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jueves, 7 de agosto de 2025

Ese músculo que dicen que no duele

 Supongo que es algo que tiene nombre, aunque yo no quiera encontrárselo.

sábado, 24 de mayo de 2025

Inútil y prescindible.

 Intento escribir.

Muchos días me lo propongo. De verdad. Decido que de hoy no pasa, que siquiera unas letras, unas líneas. Pero...

Pero al final me puede el cansancio. El portátil tarda en arrancar, a veces se bloquea o se pone a actualizar. Y espero. Y me tumbo mientras se estabiliza. Y...

Y pasan los días.

Estoy muy cansada. Sigo muy cansada.

Los resultados de mi última analítica dicen que estoy sana. Pero yo no me encuentro bien. Estoy siempre cansada, tengo sueño e insomnio a la vez. Me duelen las articulaciones. A veces me cuesta respirar. 

No tengo ganas de hacer nada. Nada en absoluto. 

Por mi vagaría entre la cama y el sofá.

Me repito que tengo que ordenar el salón, la cocina, el dormitorio. Que lo haré la próxima tarde libre, que ahora los días son más largos y claro que puedo dedicar un ratito antes de la cena... Que siquiera doblar y guardar la ropa, traerme al sofá una bolsa grande de basura y empezar a tirar sin miramientos casi todo lo que tengo sobre la mesa, las mesas. 

Pero no hago nada.

Tengo sobre las sillas jerséis lavados hace semanas. Las chaquetas/abrigo de todo el invierno. Simplemente debo cogerlo y llevarlo al dormitorio.

Pero no lo hago. 

Compro cosas que no necesito y además lo sé, que no las necesito. Unos vasos, unas cajas de plástico para ordenar cosas, pintauñas que ni estreno. No son cosas caras, pero no las necesito. Son gastos inútiles en cosas prescindibles.

Me siento así: inútil y prescindible.

Aunque, al menos, he sido capaz de escribir estas líneas sin sentido ni interés.

sábado, 8 de marzo de 2025

Acumular cosas. Faltarme ganas.

 Todos los finales de mes planifico que, para cuando comience el próximo, haré tales o cuales cosas.

O casi debería decir que todos los meses aplazo las cosas, lo dejo 'para el próximo mes, para empezar de una forma organizada'.

Luego me doy cuenta de que ya empezó el nuevo mes, de que han pasado varios días y no ha cambiado nada porque no he hecho nada por cambiar. Y es que ni me he dado cuenta, realmente, de que van pasando los días.

Entre semana no tengo tiempo para hacer absolutamente nada. Nada de lo que quisiera, nada de lo que debiera.

El despertador suena entre las siete y media y las ocho menos cuarto. Remoloneo en la cama hasta las ocho, a veces diez minutos menos, a veces cinco minutos más. Rutina de aseo, de vestirme con la ropa que dejé preparada la noche anterior. Hidratante en la cara, rímel en las pestañas, sombra oscura en los párpados, un toque de colorete. Café con leche que caliento en el microondas, dos galletas, todo de pie en la cocina al mismo tiempo que saco del frigorífico el sandwich para el mediodía. A veces lo preparo en el momento porque por la noche no saqué tiempo o ganas de hacerlo. Sandwich y alguna galleta o similar a la bolsa donde también llevo o debería llevar una botella de agua, o a bolso los días en que me toca llevar el equipo informático. Vuelta al baño, dentífrico y cepillo para los dientes, cepillo y peine para el pelo. Terminar de arreglarme: collar, pendientes. Terminar de maquillarme: labial y retoque en las pestañas. Calzado, a veces anillos. Bufanda, abrigo, móvil al bolso. Última visita al baño. Comprobación casi compulsiva de cierre de espita del gas, del desenchufado de la cafetera. Salir por la puerta, ser consciente de que cierro la puerta con los cuatro giros de llave…

Esto tan monótono es mi rutina matinal.
El resto del día es igual de monótono.
Muchos días llego a más de las nueve de la noche.

Acumulo cansancio. No como fruta fresca. No sé si bebo suficiente agua.
Acumulo ropa en el piecero de la cama, en el taburete del dormitorio.
Acumulo todo tipo de cosas en las dos mesas del salón.
Acumulo tareas pendientes.
Acumulo de todo y me faltan ganas, ánimos, sueños, deseos.

Cada mes planeo y planifico que el próximo será diferente. Que lo empezaré ordenando mi entorno y mi vida.
Cada mes me encuentro con que nada ha cambiado.
Cada vez tengo menos ganas.
Y más cansancio.

jueves, 21 de julio de 2022

Desorden de cosas.

