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domingo, 17 de octubre de 2021

Óxido.

 Acumulo cansancio.
Acumulo cosas por hacer, cosas que por un momento me llaman y que no hago porque en ese momento no estoy donde debiera, que no hago porque el cansancio es superior a la llamada, porque ni siquiera le veo el sentido a hacerlas. Acumulo ropa planchada que debo guardar, ropa lavada que debo doblar y colocar en el correspondiente cajón, ropa que me he puesto una vez y no sé si lavar y guardar ya hasta el próximo verano o seguir dejándola ahí, sobre el taburete vietnamita del dormitorio, esperando a que otro día más de este otoño veraniego sea mi indumentaria.
Tengo demasiadas cosas por medio. A veces pienso que, simplemente, me he acostumbrado a  verlas ahí ya ya ni sé cuanto llevan sin ordenar. Tengo una bolsa de plástico, de las de tirar la basura, junto a la mesa donde escribo esto. Creo que la cogí hace...¿una semana, dos? para tirar pequeños papeles y otras cosas cotidianas que me iban llenando la mesa. Creo que a estas alturas la bolsa está prácticamente llena (lo normal es que al rato de cogerla para tal fin la lleve a la cocina y la meta en la otra bolsa, la del cubo de la basura. Y si son sólo papeles, traslade éstos a la bolsa de cartón que destino al reciclaje del papel). Ahí está. Y ni siquiera ahora que escribo esto me decido a levantarme, cogerla y trasladarla. 
A veces hago alguna tarea más o menos importante. Ayer lavé las cortinas de mi dormitorio. Lavar, tender y controlar que no se sequen demasiado, planchar con el justo punto de humedad que necesita el lino natural para quedar sin arrugas... Y hacer los equilibrios para volver a colgarlas, los mismos equilibrios que unas horas antes hice para descolgarlas. Y las veo impecables, tan blancas (no estaban sucias, pero...), oliendo a detergente, que... 
Rutina. 
No siento ilusión por nada.
Me ducho, me lavo el pelo. Me quito el esmalte descascarillado de las uñas, ése que apliqué hace unos días porque tenía una convención comercial de empresa y, qué sé yo, por un momento decidí que debía pintarme las uñas. Eso que durante tantos años era parte de mi rutina, eso que ni imaginaba que un día no haría (no me veía con las uñas sin pintar, nunca). Mi aspecto físico cada vez me importa menos. 
Ya me da igual como esté. No me miro en los espejos. Soy invisible. Quiero ser invisible.

No contesta a mis whatsapp. Sólo quiero saber cómo está, no quiero molestarle, no le escribo a diario. Ya tengo asumido que no voy a volver a verle, pero necesito saber cómo está. 
Estoy tan absolutamente fuera de su vida y desde hace tanto, pero tanto tiempo, que aunque no tuviese nada que hacer no se va a molestar en intentar ponerse en contacto conmigo. 
No puede estar más claro. 
No puedo seguir contándome mentiras, creyendo que en algún momento le he importando. Ni siquiera le he interesado, ¿cómo le voy a importar?

Cuido de mis plantas. Creo que es lo único medianamente útil que hago en mi cotidianidad. Ellas no tienen la culpa de nada, están vivas, están conmigo porque yo las compré, las adopté, las recogí en algún momento. Las riego, les quito las hojas secas. A veces alguna me regala la visión de una flor, a veces la fotografío. Apenas hago fotos, llevo semanas en que es algo totalmente circunstancial. 
No disfruto con ello. Ya no. Ahora no.

Seguiré con la inercia de la vida. Días cada vez con menos horas de luz, la misma pereza ante todo, las mismas sonrisas profesionales, el mismo disimulo ante la gente. Que nadie sepa nada, que nadie note nada. 
Me duele el alma. Sé que solo quiero llorar, pero no voy a hacerlo. 
Un día escribí que la humedad oxida el hierro. Creo que ya ni siquiera me importaría ser óxido.

domingo, 18 de abril de 2021

Dieciocho de abril de 2021.

 Días pensando en escribir.

Un grado de agotamiento tal que, algunas noches, no tengo fuerza ni para pensar. No es una metáfora: literalmente no me quedan ideas, no recuerdo cómo se llaman algunas cosas, sé que tengo sueño pero no puedo ni definirlo con palabras. Termino tumbada en el sofá con sensación insomne...y me quedo dormida, trasladándome a la cama en algún momento de la noche. 

