin. Se recuperará, porque lo están cuidando. Eso que yo nunca podré hacer. 

Imagino que poco a poco me fui haciendo a la idea de que la relación terminó, si es que en algún momento llegó a existir. Que ya no hay absolutamente nada y que, por puro instinto de supervivencia, no puedo seguir esperando, no puedo seguir creyendo que igual un día, si las cosas cambian, si las circunstancias son otras..., si, si, si... Han pasado doce años desde su primer noche conmigo, pero en realidad no ha pasado nada. No han pasado doce años porque nunca hubo nada por su parte. Esta evidencia dolió durante mucho tiempo, como si me acuchillaran con espadas ardiendo. Porque nada duele más que el desamor, el saber que no te quieren. Pero al final todas las heridas cicatrizan. Las cicatrices también duelen, escuecen, perciben los cambios de temperatura. Pero llega un momento en que ya no son heridas, ya no sangran. Y aprendemos a vivir con ellas, a maquillarlas para que no se vean, a contar excusas si alguien se da cuenta de su existencia. Y estoy en esa fase: no voy a dejar de quererle en lo que me quede de vida, pero sé que no hay un futuro común. 

Le están cuidando y mejorará. Y se quedará con quien, precisamente, esté cuidándolo. Yo nunca tuve esa oportunidad. Yo nunca pude ir a visitarle cuando estaba enfermo, porque a estas alturas ni siquiera sé dónde vive.

Y, obviamente, hace mucho que dejó de importarme no saberlo.

Quedé en escribirle, enviarle fotos, no sé. Tengo vídeos de navidad (que principalmente grabé para eso, para mandárselos y que viese algo de lo que ha ido pasando en el mundo). Pero aún no se los he enviado. Imagino que algo en mí me repite que, en realidad, a él le da exactamente igual recibirlos o no. Que seguramente le haría ilusión si viniesen de parte de otra persona, pero, siendo yo...

Se los enviaré, por supuesto. 

Pero sabiendo que aunque a mí sí me importase grabarlos para que él los vea, para él no tienen la menor importancia. Que serán unos más de los muchos que recibe. Como yo he sido una más de las muchas con quien ha pasado la noche a lo largo de su vida. Incluso a lo largo de estos años.

Porque, obviamente, hace mucho que en lo más profundo de mí misma dejé también de creer algunas razones o excusas.

No estoy bien, no me siento bien. 

Igual por eso algo me hace rechazar la idea de acostarme y dormir en mi cama. Porque siempre he sabido que moriría estando sola. 

E igual dormir en el sofá, con la tele sonando de fondo, es una forma extraña de estar acompañada y derrotar otra noche más a la muerte.

lunes, 9 de enero de 2023

Nueve de enero. Lejos de esa vida que no fue.

 Nueve de enero.
El primer día nueve y, casi a todos los efectos, el primer lunes laborable del año. 

Día laborable que empiezo desempleada, cuando llevo semanas pensando que sería, en el peor de los casos, el día en que comenzaría a trabajar de nuevo. Pero no ha sido así. Hace unos días también eso, esa casi segura incorporación, se canceló. 

O igual es verdad que, como me dijeron, simplemente se ha aplazado hasta finales de enero, principios de febrero. Pero yo lo doy por cancelado. Como cuando te dicen eso de 'ya te llamaremos', y que quiere decir que no les interesas y que no piensan contar contigo...

He pasado toda la mañana actualizando el currículum en los diferentes portales y páginas de búsqueda de empleo. Revisando ofertas, respondiendo a cuatro o cinco a priori medio interesantes. También me han llamado para una primera toma de contacto desde una de esas empresas de selección de personal, desde la que me enviaron una oferta por correo la pasada semana y a la que respondí por la misma vía hace un par de días. Nuevamente un 'ya contactará contigo la empresa, le pasamos tu currículum'. 

En otra oferta me han rechazado a los cinco minutos de recibir mi currículum. Otra me ha incluido entre quienes siguen en el proceso (y, paralelamente, me han contactado por email para ofrecerme...creo que exactamente lo mismo a lo que he respondido, pero como si quien me escribe no tuviese relación con quien publicó la oferta..., un poco raro).

Raro. Rara.
Todo es raro y yo me siento rara.

Se ha ido la luz antes de las diez de la noche. Otra situación extraña. No ha sido un corte de luz en plan apagón repentino, sino que paulatinamente y durante casi una hora se ha ido debilitando. En la cocina sólo se encendía uno de los fluorescentes; en mi dormitorio la lámpara emitía un resplandor amarillo y tenue. La lámpara de tulipa verde de la mesita auxiliar emitía una luz de vela. Todo parpadeaba...hasta que se ha apagado del todo.
Y así he estado más de una hora.
Lo más llamativo era el silencio absoluto del edificio. Uno de esos silencios que se dirían atronadores.
Hasta que la luz volvió de golpe, encendiendo bombillas, televisor, relojes digitales, conexión a internet.

Nueve de enero extraño.
Y lejano de aquel otro, aquel que me hace pensar que fue el inicio de tantas cosas, aquel en que yo era otra y esa otra era tan, tan prometedora, tenía tanta vida por delante...

Qué más da.
Vendrán otros días nueve y otros eneros y otros años.

Y espero que en todos ellos esté para seguir contándolo. Y añorando, sin querer añorar, esa vida que no fue. 

sábado, 22 de octubre de 2022

Todo es raro.