Tres semanas dedicadas a no hacer nada.
Al menos, a no hacer nada de provecho.
Me dedico poco menos que a vegetar. Me acuesto tarde, normalmente tras quedarme dormida en el sofá. Me despierto pronto (la costumbre) aunque al menos ayer y hoy ya he conseguido no estar levantada a las ocho de la mañana (entre otras cosas porque, por fin, he conseguido cita para gestionar el cobro del desempleo. Que hay que conseguir cita previa para que te atiendan...y no había manera humana). 
Imagino que en un par de días más conseguiré regular los horarios de sueño. Y la semana que viene tendré que poner el despertador, miércoles y viernes, porque tengo cosas por hacer y hora prevista para hacerlas.

La semana que viene terminaré los trámites necesarios para estar oficialmente parada y totalmente desligada de la empresa que me ha pagado el sueldo mensual los últimos 28 meses. Solitud del cobro del paro y firma del acuerdo de indemnización por despido improcedente. 
La verdad es que es la empresa con la que menos hubiese esperado llegar a esta situación, pero...
Ya da igual.

Mi idea es descansar el mes de agosto (o sea, estar de vacaciones) y empezar a buscar antes de que comience septiembre. Obviamente, con la idea y el propósito de volver a trabajar en el transcurso de ese mes de septiembre. 'Gastando', por tanto, dos meses de paro.

Intentaré destinar estas semanas a, al menos, recoger un poco la casa. Porque en estas tres semanas de desempleo que han transcurrido ya no he hecho gran cosa. Me da una pereza enorme. O más que pereza es una especie de vértigo, derivado de ver la cantidad de cosas que tengo por hacer, tirar, ordenar... Me siento desbordada. Sé que debería empezar poco a poco: hoy los cajones de mi cómoda, mañana la mitad de la vitrina del salón, pasado la mitad del armario, en cuatro días tirar revistas viejas... La teoría la conozco, pero no hago nada. 
A veces he dicho que si no hice nada durante el confinamiento, que fueron más de dos meses sin salir a la calle más que un rato a la semana (compra necesaria), es complicado que saque el tiempo y las ganas para hacer todo lo que tengo atrasado. 
Intentaré proponérmelo más en serio. Que cuando me propongo algo de veras, lo consigo.

Y en otro orden de cosas..., realmente qué más da ese otro orden de cosas... 

sábado, 26 de marzo de 2022

De cambios de hora y otras realidades.

 Esta  noche es el cambio al llamado 'horario de verano'. O sea, que a las dos serán las tres, dormiremos una hora menos, mañana amanecerá más tarde y también se hará de noche más tarde. 
Como todos los años, llevo dos días escuchando más o menos lo mismo. Además de los argumentos a favor o en contra de este vaivén horario, dos veces al año.
Ya ni me molesto en argumentar que no se va cambiar nunca este hábito, y que será así porque somos un país que basa su economía en el turismo. Y que este horario es el que más favorece eso, el turismo.
Da igual.

Lo único que me indica este detalle (que toque cambio de hora, para pasar a 'el horario de verano') es que ya llevamos casi tres meses de este 2022. Que hace tres meses fue navidad y a mi cerebro le parece que fue anteayer. Literalmente.

Y..., y debería escribir más y sobre otras cosas. Pero vivo en el agotamiento continuado y permanente. El cansancio que me provoca no hacer nada de provecho con mi vida. Que pasen los días y lo único que siga constatando es que todo es, cada vez más, mentira.

Mi trabajo que parecía casi ideal se ha ido convirtiendo en algo insufrible. 
Vivo rodeada de desorden. Cada sábado (e incluso cada viernes, que trabajo en casa y, al menos, me ahorro las tres horas y pico de transporte) me digo que voy a dedicarme intensivamente a ordenar. Apenas hago nada. El viernes es imposible (no tengo la hora y pico de transporte matinal, pero aprovecho para estar más en la cama. No tengo la hora y pico de transporte vespertino, pero me voy a hacer la compra semanal. Aparte que incluso me desconecto más tarde del trabajo. No me gusta teletrabajar). El sábado tampoco consigo aprovecharlo.
Mi vida, mi presente, es un desastre.
Cada vez me soporto menos.

Y él..., qué más da. Él me importa. Yo a él no. 
Me dejó completamente fuera de su vida hace cuatro años. Volvió a hacerlo el otoño pasado. 
Volví a hablar con él en enero, mediados-finales de enero. Desde entonces, planes conmigo que hace y deshace él solo (como siempre). Promesas de llamadas telefónicas que, en las primeras semanas, sí cumplía (bueno, no siempre) y que ya han vuelto a la normalidad. La de que dé igual si me dice que me llamará tal o cual día, porque lo normal es que no lo haga. Ya tampoco me da la opción de llamarle yo: fija él el día, y luego llamará o no.
A ratos me he llegado a creer sus planes para que nos viéramos. Juro que me los llegué a creer.
Hasta darme cuenta de que estaba volviendo a construir castillitos de humo. Como tantas veces en todos estos años.
No tiene el menor interés en que nos veamos. Bueno, en realidad sus planes sí eran por un interés personal...que no tenía demasiado que ver conmigo como persona. En realidad, hace mucho que el interés en pasar conmigo unas horas no tiene nada que ver conmigo como persona. Le serviría cualquiera. Imagino que en otras ocasiones le sirvió cualquiera y que probablemente estas semanas ya haya encontrado algo más a mano. 
Como en tantas otras cosas, supongo que ya habrá encontrado, o le habrán encontrado, un plan mejor.
Y quizá ya me dé igual. 
A ratos me duele (y mucho), pero otros simplemente recuerdo que nada de esto es una novedad. Que hace muchos años que es así y ya está.