Días, semanas, pensando en escribir y sin fuerzas para hacerlo. 

Procuro que en mi día a día no se me note el agotamiento. Curiosamente, el uso de mascarillas, que tapan media cara, ayuda al disimulo. Apenas me muevo. No sé si estoy exageradamente gorda (que también) o simplemente hinchada (que seguramente también). Voy y vuelvo al trabajo. No podría definir si camino poco o mucho. Algunos días no como a mediodía (en realidad, como muy poco), pero es probable que finalmente consuma más calorías diarias de las debidas, porque también es posible que al llegar a casa me ponga a picotear cosas (snacks, alguna chuchería, zumo...) y eso hace que al final cene muy tarde y no haga el menor ejercicio físico hasta la hora de dormir.

Cansada.

En mi trabajo estamos en pleno ERE. No, no ERTE como el año pasado (bueno, también) sino un plan para reducir drásticamente la plantilla. Cuento con que estaré incluida en la lista de personas de las que prescindir. No, no por no haber cumplido con mi trabajo, con los objetivos planificados, sino.., da igual: cuento con que estaré incluida y que me despedirán.
Y eso tampoco anima.
Es como dar vueltas sin parar en la rueda del hámster.

Me veo horrorosa en los espejos. Intento no mirarme más que lo estrictamente imprescindible. La progresiva pérdida de visión también ayuda.

En las últimas semanas he cancelado (aplazamiento sucesivo) el encontrarme con él. 
Cuestiones de salud, de su salud, que también me preocupa mucho.
Quizá lo único positivo de estos últimos días es que hemos hablado casi a diario. Hacía mucho que no hablábamos tan a menudo...

Dieciocho de abril de 2021. Domingo soleado. Seguro que estaría bien poder quedarme en casa, leyendo. Seguro que estaría bien poder dar un paseo al sol. Seguro que estaría bien llenar la bañera de agua caliente con cosas que huelen bien y meterme una hora en ella. Seguro que estaría bien volver a meterme en la cama...
Seguro que me apetecerían muchas cosas si no estuviese tan cansada.
Rutina de domingo. Ojalá recupere las ganas de, al menos, escribir.

domingo, 7 de febrero de 2021

Algunos días.

 Algunos días tengo la sensación de estar en un estado de extraña convalecencia. Desde hace mucho.
No es nada concreto ni achacable a ninguna enfermedad. Pero sí esa sensación de dolor de articulaciones, de párpados pesados a cualquier hora del día, de destemple aunque haga frío o calor, de sed que no termina de quitar el agua o de fiebre cuando el termómetro la desmiente. 

Algunos días tengo ganas, solo, de meterme en la cama y dormir durante horas. Pero igualmente me dan las mil levantada, me acuesto y me desvelo, me tomo una infusión y acabo dormida en el sofá y trasladándome al dormitorio de madrugada y temiendo quedarme dormida y no levantarme a tiempo para ir al trabajo. 

Algunos días estoy tan cansada como si llevase horas y horas de incesante trabajo. Pero el calendario me dice que es domingo y el reloj que son las doce del mediodía. Y que nada justifica esa sensación de haberme pasado dos apisonadoras por encima, ida y vuelta. 

Algunos días deduzco, simplemente, que ya no hay proyectos, que no hay más futuro. Que pasó mi tiempo y que sólo me queda intentar pasar el que me quede por delante de la mejor forma posible. Sin pensar en todo lo que he hecho mal, en todos mis errores para haber llegado hasta aquí sin tener nada, sin poder esperar nada. 

Algunos días son como los de toda esta semana. Como este domingo. Como me imagino y hasta a ratos temo que también será mañana.

domingo, 18 de octubre de 2015

Noches contadas

La primera vez que desperté y le vi durmiendo a mi lado supe que querría que eso pasara cada día del resto de mi vida.
No sé si esto fue la primera mañana tras la primera noche que pasamos juntos. Probablemente no: creo que esa noche en que apenas dormí estaba tan absolutamente perpleja por todo lo que estaba pasando, tan encantada, tan convencida de que de pronto acababa de descubrir que algunos milagros ocurrían y que a veces algunos sueños se cumplen...que no pude desear nada más. Y es que aquella primera noche ocurrió tras semanas de 'aplazamientos sucesivos', de proyectos que en un primer momento no me tomaba demasiado en serio, porque no creía que pudiese tener un mínimo interés real en mí. Por eso, cuando de veras estuve a solas con él, y tomó la iniciativa, y la siguió tomando cuando me metí a su lado en la cama y terminó de desnudarme... no era posible pensar en nada.
Sí sé que aquella noche supe que nunca me había gustado tanto un hombre.
Más de cuatro años y medio después, sigo estando segura de esto.