 Todo es raro.
Y yo no estoy bien. 
Tampoco puedo decir que estoy mal, enumerando síntomas. O al menos no son síntomas nuevos. No sé. Por eso mi primera frase es que 'todo es raro'. Porque miro a mi alrededor y todo parece normal, si. Pero si miro hacia atrás...las cosas no tienen sentido. Mi realidad no lo tiene, al menos. 

Busco trabajo. De forma organizada, quizá por primera vez en mi vida. O por segunda. O sea, no enviando currículum de manera casi compulsiva, contestando a cualquier oferta que medianamente se ajuste a lo que sé hacer. Aunque..., no sé, ¿en realidad en alguna ocasión busqué trabajo respondiendo compulsivamente anuncios? Tampoco estoy segura de si responder sí o responder no será verdad. 
Busco trabajo desde hace algo más de un mes. Poco más de un mes. Habré enviado respuesta a media docena de anuncios, o alguno más. En cuatro estoy en proceso de preselección: dos, como contestación a mi respuesta, otro con la indicación de que 'mi candidatura sigue en el proceso' (pero sin que nadie se haya puesto en contacto conmigo), en el cuatro caso localizaron mi CV en la base de datos de un portal de empleo y se diría que la reclutadora (de una empresa de selección, ajena a la empresa contratante) tiene algún tipo de interés en que me contraten. Vamos, que le interesa más que a mí, que casi decliné el ofrecimiento en la primera llamada...

En otras dos ofertas me han desestimado sin más. Y al menos en otro par, que recuerde, mi CV ha sido recibido...sin más.

Busco trabajo y empieza a ponerme muy nerviosa que no esté ya seleccionada para empezar cuanto antes. Falta de costumbre, sin duda. Y que, a lo tonto, casi llevo cuatro meses desempleada, lo que significa haber consumido algo más de tres meses de subsidio de desempleo, del total de ocho que generé en mi último empleo.

Me siento rara. 
Miro hacia atrás y no sé cómo ni porqué he llegado a esta situación laboral. Yo, que venía de una profesión sin paro. O, mejor dicho, que pertenecía a casi una élite dentro de una profesión con poco paro para quien quisiera de veras trabajar. Yo, que mis dos últimos trabajos han sido en empresas de ésas que parecen sólidas, de ésas en que si uno se implica puede ir encadenando años hasta llegar a jubilarse...
Dio igual mi implicación, evidentemente. Es más: no vale la pena implicarse. Se saca más no haciéndolo. Pero no, no escarmiento...

No me siento bien.
Curiosamente, se diría que mi cuerpo, o mi mente, están plenamente mentalizados para el momento en que encuentre un trabajo. A las siete de la mañana ya estoy despierta. Hace años que no tenía la posibilidad, el lujo, de quedarme remoloneando en la cama hasta la hora en que me diese la gana..., pero a las nueve ya estoy levantada. 
Algunos días, antes de las nueve ya estoy levantada: me levanto al baño y ni siquiera llego a entrar. Voy al salón y me siento en el brazo del sofá mirando hacia la calle. Sin más.
Y pongo la radio sobre las diez. Y enciendo el portátil, que algunas noches no llego a apagar. Y me dan las once, once y media, y aún no he desayunado. 

No hago nada de provecho. O siento que no lo hago. Y el 'pepito grillo' que tengo en algún rincón del cerebro me susurra y recrimina que tengo muchas, muchas cosas que hacer, mucha casa que recoger y ordenar, y que probablemente no voy a volver, en meses como mínimo, a tener tanto tiempo libre para poderme dedicar a eso. Pero pasan las horas, los días, las semanas...y no hago nada. O casi nada. 

Espero que esta semana me respondan de alguno de las dos empresas donde tengo más adelantado el proceso de selección (una tercera ya me ha dicho que no, por whatsapp. Sin sorpresas, por otra parte). Si no es así, sé que me voy a poner muy, muy nerviosa. Y que sí voy a empezar a enviar currículum de forma casi compulsiva. Y terminaré aceptando cualquier cosa, con tal de empezar a trabajar...

Todo es raro y no estoy bien. 
Y no solo laboralmente, y no solo de ánimos. 
Pero hay demasiadas cosas que no están donde deberían, donde desearía que estuviese. 
Y la sensación de llevar toda la vida perdiendo el tiempo, de no haber hecho nada a derechas. Y de que, al igual que en este octubre cada día anoche antes, cada día que pasa me queda menos tiempo por delante. Para todo. 
Lo que se va no vuelve. Y lo que no pasó cuando tocaba ya nunca pasará
.

lunes, 3 de febrero de 2020

Inseguidad.

Todo el día sin hacer nada. O prácticamente nada.

Tengo sueños raros. Luego se me olvidan, pero sé que son raros. Historias sin sentido. Recuerdo algo del de anteanoche, algo de la sala de espera de una consulta de tarot y un notario que también estaba esperando para que le echasen las cartas. Cosas así de absurdas y así de creíbles mientras se sueñan. 

Creo que sigo despertándome antes de las siete. También creo que no hay noche que no me quede dormida mientras veo la tele, a más de la una, y en que me traslade a la cama tras dormitar con la televisión de fondo. Anoche creo recordar que el reloj-proyector marcaba las 03:34 cuando pasé por el baño, antes de meterme en la cama. 