Yo le sigo queriendo. A estas alturas sé que siempre le voy a querer. 
Como sé, desde hace años, que él no me querrá (ni me ha querido, siquiera) nunca.
Como sé que al final siempre estaré para cuando me necesite y para lo que me necesite, y que dará igual lo que yo pueda querer o desear. Porque hace ya demasiado tiempo que todo empezó a ser así. 

Y lo acepté y lo toleré.
Y, como los semestrales cambios de hora,  ya no puede ser de otra manera.

viernes, 3 de diciembre de 2021

Las semanas se repiten.

No sé cuantos días llevaba sin ducharme.
Literalmente. Ni siquiera puedo afirmar que fuesen muchos, que fuesen varios. Sé que ayer no lo hice. Y quizás anteayer tampoco. ¿El martes? No lo sé con exactitud. Ni siquiera podría afirmar que lo haya hecho esta última semana. Pero tampoco negarlo.
Sí sé, en este momento, que me he duchado hace unos minutos.

Tampoco sé cuando pasé la aspiradora por la alfombra la última vez. Sí creo que puede haber sido hace un par de semanas. 
Las sábanas esperan ser planchadas desde mediados de noviembre. 
Y mi entorno, físicamente hablando, es un desastre. Limpio el baño, tampoco a diario, pero está limpio. Pero no ordeno ni recojo nada. Tengo ropa amontonada sobre el baúl del recibidor. Cojo de ahí las bragas y los calcetines que, eso sí, me pongo limpios a diario, Suelo dejar la ropa, tras quitarla de las cuerdas del tendedero, sobre ese baúl. Y desde ahí la clasifico: doblo y amontono lo que se guarda sin planchar, coloco en perchas o sobre los respaldos de las sillas lo que hay que planchar, guardo en sus cajones las prendas... 
Llevo semanas sin hacerlo. De hecho, no recuerdo cuando lo hice por última vez.

Me da exactamente igual mi aspecto físico. Sí me cambio de ropa a diario, pero me importa poco lo que llevo. Supongo que combino las prendas por puro instinto, por el hábito adquirido de tantos años cuidando ese aspecto. 
También amontono prendas sobre el piecero de la cama, en el taburete vietnamita. Prendas que me he puesto una vez, o tres. O igual ni siquiera me he llegado a poner. Prendas hasta del verano, que aún no he guardado y que, seguro, primero tendré que lavar porque no sé si me las habré puesto alguna vez o si están ahí tras haberlas lavado y no haberlas guardado. 
No me maquillo. Solo algo de khol en los ojos y rímel en las pestañas. Y simplemente para evitar restregarme los ojos.

Mi vida se limita a un ir y venir de casa al trabajo, ida y vuelta. Sin más. Con la rutina de entrar a comprar algo en el supermercado que me pilla de paso entre la estación de tren y mi casa. 
Leo. Llevo un libro en el bolso y leo mucho en los trayectos. Veo poco la tele y apenas me entero de lo que veo. No escucho música. Casi me obligo a salir a la terraza en algún momento del fin de semana  a regar las plantas. Cada vez tengo más plantas, porque también sé que en ocasiones he comprado alguna más en el mismo supermercado donde compro comida al pasar ante él.
Las semanas se repiten. Muchos días apenas como. O, mejor dicho, como fatal. Cualquier cosa para salir del paso a mediodía, cualquier cosa para creer que he cenado. Cada vez me sobran más kilos. No sé cuantos, pero sé que muchos. 
Y me da igual.

Supongo que cuando todo esto pase, porque también pienso que pasará, podré retomar mi vida. O lo que era mi vida en algún momento.
Pero ahora lo único que sé es que estoy pasando la peor depresión de mi vida. 
Y de momento soy capaz de reconocer eso, al menos. 
Al menos en algunos momentos.  

viernes, 12 de noviembre de 2021

Canutos de cartón (del papel higiénico).