Tal vez fue la segunda noche...que llegó tras los correspondientes aplazamientos y la correspondiente cancelación de algo 'seguro'. O igual la tercera... No sé. Pero sí recuerdo claramente esa sensación: descubrir lo natural que me resultaba dormir a su lado, lo mucho que me gustaba abrir los ojos en mitad de la noche y distinguirle junto a mí y seguir durmiendo con la sensación de que todo estaba bien, de que por un momento todas las piezas del puzzle se habían colocado en su lugar justo.

Muchas mañanas le echo de menos. No 'entresemana', en que me despierto muerta de sueño y hago tiempo para que suene el despertador, y lo apago antes de que suene, y cierro los ojos cinco minutos más, y me levanto sabiendo que me apetece quedarme en la cama pero no puedo... No me da tiempo a echarle de menos. Sé que me acuerdo de él, claro que me acuerdo. Porque me acuerdo de él aunque no me dé cuenta..., es algo y alguien que 'está ahí', siempre, aun cuando hayan pasado semanas en que no le haya visto, días sin hablar con él. Está y está aunque no esté. Pero en mis mañanas de costar levantarme de la cama, de ir al baño y vestirme y poner la radio bajando el volumen al máximo, y calentar una jarra de café de ayer con leche de brick para sentarme cinco minutos en el sofá y escuchar el parte meteorológico mientras mordisqueo dos galletas con fibra, y me desplazo nuevamente al baño para lavarme los dientes y cepillarme el pelo, y un toque de rimmel y un poco de crema con color en la cara, y algo de perfume, y pasar por la cocina a sacar del frigorífico el sándwich integral y a veces algo de fruta, y darme cuenta de que en la radio ya dieron las siete y media, y coger el bolso, una pashmina, la chaqueta, y comprobar que la espita del gas está cerrada y la cafetera desenchufada antes de apagar la luz de la cocina, y salir a toda prisa...
Y claro que sé que me estoy acordando de él en algún momento, pero esas mañanas no le echo de menos en mi cama, porque apenas tengo tiempo para mí.
Es algún sábado y muchos domingos....cuando abro los ojos y lo único que veo a mi izquierda es la almohada. Y de pronto sé cuanto le he echado de menos esa noche...
Y cuanto, salvo algún amanecer que al abrir los ojos le vea a mi lado y sienta que todas las piezas del puzzle vuelven a encajar, alguna mañana tras una de esas noches en que no quiero pensar  en que va a ser la última, porque sé que a esta historia que sólo me importa a mí le quedan noches contadas, cuando... le seguiré echando de menos el resto de cada amanecer de mi vida.

domingo, 24 de mayo de 2015

Amaneciendo.

Y se repite esa sensación...
Pensar entre brumas que todo ha sido un sueño, que lo es haber creído sentirle respirar y el calor de su cuerpo.
Abrir los ojos unos segundos, verle durmiendo a mi lado. Alargar los dedos unos centímetros para tocarle.
Cerrar los ojos. Sentir que todo está bien...

domingo, 26 de abril de 2015

Mañana de abril.

Sé que llevo 'siglos' sin publicar...
Bueno, no tanto (¿un mes?, a decir verdad no he mirado cuando fue mi última entrega), pero cuando hubo unos tiempo en que publicaba casi a diario, con un intervalo máximo de tres días..., pues eso, que el 'siglos' tiene sentido.
No, no es que no me pase nada. Ni que no tenga tiempo (de eso siempre tuve poco...y lo saqué para escribir). Ni que esté muy cansada (también lo he estado otras veces, y escribía). El portátil, debido a su naturaleza eso, portátil, lo tengo siempre a mano en casa. Y va sin  problemas reseñables, más allá de alguna caída de internet o de esa sensación de que me 'roban' el hi-fi y por eso va lentísimo a ratos o aunque voy escribiendo las palabras se atascan o no aparecen hasta unos segundos más tarde completas...