Reviso los portales de búsqueda de empleo. A veces encuentro algo medianamente pasable: jornada completa, sueldo de algo más de mil euros brutos al mes. Turno de tarde. Y pienso en enviar el currículum. Y luego recuerdo que no, que no quiero turnos de tarde (al menos de momento). Y sigo mirando...
Y me dan las doce sin desayunar. Y tengo que fregar la taza, que ayer quedó en el fregadero, antes de llenarla de agua, verter ésta en el depósito de la dolcegusto, sacar la cápsula del café de ayer y poner una entera, partir un trozo de pan integral de anteayer (pero que sigue blando, envuelto en su propia bolsa de papel y ésta en una de plástico) y tostarlo en la sartén mientras me tomo un poco de zumo de naranja natural. 
Y vuelvo al portátil con el café casi hirviendo y el pan tostado con un poco de mermelada de naranja amarga sobre una avellana de mantequilla que no debería tomar. Desayuno que termino a la hora de la comida.

Envío un par de currículum. El portal aprovecha para notificarme que una empresa a la que envié otro este viernes me ha rechazado sin siquiera leerlo.
Me desaniman esos detalles.

Y vuelvo a tener que recordarme que no voy a responder ofertas de turno de tarde. Y me vuelvo a recordar que aún tengo unos meses de poder cobrar el paro. Pero también recuerdo que éste se acaba y me angustio.
Angustia inútil.

Echo cuentas con los dedos. Tenía dieciséis meses de paro. Gasté casi cinco antes de ponerme a trabajar en noviembre: me quedaban once. Vuelvo a quedarme en paro a finales de noviembre. Pasan otros dos meses: me quedan nueve. Nueve justos. Tiempo suficiente para encontrar trabajo.
Supongo. 
No sé cuanto dinero he gastado en este tiempo. Imagino que más del que debería.
Tengo que controlar, también, ese tema.

Me siento inútil a ratos, muy inútil. 
Y a veces, fugazmente, me acuerdo que hoy debería haber empezado el trabajo que rechacé hace diez días. Un trabajo con un sueldo decente, en un lugar céntrico y bien comunicado, para hacer algo que sé hacer... Y lo que dije que no.
Y aún no sé realmente porqué. La excusa es que no quiero trabajar en horario de tarde-noche. Pero ni de que esa excusa sea una razón real estoy segura.

No me he quitado la camiseta de dormir en todo el día. Supongo que no me meteré en la cama con ella, sino que la cambiaré por otra. Aunque si me quedo dormida en el sofá...
Me siento horrible.

La semana pasada me lavé el pelo el jueves. 
Llevaba más de una semana sin lavármelo. Tampoco se me nota, creo. Lo llevo muy largo, por la cintura. Y al no ir a Madrid, al no viajar en metro ni estar horas en un recinto cerrado con aparatos de aire acondicionado, supongo que se me ensucia menos.

Algunos días no me ducho. ¿Para qué, si igual ni salgo de casa, si lo hago solo para comprar algo que recuerdo necesitar y no voy mucho más allá de una tienda a cien metros de casa?  
Estoy horrible. Estoy gorda como una foca. 

Sólo en otra ocasión, desde que tengo uso de razón, había estado más de una semana sin lavarme el pelo. Cuando estuve ingresada. En el segundo ingreso estuve casi dos semanas sin lavármelo. Me lo cepillaba bien para recogérmelo antes de la ducha diaria. Me lo volvía a cepillar y me hacía una trenza tras la ducha. Y volvía a trenzármelo antes dormir. No me lo quise lavar en todo ese tiempo porque me dolía la piel y me daba miedo que se me enredase tanto al mojarlo que no pudiese desenredármelo del puro dolor. 
Estuve casi dos semanas sin lavarme el pelo, pero tampoco me lo veía sucio. Ni nadie lo notaba así. Bastante llamativo era verme con la piel amarilla, con el blanco de los ojos amarillo...como para fijarse en mi pelo.

Lavármelo creo que fue lo primero que hice la noche en que volví a mi casa, tras conseguir que me dieran el alta.
Esta tarde, casi a las nueve, me he lavado bien el pelo. Ahora lo llevo recogido en una trenza. Casi me llega a la cintura incluso trenzado. Es lo único reseñable que he hecho en todo el día: darme aceite capilar de coco en el pelo este mediodía y trenzármelo. Lavármelo tarde. Volver a trenzármelo cuando ya estaba seco.

Me siento muy insegura.
En esos días no me sentía tan insegura como me siento hoy, como llevo varios días sintiéndome. 

Lunes. Ya martes. Y no he hecho nada en todo el día.

domingo, 27 de octubre de 2019

Miércoles de invierno, sábado veraniego. Otoño raro.

Semana rara. Muy rara.
Sin ganas ni de ponerme a escribir (más falta de ganas que de tiempo, lo admito). Muchas cosas pequeñas enlazadas y con lagunas en medio, pocas ganas de hacer nada. Hechos aislados que casi dan continuidad de rutina a lo que no lo es.
Últimamente tengo que pararme a pensar, cuando abro los ojos por las mañanas tras horas de sueños a rompicones, en qué día de la semana estoy. La falta de rutina laboral termina desembocando en cosas así de inquietantes.

Debería llevar dos semanas trabajando, pero tomé la decisión de no empezar (porque no lo veía nada claro y creo que no me equivoqué). Y eso ha conllevado seguir revisando durante largos ratos las página de ofertas de empleo, seleccionado, enviando algún currículum. Tengo 3 cosas 'pendientes' de respuesta por parte de las respectivas empresas, que ya me han entrevistado durante largos ratos (en uno de los casos, dos entrevistas en dos días distintos y espaciados; en el otro, una larguísima entrevista de tres horas con tres personas diferentes). Pero no me han dicho ni sí, ni no. Quiero pensar que porque, por las fechas en que estamos y considerando que esta semana hay un festivo (viernes) que antecede a un fin de semana, igual están esperando a eso, decirme algo con vistas a empezar el primer lunes de noviembre.
Aunque tampoco lo tengo claro al 100%, para qué negarlo.