 A primera hora de la tarde, una compañera ha comentado por el guasap del grupo de trabajo que, si teníamos canutos de cartón de los del papel higiénico, se los guardásemos. Que quería hacer una manualidad navideña para sus hijos y que iba a necesitar bastantes. Y como también nosotros somos ya bastantes en el equipo de trabajo (cada vez más. O igual no tantos, porque también despiden gente) había pensado que podríamos echarle una mano.
Le he respondido que contase con al menos uno de mi parte, que este fin de semana seguro que se me acababa el que tenía en uso. Y que miraría si tenía algún otro en la bolsa donde voy echando el papel y cartón y que luego bajo al contenedor de reciclaje. Esto se lo he dicho porque he visto que no había vaciado la bolsa (el martes, festivo, se me olvidó), aunque estaba segura de que no tendría ninguno.
En realidad, un rollo de papel higiénico me dura bastante. Los compro de ésos dobles, que de hecho ni siquiera puedo colocar en el expendedor hasta pasados unos días porque literalmente no caben. Y entre eso y que apenas estoy en casa...pues eso. Probablemente me dure dos semanas cada rollo. De hecho, hace unos días compré un paquete de ¿ocho, diez rollos? porque solo me quedaba uno y me gusta tener reservas, y me pregunté hace cuantos meses compré el anterior, del que llevé un par de rollos a mi madre...
He cambiado el del expendedor (más concretamente, he puesto el que empecé hace días y que por desgaste ya cabía). Y me he dado cuenta de que en el suelo, en un rincón pero cerca del inodoro. había otro canuto vacío. El del anterior rollo. Y me he preguntado cuantos días llevaría allí y porqué cuando he fregado el suelo del baño no lo he tirado.
Se me ha ocurrido mirar en un cesto grande donde tengo frascos de gel, paquetes de compresas y otros útiles de aseo (y donde a veces dejo cosas provisionalmente cosas que están en el suelo cuando voy a fregarlo, normalmente los sábados, para luego tirarlas donde correspondan) y había otros dos canutos de cartón.
Cuatro en total. Los he juntado, los he puesto sobre la mesa auxiliar del salón y los he fotografiado para enviar la imagen a mi compañera: cuatro canutos de cartón para la manualidad que quiere hacer. He mandado la foto a través del guasap del grupo: total, es un cajón de sastre en el que apenas hablamos de trabajo... Alguna anécdota de la bbdd, la celebración de alguna venta, enlaces musicales...

Sé que esto que estoy contando no tiene el menor interés ni el menor sentido.
Mi compañera va a tener cuatro canutos de cartón a sumar a los que ya tenga para la manualidad navideña de sus niños.¨
Y yo, de pronto, he tomado conciencia por un momento de lo mucho que se está descontrolando mi vida. Porque si gasto dos rollos de papel higiénico al mes (y ni siquiera estoy segura de que sea tanto, y eso a pesar de que lo uso para limpiar cualquier cosa en el baño, secar agua que salpica a algún mueble al regar alguna planta...) y he acumulado cuatro canutos si llevar a la bolsa de reciclaje de papeles y cartones, cuando es algo tan sencillo y sistemático como eso: llevar a la bolsa, que además tengo junto a la puerta del comedor...y ni siquiera me ha llamado la atención verlos, porque los he estado viendo, todos estos días, semanas, quizá ya meses...

Necesitaría un mes completo, y sin otras actividades (ni internet, ni televisión, ni lecturas, ni jardinería...) solo para poner en orden mi casa. Lo sé. Pero ni tengo ese tiempo ni sería capaz de prescindir de las otras cosas que me ayudan a no pensar. 
Y, lo que es peor, creo que a estas alturas me he acostumbrado a ese progresivo y creciente desorden. 
Y ya me da igual.

domingo, 17 de octubre de 2021

Óxido.

 Acumulo cansancio.
Acumulo cosas por hacer, cosas que por un momento me llaman y que no hago porque en ese momento no estoy donde debiera, que no hago porque el cansancio es superior a la llamada, porque ni siquiera le veo el sentido a hacerlas. Acumulo ropa planchada que debo guardar, ropa lavada que debo doblar y colocar en el correspondiente cajón, ropa que me he puesto una vez y no sé si lavar y guardar ya hasta el próximo verano o seguir dejándola ahí, sobre el taburete vietnamita del dormitorio, esperando a que otro día más de este otoño veraniego sea mi indumentaria.
Tengo demasiadas cosas por medio. A veces pienso que, simplemente, me he acostumbrado a  verlas ahí ya ya ni sé cuanto llevan sin ordenar. Tengo una bolsa de plástico, de las de tirar la basura, junto a la mesa donde escribo esto. Creo que la cogí hace...¿una semana, dos? para tirar pequeños papeles y otras cosas cotidianas que me iban llenando la mesa. Creo que a estas alturas la bolsa está prácticamente llena (lo normal es que al rato de cogerla para tal fin la lleve a la cocina y la meta en la otra bolsa, la del cubo de la basura. Y si son sólo papeles, traslade éstos a la bolsa de cartón que destino al reciclaje del papel). Ahí está. Y ni siquiera ahora que escribo esto me decido a levantarme, cogerla y trasladarla. 
A veces hago alguna tarea más o menos importante. Ayer lavé las cortinas de mi dormitorio. Lavar, tender y controlar que no se sequen demasiado, planchar con el justo punto de humedad que necesita el lino natural para quedar sin arrugas... Y hacer los equilibrios para volver a colgarlas, los mismos equilibrios que unas horas antes hice para descolgarlas. Y las veo impecables, tan blancas (no estaban sucias, pero...), oliendo a detergente, que... 
Rutina. 
No siento ilusión por nada.
Me ducho, me lavo el pelo. Me quito el esmalte descascarillado de las uñas, ése que apliqué hace unos días porque tenía una convención comercial de empresa y, qué sé yo, por un momento decidí que debía pintarme las uñas. Eso que durante tantos años era parte de mi rutina, eso que ni imaginaba que un día no haría (no me veía con las uñas sin pintar, nunca). Mi aspecto físico cada vez me importa menos. 
Ya me da igual como esté. No me miro en los espejos. Soy invisible. Quiero ser invisible.