Me pasa lo de siempre y otras veces escribía con disciplinada frecuencia. Y ahora...simplemente es que no encuentro demasiados motivos para escribir.

Mi trabajo es trabajo. ¿Si eso es bueno o malo? No: eso es normal. Es trabajo. El horario es bueno (como ya he comentado otras veces) y sería maravilloso si no tardase hora y media en llegar, lo que conlleva tener que levantarme a las seis y media de la mañana. Que es uno de esos horarios en que no tienes claro si estás madrugando o levantándote en plan 'voy a trasnochar un rato', la verdad. Pero aparte de la pereza a esas horas (llevo un rato despierta y paro el despertador antes de que suene) y el sueño que me asalta a mediamañana o a mediodía..., el resto, bien. Por comparación al régimen de semiesclavitud del último periodo laboral, las condiciones son un lujo. Cierto que trabajo más de las cuarenta horas que dice el contrato..., o, mejor dicho, que las trabajo enteritas sin descanso 'oficial' (de lunes a jueves, de nueve a seis de la tarde: nueve horas. Parando cuarenta minutos a mediodía y diez a mediamañana. Y el viernes, de nueve a cuatro: siete horas. Parando veinte minutos, a mediamañana. Mis cálculos vienen a ser que de los ochenta minutos 'de más' que suman los veinte diarios que descontamos a la hora 'de más' que trabajamos, sesenta van a completar la hora 'de menos' de los viernes. Y los otros veinte..., en fin, diez se suman al descanso de diez minutos diarios y los otros diez...pues da igual).
Pero no me quejo, ni nadie se queja. A decir verdad, no tenemos más descanso 'oficial' que los diez minutos de la mañana (eso si no pensamos que son diez minutos a descontar también a la hora 'de más', que serían otros cálculos raros...), pero tampoco tenemos que estar mirando la pantalla del pc todo el día, por lo que son innecesarias las pausas de 'descanso visual' que marca el convenio de telemárketing (cinco minutos a la hora), no hay problema alguno si necesitamos parar para ir al aseo, si tenemos que ir a buscar agua a la cocina o a alguna de las 'fuentes' (esas maquinas que expenden agua mineral de garrafones), si queremos ir a prepararnos un té..., o si se nos va el 'santo al cielo' y los diez minutos de pausa para desayunar se convierten en quince. Podemos dedicar todo el tiempo que necesitemos a 'tareas administrativas' (basta que lo marquemos en el sistema que regula las llamadas)... y me costa que hay quienes a la vez que contactan con clientes echan un vistazo a su Facebook, miran las páginas de información (cosa que tengo claro es muy sencilla: la empresa pertenece a un primerísimo grupo de comunicación. Basta por tanto tener siempre abierta la página de su diario de referencia...y ya está)...o responden guasap. Porque ésa es otra: no hay problemas para tener el móvil encendido y encima de la mesa....

Es trabajo, insisto, con las exigencias propias de una campaña de ventas. Pero comparando con la última experiencia..., de lo más relajado. Y también insisto en esto: comparado con la última experiencia. Lo recalco y lo repito, para que nadie se equivoque...

Llego a casa con sol, antes de las ocho de la tarde. Y la verdad es que a esas horas... bastante acelerada. El problema surge a partir de las diez de la noche: estoy muerta de sueño. Enciendo la tele nada más llegar (más que nada, para tener la sensación de compañía), me ducho, veo un concurso mientras trasteo en internet u ordeno alguna cosa, preparo algo de cenar para tomármelo mientras veo el informativo... y a las diez, ya digo, empiezo a tener mucho sueño. Aún así, me resisto a tumbarme en el sofá para ver lo que pongan en primetime...porque si lo hago, sé que me voy a dormir...
Porque algunos días sí lo hago. Y cierro los ojos en un intermedio largo...y los abro a las doce o más... Y eso no es ni ver la tele ni dormir agusto.
Habitualmente duermo poco, siempre he dormido poco. Pero aún así... me está costando madrugar.
Supongo que es la edad. Como debe ser 'cosa de la edad' que a veces me duelan las articulaciones, me sienta hinchada y otros síntomas. Y que cada vez vea peor: vista cansada... La edad.

Y...poco más. Y no, no porque no tenga nada que contar..., sino por..., qué sé yo.
Domingo de abril por la mañana. Llueve desde ayer sobre las ocho de la tarde, en que empezó una tormenta que ahora es temporal y que me ha hecho llegar empapada de mi paseo para comprar el periódico esta mañana, a pesar de la gabardina con capucha.