Me siento cansada. Imagino que nunca volveré, tras mi enfermedad del año pasado, a estar igual, a estar como estaba antes de ese momento. 

El viernes pasado me pusieron la segunda dosis de la vacuna. Ayer tenía una sensación de sueño...que realmente tampoco quiero achacar a esa vacuna (aunque creo que cuando me pusieron la primera dosis, hace un mes, fue algo similar). Dentro de unos seis meses me pondrán el 'refuerzo' y ya quedaré inmunizada para algo que raramente podía pillar...pero que en caso de hacerlo directamente me mataría. Cosas raras.
Físicamente no me veo bien. Me siento hinchada (no sé si lo estoy). Creo que nunca me he visto tan fea. Me maquillo un poco para las entrevistas de trabajo: una crema con un poco de color (porque otra consecuencia de mi enfermedad del año pasado es que no he vuelto a recuperar mi blancura casi transparente. Nadie más lo nota, pero yo sí), rímmel, algo de perfilador en los párpados y carmín rojo. Me veo en algún espejo y parezco un payaso mal pintado. Tampoco soy capaz de hacer carrera de mi pelo, que ya llevo por la cintura, que debería cortar un poco...pero es como si perder algo, lo que sea, me pareciera una nueva derrota.

En esta semana rara me vuelve la sensación de estar dando vueltas sin llegar a ningún sitio, porque no hay ni meta ni destino al que llegar. 

Esta noche 'cambiaron la hora'. Ese proceso que se hace dos veces al año (marzo y octubre) buscando aprovechar mejor las horas de luz solar. Estos días atrás, como esporádicamente he madrugado algo para poder acudir a las entrevista de trabajo, he podido comprobar que casi eran las ocho cuando empezaba a amanecer. Y a las siete y media de la tarde, ayer mismo, ya era de noche. Hoy habrá amanecido sobre las siete de la mañana, pero empezará a anochecer a las seis y algo de la tarde.
Lo único que me gusta del verano es lo largos que son los días solares. 

Esta semana rara también lo ha sido climatológicamente hablando. El lunes refrescó y pronosticaban lluvia (no recuerdo que cayera ni una gota y a mediodía me sobraba la chaqueta de lana). El martes bajaron considerablemente las temperaturas. Tanto que, al llegar a casa por la tarde tras otra entrevista y ponerme cómoda con una de las camisetas grandes de algodón con las que duermo, tuve que buscar unos calcetines gordos y me puse sobre la camiseta un jersey viejo de algodón, porque estaba helada. Y sólo me apetecían bebidas calientes. Y el miércoles fue peor. Por la mañana, a primera hora, tenía otra entrevista (en el mismo polígono donde he trabajado los cuatro años y pico últimos. Y pude comprobar, de nuevo, cuan horrible es y qué poco me gustan los polígonos industriales). Lloviznaba y hacía frío. Subí andando, tras la entrevista, hacia el centro civilizado de la zona (la calle Alcalá de Madrid, en su tramo final) y seguí caminando algo más, calculo, de un kilómetro, para ver escaparates, tomar el desayuno en una cadena de cafeterías con establecimientos bonitos, comprar algo en un hipermercado, esas cosas, para finalmente coger otro bus hasta Atocha y de ahí, el tren hasta el municipio del sur de Madrid donde vivo...y descubrir al llegar que la casa estaba helada y yo tiritando en ella. Y acabar con el mismo jersey viejo sobre la ropa que llevaba...y sintiendo igualmente frío (yo, que no soy para nada friolera).
Por la tarde, a última hora, pusieron a funcionar la calefacción centralizada del edificio. Y esa noche ya dormí sin la sensación de estar escondida entre un montón de ropa descolocada....que es en lo que se había convertido mi cama: las sábanas de satén con la colcha de crochet y la sobrecolcha de algodón y una manta encima y... Dormí en un lío similar, pero al menos sin tiritar.
Imagino que, también, estaba destemplada.

Ayer sábado a las cinco, cinco y media de la tarde, vi en varios termómetros del centro de Madrid marcar más de 30ºC. El miércoles no habíamos pasado de los 11ºC en ningún momento del día. 

Sé que todo este relato está bastante deslavazado. Pero son casi las doce del mediodía de un domingo de octubre y me cuesta creer que ya hayamos llegado a estas alturas del año. Y mi reloj interior no se cree la hora que marca el reloj (me pasaré así varios días, me cuesta adaptarme al cambio de hora). Y voy soltando cosas y sensaciones, sentada en el sofá sobre un cojín y con otro a la espalda y con el portátil sobre las piernas y los pies apoyados en el borde de la mesa baja.

Al menos, él está ya mejor. Y eso también me hace sentir mejor a mí. Y..., no sé, imagino que ya escribiré sobre esto en otro momento.

Domingo. Último domingo de octubre. Cielo absolutamente azul. 
Final de semana rara. Y sin un destino claro en la que empieza mañana.

lunes, 14 de octubre de 2019

Ya lo pensaré mañana.

Muchas veces he dicho que puedo arrepentirme de haber hecho algo...pero no de no haberlo hecho. Igual porque identificamos el 'hacer' con el 'ver' el posible error.

Hoy he decidido 'no hacer algo'. Y no sé aún si me arrepentiré en el futuro. Futuro que puede ser mañana mismo, por otra parte. 
Una decisión de 'no hacer' algo totalmente ilógica. 