No contesta a mis whatsapp. Sólo quiero saber cómo está, no quiero molestarle, no le escribo a diario. Ya tengo asumido que no voy a volver a verle, pero necesito saber cómo está. 
Estoy tan absolutamente fuera de su vida y desde hace tanto, pero tanto tiempo, que aunque no tuviese nada que hacer no se va a molestar en intentar ponerse en contacto conmigo. 
No puede estar más claro. 
No puedo seguir contándome mentiras, creyendo que en algún momento le he importando. Ni siquiera le he interesado, ¿cómo le voy a importar?

Cuido de mis plantas. Creo que es lo único medianamente útil que hago en mi cotidianidad. Ellas no tienen la culpa de nada, están vivas, están conmigo porque yo las compré, las adopté, las recogí en algún momento. Las riego, les quito las hojas secas. A veces alguna me regala la visión de una flor, a veces la fotografío. Apenas hago fotos, llevo semanas en que es algo totalmente circunstancial. 
No disfruto con ello. Ya no. Ahora no.

Seguiré con la inercia de la vida. Días cada vez con menos horas de luz, la misma pereza ante todo, las mismas sonrisas profesionales, el mismo disimulo ante la gente. Que nadie sepa nada, que nadie note nada. 
Me duele el alma. Sé que solo quiero llorar, pero no voy a hacerlo. 
Un día escribí que la humedad oxida el hierro. Creo que ya ni siquiera me importaría ser óxido.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Desestabilizándome.

 Esa sensación de caminar al borde del abismo. Ese vértigo casi instintivo, casi de autodefensa aunque no se sea claramente consciente, aunque el paseo se esté haciendo con los ojos vendados.

Me estoy desestabilizando. Me dejo llevar por la rutina como un pájaro se deja llevar por las corrientes de aire para no separarse del resto de la bandada, pero noto ese vértigo, esa conocida sensación de estar perdiendo el equilibrio. Y no precisamente el físico.
 
Empiezo a acumular cosas sin recoger ni ordenar a mi alrededor. Papeles sobre la mesa, en el suelo, hasta encima del sofá, papeles que simplemente tendría que amontonar y meter en la bolsa de reciclaje que tengo ahí, apenas a dos metros y junto a la puerta del salón. Tickets de compra que no voy a revisar, vales de descuento caducados. Bolsas de papel o cartón que planifico destinar a ser nuevos depósitos de reciclaje de papel, pero que de momento están de cualquier modo bajo la mesa o junto a las sillas, algunas desde antes de fin de año. Dos abrigos que saqué los días de la nevada y las heladas posteriores y que ya no me voy a poner y que están en el respaldo de una silla desde hace un mes. 

Empiezo a desestabilizarme. 

Me apetece leer pero no lo hago. Por las mañanas me entregan el diario gratuito a la salida del metro, lo abro en el bus y miro por encima las últimas páginas, lo doblo, lo guardo en el bolso para leerlo luego. Termina sobre la mesa a la mañana siguiente y antes de irme a trabajar, doblado tal y como lo dejé antes de meterlo al bolso. Me justifico en mi progresiva pérdida de visión (real), pero pese a ello sigo pasando horas, muchas, frente a una pantalla. 
Tengo en el fregadero platos, jarras de desayuno, vasos, cubiertos. Enjuagados y pendientes de fregar y guardar. Sé que tardaría menos de media hora en concluir todo el proceso, pero ahí están, esperando.., no sé, quizás la llegada del viernes.
Me he comprado una camiseta para dormir, gris pálido con rallas horizontales blancas, muy suave. Realmente no me hacía falta (en el sentido de serme imprescindible), pero quizás instintivamente es una forma de autoconsolarme. Comprar algo de ropa barata: dos camisolas para dormir, dos pantalones para estar en casa, una camiseta ancha muy, muy barata. Ropa que ahora se amontona sobre el piecero de la cama.