Domingo de abril en que he vuelto a despertarme sola, sabiendo que como otras muchas noches ha habido un momento de sueño en que estaba a mi lado, soñar que estaba, sabiendo que soñaba y que le echaría mucho de menos unos segundos, aun sin dejar de saber que en ningún momento había estado más que en mis sueños, esos sueños que sólo son fruto del deseo de estar con él, que no puedo evitar y que, como los sueños, no puedo controlar por más que quisiera...

domingo, 9 de noviembre de 2014

Domingo de noviembre.

Como me esperaba..., o como me temía... No: como me esperaba, he dormido poco y mal.
Me quedé dormida sin ganas a no sé qué hora..., la una, más tarde, no sé. Me desperté frente a mi televisor nuevo que emitía un absurdo programa sobre juegos de casino. Terminé el agua del vaso verdiazul. Vi un brevísimo espacio sobre el horóscopo: mi signo era el peor de la semana, mi ascendente el mejor. No sé a qué atenerme..., no sabría a qué atenerme si de veras creyese en esas cosas.
Busqué el modo de apagar el televisor. Como manejo los electrodomésticos, los aparatos electrónicos, por mero instinto..., hice dos o tres pruebas: el botón está escondido, es una especie de minimando para varias funciones. Probé a volverlo a encender: perfecto. Supongo que algún día de éstos me leeré las instrucciones, ayer simplemente apliqué el ese mero instinto que mencioné antes para que localizara los canales él solo y empezase a funcionar.
Hace años llegué a la conclusión de que si los niños parece que nacen 'enseñados' para manipular cualquier aparato no es porque sean una generación de superdotados: simplemente no tienen miedo a jugar. Aplico este mismo principio y me va estupendamente. No he dado ninguna lección de informática (bueno, sí..., pero en realidad no aprendí nada porque ese tipo de cursos a los que yo asistí tampoco te enseñaban nada) y me apaño perfectamente con todo. Antes de eso ya ponía en hora relojes digitales, había quienes me creían una experta en móviles porque los ponía en hora, grababa los números que me facilitaban, elegía y fijaba el politono que más gustase a sus dueños..., esas chorradas.
Todo esto es eso: una chorrada. Lo que me queda de alguien que en algún momento sí fue una niña superdotada y totalmente desaprovechada.
No he recibido lecciones de informática. Ni de inglés (mi generación es aún 'de francés'), pero nadie lo diría. Ni yo misma lo diría, la verdad.

Apenas he dormido. Me trasladé a la cama tras desvelarme. Eran poco más de las tres. Vi las cuatro en el reloj del techo, las cinco. Me desperté mil veces. Lloré sin poderlo evitar ni querer hacerlo. Tenía calor, me destapé un rato, volví a taparme por mera coherencia de quien sabe que no se puede permitir volverse a resfriar. Di vueltas en la cama. Estrujé la almohada...
Nunca había tenido esa sensación tan claramente. La de recordar como por la mañana había cambiado las sábanas y las había puesto para..., qué más da. Las sábanas siempre han sido las mismas: quita y pon. Tengo más, pero como en otras muchas cosas siempre uso las mismas. Por la mañana hice la cama sabiendo que la desharíamos de noche, que dormiría desnuda a su lado tapados hasta las orejas por el revoltijo de sábana, manta, colcha y edredón.
Pero no: no tocaba. Y creo que lo sabía al hacerla. Que lo sabía ya el viernes por la noche y que por eso le envié ese sms que es casi rutinario cada noche y que igual no tenía demasiada razón de ser: estaba ya previsto que nos viéramos... Pero algo en mí me decía que no.
Y aunque su respuesta me hacía confirmar que sí..., yo en el fondo sabía que no.

Estoy como si me hubiese pasado un tren por encima. Pasará el domingo en sus rutinas familiares, llegará la noche e imagino que dormiré por puro cansancio. Y sé que mañana no me sentiré mejor. Que querré quedarme en la cama, pero no será posible. Y empezará otra semana eterna, otra más de algo que es esta vida mía que no va para ninguna parte.

El cielo está intensamente azul y hay docenas de nubes blanquísimas que cruzan lentamente, como un rebaño perezoso. Lloverá de nuevo.
Domingo de noviembre. Otoño en Madrid.