Pero me he dejado llevar por el instinto. Ése que no suele fallarme, también cuando he percibido que algo podía salir mal pero, como el sentido común me decía que 'había que hacerlo' no he hecho otra cosa. Y ha salido mal, claro. Y me he dicho lo de 'si tú ya lo sabías...'.
Estoy ligeramente confusa. O muy confusa, quizás, aunque aún no me ha dado cuenta de valorarlo todo en su justa medida. 

Pero..., hecho está. E igual esta noche duermo algo mejor (porque llevo toda la semana dándole vueltas a lo mismo. Al 'lo hago o no'). O duermo igual de mal, porque en algún momento me atormenta la decisión, me digo que soy imbécil dejándome llevar por el mero instinto...tal como están las cosas de mal...
No sé. 

Como dijo Scarlett O'Hara, mañana será otro día. Ya lo pensaré mañana.

lunes, 7 de octubre de 2019

Siete de octubre.

Día raro.
Cuatro meses justos sin trabajar. 

Entrevista en algo que reúne las condiciones económicas (más o menos) que busco. E incluso que no está muy mal comunicado (aunque el emplazamiento sea horroroso).
He acudido a la entrevista con mucho tiempo, pero mucho. Y he conseguido perderme (yo, que tengo un sentido de la orientación tal que encontraría cualquier sitio en Madrid hasta con los ojos vendados). El bus me ha dejado a lo que calculaba diez minutos de paseo...y he conseguido tardar una hora. Y porque me han ido casi guiando por teléfono...que sino igual todavía estoy dando vueltas por el polígono.
No sé. Igual algo en mí no quería ir.

La entrevista, dos horas después de lo previsto y de otra hora de duración, también ha sido rara.
O igual la que se siente rara y lo ve todo así soy yo.

Me siento cansada y desanimada. 

Seguramente me citarán para la tercera entrevista (la primera, al parecer, fue la llamada en que me citaron tras recibir mi currículum un par de horas antes). Pero...simplemente que no me hayan llamado ya esta misma tarde (que era una posibilidad) o que no me hayan confirmado directamente en la propia entrevista que contaban conmigo...me ha ido desanimando en el transcurso de la tarde.
Y eso que digo que tampoco es algo que me entusiasme ni que me emocione. Y que, al tratarse de un trabajo cuya continuidad tras la contratación está basado en los buenos resultados comerciales, me consta que puede ser algo muy provisional. O sea, que no sería el trabajo de mi vida en ningún caso.

Me siento rara y cansada y desanimada.

Mañana a mediamañana tengo otra entrevista en el centro de Madrid. A través de una ett. Aquí no he sido yo quien ha contestado a la oferta: me han citado directamente tras localizar mi CV en su base de datos. Aunque ya sé qué son este tipo de cosas: a las seleccionadoras de personal también les pagan por organizar dinámicas de grupo y hay que rellenarlas. 

Éste está siendo el periodo de búsqueda de empleo más extraño que recuerdo. Y más solitario.

jueves, 3 de octubre de 2019

Montaña rusa emocio-laboral.

Días raros. De montaña rusa emocional, días que me dejan agotada.

Empecé a enviar curriculum. Lo estaba aplazando y aplazando, dándome excusas, diciendo que qué prisa tenía. 

Lo que primero pensé que empezaría a hacer a finales de agosto lo aplacé unos días con la excusa de mi cita en el hospital (y porque pensé que me podrían llamar en cualquier momento para una prueba que no pudieron hacerme a mediados de agosto): no era de recibo que encontrase un trabajo y a los dos días pedir permiso para ir al médico. Lo volví a aplazar porque tenían que vacunarme...y no sé porqué pensé que sería una cita programada y que sería por las mañanas, como las analíticas (y no, fue la enfermera y, por tanto, por la tarde). Pensé que dejarlo para la última semana de septiembre podía traducirse en empezar a trabajar con el comienzo de octubre...y aún así, volví a aplazarlo...

Hasta que el martes, día 01, envié el primer currículum. Respuesta a una de esas ofertas que determinada empresa publicaba a diario (y de la que yo recibía notificación cada mañana, por tanto). Lo envié por la tarde...y me fui de compras.
El miércoles, ayer, me llegó la notificación de que la empresa 'había desestimado mi candidatura'.
Y eso me estresó. Directamente. Me entró el miedo. La semana pasada una ett rehusa mi candidatura. Esta semana vuelvo a responder a otra oferta...y lo mismo. ¿Y si no encuentro trabajo? ¿Y si agoto el paro y, al tiempo, mis ahorros? ¿Y si...?

Y me puse a mirar ofertas. Y envié tres respuestas (dos a una misma empresa) y una candidatura espontánea a otra (creo que porque revisando a qué ofertas respondí hace más de 4 años, porque el histórico de los portales de empleo te lo van guardando, vi que una había sido a esa empresa). Redacté un correo y adjunté el CV como archivo. Y seguí mirando...

La primera respuesta fue apenas media hora más tarde y mediante llamada telefónica. Una propuesta ni mala ni buena y sobre la que amplié toda la información posible en la propia llamada. Me citaban para una entrevista para el día siguiente (hoy) dando por hecho que me incorporaría a la formación de manera inmediata y que aceptaría el trabajo. Intenté aplazar la entrevista, pero no podía ser. Así que quedé en pasarme hoy a las diez de la mañana para que me conocieran y conocerles.
La segunda respuesta fue a primera hora de la tarde. La empresa de la candidatura espontánea. La responsable de rrhh estaba entusiasmada con mi currículum. Y me querían conocer cuanto antes. Le expliqué mi entrevista ya prevista...y directamente me dijo que si no pensaba valorar nada más (conocerles a ellos, claro). Pregunté por las condiciones económicas...y eran mucho mejores. Aún así, no les dije nada de forma categórica: ya me había comprometido a asistir a una entrevista y eso sí que no lo iba a aplazar. 
En el transcurso de la tarde hubo otra llamada 'perdida' (para confirmarme la entrevista con la persona responsable del proyecto, al parecer) y mis intentos de hablar con ellos (fallidos: siempre comunicaban). Un correo citándome para una entrevista para la tarde del día de hoy. Mi respuesta indicando que, en principio, habíamos hablado de la mañana del viernes...
Y otra llamada perdida más, que supuse podría ser respuesta a otro currículum (más que nada porque en el portal de empleo mi inscripción aparecía como 'sigue en el proceso de selección').