Me canso caminando trayectos cortos. Me canso subiendo media docena de escalones. Me cansa el peso del bolso, de la mochila donde traslado el portátil del trabajo.
A veces me cansa hasta respirar.
Probablemente sea algo muy circunstancial. Quizá debería beber más agua, seguramente se me pasará si consigo dormir ocho horas seguidas. Seguro que es cosa de febrero, de los confinamientos intermitentes, de las mascarillas que a veces me dificultan la respiración.

Empiezo a notar que estoy desestabilizándome. 
Seguro que notarlo es una buena señal. 
Espero seguir notándolo y no terminar dándome cuenta de que algo ha pasado...desde el fondo del abismo y sin saber cómo salir. Como otras veces
. 

martes, 24 de septiembre de 2019

Verano vacío y mente desordenada.

Desanimada. Rara. Quizá hasta algo deprimida.
Llevo casi 4 meses sin trabajar. El verano se me ha pasado volando: sólo recuerdo de él que ha hecho calor, mucho calor. Pero pocos recuerdos más.

Anochece cada día antes. Son poco más de las ocho de la tarde y sé que en menos de media hora será de noche. Es lo que tienen los equinoccios: amanece y anochece casi de golpe. 

El entorno se me empieza a desordenar. Tengo la impresora ahí, a mis pies, desde el sábado. Dándome excusas para recogerla o no. En realidad tampoco me supondría un gran trastorno tener que ir a buscarla si me hiciese falta para imprimir algo..., es simple dejadez. Por eso digo que me invento excusas.
Pasaría el día entero en camiseta de dormir. Me cambio de ropa casi obligada porque casi obligada bajo a comprar alguna cosa que necesito (y sin la que perfectamente podría estar, dicho sea de paso). Y vuelvo a ponerme cualquier camiseta cómoda en cuanto vuelvo a casa.
Hoy ni he hecho la cama. Supongo que al menos la estiraré antes de acostarme (no me gustan las sábanas arrugadas, bueno, salvo que el motivo sea..., qué más da. Hoy no son ese motivo), pero ni de eso estoy segura.

A las cuatro y media de la tarde he decidido que debería comer algo sensato (aunque ya me había calmado el hambre...o el aburrimiento, media bolsa de patatas fritas con aceite de oliva). No sé porqué me ha apetecido sopa (ayer me apeteció lo mismo para cenar, aunque tenía brochetas de pollo) y para que no fuese con arroz, como la de anoche, he optado por los fideos. Y ha sido mi excusa para bajar a la calle: comprar fideos. Y, de paso, una botella de zumo de naranja, que se me acabó esta mañana. Y algo de carne de pavo, con fecha de caducidad para la semana que viene. Y una hamburguesa de ternera con fecha de caducidad de mañana, de ésas que venden rebajadas por esa razón.
Y a las seis menos diez estaba esperando a que se enfriase la sopa y eran casi las siete cuando estaba con la hamburguesa, que he dado una segunda vuelta en la parrilla al comprobar que estaba demasiado cruda en la primera vuelta, en algo que ya no sé si es comer, merendar, cenar o qué.

Desbarajuste alimenticio. Y de todo lo demás.

Ayer me decidí a responder una oferta de empleo. Reunía los teóricos requisitos, la encontré a mediodía y no respondí hasta la tarde, tras volver de mi paseo/excusa para hacer alguna compra diaria. 

Anoche vi que confirmaban la recepción de mi currículum. 
Esta mañana me confirmaron que desestimaban mi currículum.

Y he comprobado que esas cosas, esos pequeños detalles, me desaniman. 

Ni siquiera era una buena oferta: contrato de 3 meses por ett, sueldo normal, horario normal, centro de Madrid (creo que eso es lo que de veras me decidió). Pero ese 'no' me baja la moral. Y me recuerda que probablemente eso va a ser lo normal los próximos días, las próximas semanas...porque tengo que empezar a buscar trabajo en serio.

Tanto ayer como hoy he estado enredando en los portales de ofertas de empleo. Nada demasiado atractivo. Me he suscrito a un par de ofertas en dos portales diferentes, pero reconozco que con pocas esperanzas.
Hay otra oferta de una empresa a la que no he respondido...pero supongo que sería una candidata válida. Comercialización y gestión de contratación telefónica de seguros. Hace 5 años ya trabajé para ellos, aunque con otra empresa como intermediarios entre ellos y mi contrato. Imagino que el viernes me decidiré y responderé. 
Me da miedo a que ni esa empresa acepte mi candidatura. Creo que hoy he sido consciente de ello. 

En cambio, otra empresa ha contactado conmigo de forma proactiva para ofrecerme trabajo...y casi lo he desestimado. Primero, porque he deducido que era sólo un trabajo a comisión (y en base a eso les he respondido). Y luego, cuando han vuelto a escribirme para explicar que no, que hay un sueldo fijo mínimo garantizado...porque me he molestado en buscarles en internet y he visto lo exageradamente lejos que están ubicados. En el mismo polígono industrial donde estaba la empresa donde he trabajado los últimos cuatro años y pico, pero aún más retirados de metro o buses. 

Y..., no sé. No sé lo que quiero.

No he cerrado completamente esa puerta. Pero me da miedo a terminar en cualquier trabajo de mierda...simplemente para quitarme el otro miedo. El miedo conocido, pánico, a no encontrar trabajo. Aún teniendo por delante un año completo de subsidio de desempleo por cobrar...me da miedo que el tiempo empiece a pasar a toda velocidad y yo no encuentre nada. 
La lógica me dice que eso no va a ser así...pero yo no puedo evitar sentir ese miedo. 

Quiero volverme a repetir en plan mantra que 'todo va a salir bien', para creérmelo de nuevo, para pensar que va a ser así, que voy a encontrar un buen trabajo que además me guste y donde me encuentre agusto y esté bien pagado. 
Pero lo único que tengo es, de nuevo, la mesa desordenada, la cama sin hacer, platos y vasos y cubiertos y cacerolas sin fregar en la cocina (aunque no estén sucios, porque enjuago siempre las cosas), el pelo sin peinar y la mente tan desordenada como el entorno.

Verano vacío. Otoño en que necesito que me pasen cosas e ir rellenando la agenda que, también, ocupa un sitio en el caos de la mesa. 

martes, 17 de septiembre de 2019

Desordenada.

Desanimada.
No me atrevo a decir 'deprimida' porque no quiero llegar a eso. Desanimada, sin más.


A ratos me siento muerta de sueño. Igual tengo sueño precisamente por dormir demasiado, o igual es que duermo menos de lo que creo. Algunas noches me dan las dos de la mañana despierta y antes de la siete vuelvo a desvelarme. No me levanto (algunas veces sí, al baño, y regreso a la cama. Creo que hay días que incluso olvido si lo he hecho) y remoloneo en la cama hasta más de las nueve. Y creo que casi siempre me levanto más cerca de las diez que de las nueve: total, no tengo ni prisa ni nada importante que hacer.

Recibo en el móvil notificaciones sobre ofertas de empleo: avisos que tengo activados en portales dedicados a este tema. Creo que es lo primero que miro al levantarme (el teléfono no duerme a mi vera, sino en el comedor y, algunas veces, en el bolso). Les doy un rápido repaso en plan 'titulares'. Cada día son las mismas o muy similares y no hay nada demasiado interesante, la verdad.
Aunque debería empezar ya a responder a alguna, enviar algún currículum. Moverme. E igual así no me sentiría tan cansada.

Algunos días no como a mediodía (si acaso, a media tarde). El problema es que igual sí voy 'picando' algunas cosas: un poquito de queso, unos snacks con sésamo, una loncha de lomo... Y al final sí que he comido algo o he echado al cuerpo más calorías que si me hubiese sentado a la mesa con un plato de pasta o una megaensalada. 

Necesito organizarme, organizar mi mente. No es normal que teniendo todo el tiempo del mundo para mí misma esté llegando de nuevo a este desbarajuste, a este descontrol sin sentido...


Estoy desordenada.
Y le echo de menos. 

Le echo mucho de menos y, quizá, lo que debería hacer es dejar de llamarle, dejar de enviarle mensajes de buenasnoches (a estas alturas, apenas hay nada más). Salir de su vida cuando en estos días se cumplen, en realidad, diez años teniéndole como parte de mi vida de un modo u otro. 
Quizá debería sumar esto a la ordenación de mi espacio, mi tiempo y mi mente. 
Quizá.

Pero me siento cansada y a veces tengo mucho sueño. Y estoy desanimada. Y le echo de menos.

sábado, 11 de febrero de 2017

Entre el resfriado y la alergia.

Entre el resfriado y la alergia.

Sé que no es gripe (conozco los síntomas y son otros. O eso creo), por lo que creo que es un resfriado-constipado. Aunque llevo dos, tres días, en que algunos síntomas son idénticos a mis crisis alérgicas. Lo que pasa es que no hay motivos, porque llevamos varios días de llovizna... Aunque cuando el otro día vi cubiertos de flores amarillas algunos descampados que aún quedan en Madrid (pegados a la M30, además), dejé de alegar que 'aún no ha florecido nada'.

Tomo una dosis de un jarabe mucolítico que, dicen, sólo necesita esa cantidad diaria (y que no me debe estar haciendo efecto. O igual sí,  y sin el jarabe sería peor). Desde hace dos o tres días tomo una aspirina esfervescente con el desayuno y otra por la noche, ésta acompañada de un poco de leche caliente y miel. Añadiría como 'tratamiento' el inhalador nasal...pero es que eso lo necesito todo el año, para poder dormir (aunque esto no quiere decir que todos, todos los días de mi vida lo tenga que usar).