O sea: tres de cuatro. Que en realidad eran cuatro de cinco, porque en la empresa donde me habían citado para la entrevista del jueves a primera hora aparecía como pre-seleccionada en dos ofertas...
La cuarta, o quinta, desestimó mi candidatura. Sin sorpresas, por otra parte.

Y todo esto, aunque no significaba nada práctico (simplemente me habían citado para dos entrevistas y, además, seguía en dos procesos adicionales) me produjo una especie de subidón anímico...y, al mismo tiempo, en más miedo.
Incertidumbre. La de pensar que igual me estaba precipitando. La de si desestimar una oferta podría significar estarme equivocando (porque luego tampoco me contratasen en la otra). 
Miedo. Y un poco 'síndrome del impostor' (el que me asalta a veces cuando me demuestran tener expectativas en mí, aun sin conocerme).
He dormido fatal. A las seis y media ya estaba despierta (aunque no tenía prisa hasta más de las ocho) y ya no me he vuelto a dormir.

Por resumir: la entrevista ha salido perfectamente. Contaban conmigo. Les he dicho que no.
La otra entrevista la tengo el lunes a mediodía: me lo han confirmado mediante email (intentaron hablar conmigo, pero yo estaba con otra llamada).
Esa otra llamada era de la empresa que tenía mi CV 'en proceso de selección': me llamaban para citarme para otra entrevista, aunque no para la ubicación física que aparecía en el anuncio. He desestimado la propuesta.
Y....
Y aunque objetivamente no he hecho nada, estoy agotada.
Montaña rusa emocional. 

Igual me he equivocado. Probablemente la entrevista del lunes sea un desastre (no las tengo todas conmigo, no es para un empleo que me entusiasme), pero me digo que, al menos, he comprobado que sigo en el mercado laboral.
Que ya es algo.

martes, 24 de septiembre de 2019

Verano vacío y mente desordenada.

Desanimada. Rara. Quizá hasta algo deprimida.
Llevo casi 4 meses sin trabajar. El verano se me ha pasado volando: sólo recuerdo de él que ha hecho calor, mucho calor. Pero pocos recuerdos más.

Anochece cada día antes. Son poco más de las ocho de la tarde y sé que en menos de media hora será de noche. Es lo que tienen los equinoccios: amanece y anochece casi de golpe. 

El entorno se me empieza a desordenar. Tengo la impresora ahí, a mis pies, desde el sábado. Dándome excusas para recogerla o no. En realidad tampoco me supondría un gran trastorno tener que ir a buscarla si me hiciese falta para imprimir algo..., es simple dejadez. Por eso digo que me invento excusas.
Pasaría el día entero en camiseta de dormir. Me cambio de ropa casi obligada porque casi obligada bajo a comprar alguna cosa que necesito (y sin la que perfectamente podría estar, dicho sea de paso). Y vuelvo a ponerme cualquier camiseta cómoda en cuanto vuelvo a casa.
Hoy ni he hecho la cama. Supongo que al menos la estiraré antes de acostarme (no me gustan las sábanas arrugadas, bueno, salvo que el motivo sea..., qué más da. Hoy no son ese motivo), pero ni de eso estoy segura.

A las cuatro y media de la tarde he decidido que debería comer algo sensato (aunque ya me había calmado el hambre...o el aburrimiento, media bolsa de patatas fritas con aceite de oliva). No sé porqué me ha apetecido sopa (ayer me apeteció lo mismo para cenar, aunque tenía brochetas de pollo) y para que no fuese con arroz, como la de anoche, he optado por los fideos. Y ha sido mi excusa para bajar a la calle: comprar fideos. Y, de paso, una botella de zumo de naranja, que se me acabó esta mañana. Y algo de carne de pavo, con fecha de caducidad para la semana que viene. Y una hamburguesa de ternera con fecha de caducidad de mañana, de ésas que venden rebajadas por esa razón.
Y a las seis menos diez estaba esperando a que se enfriase la sopa y eran casi las siete cuando estaba con la hamburguesa, que he dado una segunda vuelta en la parrilla al comprobar que estaba demasiado cruda en la primera vuelta, en algo que ya no sé si es comer, merendar, cenar o qué.

Desbarajuste alimenticio. Y de todo lo demás.

Ayer me decidí a responder una oferta de empleo. Reunía los teóricos requisitos, la encontré a mediodía y no respondí hasta la tarde, tras volver de mi paseo/excusa para hacer alguna compra diaria. 

Anoche vi que confirmaban la recepción de mi currículum. 
Esta mañana me confirmaron que desestimaban mi currículum.

Y he comprobado que esas cosas, esos pequeños detalles, me desaniman. 

Ni siquiera era una buena oferta: contrato de 3 meses por ett, sueldo normal, horario normal, centro de Madrid (creo que eso es lo que de veras me decidió). Pero ese 'no' me baja la moral. Y me recuerda que probablemente eso va a ser lo normal los próximos días, las próximas semanas...porque tengo que empezar a buscar trabajo en serio.

Tanto ayer como hoy he estado enredando en los portales de ofertas de empleo. Nada demasiado atractivo. Me he suscrito a un par de ofertas en dos portales diferentes, pero reconozco que con pocas esperanzas.
Hay otra oferta de una empresa a la que no he respondido...pero supongo que sería una candidata válida. Comercialización y gestión de contratación telefónica de seguros. Hace 5 años ya trabajé para ellos, aunque con otra empresa como intermediarios entre ellos y mi contrato. Imagino que el viernes me decidiré y responderé. 
Me da miedo a que ni esa empresa acepte mi candidatura. Creo que hoy he sido consciente de ello. 

En cambio, otra empresa ha contactado conmigo de forma proactiva para ofrecerme trabajo...y casi lo he desestimado. Primero, porque he deducido que era sólo un trabajo a comisión (y en base a eso les he respondido). Y luego, cuando han vuelto a escribirme para explicar que no, que hay un sueldo fijo mínimo garantizado...porque me he molestado en buscarles en internet y he visto lo exageradamente lejos que están ubicados. En el mismo polígono industrial donde estaba la empresa donde he trabajado los últimos cuatro años y pico, pero aún más retirados de metro o buses. 

Y..., no sé. No sé lo que quiero.

No he cerrado completamente esa puerta. Pero me da miedo a terminar en cualquier trabajo de mierda...simplemente para quitarme el otro miedo. El miedo conocido, pánico, a no encontrar trabajo. Aún teniendo por delante un año completo de subsidio de desempleo por cobrar...me da miedo que el tiempo empiece a pasar a toda velocidad y yo no encuentre nada. 
La lógica me dice que eso no va a ser así...pero yo no puedo evitar sentir ese miedo. 

Quiero volverme a repetir en plan mantra que 'todo va a salir bien', para creérmelo de nuevo, para pensar que va a ser así, que voy a encontrar un buen trabajo que además me guste y donde me encuentre agusto y esté bien pagado. 
Pero lo único que tengo es, de nuevo, la mesa desordenada, la cama sin hacer, platos y vasos y cubiertos y cacerolas sin fregar en la cocina (aunque no estén sucios, porque enjuago siempre las cosas), el pelo sin peinar y la mente tan desordenada como el entorno.

Verano vacío. Otoño en que necesito que me pasen cosas e ir rellenando la agenda que, también, ocupa un sitio en el caos de la mesa. 

domingo, 15 de septiembre de 2019

Pero llueve.

Rara. Es así como me siento.
Debería estar ya trabajando. O, al menos, en pleno proceso de búsqueda activa de empleo (enviar CV's, presentarme o no a entrevistas, estar en algún proceso de selección o algún paripé de ésos que llaman 'formación selectiva y no remunerada'). Y no estoy haciendo nada de eso.
Y lo peor es que me da la sensación de que me estoy acostumbrando a esa inactividad. 

Limpio en casa (sin obsesiones, he de confesar). Salgo a comprar cosas básicas. Voy a comprar cosas que igual no lo son tanto (me temo que estoy gastando mucho más de lo que debiera...porque no debo. El 'paro' que me ha quedado me da para pagar los gastos más elementales del mes: alquiler, luz, teléfono, transporte, alimentación básica..., pero yo estoy comprando también cosméticos, cosas para la casa, algo de ropa... y no debo). Paso en internet más tiempo del habitual. Veo la tele..., bueno, en realidad la tengo puesta aunque le haga el caso habitual (poco y a cosas concretas). Apenas trato con nadie. Hay días que no sé si intercambiaré media docena de frases...y si no salgo a comprar, ni eso. Poco a poco se me van quitando ganas hasta de hablar por teléfono. Del guasap y esas cosas paso olímpicamente.


No duermo bien y tengo sueños raros. Ni siquiera son pesadillas: son sueños raros, entrecortados. Algunas mañanas me despierto recordando que en algún momento he mantenido en sueños conversaciones que debería tener en el mundo real. O, mejor dicho, sueño con conversaciones que me gustaría mantener en el mundo real, con personas que conozco. Con personas que han pertenecido a mi entorno laboral, en algunos casos.

Me siento extrañamente cansada. Las analíticas no dan nada raro (bueno, es que son muy específicas y tampoco se centran en cosas como las vitaminas o el colesterol o..., yo qué sé). Cada día veo peor. Recurro a gafas de ésas casi 'de juguete' (bueno, en realidad sí que tienen graduación) porque me da pereza ir a una óptica y empezar con el proceso normal de graduación de la vista. Que es raro llegar a mi edad sin necesitar gafas...y yo no las llevo. Aunque sé que las necesito: las pantallas me han destrozado la vista, directamente. 

Me apetece mucho verle. Mucho. Aunque hace apenas 15 días que estuve con él. Apenas 15 días... Me resulta curiosa la relatividad de esa distancia. Que me parece poca cuando sé que he pasado meses, muchos, sin verle. Que me parece enorme cuando recuerdo que hubo un tiempo en que nos veíamos tan a menudo. Incluso que en sus inicios nos veíamos a diario, cada día laborable.
Da igual.
Sé que a mí me apetece verle. Sé que no es una apetencia mutua ni recíproca. Y ya está.

Llueve. Afortunadamente, llueve. El verano ha sido al mismo tiempo muy largo (porque ha hecho muchísimo calor) y muy corto, porque no tengo apenas recuerdos para identificarlo.
No hago nada de provecho. Dejo pasar los días y cada vez tengo menos ganas de hacer nada.
Pero llueve. Y eso, al menos eso, está bien y está en su sitio.

martes, 25 de noviembre de 2014

Día raro.