Estoy afónica, unos ratos más que otros. Me dan ataques de tos asmática, algunas noches me cuesta dormir. Ayer fui a comprar, compra semanal, al salir del trabajo (bueno, previo paso por un gran almacén para comprar un par de gadgets que tenía que reponer. Cosas que en realidad tampoco necesitaba 'reponer' aunque estén rotas, pero que apenas uso..., pero, en fin...) porque la idea es no salir hoy, quedarme en casa limpiando, ordenando, poniendo la correspondiente lavadora semanal, planchando si llega el caso...

No he hecho nada aún. Me he despertado a la misma hora de siempre (sobre las seis), me he vuelto a adormilar, me he despertado entorno a las ocho (calculo, no he mirado el reloj) sabiendo que debería ir al baño, me he intentado volver a dormir sin moverme, me he levantado no sé bien a qué hora (y sí, he pasado por el baño y creo recordar que he empleado el inhalador nasal), me he vuelto a meter en la cama... Y finalmente me he levantado a las once y algo.

Llueve. No es una lluvia torrencial, no debe soplar viento porque veo quietos los jirones del toldo que atisbo desde donde estoy sentada, el sofá, mientras escribo con el portátil sobre las rodillas flexionadas gracias a tener los pies apoyados en la mesita baja. 

Hace un rato sentía algo de frío. Tengo puesto una especie de camisón-camisola de dormir, que sé viejo-vieja pero está nuevo-nueva porque no suelo usar estas prendas: la rescaté del armario hace unos días, precisamente para intentar paliar los síntomas de este resfriado (o lo que sea), no dormir desnuda o con una camiseta de manga corta y coger aún más frío. También tengo puestos unos calcetines, que me dejé ayer para dormir con ellos (sí, y evitar que se me quedasen fríos los pies).  He desayunado un café 'de cápsula' (fue uno de mis regalos de cumpleaños, algo que de otro modo no tendría porque nunca se me había ocurrido comprar, y que sólo uso los fines de semana), unas tostadas de pan de barra (la compré ayer con ese fin, de otro modo tampoco compro-como pan) que tuesto en una sartén grande y vieja que sólo empleo para ese fin, con mantequilla y mermelada de cítricos. Sólo desayuno los fines de semana. El resto de los días es un café rápido mientras en la radio escucho las temperaturas por comunidades autónomas, acompañadas por una breve noticia de cada una, dos o tres galletas o ninguna, desayuno por no salir a la calle con el estómago vacío...

Tengo que hacer cosas y no he hecho nada ni tengo ganas.
A mi alrededor, el entorno es caótico. Muchas cosas llevan días..., quizá podría decir semanas, en un sitio donde no deberían estar. En el sofá suplementario hay incluso ropa..., no, son paños de cocina y alguna toalla pequeña y un par de pañuelos de cuello, cosas que quité de la cuerda de tender cuando ya estaban mediosecas hace días y que siguen ahí, esperando ser dobladas y guardadas en su sitio. Folletos publicitarios y algún periódico gratuito bajo la mesa. Una bolsa de frutos secos empezada, otra de rebanaditas de pan con arándanos, otra con restos de palomitas, la jarra para el agua, un vaso, más papeles..., incluso un resto de papel de envolver regalos, botecitos negros de las cremas que he comprado estas últimas semanas en mi tienda inglesa pija favorita, el termómetro (no, no he tenido fiebre), una caja de dulces navideños, el monedero-cartera viejo (por fin me decidí a cambiarlo, y eso que me hacía falta desde hace años, y eso que hace más de uno que me regalaron el nuevo...), pendientes, pulseras, anillos, horquillas...

En el suelo, el barreño que empleo para trasladar la ropa húmeda desde la lavadora hasta las cuerdas de tender, y que también empleo cuando decido meter un rato los pies en agua con sal y hacerme luego la pedicura. También la plancha ('centro de planchado, con  calderín') lleva al menos dos semanas ahí, en un rincón, pero casi en medio. Y más cosas, muchas más cosas, todo desordenado...
Y yo sin ganas de hacer nada.

Y sé que en cuanto 'arranque' no me cuesta ordenar, limpiar, aspirar la alfombra, fregar el suelo. No me cuesta, pero tengo que 'arrancar'.

Y estoy cansada. Entre la alergia y el resfriado. Viendo como las gotas gruesas que resbalan y caen en la barandilla de la terraza me recuerdan que sigue lloviendo.
Y que además del resfriado y la alergia, mi bajo ánimo, ése de no entender tantas cosas, también es un motivo para sentirme sin ganas de hacer más esfuerzo que el de dejar pasar los días. Sin oponerles resistencia.