Día raro.
La verdad es que no siento el menor atisbo de 'Síndrome de Estocolmo'. O sea, que no echo de menos nada, pero que nada nada, la rutina laboral. Cierto que esta noche me he despertado a las horas habituales, que antes de las ocho ya estaba esperando el ruidito que hace el despertador cuando lo tengo apagado para que no suene la alarma (que es a las ocho) pero también el domingo estaba entresueños esperando ese ruidito..., y a las ocho en punto suena la música que anuncia que el móvil se activa solo... Y me hubiese gustado no escuchar esos sonidos y estar profundamente dormida...porque tengo falta de sueño. Pero a pesar de todo eso, no, no he tenido ni un instante de nostalgia laboral.
Soy perfectamente consciente de la situación: no estoy de vacaciones. Estoy en paro. Desde hoy mismo corren los cuatro meses...o el mes, que aún no lo sé, que tengo por cobrar de subsidio de desempleo (espero que sean cuatro meses, aun sabiendo que la cantidad mensual a cobrar será ridícula). Tengo que empezar a buscar ya mismo. Hay poco y malo (he echado un vistazo a los infotrabajos de rigor). Sé también que mi edad es un hándicap. Soy plenamente consciente de todo esto..., pero quiero ser optimista. Algo saldrá. Algo bueno tiene que salir.

Día raro. Me he levantado a las nueve y pico. He preparado el café y las tostadas sin prisa alguna, tras salir un rato a la terraza y no hacer nada, tras vaciar el recipiente que recoge el agua que no deja de perder uno de mis radiadores, tras pasar un rato sin encender la radio, sin poner en marcha el móvil, mirando la pantalla apagada del portátil. Descansando o queriendo no pensar o..., o no lo sé.
A mediamañana me he acercado al Inem a activar mi inscripción como 'demandante de empleo'. Es uno de los trámites imprescindibles antes de volver a solicitar las prestaciones. En una localidad con más de doscientos mil habitantes, con cinco días hábiles a la semana, con cinco horas para hacer este tipo de gestiones, con media docena de caminos para llegar al edificio donde están las dependencias del Inem, con tres puertas de entrada/salida al recinto y dos puertas de entrada al propio edificio... ¿qué probabilidades habría de encontrarme con la única excompañera a quien han despedido en esta última 'limpieza' en mi ex-empresa? Pocas. Bueno: pues me la he encontrado. Hemos coincidido cruzando el último paso de cebra, yo volviendo, ella yendo... Me ha hecho gracia. Porque cuando un rato antes he cruzado el mismo paso de cebra en dirección contraria, me he acordado de ella. Y me he dicho: 'pues como tengo que volver, a ver si le mando un guasap por si no ha venido aun o como vive cerca, a ver si le apetece que quedemos para desayunar'.
Seguro que si me lo propongo, no conseguimos quedar. Casualidades, telepatía..., cosas de noviembre.

Día de mucho guasap, de mensajes privados por feisbuk. Por lo visto, mi despido (o 'no renovación', como insistían quienes me dieron la noticia) ha sido una enorme sorpresa entre quienes han coincidido conmigo. Al parecer yo era la única que daba por hecho esta 'no renovación': para el resto del personal que me despidieran a mí era algo completamente impensable...
Nunca he trabajado en un sitio un periodo tan largo (porque ha sido un año justo) teniendo tan poco trato con mis compañeros. Y no por decisión propia, sino por culpa de la propia empresa: horarios donde era imposible coincidir, absoluta ausencia de descansos o pausas en que hacerlo, horarios salvajes en que nunca sabíamos a qué hora íbamos a salir... Por no haber, no había ni aseos en condiciones, esos sitios donde también se coincide con la gente mientras te peinas, te lavas los dientes tras la merienda o simplemente te paras un momento porque eso, coincides con gente. Pues ni eso. El trato ha sido poco. Cordial, pero poco. Sí: algún café, media hora haciendo tiempo a que diese la hora de volver a entrar, algún brevísimo intercambio de palabras entre llamada y llamada al cabo de los meses y si no había ningún controlador responsable cerca.
Me ha sorprendido que mi despido haya sido una sorpresa, de verdad.

Día raro en que poder preparar comida 'de verdad' y comer sentada con plato, cubierto y vaso de agua, y casi a la hora normal de comer (bueno, ha sido a más de las tres) se convierte en una novedad. Por poco habitual y desde hace tanto tiempo.

No, no siento la menor nostalgia. De hecho, casi me cuesta creer que haya estado allí un año, un largo año completo, con sus cuatro estaciones, su periodo navideño, su semanasanta, su llegada de la primavera y su cruzar el verano. Que haya pasado allí el mismo tiempo que estuve en mi anterior experiencia laboral (la prestigiosa editorial jurídica), los dos periodos idénticos en la Empresita Naranja, tres meses más que lo que fue mi paso por el zulo céntrico y bien comunicado... Un año.
Todavía no soy capaz de encontrar nada realmente bueno, nada positivo de veras, que me haya aportado esta experiencia laboral, la verdad.
Aunque sé que daré con ello. Igual que sé que con el paso de los días seguro que soy más y más consciente de que en realidad esto no es sino otro desastre en mi vida..., otro agujero del que debo salir a toda prisa.
Pero hoy simplemente veo el presente más inmediato. El de este día raro en que diluvia en la calle, tormenta de verano en pleno noviembre.
Ya pensaré en todo lo demás mañana. O no.